Bukowski, ese viejo indigno y bárbaro

José Luis Muñoz

Charles Bukowski. Foto: AndersenCon toda seguridad no era el tipo al que uno invitaría a cenar. Hasta es muy posible que ni usted ni yo le abriéramos la puerta de la casa con semejante aspecto. Y, si se la abríamos, lo más probable es que nos lo encontráramos luego tendido en el diván, roncando con la boca abierta y con una botella de coñac en el suelo, vacía, que se habría soplado.

Bukowski vivió y murió chapoteando en alcohol —como muchos escritores malditos, desde Poe a Lowry, sin que sepamos a ciencia cierta si su ingesta desmesurada sirve para algo más que para alcanzar el delirium tremens—y con la bragueta abierta. Paradigma del perdedor alcohólico, promiscuo y vagabundo—se redimió gracias a la literatura, como Jean Genet o Chester Himes—fue la voz de la otra cara de América, la opuesta al american way of life, la de los desposeídos que no aspiran a ser presidentes de la nación.

Bukowskis hay unos cuantos cientos de miles en Estados Unidos, acampados en parques, cobijados en cajas de cartón, bajo puentes, que se debaten entre la indigencia, la soledad y el alcohol, que han perdido todos los trenes y han roto el último puente con la sociedad, pero sólo a uno de ellos le dio por escribir con transparencia sobre su día a día con mañana incierto.

Gracias a la literatura, Charles Bukowski salió de su infierno. Más profeta fuera de su tierra, pronto se convirtió en un escritor de talla al literaturalizar su propia existencia. En sus relatos y novelas tipos como él, bajitos, feos, con la cara picada, viejos y borrachos—Chinaski, su alter ego, como él mismo, parecen sacados de una historieta de Robert Crumb—se comportan de una forma impresentable, beben hasta desfallecer y follan sin saber bien con quien. A medio camino entre la beat generation y Henry Miller—de aquella, el viaje como fin; de éste, el sexo por el sexo—su literatura resulta inclasificable. Tras la aparente vulgaridad de su léxico, late la autenticidad de un escritor de fondo que se expresa con un lirismo bárbaro siempre alrededor del mismo binomio: la mujer y el alcohol como paliativos para olvidar la mísera existencia. Con materiales deleznables, de deshecho, y con un lenguaje despreocupado y muchas veces pornográfico, Bukowski nos acerca con indudable maestría y de una forma amena a su mundo. Poemas, novelas y recopilaciones de relatos con títulos tan expresivos como Cartero, Factótum, Mujeres, Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones, La máquina de follar, Escritos de un viejo indecente, Se busca mujer o Música de cañerías hicieron de él un auténtico francotirador de la literatura.

De las aproximaciones cinematográficas a su obra sólo cabe decir que han sido detestables salvo una honrosa excepción: un film francés de sketches, L’amour est un chien de l’enfen de Dominique Deruddere, que recreaba algunos de sus más polémicos relatos—uno abiertamente necrófilo—y salía airoso de la prueba, pues ni la adaptación firmada por Marco Ferreri—Ordinaria locura—ni la que realizara Barbet Schroeder—Barfly con un Mickey Rourke que física y narcóticamente se le parecían—lograban recrear el mundo vital de su autor.

Bukowski murió en Malibú, rico y bebiendo buen vino, quizá  echando de menos los puentes de todas las ciudades por los que anduvo vagabundeando hasta que fue tocado por la gracia de la literatura. Puede que muriera de un empacho de vivir holgadamente.

A veces no somatizamos bien el éxito.