Los hijos de Rivas

(Cuento del libro Fabulario de Buenavista)

José Gabriel Ceballos

 

Antología personal de cuentos de José Gabriel Ceballos.Este cuento se publica a modo de promoción del libro.
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Desde muy chicos los hijos del sepulturero Rivas supieron ha­blar con los muertos. Siendo tan niños, les habrá bastado con pasar el cerco ruinoso que había entre su casa y el camposanto. Por la misma razón que los niños pueden conversar con los objetos, con los animales, con los seres creados por su fantasía, ellos habrán aprendido a hacerlo con los muertos.

Rivas enviudó tempranamente. No recuerdo a su mujer, que se­gún me dijo creo que Romilia, murió tuberculosa. Veo sí a un Rivas todavía derecho y ágil, que acudía al panteón de mis padres un rato después de mi llegada, el tiempo necesario para permitirme la inti­midad ritual que nos imponen esas visitas: un padrenuestro, aco­modar algunas flores y velas, pensar en nuestros difuntos. Si yo estaba solo, el hombre saludaba y me esperaba bajo un ciprés, apo­yado en el cabo de su azada o su rastrillo, con una atención que parecía poder quedarse para siempre en su barbudo rostro flaco y atezado. Si conmigo estaba Romilia, la criada de mis padres, él saludaba y se ponía a ayudarla con el balde o a fregar las placas de bronce, pidiendo permiso cada vez que debía entrar al mausoleo. Cuando se ahuecaba para recibir la propina, su mano huesuda me hacía pensar en una pata de pollo.

Sus hijos eran dos pequeñas siluetas que aparecían y desapare­cían entre las cruces, y unas risas fragmentarias entre los pocos rumores de la vida. Por una de esas normas que se arraigan en noso­tros sin mayores razones, trato de no ir a los cementerios sino en días hermosos y con el sol a pleno. Por eso recuerdo a los hijos de Rivas como dos manchas que se mueven veloces en una claridad vibrante, con un efecto multiplicado por la fijeza de las cruces. Cuando los conocí, la niña tendría unos ocho años y su hermano cuatro. Entre el haberlos conocido y mi primer viaje habrán trans­currido dos años. Así que poco puedo añadir a esa impresión que constituye mi recuerdo más antiguo de ellos. Unas indefinidas cari­tas sucias que espiaban sobre una sepultura, o tras un estatua, o entre la maleza en que naufragaba una verja, para escapar ni bien se las descubría. Morenos cuerpitos andrajosos y descalzos. Una faci­lidad insuperable para correr entre las tumbas, esquivarlas, saltar sobre ellas, saltar de tumba en tumba, zambullirse en el zapallar o en el mandiocal que Rivas cultivaba entre su rancho y el cemente­rio, como si no existiera el semicaído alambrado. Raras veces an­daban con el sepulturero.

Mi memoria pasa por alto los tres años de mi primer viaje y me los muestra apenas cambiados. Ella un poco más, como es lógico, con sus formas femeninas sólo sugeridas en la delgadez oscura. Las tetitas le marcaban levemente la blusa mugrienta, las piernas chuecas le impedían toda gracia. Él, con sus orejas puntiagudas y sus dientes demasiado grandes, con su pelo lacio y retinto, parecía la caricatura de un duende. Se los veía saludables pese a la flacura, y aunque ella ahora reflejaba cierta timidez que juzgué propia de la edad. Pero el sepulturero había desmejorado. Su espalda ya se do­blaba notablemente, caminaba de un modo grotesco, arqueado ha­cia adelante y un costado, con dificultad. “Un reuma jodido, señor, en todo el cuerpo”, me informó él mismo, la primera vez que visité el cementerio tras mi viaje. Yo venía de errar por el mundo durante tres años, aventura iniciada en cuanto acabó el juicio sucesorio de mis padres. Una mezcla de fuertes añoranzas y remordimientos to­davía colmaba mi espíritu. En tres años no había tenido ninguna comunicación con el pueblo,’ y había consumido una respetable porción de mi herencia en diversiones no totalmente confesables. La recepción de los parientes y amigos había sido muy poco propi­cia a aquellos sentimientos. Frialdad, silencios cargados de repro­ches, desdén en las miradas esquivas. Con esto quiero explicar la actitud que Rivas y sus hijos provocaron en mí aquella tarde en el cementerio. Cuando oí al sepulturero atribuirse la prolijidad que exhibían los canteros adyacentes al mausoleo y el brillo de las pla­cas, me sentí desbordado por la gratitud. No se me ocurrió que na­die más pudiera haberlo hecho, la vieja Romilia había muerto unos cuantos meses atrás. Una tía me contaría después que con sus cria­das había estado ocupándose del panteón, pero para entonces los acontecimientos ya habrían sucedido. La mañana siguiente a mi reencuentro con Rivas y sus hijos volví al camposanto, pero entré por atrás, por el rancho del sepulturero. Allí dejé tantos obsequios como cabían en mi auto. Cajas con comestibles, ropas, juguetes y golosinas, hasta unos analgésicos para Rivas, a quien llevaba tam­bién un turno para que lo atendiera mi médico. Para los gurises fue una fiesta. El sepulturero me agradeció con los ojos mojados. Así me metí en sus vidas tan extrañas como menesterosas y en su in­creíble secreto.

Los hijos de Rivas me tomaron cariño. Llegaba yo al cemente­rio y ya estaban conmigo, festejándome, abriéndome la puerta del auto o llegando a mi encuentro sofocados por la carrera. Ella (Fini­ta, se llamaba Delfina; el niño se llamaba Ramón y le decían Car­pincho) casi siempre andaba abrazada a la muñeca rubia que yo le había regalado, y eso me conmovía: seguramente conocía su pri­mera muñeca a la edad en que las niñas abandonan los juguetes. Las ropitas nuevas pronto se convirtieron en guiñapos en sus cuer­pos. Con una velocidad supersónica devoraban las golosinas que yo les llevaba; él, comenzando por llenar la boca entre carcajadas cómplices; ella, con su timidez iluminada. El afecto fue recíproco, se entiende. Nunca me habían agradado los niños, ése fue un moti­vo fundamental para que permaneciera soltero; sin embargo, aque­llos dos conquistaron mi corazón.

Mientras tanto Rivas empeoraba. El médico me dijo que lo suyo era irreversible y que podía complicarse si no dejaba los esfuerzos físicos. El mal le había invadido las vértebras. Con cierta influen­cia política gestioné una jubilación anticipada para él, la cual estu­vo lista en unas semanas. El cementerio tuvo varios sepultureros sucesivos en poco tiempo, al parecer ninguno dispuesto a asumir definitivamente aquel trabajo. Por fin se fue quedando un anciano sordo y miope, que vivía en las cercanías, como un elemento mera­mente formal pues el desmalezar, los enterramientos y demás tra­bajos pesados los hacían otros obreros municipales llevados para cada circunstancia.

Cómo conocí el secreto. Quitaba yo unas flores secas de sobre el ataúd de mi padre, de espaldas a la puerta. Procedía con esfuerzo pues la altura del nicho me obligaba a hacerlo en puntas de pie. El calor, aumentado por unas velas que ardían sobre el altar y la sen­sación de encieiTo, me hacía sudar a mares, ahogándome por mo­mentos. Finita y su hermano se hallaban afuera, a unos cinco pasos de mí, bajo el ciprés. Ya habían tragado los caramelos y ahora la­mían sus chupetines, observándome. Eran de escaso hablar, por entonces lo eran. En general nuestros diálogos se reducían a pre­guntas que ellos contestaban con monosílabos o frases muy cortas, con la mirada baja. Pero de pronto Finita me dijo:

—Quiere que usted revise de nuevo el armario chico.

Estaba tan enfrascado en la limpieza que aquellas palabras de­moraron un instante en penetrar mi pensamiento. Cuando me volví hacia ella, bajó la vista y repitió:

—El armario chico. Eso me dijo.

—¿Quién, Finita?

—El, su papá—e indicó con la cabeza, sin alzarla, hacia el inte­rior del mausoleo—. El finado.

El niño soltó una risita, me echó una ojeada con súbita seriedad, aprovechó para aplicar un chupetón a su golosina y clavó de nuevo la mirada en el suelo. Me quedé como se supone que se quedaría cualquiera en mi lugar. Pero el recuerdo de unos documentos, unas viejas hipotecas que mi abogado había estado pidiéndome desde que regresé al pueblo, para no sé cuáles trámites complementarios del juicio sucesorio, irrumpió en mi estupor. Me lancé hacia el co­che sin siquiera cerrar el panteón.

Encontré las hipotecas en el fondo de dicho armario, mezcladas con otros documentos que me habían despistado en la búsqueda anterior. Una hora después volví al camposanto, con el corazón y la mente a los tumbos pese al whisky que me había metido entre pe­cho y espalda para retemplarme.

Finita y su hermano seguían frente al panteón, ahora trepados al ciprés. Se descolgaron al verme llegar. Inmóviles, cabizbajos, aguar­daron mis preguntas. La razón me sirvió por lo menos para interro­garlos con la mayor cautela posible, y eso sin duda facilitó las co­sas. No pasarían veinte minutos y todo había cambiado por com­pleto para mí, en mí. Ya no era yo, el mundo ya no era el mundo que yo pisaba un rato antes, todo se había convertido en un agujero negro hacia cuyas profundidades me sentía arrastrado.

 

Anoto aquí algunos detalles que juzgo importantes.

Yo era la única persona a quien los hijos de Rivas habían revela­do aquello; por reiteradas órdenes de los muertos, ni siquiera a Rivas se lo habían contado. Conmigo habían hecho la excepción por au­torización expresa de mi padre, autorización confirmada por otros difuntos. Supuse que esto implicaba un privilegio que se me conce­día desde ultratumba, por mi amplitud intelectual, por mi discre­ción o sabe Dios por qué; más adelante comprendí que los muertos querían comunicarse con alguien en condiciones de cumplir sus encargos. La precaución de los muertos en este sentido había llega­do al extremo de prohibir a los niños que fueran a la escuela y tuviesen amigos.

En cuanto al modo de conversar, era puramente mental. Los ni­ños oían las voces perfectamente diferenciadas pero sólo como “so­nidos interiores”, pese a lo cual el fenómeno se producía exclusiva­mente ante las tumbas respectivas. “Hablan en nuestras cabezas”, me dijo Caipincho. Aquella misma tarde y en el mismo sitio en que me confiaron el secreto, Finita y su hermano probaron la verdad de estos dichos, con mi padre y mi madre. Finita me pidió que hiciera preguntas a mis padres, en voz alta y luego sólo con el pensamien­to. Se las hice, naturalmente sobre cuestiones que sólo mis padres podían conocer. Al cabo de un momento, durante el cual yo no oía más que el rumor de los pájaros y la brisa y en los chicos se dibuja­ba una divertida atención, éstos se disputaban por darme la res­puesta con la mayor exactitud. Mis últimas dudas desaparecieron entonces.

Nunca me comuniqué directamente; siempre ocurrió a través de los niños: mis palabras y mis pensamientos llegaban a los muertos sin necesidad de que intervinieran los niños, pero no sucedía lo inverso.

En cuanto al origen de las conversaciones, me contó Finita que fueron ellos y no los muertos quienes las provocaron. Finita se ha­bía acostumbrado a hablar con aquellos rostros tan tristes de las fotografías que enseñaban las lápidas, para darles consuelo o algo así, el niño aprendió a imitarla y un buen día oyeron (conviene decir sintieron) una respuesta. Una joven señora recién fallecida que se lamentaba por haber sido reemplazada prontamente por su viudo.

Aquí ya debo consignar algo fundamental, relativo a los temas. Los muertos nunca hablaban sobre temas metafísicos, nada de aque­llo que tanto angustia a los humanos vivientes, lo que hay tras la muerte. No. Sólo trataban asuntos relativos a la vida, y por lo gene­ral y con muy pocas excepciones, a sus propias vidas. Ni siquiera daban ninguna información sobre la realidad de los vivos que se supusiera obtenida en el más allá, como anunciar el porvenir. Al principio creí que ello se debía a la corta edad de los interlocutores. Después descubrí que las revelaciones trascendentales resultaban en sí mismas inalcanzables por aquella vía, y hasta construí una teoría al respecto. Como toda persona cuando muere deja innume­rables cosas irresueltas (explicaciones que pedir, secretos que reve­lar, cuentas que pagar y que cobrar, perdones que ganar y que con­ceder, injusticias que reparar, responsabilidades por asumir, senti­mientos que declarar, el futuro de los hijos, el reparto de la heren­cia), hay una parte del alma que se queda aferrada a la materia, por la “preocupación” que esos asuntos generan. Permanece allí hasta que se muere o se vuela por la impotencia o porque la vida en su continua transformación elimina tales cuestiones, resolviéndolas a su modo. Sea que esa porción del alma esté llamada a morirse ad­herida a la materia, o sea que deba elevarse después hacia donde se halle la porción principal (no hay que olvidar la hipótesis de que ésa sea toda el alma que tenemos), nada puede informarnos mien­tras tanto del más allá, sencillamente porque no conoce el más allá. Expuse esta teoría a unos cuantos expertos. Un teólogo católico soltó la carcajada; cierta escritora consagrada a una de esas religio­nes exóticas en boga me miró como a un insecto; un santón espiri­tista la aprobó con algunas correcciones.

Pero aun descartada (nunca definitivamente, claro) la posibili­dad de sonsacar información trascendental, ¿cómo podía resistirme a aquella comunicación? Mi vida quedó reducida a ella, digamos que en un noventa y cinco por ciento. El cementerio me atraía como un imán invencible. Cuando no visitaba tumbas con los niños, casi seguro que aún seguía con la mente en el cementerio. Mis jornadas quedaron organizadas más o menos así: la mañana o la tarde en el camposanto; la otra mitad del día para verificar datos y cumplir algunas de las comisiones solicitadas por los muertos; unas horas de la noche para organizar mis registros. Una rutina tan excéntrica sólo acentuó la idea que la gente ya se había formado sobre mí, por mi largo viaje y la casi nula dedicación a mi patrimonio, así que no sufrí los fastidios de la curiosidad ajena.

Mediante un grabador de bolsillo fui formando un archivo mag­netofónico de aquellas conversaciones (llené casi cien casetes con las voces de Finita y Carpincho y mi voz) y por escrito llevaba un registro muy completo. Mientras grababa tomaba apuntes en una libreta, en los que incluía datos circunstanciales, como las demoras en contestar, los pormenores que me soplaban los niños —risas, llantos, tonos especiales, balbuceos— y diversas impresiones mías. Pronto armé un fichero; fichas ordenadas alfabéticamente, una para cada muerto, con los asuntos más reiterados por éste, con apuntes sobre mis verificaciones y las diligencias que el muerto solicitaba.

Por supuesto que de los pedidos que me hacían sólo una peque­ña parte resultaba realizable. Imposible abordar a un caballero y espetarle: “Perdone, pero su esposa lo engaña, me lo contó su di­funto amigo Fulano”. O asumir una venganza sangrienta que no nos incumbe y a instancias de un muerto desconocido. Pero los pedidos me desbordaban también por su cantidad. Nadie sospecha­ría que tras las lápidas de un camposanto pequeño como aquél hay tanta ansiedad por la vida. Y cuando digo vida no me refiero a una abstracción, al vivir conjetural, sino a asuntos concretos, a eslabo­nes, por así decirlo, que quedaron abiertos en la cadena de la vida vivida. Por eso los arrepentimientos constituyen el tema sin duda más común en las sepulturas. Tampoco se debe creer que todas son cuestiones objetivamente importantes. Las hay, pero tanto como otras que parecen increíbles por su insignificancia, por su falta de entidad para existir en la majestad de la muerte, al punto de reducir el enigma a algo así como un torpe escamoteo teatral. La alimenta­ción de su canario puede quitarle la paz a un muerto, por ejemplo. No hallé para esto una explicación general más aceptable que la “perspectiva de la vida” que tuvo cada muerto. Uno que vivió para las grandes empresas se habrá llevado a la tumba desvelos proba­blemente más considerables que uno que empeñó su existencia en pequeñeces. Pero no es una ley infalible, tal vez porque también incide el carácter más o menos obsesivo que haya tenido el difunto, y la medida en que ese carácter haya actuado durante la agonía respecto a tal o cual preocupación, lo que equivale a reconocer una cierta causalidad a las circunstancias en que se produjo cada muer­te. Quiero dejar constancia de que si bien los pedidos disminuían en número cuanto más antiguo era el muerto, no había relación entre este dato cronológico y la gravedad de los pedidos. Almas que salieron de este mundo más de un siglo atrás me hicieron un solo pedido, pero uno francamente estúpido. Colegí que el tiempo borra las obsesiones post-mortem mientras el muerto aún puede sustentarlas, pero únicamente por la razón ya señalada: porque hace desaparecer las causas, por ir cerrando los eslabones.

Algunos ejemplos ilustran sobre la diversidad de aquellos en­cargos. De J.L.: comunicar a sus nietos que hay una tinaja con plata entre el cielo raso y el techo. De C.F.M.: denunciar en la comisaría que éste murió envenenado por su mujer. Del hacendado Fulano: informar a su familia que el solicitante dejó los siguientes hijos extramatrimoniales (y aquí unos cuantos nombres), a quienes se debe evitar penurias económicas. De doña Mengana: hacer saber a sus víctimas (otra lista) que la solicitante confiesa haberles manda­do las cartas anónimas y pide perdón por los daños causados. Del Sr. Zutano: entrevistar a la anciana señorita XX y manifestarle el arrepentimiento del muerto solicitante por haberla abandonado por un matrimonio de conveniencia, que este casamiento lo hizo muy desdichado y que el solicitante continuó amándola aún en la extre­ma vejez. De un empleado contable de La Insuperable S.R.L.: ad­vertir a su gerente que en el balance del año 1957, rubro gastos varios, hay un error de doscientos trece pesos, del cual el solicitan­te se percató demasiado tarde para practicar la enmienda. Del mé­dico Dr. Perengano: avisar a su paciente Equis que probablemente tiene un cáncer y no una simple bronquitis. De la Sra. MM: rogar a su bisnieta menor que no se case con ese novio porque es un mal hombre, cazafortunas, golpeador, vicioso y hasta posiblemente ho­mosexual.

Confieso haber recurrido a procedimientos vergonzosos, como los mensajes anónimos y el sembrar cizaña en el viento, pero quie­nes pedían eran muertos e insistían con angustia. Finita y Caipin­cho, que pronto aprendieron a soltar la lengua conmigo, me pre­guntaban por el cumplimiento de aquellos encargos. Aprendí a mentirles con descaro.

Mis padres no volvieron a dirigirme ningún mensaje. Esto me dio la tranquilidad de creerlos en paz.

Del Autor

José Gabriel Ceballos
Escritor argentino nacido en 1955 en Alvear, Corrientes, donde reside. Varios libros de poesía y de cuento publicados. Premio Juan Torres de Vera y Aragón, de Corrientes (Argentina); Premio Peirotén de Poesía de Santa Fe (Argentina); en 1997 su libro de cuentos El patrón del Chamamé obtiene el Premio Único Latinoamericano de la Editorial Universitaria Centroamericana (Educa) de San José, Costa Rica; en 2009, su libro Entre Eros y Tánatos recibe el Premio Tiflos de Cuentos, organizado por la Fundación ONCE (Madrid, España).