Cuando escribir era un ejercicio riguroso

José Luis Muñoz

Ronda de Madrid
José Manuel Benítez Ariza
Paréntesis Editorial, 2011

 

Ronda de Madrid, de José Manuel Benítez Ariza.Con Ronda de Madrid cierra José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) esa trilogía vivencial que se inició con Vacaciones de invierno y Vida nueva en la que sigue a su protagonista en el devenir por la vida, asomando a ella, apenas, en una existencia que es un libro abierto en el que tendrá que escribir todas sus páginas. El colofón de este tríptico se centra en la ciudad de Madrid, aunque Benítez Ariza vuele también, con sus protagonistas, a Londres. Son los tiempos de la Transición, de los atentados más salvajes de ETA que sacudían la capital, de la Movida.

La década anterior –la de Bloque, Asfalto, Ñu- había sido proclive a toda es grandilocuencia. La de ahora –la de los Pegamoides, los Zombies, Kaka de Luxe-prefería la ligereza o la ironía.

Construye Benítez Ariza, a través de la multiplicidad de detalles, de la recreación de ambientes y el coro de personajes cuyas vidas se entrecruzan en 362 páginas de vida sobre papel, un cosmos creíble y sentimental, un Madrid visto a través de esos protagonistas que es ciudad abierta a todos, admirablemente descrita en párrafos de una belleza precisa.

Por Recoletos el cielo parecía más ancho. Era como estar más expuestos al relente. Las copas de los árboles, más que resguardar, parecían fijar al suelo el estrato más bajo de ese cielo inclemente, un reborde sucio de luz de farolas espaciadas y resplandores de oficinas con ventanal a la calle.

Es el autor gaditano maestro de una literatura que podríamos denominar costumbrista, sin estridencias de ningún tipo, que refleja la vida día a día de una ciudad, escucha atentamente su respiración, ausculta su corazón, le toma su temperatura, porque la ciudad es también protagonista de su narración.

Madrid no existía. Lo negaba el aire cortante de la sierra, lo corroboraba el tacto terroso de los caminos de grava y la relativa pulcritud de las fachadas de ladrillo, sólo parcialmente parcheadas de moho y humedades.

Leyéndola, disfrutándola, porque la prosa de José Manuel Benítez Ariza nace de una destilación natural que no se nota, diríase que el lector está leyendo La colmena de Camilo José Cela, una de las obras maestras del Nobel, o que está paseando por la capital del reino de la pluma de Galdós.

Entre los cuatro sólo mediaba ahora el espacio mínimo necesario para echar las cartas. Julia partió el mazo y barajó con habilidad, poniendo un poco de comedia en el asunto. Hizo fuerza con la mano para curvar los dos mazos resultantes contra el mármol del mostrador, los juntó y dejó que los pulgares fueran soltando lentamente las cartas de uno y otro, que emitieron un rumor característico al ir superponiéndose en el mazo reconstituido.

Porque es para mí la literatura de este gran escritor, que tiene oficio y talento, galdosiana, aparentemente sencilla aunque esté extraordinariamente elaborada, y ése quizá sea uno de los méritos de esta novela, que fluye con naturalidad pasmosa sin que el lector aviste su elaborada arquitectura literaria que guarda las mejores virtudes decimonónicas, cuando escribir era un ejercicio riguroso y el escritor trabajador incansable de la palabra.