Los intrusos

José Luis Muñoz

Borges y los libros.Con relativa frecuencia leemos noticias en la prensa que hacen referencia al intrusismo en un buen número de profesiones. Médicos que pasan consulta sin serlo; falsos enfermeros; carniceros que operan chapuzas estéticas en quirófanos a víctimas engañadas; tipos que se hacen pasar por policías para delinquir; modestos mesoneros que alardean de ser chefs; periodistas que nunca pasaron por una escuela y hacen sus pinitos en programas de telebasura, etc., y no nos damos cuenta de que la nuestra, la del escritor, es una de las profesiones con más intrusismo por metro cuadrado que existe en el mundo. No hay una licenciatura de escritor, sí de literatura. El rango de escritor se lo dan sus lectores, aunque en ocasiones ni ellos, y el tiempo que pone a cada uno en  su lugar con una precisión a veces cruel.

España es un país en el que se lee poco, y mal, y se publica mucho, un misterio que alguien tendría que aclararme. Los editores publican todo, en busca del vellocino de oro. En los eventos literarios, en las ferias del libro que hay en las ciudades, en el mítico Sant Jordi que se celebra en Barcelona y en el que ningún barcelonés que se tenga por tal regresa a casa sin una rosa y un libro en sus manos, el que más se vende no suele ser el de un autor, el de un escritor considerado que domina los recursos literarios, sino, casi siempre, la última bobada que escribe, para ese día, precisamente, un intruso, un tipo mediático, del sexo que sea, que previamente se ha hecho famoso por salir en televisión aireando su vida sentimental o sexual, o un cómico, conductor de un programa de éxito, futbolista de renombre, cantante, todo menos un escritor. Y esos libros, con nulo valor literario, se los escriben negros muchas veces mal pagados y que a veces se vengan plagiando obras ajenas. Y los que nunca leen en todo el año, y tampoco lo van a hacer ese día de Sant Jordi (el índice de lectores, por desgracia, es aún más bajo que el de compradores de libros), van en busca de ese libro no literario para cumplir la papeleta y regalárselo a su pareja, familiar o amigo.

Hay verdaderos maestros en el tema del intrusismo, tipos con nula calidad literaria pero extraordinarios gestores, que contratan a toda clase de negros literarios para poder escribir con rapidez sobre cualquier tema y colocar en el mercado un sinfín de obras anuales, a imagen y semejanza de las factorías literarias norteamericanas, de los Tom Clancy y compañía que se limitan a dar ideas o argumentos que sus asalariados escriben. Literatura industrial, podríamos decir, aunque me sobra el término literatura.

Si se hiciera un censo de escritores en España sería inagotable. Hoy cualquiera que redacta se considera escritor y su deseo de tener un hijo, plantar un árbol y publicar un libro se cumple.

Quizá el caso más notable de intrusismo conocido sea el de una famosísima novela, una de las obras maestras de la literatura contemporánea, publicada en el último tercio del pasado siglo, que fue traducida a todos los idiomas conocidos, se vendió de forma extraordinaria, fue adaptada al cine y objeto de sesudas críticas. Cuando el editor de tan magna obra demandó a su autor otra novela, para reeditar el éxito de la primera, se topó con todo tipo de excusas por parte de él, que no fue capaz de entregarle otra cosa que no fuera un cuentecillo para niños. Nos hallábamos ante el caso del manuscrito de autor fallecido encontrado por un lector editorial cuyo único talento fue saber apropiarse de lo ajeno y vivir a costa de ese muerto genial. Bueno, al menos el intruso era un buen lector y su acción propició el conocimiento de una gran obra literaria. Casi prefiero a ese pirata que a los que saquean, sin ningún tipo de miramientos, grandes obras clásicas, absolutamente desprotegidas como patrimonio literario universal, y las pueblan de fantasmas y zombies ante la indefensión de los autores que llevan siglos gloriosamente enterrados.