Cuba, un acertijo

Antonio Álvarez Gil

alvarezgil-columna-ilustracion-otrolunes26Hace poco me preguntaron sobre la conveniencia de viajar a Cuba para aprender o practicar el español. Por muy extraño que pueda parecer, no era una pregunta fácil. Yo amo a Cuba y aprecio mucho mi idioma, por eso lo enseño a varios grupos de suecos adultos. Ellos estiman el modo en que lo hago y me confían preguntas como la que he citado más arriba. En fin, respondí afirmativamente, como no podía ser de otra manera. Cuba es un país de habla hispana, con un pueblo que tiene un alto nivel académico, dueño además de una simpatía que no siempre se puede encontrar en otros sitios. La siguiente cuestión que salió inmediatamente a la luz versaba sobre el estado del país. Otra de mis alumnas opinó que en Cuba había demasiada pobreza. Y aunque ella nunca había estado en la Isla, hablaba con cierto aire de experta en la materia. Su opinión estaba basada, según explicó, en lo que había leído sobre Cuba y, sobre todo, en las muchas imágenes que había visto en la televisión local. Uf, se me complica esto, pensé, recordando inmediatamente algunos artículos o documentales sobre el tema. Según las palabras de esta segunda estudiante, decir Cuba era más o menos lo mismo que decir Haití, Ruanda o Sierra Leona, entre otros ejemplos de su particular lista de la pobreza. Para salvar la situación le respondí que Cuba no podía ser comparada con esos países, y agregué que el asunto era demasiado complicado para tratarlo en los minutos de clase que restaban. Ya lo veríamos en alguna otra ocasión, dije, dando por cerrada la cuestión. La ocasión no ha llegado todavía, pero yo me he preguntado varias veces cuánto habrá de justicia en la afirmación de mi animosa alumna. ¿Es válido el cotejo de Cuba con los países citados más arriba?

Todo es cuestión de imágenes. En ocasiones he tratado de dar a la gente de por aquí algunas claves para entender mejor a Cuba. Entre otras cosas, les he explicado qué hacer para acercar su mirada de visitante a la de un cubano de la calle y conocer –al menos aproximadamente- el modo y los medios de vida del pueblo de la Isla. Esto, sin embargo, es algo muy difícil de trasmitir a quien no haya sentido desde dentro el país. Pienso que para las personas que viven en otros lugares del mundo, Cuba y sus habitantes siguen siendo un acertijo de muy difícil solución. El tópico de que el cubano es feliz en su pobreza es una gran mentira. También es falsa la leyenda urbana de que la gente en la Isla es capaz de divertirse hasta en la adversidad, que puede bailar días enteros en la calle y que necesita poco más que ron, música y sexo para el disfrute de la vida. En mi opinión, esta fama ha dañado la imagen del pueblo cubano, sobre todo porque no es del todo cierta. Hay otra Cuba más allá del Malecón y los hoteles del Vedado, más allá de La Habana. Está en el interior del país y es un ámbito apenas conocido, un lugar habitado por gente sencilla que vive retirada en los pueblos y no suele salir en la foto del viajero curioso. Es una pena que interese tan poco.

Por lo demás, estoy seguro de que muchos extranjeros que llegan a la Isla con el propósito de conocer el país, se marchan sin la menor idea de cómo vive el pueblo en Cuba. No saben diferenciar quién es quién en la calle, ni qué tipo de persona es esa que les propone una caja de habanos o una talla en madera y, mucho menos, quién es la muchacha que los acoge entre sus piernas en un cuarto de hotel. Más difícil les será colegir, por ejemplo, quién puede tener un coche o de qué modo se adquiere una vivienda en Cuba. Y mucho más aún, por qué un ingeniero trabaja como taxista en la ciudad o una arquitecta es tan feliz con un empleo de sirvienta en la residencia de cualquier diplomático. En otras palabras, los turistas que recorren las calles de La Habana generalmente carecen del ojo necesario para distinguir entre tinajas y jarrones. Para ellos todo es barro, así sin más.

Recuerdo a un español que conocí en Estocolmo y me dijo que pensaba viajar de vacaciones a Cuba. Cuando supo que yo era cubano, me pidió consejos al respecto. Le di algunas recomendaciones de carácter general. Sin embargo, aún no había terminado mi relato y ya yo sabía que no iba a hacerme mucho caso. Más que mi opinión, lo que buscaba era mi visto bueno sobre sus planes o su estrategia para “llegar al pueblo”. Me contó satisfecho que él no viajaría como un turista cualquiera, que pensaba alquilar una habitación en casa de una familia en Centro-Habana. Desde aquel punto saldría por las calles a conocer a los cubanos. A ver si no te metes en un solar y sales de él sin plumas y cacareando, recuerdo que pensé. No se lo dije, por supuesto. En lugar de hacerlo, lo escuché con toda mi atención, y así pude conocer mejor sus ideas, que me parecieron muy curiosas. Entre otras cosas, me reveló que pensaba llevar algunos objetos que él juzgaba interesantes para los habitantes de la Isla. Si no me falla la memoria, en su lista figuraban artículos como cuchillitas de afeitar, barajas, jabones o relojes de quincalla. Me recordó a los antiguos europeos que viajaban al África y repartían espejitos y otros artículos de esa índole entre los habitantes de sus costas. No respondí; pero me dije que con aquel arsenal jamás podría conquistar la Isla, como parecía ser su intención. Estuve, además, a punto de decirle que si quería hacer amigos (o amigas) en Cuba, tendría que sacar la cartera y estar dispuesto a distribuir billetes en lugar de espejitos. Desgraciadamente, no sé en qué habrá parado su aventura.

Este breve relato, que es rigurosamente cierto, me convenció aquel día de lo que he expuesto más arriba. La realidad es que ni siquiera los españoles –cuya sangre, idioma y cultura en gran parte heredamos- son capaces de diferenciar la paja del trigo entre la gente de la Isla. Aún hay quien piensa que regalando baratijas uno puede llegar y hacerse un sitio en el corazón de los cubanos. En mi opinión, lo único que esto significa es que estamos poco menos que perdidos en el mapa del mundo. La relación inversa, por cierto, tampoco es muy rica en momentos felices. Otro día hablaré de las barbaridades que puede cometer nuestra gente cuando sale al mundo y se enfrenta de repente a situaciones insospechadas en su patria. Liborio suele ser muy pícaro e ingenioso; pero no es nada sutil. Se requiere de tiempo y de muchas horas de experiencia en sociedades desarrolladas para la puesta al día del cubano de hoy. Todo se andará, como se dice en España; pero la distancia que separa a los habitantes de la Isla del hombre moderno promedio de los países desarrollados es más bien grande. Y mientras los años pasan sin que Cuba se abra al mundo (como pidió en su momento el papa de Roma) no vale de mucho que el mundo trate de abrirse a nuestra amada Cuba. En definitiva, para que haya un diálogo es necesario más de un interlocutor. De haber alguno, lo que se aprecia en suelo cubano es, por el momento, un diálogo de sordos. A ver si alguien es capaz de limpiarse las orejas y empezar a escuchar.

Estocolmo, 3 de enero de 2013