D’Annunzio o la apuesta por apurar los placeres hasta las heces

Armando de Armas

armandodearmas-columna-ilustracion-otrolunes26Cuenta la negra leyenda acerca del escritor Gabriele D’Annunzio, nacido en Pescara en 1863 y muerto en Gardone Riviera en 1938, que una de sus bellas y aristocráticas amantes solía asegurar, a quien quisiera oír la escabrosa historia, que el divo de las letras italianas exigía con frecuencia que ella defecara sobre su pecho enclenque en tanto el sibarita se extasiaba contemplativo en la dilatación del esfínter de su ano en la obra de la deyección como símbolo, diría el condottiero, de la expansión del universo primordial en el inconmensurable abismo del tiempo.

Por otro lado, el intelectual italo-cubano Orestes Ferrara asegura en Una mirada sobre tres siglos: Memorias, 1975, que a D’Annunzio el tema que más le apasionaba era el de la revolución de la independencia de Cuba y, especialmente, informarse ávidamente acerca de lo que consideraba mágica ascendencia del generalísimo Máximo Gómez sobre sus soldados de fila; según pudo constatar en la entrevista que sostuviera durante más de dos horas, en la ciudad de Fiume, con el poeta y político italiano.

Agrega Ferrara que su exaltado coterráneo era calvo, delgado y hablaba en voz baja, confidencial, con el acento suave que se emplea en los salones aristocráticos y que, en el conjunto, no parecía precisamente un condottiero pero que resultaba atrayente como lo son los hombres de actitud elegante y palabra perfecta.

A pesar de su culto a una desmedida masculinidad, en Cuba, una de las precursoras del feminismo militante, la patriota y polígrafa Aurelia Castillo de González, Camagüey, 1842, Camagüey, 1920, realizó una enamorada, excelente traducción de la tragedia de D’Annunzio La figlia di Iorio, La hija de Dorio en español, que publicó en La Habana, en la imprenta de Fernández y Compañía, en 1907, apenas tres años después del estreno de la obra en Italia; traducción que sería entusiastamente elogiada en un carta nada menos que por el mismo Ferrara. Por cierto que Castillo es, por otro lado, una estudiosa y editora de esa autora, alma grande para nada feminista, llamada Gertrudis Gómez de Avellaneda, La Tula.

La hija de Iorio aborda a un personaje fascinante, Mila de Codra, la hija de un adivino que, acusada de bruja, vive al margen de la buena sociedad de su tiempo y que, por si fuera poco, atrae la maldición sobre los sitios por donde pasa.

Parece ser que el novelista, poeta, dramaturgo, militar y político  italiano, símbolo del decadentismo peninsular y eximio héroe de guerra, apodado il Vate, es decir el Profeta, fue considerado durante más de cuarenta años como el enfant terrible de la cultura italiana, y parece ser también que fue famoso por sus numerosas conquistas amorosas, ya que durante su vida resultaron sonados sus romances con las más bellas mujeres de la época, entre ellas su esposa María Hardouin di Gallese, la actriz Eleonora Duse, la marquesa Alexandra Carlotti di Rudini, las condesas María Anguissola y Giuseppina Manzini o la pianista Luisa Bacará.

Según aseguran sus biografías el autor y aventurero italiano fue un hombre dotado con una personalidad muy excéntrica, y entre sus más celebres costumbres estaba la de dormir utilizando una almohada muy especial, es decir, rellena de mechones de pelo que había ido minuciosamente cortando a cada una de sus múltiples conquistas amorosas a lo largo de toda su vida. Así, la negra leyenda en torno a D’Annunzio afirmaba a fines del siglo XIX, en Italia y en toda Europa, que el poeta y pervertido tenía por costumbre beber buen vino en una copa fabricada nada menos que con el cráneo de una joven que, supuestamente, se había suicidado por cuenta de su amor.

Dicen sus biografías que el escritor usaba a manera de afrodisíaco secreto unas adecuadas dosis de estricnina, eficiente veneno, que según el mismo D’Annunzio solía tomar antes de cada sesión de sexo y también, afirmaba ufano, que debido a sus numerosas conquistas en la cama era ferozmente odiado por una tropa de más de mil maridos carnudos y celosos.

El poeta se convirtió en árbitro de la moda, la moral, la filosofía corporativista de estado y la música. En 1911 colaboró en Francia con el compositor Claude Debussy y con la bailarina judía Ida Rubinstein en la creación del espectáculo El martirio de San Sebastián, y en el cine fue el guionista del célebre filme Cabiria. Tan famoso sería el poeta que hubo una época en la que retratarse con D’Annunzio, fuese por parte de políticos, deportistas, compositores, escritores o estrellas de cine, era procedimiento seguro para ganar presencia y prestancia públicas.

Gabriele D’Annunzio, cuyo verdadero nombre Gaetano Rapagnetta, ocupó una posición prominente en la literatura italiana, desde 1889 hasta 1910, y en la vida política, desde 1914 hasta 1924, y entre sus novelas más destacadas se encuentra El inocente, 1892, que Luchino Visconti llevó a la gran pantalla. Gabriele era el hijo de un terrateniente de Pescara y publicó su primer libro de poesía a los 16 años y, en 1881, ingresó en la Universidad de La Sapienza de Roma; su primera novela, Il piacere, El placer, se publicó en 1889. En 1897 D’Annunzio fue elegido miembro de la Cámara de los Diputados por un periodo de tres años pero, en 1910, debido a su estilo de vida temerario es obligado a dimitir, y se ve obligado a partir a la precipitada hacia Francia para escapar de sus voraces acreedores. Por otro lado, D’Annunzio es probablemente el escritor italiano de finales del siglo XIX que mantuvo los lazos más estrechos y duraderos con Francia y, en 1892, su novela El inocente, traducida al francés por Georges Hérelle y publicada por Calmann-Lévy, provoca el entusiasmo nada menos que de Marcel Proust.

Al empezar la Primera Guerra Mundial el poeta puede regresar a Italia y entonces hace numerosos y apasionados discursos a favor de la entrada de su país en el bando de los aliados, y no sólo discursea sino que participa agresivamente en los combates como piloto militar voluntario y pierde la visión de un ojo en un accidente aéreo; así, el 9 de agosto de 1918, en calidad de comandante del escuadrón número 87 conocido como La Serenísima, organiza una de las mayores hazañas de la contienda bélica al conseguir que nueve aviones de guerra realizaran un viaje hasta Viena para lanzar panfletos propagandísticos.

Terminada la guerra D’Annunzio emerge fortalecido en sus ideas nacionalistas, y la cesión de la ciudad de Fiume, actualmente Rijeka en Croacia, durante la Conferencia de París le irritó sobremanera; por lo que encabezó a los nacionalistas italianos de la ciudad y mediante acción audaz se apoderaron de ella forzando la retirada de las tropas angloamericanas, francesas y británicas que la ocupaban. Con dicha acción el poeta pretendía que Italia se anexara de nuevo Fiume, pero la petición fue denegada; lo que motivó que D’Annunzio declarara Fiume como un estado constitucional independiente, el Estado Libre de Fiume, antecedente del posterior sistema fascista italiano, del que, como haría Benito Mussolini más tarde para toda Italia, se nombraría así mismo Duce. Momento y circunstancias en que nuestro Orestes Ferrara arriba a la ciudad irredentista y se entrevista con D’Annunzio.

D’Annunzio desconoció el Tratado de Rapallo, firmado en abril de 1922 en la localidad de dicho nombre entre Rusia comunista y Alemania, y declaró entonces la guerra a Italia para terminar rindiéndose en diciembre de 1920 después de que la armada italiana bombardeara la ciudad. Tras el incidente de Fiume, D’Annunzio se retiró a su villa de Cargnacco a orillas del lago de Garda, en el municipio de Gardone Riviera, y pasó allí sus últimos años escribiendo.

Es bueno apuntar que aunque el poeta tuvo una enorme influencia en la ideología de Benito Mussolini, nunca estuvo sin embargo directamente involucrado en los gobiernos fascistas italianos; lo que no resultó óbice para que, en 1937, fuese nombrado miembro de la Real Academia Italiana de la Lengua y para que, tras su muerte fulminante, Mussolini le otorgara unos funerales de Estado.

“Tengo lo que he dado” es la divisa heráldica esculpida por el poeta en el pórtico de la ciudadela monumental erigida a orillas del lago de Garda, conocida como Il Vittoriale degli Italiani, última morada del ilustre, y la misma señala con humor al hecho de que D’Annunzio hubiera dado desinteresadamente la dicha ciudadela al Estado, pero, a cambio de que éste le diera la financiación necesaria para su grandilocuente edificación. Diseñada como una obra de arte total, como un “libro musical de piedras vivas”, el Vittoriale viene a realizar todas las aspiraciones del héroe y profeta pues, histriónico y espectacular, es un monumento narcisista, un reino de extravagancia simbólica sin par en el mundo contemporáneo.

Y es que pareciera que el poeta, pretencioso, portará en su vida la divisa de que las grandes almas, antes de expirar, deben obligadamente extinguir las tentaciones, esto es, según apostrofaba el maestro gnóstico Carpócrates de Alexandría allá por la primera mitad del siglo II de Nuestra Era, matarlas, saciarlas, agotarlas todas hasta las mismas heces para, ahítas del placer de la carne, no verse más nunca compulsadas a regresar nuevamente a por ellas a este mundo de dolor y de deseo; pero, si de algo podemos estar seguros, a juzgar por la existencia que tuvo el vate, es de que jamás volveremos a tener como huésped en este mundo de dolor y de deseo al alma reencarnada de ese dandy guerrero nombrado Gabriele D’Annunzio.