El cinismo de la sucesión a cara descubierta

Amir Valle

amirvalle-columna-ilustracion-otrolunes26Aunque suene gracioso y petulante, es la triste verdad: “es mejor que te calles la boca”, me ha dicho muchas veces Berta, mi esposa, pues ella asegura que cada vez que abro la boca para pronosticar sobre la realidad cubana, suele suceder lo que vaticino. Y esa frase: “es mejor que te calles la boca” la ha repetido mucho en los últimos años siempre que un periodista ha venido a casa a entrevistarme sobre alguno de los tantos sucesos que conmocionan el ya conmocionado día a día de nuestra islita.

Hoy leo las noticias y sonrío con tristeza. Confieso que me gustaría equivocarme, pero soy de los que no se pronuncian a la ligera: antes de hablar sobre algo tan enredado y oscuro como los avatares políticos de mi país, analizo todas las pruebas visibles e intento imaginar las evidencias que no veo a partir del conocimiento que creo tener de cómo piensan quienes hace ya más de medio siglo desgobiernan la isla.

En el 2006, un mes después de que Fidel Castro cediera el poder a su hermano Raúl, dije a un periodista de la Deutsche Welle que en Cuba estaba todo tan engrasado que era iluso pretender que la enfermedad y muerte de Fidel Castro pudiera significar un cambio. Y siento decirlo, pero a pesar de que he leído a cientos de analistas hablar de cambios y progresos en la era de Raúl, lo cierto es que los cubanos hoy son más pobres que hace cinco años, la represión contra la disidencia es más sutil (y por ello más difícil de condenar, aunque sea más cruel) y la mayor prueba de que un país está en quiebra moral y económica: el éxodo, ha continuado de manera progresiva. Hoy es todavía más abismal que hace cinco años la diferencia entre las clases sociales que ya, ¿quién se atreve a dudarlo?, existe en Cuba. El sueño de la inmensa mayoría de los cubanos es emigrar (sí, como lo oyen, incluso con el “beneficio” de las reformas, ése sigue siendo el sueño). Y todavía peor es que en estos tiempos “raulistas” se ha profundizado el daño mayor que le han hecho los hermanos Castro al pueblo cubano: a nuestros compatriotas de la isla la supervivencia importa más que el destino de la nación, lo cual resulta muy conveniente para quienes detentan (y siguen pretendiendo detentar) el poder, pues por decisión propia la gente (“nuestro heroico pueblo”, dicen ellos en sus discursos) les han cedido el monopolio sobre lo que ideológica y políticamente se hace en el país.

Soy un redomado pesimista y lo digo en voz alta: nada ha cambiado en Cuba. Todas las supuestas reformas de Raúl, cuando se han aplicado, no han solucionado ningún problema para los cubanos, pero al gobierno le ha servido de fachada ante un mundo estupidizado que aplaude sin darse cuenta de que no hay tales cambios, son simples retoques de maquillaje en el rostro cadavérico de una momia. Y todavía sonrío más, esta vez con cierta mueca de burla compasiva, cuando escucho a unos cuantos elogiar la “reforma migratoria”, sin percatarse de todas las trampas que encierra, de todas las manipulaciones que se esconden detrás de algunos términos de la “nueva resolución”, de todo el andamiaje ideológico que establece para garantizar el silencio de mucha gente que sabe que, si lograra tener el pasaporte (en Cuba) o su habilitación (para quienes viven fuera) están a merced de que te permitan salir o entrar si traspasas la casi invisible línea de lo permisible en materia de crítica al gobierno o al sistema que éste representa. Como gustaba decir mi abuelo Ceferino cuando algo iba de mal a peor: “En un establo pequeño nos cambiaron la vaca por la chiva. Ahora el animal ocupa menos espacio y se ve menos, pero también tenemos menos leche”.

Escucho: “Fidel ha ido a votar”, y sonrío tristemente. Escucho: “Mariela Castro Espín es una de las candidatas a la Asamblea Nacional”, y tiemblo ante lo que un detalle como ése representa.

¿A qué me refiero?

Hace cinco años, en el año 2007, hablé por primera vez en uno de mis artículos de algo que me resultaba altamente preocupante: la nomenclatura cubana estaba moviendo fichas y colocando en sitios de poder económico, financiero, militar, político o de movilización de sectores sensibles del pueblo, a un grupo de sus vástagos o a miembros más jóvenes de su descendencia. Se establecía, me quedó claro, una estrategia (casi de marketing) en la cual se rompía con el secretismo que Fidel Castro había manejado sus asuntos familiares (secretismo que, como era de esperar, era practicado por otros miembros de la cúpula en relación con sus respectivas familias). El objetivo era evidente: en una estructura de poder donde, siempre, la cúpula (Fidel antes, ahora Raúl) había determinado quiénes podían dirigir los destinos del país, imponiendo sus criterios gracias a una falsa democracia popular, y ante el declive biológico de los “cabezas pensantes” de la “Revolución”, había llegado el momento de lanzarle señales al pueblo de que “los hijitos de Papá”, antes invisibles, formaban parte también de ese pueblo y podían emprender exitosamente tareas fundamentales. De ese modo, la aparición normal de Antonio Castro (hijo de Fidel) en un sector tan importante para los cubanos como el deporte, y el protagonismo de Mariela Castro (hija de Raúl) al frente de la batalla contra la intolerancia por razones de sexo (otro sector altamente sensible, como bien se sabe, especialmente por la imagen de tolerancia que ello lanza al mundo) fueron sólo las dos tramas más visibles de toda esta estrategia.

En resumen, que yo lo veo de esta forma: en un país donde al pueblo le interesa sobrevivir y deja a otros la responsabilidad de ocuparse de los destinos de la nación; en un país donde las generaciones históricas siguen empecinadas en dirigir el país como si estuviéramos aún en los años de la Guerra Fría; en un país donde la propaganda aprovecha la crisis internacional para seguir cacareando sobre el paraíso que “alcanzaremos en un futuro no muy lejano” mintiendo sobre las “maravillas” que ocurren en los países que han elegido construir el “socialismo del siglo XXI”, en un país donde los herederos sanguíneos de los fundadores de la “Revolución” saben que o se implantan en el poder o pierden todas las facilidades de vida que han disfrutado gracias al poder mantenido por sus padres, la sucesión está garantizada. Así de simple.

Quisiera equivocarme. Quisiera no ser tan pesimista, pero mientras más abro los ojos veo un monstruo deforme plantando sus garras sobre nuestra isla: supuestas reformas económicas y sociales pero una represión más fuerte y sofisticada (¿el modelo chino?) y una tribuna  repleta de trajes caros y elegantes con tufo a duro y cruel capitalismo cubriendo los mismos cuerpos que antes vistieron uniformes verde olivo con tufo a “esperanzador” socialismo (¿el modelo ruso?).

Nadie sabe. Y yo, al menos por ahora, no quiero seguir vaticinando más nada.