El escritor y el verano/h2>

Patricia Suárez

patriciasuarez-columna-ilustracion-otrolunes26Aunque enmarques el texto de Roland Barthes “El escritor en vacaciones” (de paso, lo subí a mi blog por si alguien tiene ganas de leerlo: http://discretoencanto.blogspot.com.ar/2013/01/el-escritor-en-vacaciones-roland-barthes.html) y lo cuelgues a la vista de toda tu familia, ellos harán como si nada. Casi sería mejor que colgaras un cuadrito con alguna frase célebre, pongamos por caso de Rabindranath Tagore: “Yo dormía y soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y comprendí que el servicio era alegría” y a lo mejor tu familia, que te conoce desde tanto tiempo atrás, decida que necesitás ver un médico psiquiatra. Por cierto, esto es difícil: tu familia siempre y unánimente culpará de cualquiera de tus padecimientos a los libros esos que leés como un tarado sin cuidar que el día menos pensado te vas a quedar ciego incurable y a ese afán que tenés por escribir cosas que nadie entiende y que además son inmorales.

Dice Barthes por ahí que el escritor nunca está en vacaciones, porque siempre está escribiendo o pensando en escribir. Esto, los que escribimos lo sabemos: parafraseando un tango de Carlos Gardel de 1932: para el escritor “ni el músculo duerme ni la ambición descansa”. Claro, que a lo mejor el buen Roland no tenía una santa madrecita a la que llevar de excursión y no tenía cónyuge y frutos del amor, también llamados hijos. Porque acá la cosa se complica: con los frutos del amor jamás podrás negociar que para vos el verano es leer y escribir y que te importa dos pepinos conocer el sur argentino y la ballena franca austral. ¿Quieren ver la ballena franca austral? ¿No tienen como tres canales en el cable (que, aparte, pagás vos religiosamente), el Animal Planet, el NatGeo, etc? Tus hijos pedirán la emancipación apenas puedan, de eso no te quepa la menor duda. Por el momento, deberás limitarte a encomendar en tus oraciones al sabio señor que inventó los campamentos de verano para la infancia y buscarles un campamento donde estén más o menos felices y básicamente agotados al volver a la casa y que les impida torturarte con todos los lugares adonde quieren ir, remachándote la conciencia a voz en grito con el asunto de que SE ABURREN, como si el aburrimiento de los paridos con dolor fuera responsabilidad tuya.  Uno, a la larga, comprende por qué Saturno se comió a sus hijos.

Habiendo resuelto esta parte, pasemos a la más peligrosa. El cónyuge. Con esta denominación, cónyuge, el que comparte el yugo, incluiré desde vínculos santificados por la Madre Iglesia y el Estado, a el affaire que se inició en los últimos meses del invierno y ahora la pasión derivó una meseta amorosa alegre y amena. En cualquier caso, aun cuando el otro se haya enamorado perdidamente de vos por tus cualidades de escritor, esperará que en el verano, cuando EL/ELLA está de vacaciones también, le rindas  un culto absoluto. Los dioses aztecas más crueles que pedían un sacrificio humano, no serán tan absorbentes como tu cónyuge demandando atención. Su primera estrategia será dejarte como al azar folletos turísticos,encima del escritorio, de la notebook, como señalador de tus libros y hasta sobre la tapa del inodoro.  Pretenderá que la/lo lleves a la Isla de Capri, por ejemplo, o a conocer las maravillas de la Isla de Rodas o de la Isla de Pascua (cualquier isla le vendrá bien, aunque vos sepas que sólo las Islas de Bermudas y su consabido triángulo, pueden darte satisfacción), y cuando le digas que no te será posible por el costo que implica semejante viaje, te dirá entre sollipeos y un rencor profundo que te guardará toda la vida, que muy bien se conforma con salir a pescar mojarritas al parque municipal. Lo importante es estar juntos y cambiar de aire, insistirá. ¿No podría encenderse el extractor de la cocina, por ejemplo, que pagaste en cuotas, de tu bolsillo, y dejarlo todo el día funcionando? Así se cambiaría el aire, también. No se te ocurra, siquiera, mencionar lo del extractor: es un chistecito cínico entre nosotros; el amado puede quitarte los ojos con el lápiz HB si te oye decirlo.

Hacerle entender al cónyuge que para vos viajar es leer, es inadmisible. Podrás, tal vez, si antes suplicás a varios santos milagrosos, convencerlo/a de que pegando un póster con un paisaje de montaña en una pared junto al lecho y en la pared de enfrente otro póster con un paisaje playero, al mirar alternativamente un póster u otro, se deleitarán fantaseando que están en esos lugares. El cónyuge aceptará porque por su cerebrito cruza la idea de la lascivia. La lujuria en la cabeza del cónyuge, en el verano, es como el correcaminos de los dibujos animados. Gran parte de las concepciones de la humanidad se hacen en las dos semanas de vacaciones o durante el verano. ¿Y a quién no le gusta hacer el amor? Pero de pronto, el/ella no se detendrá en su lascivia hasta que la inflamación de tus genitales requiera atención médica. Vos, igual, aceptás poner en riesgo tu vida y tus órganos reproductivos para tener la fiesta en paz. Seguramente hasta te sentís enamorado de tu cónyuge, porque sino hubiera bastado con echar tranca de hierro en la puerta y colocar siete candados en las cerraduras (una orden de restricción policial, también puede servir). No obstante, el problema vendrá  cuando él/ella esté echada en el lecho descansando del calambre de alguna posición del Kama Sutra digna de un contorsionista de circo y mientras observa la calidad de la nieve en el póster que colgaste, vos saques subrepticiamente un volumen de debajo de la cama, lo abras y poses tus ojos en el alfabeto impreso, acción que se llama leer. Sobrevendrá el escándalo. Porque si hasta ahora pusiste todo tu empeño y energía en explicarle a tu familia y a tu media naranja en especial, que para un escritor leer es trabajar (y ellos, inevitablemente te miran con sorna y sonríen con la boca torcida cuando pronunciás esa clase de cosas), ahora que “estás de vacaciones imaginarias”, no te dejarán siquiera mencionar un título que te gustaría leer. Puede haber insultos más graves, por supuesto, desde explicarte que escribir literatura no es trabajar, porque eso lo hace cualquiera (nunca sé de dónde la gente argumenta esto): trabajar es ir a la oficina de 9 a 5 y sábado inglés, como mínimo; y para aquellos familiares que ya han experimentado que la explicación no cala profundo en tu alma y no abandonás la literatura, directamente optarán por llamarte vago, roñoso y amarrete, y en última instancia te mentarán la madre, que también, claro, opina como ellos. ¿Estás de vacaciones o estás trabajando, al final?, te preguntarán. Inevitable, amigo, el pez muere por la boca: nunca habría que haberles explicado nada, sino hacerse a la idea de que cada vez que te encierres en tu cuarto a leer (si tenés la fortuna de tener un cuarto propio donde puedas hacerlo), opinarán lo mismo que opinaba tu santo padre: que una secta diabólica te lavó la cabeza y no pararás hasta devenir fakir, derviche o terrorista islámico, o que la masturbación compulsiva que practicás en ese cuarto, terminará por reblandecerte el ya comatoso cerebro y habría que internarte de por vida en un cotolengo para cuadrapléjicos.

Una familia occidental y cristiana que se precie, a la voz de Dante Alighieri, Bocaccio, Shakespeare o Chaucer puede; a, escupir al piso, y b, como queda feo escupir, hacerse tres cruces volando . A este estado de exasperación puede llevarte también tu cónyuge en vacaciones, haciendo que te pases mano sobre mano en una playa al rayo del sol, llorando vos lágrimas ardientes y oyendo de él/ella largas explicaciones sobre la diferencia que existe entre el bronceador y el protector solar. A veces, lamentablemente, la situación no se arregla sino cuando tu cónyuge pega un portazo y te abandona a tu suerte. En ese caso no deberás desesperarte, porque el amor se puede reflotar promediando el invierno. Hay que tomarse el abandono con filosofía: cuando un amante te abandona, siempre se puede iniciar un poemario sobre el corazón roto y esas cositas que tanto gustan a los lectores. La amada perdida es un leit motiv que incluye autores muy distintos entre sí como Edgar Allan Poe, Amado Nervo, José Alfredo Jiménez y ¿por qué no?, Ricardo Montaner. Otra solución para conseguir un respiro veraniego en la soledad, podría ser el suicidio, pero convengamos que es un poco drástica como solución y que nadie puede decir a ciencia cierta que en el Más Allá uno logre escribir tranquilo. Yo apostaría a que en el Más Allá, ya desde el momento en subís a la barca, Caronte no para de darte la lata y para cuando por fin cruzaste el Aqueronte tenés un dolor de cabeza tal que echa por tierra aquello de que en la muerte no hay sensibilidad.

¿Una solución salomónica posible? Enviar a toda la familia de vacaciones y visitarlos día sí, día no. Día sí, día no, y así se pasa el verano, gracias a Dios.