El peso del humo

Elidio La Torre Lagares

elidiolatorre-columna-ilustracion-otrolunes26Dejar de fumar provoca una terrible soledad. Es una cosa espantosa, tan solo comparable al momento que sentí morir a mi madre y un terrible sentido de orfandad se sublevó en mis adentros. Es una carga superlativa la de andar por el mundo y saberse trunco en el origen de uno. Igual me pasa con el hecho de saberme no fumador. Me siento huérfano, desterrado de mi árbol genealógico literario, donde aparentemente todo el mundo fuma.

Nadie nace fumando, pero tampoco nadie nace hablando, y creo que en el mundo han muerto más personas por lo que han dicho que por lo que se han inhalado. Está bien, tal vez es una inofensiva exageración, una futil apología del humo seguramente propiciada por el hecho de que crecí con mi abuela, que fumaba en el balcón en su ritual de todas las tardes, cuando se sentaba a ver cómo el sol de litio se iba escondiendo tras las montañas. Luego dejó de fumar. A los setenta años. El día que cumplió noventa se jactaba de que llevaba veinte años sin fumar y que no le hacía falta. Los últimos seis años de su vida ni recordaba quién era. Perdió toda existencia del lenguaje en su cerebro.

Pero mi compulsión por el tabaco puede que no haya sido conducta aprendida y sí un estadio freudiano, repetido en mí como se repiten las cosechas de café en mi pueblo. Cualquier sujeto que se haya comido un banano maduro a las tres horas de haber nacido debe poseer un apetito grande por el mundo, la boca grande o un karma hambriento. O todas las anteriores. Entonces, fuma. Quizás suena como un divertido mito, pero lo del banano me lo contaba mi madre. Mi padre nunca lo ha negado, aunque cuando le pregunto si yo fui enviado de otro planeta, su silencio es igual de elocuente. Papá también fue fumador por un tiempo. Hasta que nací, precisamente.

Fumar no es una cosa que se planifica. Creo yo. A mis doce años, recuerdo que mi hermana mayor le saqueaba uno que otro cigarro a mi abuela y me invitaba a fumar con ella. Entiendo que era más una actividad trasgresora o curiosidad que necesidad; digamos, algo para atormentar la monotonía. Mi hermana, de hecho, no heredó el gen fumador. En cambio, yo sí.

No es algo de lo que yo me jacté, por supuesto, pero tampoco voy a negar que una vez descubrí mi pasión por la escritura, quien primero estuvo conmigo fue la cajetilla de Marlboro.

Luego mis lecturas se fueron plagando de humo. Hemingway, Faulkner, Joyce, Cortázar, Onetti, Hammett, Kerouac, Bukowski… por Dios, parecía que ser escritor conllevaba una combinación de lecturas, talento y humo.  Sin duda que la historia de la literatura es un sahumerio sin filtro, como cuenta la historia de Mijaíl Bajtín, quien, al ser condenado por Stalin a un campo de trabajo en Siberia, se dio a fumar hierbas silvestres enrolladas en el papel donde había escrito un ensayo sobre Goethe. Bajtín, bajo la certeza de que existía una facsímil del trabajo guardado en Moscú, fumó hoja a hoja el escrito que aún sometía a revisiones. Al final, el escrito se esfumó.

Es casi irónico que el último film donde el hábito de fumar es un personaje más sea a la vez la canción de cisnes de la presencia pública del cigarrillo.  Smoke, de 1995, escrito por un fumador bona fide, Paul Auster, y dirigida por Wayne Wang, narra las vidas entrelazadas de cuatro personajes en búsqueda existencial de lo que ellos llaman el “peso del humo”. Los años noventa convirtieron a miles de fumadores en parias al prohibirse, rigurosamente, en los Estados Unidos y Puerto Rico, el consumo de cigarrillos en lugares públicos.  Así se va de hábito a vicio, a la velocidad de una medida legislativa. Sin embargo, la prohibición tuvo el mismo impacto que el de las campañas de abstención sexual durante los ochenta: ninguno. O casi ninguno. La gente siguió fumando después de tener sexo, comer o tomar café.

Al parecer, el humo produce filosofía. Beckett, Wilde, Octavio Paz, el joven Vargas Llosa, Truman Capote, Bolaños. Karl Marx incluso aceptó que su Das Kapital jamás pagaría por todos los cigarros que consumió mientras escribía la obra. No sé si se tratará de alguna coyuntura definitoria entre la química del cerebro y e inhalar tabaco, pero Sartre argumentaba que fumar era poseer el mundo, puesto que para el fumador, el universo se comprueba mientras se fuma. Y vamos a tener que asumirlo por tautología: la mayoría de las personas vinculadas al arte y al tabaco en algún momento admitirán que el hábito posee propiedades estimulantes para acompañar la inspiración y curar las ideas brillantes.

Nunca fui (porque ya aprendo a conjugar el verbo en pasado cuando se trata de fumar) un fumador compulsivo. Podía fumar unos diez cigarrillos al día, y en los últimos meses consumía menos, hasta que me sentaba a escribir. Entonces perdía la cuenta. Pero ya entonces se me hacía un pesado vicio (todos tenemos vicios de construcción), y hasta pensaba que fumar me sería insostenible si finalmente me decidía ir a vivir a la ciudad de Nueva York (en donde el paquete de cigarrillos cuesta doce dólares). Así que comencé a deshacerme de lo que me deshacía.

Cuando se lo comenté a un amigo, me dijo que yo estaba loco. Que la razón por la cual ya no había ni Hemingways ni Bolaños ni monstruos literarios era porque ahora los escritores no fumaban y tomaban café de Starbucks. Como sea. Una de las fotos memorables de Leonardo Padura lo muestra con su habano en la boca y pienso que tal vez, tal vez, solo tal vez, mi amigo pudiera tener razón.

Sarte, al pensar en dejar de fumar, imaginaba que desaparecería el humo conductor que ahumaba su cotidianidad. De la intimidad de pensar y escribir hasta rituales de socialización como cenar e ir al teatro, fumar era lo que daba sentido a lo que constituía su vida. Según The Faber Book of Smoking, editado por John Walton (2000), el fumador sartreano recibe al mundo cigarrillo en mano: en el cigarrillo se encarna la actitud corporal hacia la existencia misma.

Mark Twain se describía a sí mismo como un “fumador incansable” y se jactaba al decir que: “Dejar de fumar es fácil. Lo sé, porque lo he logrado en miles de ocasiones”. La nicotina, como la cafeína, es una anfetamina. Estimula y ayuda en la concentración. Y, en cierto modo, equivale a hacerse dependiente de estímulos externos para encontrar lo que se supone resida en el interior de uno. La escritura, he de sostener, es un zen.

De todos modos, quiero pensar que no he perdido el savoir faire por falta de muletilla. No quiero sentir que las palabras me han abandonado por falta de humo, sino que debo descubrir nuevas palabras entre mi nueva carencia. Sencillamente me entrenaré como escritor smoke-free.

[suspiro]

Que se joda. Al final, quién sabe, todos somos una hermosa ficción.

Comienzo mañana.

 

(Nota aclaratoria: Elidio La Torre Lagares en realidad ha dejado de fumar).