Hamsun

José Luis Muñoz

joseluismunoz-columna-ilustracion-otrolunes26Días atrás vi Hamsun, un interesante biopic sobre el Nobel noruego. Firmaba la película, rodada en 1996, que pasaban por una cadena estatal española, un realizador sueco notable de la generación de Ingmar Bergman y Bo Wideberg: Jan Troell. Del octogenario realizador había visto, muchos años atrás, excelentes filmes, el díptico Los emigrantes y Huracán, por ejemplo, pero no tenía noticias de él últimamente. Hamsun, protagonizado por uno de los grandes actores europeos vivos, Max Von Sydow, el actor fetiche del desaparecido Ingmar Bergman, y protagonista también de ese filme de Troell sobre la emigración escandinava a Estados Unidos, me interesó no solo por la impecable factura narrativa del filme sino también por el acercamiento al Nobel, tormentoso personaje y escritor extraordinario.

Cuando leí a Knut Hamsun, a mediados del siglo pasado, con muy pocos años —la culpa la tuvo la bien surtida biblioteca de mi padre y el ver que mi hermano mayor disfrutaba con sus novelas, lo que me producía una sana envidia y ganas de imitarlo— no tenía ni idea de su pasado filonazi. Es más, en la España franquista en que la obra de Knut Hamsun se publicó –creo que yo la leí en una magnífica colección de la editorial Aguilar llamada Premios Nobel en la que publicaban las obras completas de los escritores que habían obtenido el galardón—ese detalle ideológico no ponderaba, o ponderaba a favor del autor noruego. Recuerdo que las tres novelas que leí —Hambre, publicada en 1888, inmediatamente después de que Hamsun diera por finalizada su etapa de emigrante a Estados Unidos, Pan y Un vagabundo toca con sordina—me impactaron positivamente; me acuerdo vagamente de ellas, lo que con el tiempo transcurrido quiere decir que me dejaron huella, y me llamó la atención el papel importante que la naturaleza (Hamsun venía del medio rural y ejerció, sucesivamente, de aprendiz de zapatero, carbonero, maestro de escuela, picapedrero, empleado comercial, vendedor ambulante y escribiente de un puesto de policía) jugaba en su narrativa.

Han pasado más de cuarenta años desde que leyera a Knut Hamsun y tengo la certeza de que su prosa era fluida, rica, sensual, elegante y profunda. Quizá, si lo volviera a leer ahora no pensaría lo mismo. Pero el que leyera hoy a Hamsun tampoco sería el mismo que lo leyó cuarenta años atrás y quedó fascinado por sus novelas.

El excelente biopic de Jan Troell nos presenta a Hamsun en sus últimos años —y a Max Von Sydow, metido en su papel, en parecido trance, como el propio director por edad—, un Nobel que apenas escribe sino alguna nota laudatoria sobre Hitler en los periódicos —«Era un guerrero, un guerrero para la humanidad y un predicador del evangelio sobre el derecho de todas las naciones; un reformista del más alto rango y su destino histórico fue precisamente actuar en un tiempo de brutalidad, que finalmente le hizo caer», llegó a decir en su obituario—, monstruo al que seguía, más que nada, por su aversión a Albión, y con tensas relaciones con su esposa e hijos. El Hamsun decante, torpe, grotesco, paralizado literariamente hablando, de andares dolorosos por ese paisaje nevado de Noruega, se convierte, a los ojos del espectador, o de yo como espectador, para no generalizar, en alguien absolutamente vulnerable, a pesar de su arisco envoltorio y sus diatribas vitriólicas, ante el último capítulo de la novela de su vida que se resiste a escribir  (¡Pues no me voy a morir!, suele decir). Ese patriarca noruego, del que su país se sintió orgulloso en su momento por haber obtenido el premio Nobel de literatura en 1920, se convirtió, a los ojos de los ciudadanos que lo habían leído y admirado, en un traidor, y no sin razón. Pero la humanidad de su personaje reside precisamente en sus errores, sus dudas y contradicciones, en el modo cómo intercede, a regañadientes, para que no sean fusilados unos jovencísimos miembros de la resistencia noruega (de los que piensa que se equivocan al enfrentarse al nazismo, pero no merecen tan drástico castigo); en la decepción traumática que le causa su encuentro con Hitler, cuya vulgaridad en la distancia corta le abruma; en el deseo, una vez terminado ese horror de la Segunda Guerra Mundial y haber visto algunas imágenes de los desmanes cometidos por los que él tanto admiraba, de pedir su juicio y castigo (llega a exigir que le fusilen, pero lo recluyen en un manicomio del que sale moribundo y medio ciego).

El caso de Knut Hamsun, detestable en lo ideológico (ofreció a Goebbels la medalla de su Premio Nobel), no es excepcional en el mundo de la literatura. Se me ocurre, a bote pronto, el del francés Louis-Ferdinand Céline, otro apestado por sus ideas fascistas, pero escritor extraordinario, y el Jorge Luis Borges benevolente con la Junta Militar Argentina. Lo importante del creador, por lo que la posteridad le va a juzgar, no son sus fallos terrenales, sus infidelidades y amores profanos, sus cobardías y traiciones, sino su obra, que es lo que perdurará. La obra es siempre más importante que su autor.

El Knut Hamsun que queda reflejado en la película de Troell  fue un mal marido, peor padre y un traidor que llamó a no luchar contra los amigos alemanes cuando éstos invadieron Noruega, pero ello no le resta ninguno de los méritos por los que ha pasado a la posteridad.

Knut Hamsun, por esos misterios editoriales inexplicables, dejó de publicarse en España hasta que una editorial, especializada en autores escandinavos, Nórdica, lo rescató no hace mucho. El Nobel noruego no tiene plaza ni calle alguna en su país: su traición pesa más que su valía literaria.