Meditaciones sobre el éxito literario

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marcotulioaguilera-columna-ilustracion-otrolunes26Mi vida como proscrito. Me he puesto a pensar en el éxito y cómo afecta a los escritores. Creo que fue Ciorán el que escribió que la peor maldición que le puede caer a un escritor es la fama. He pensado también en la serie de tentaciones que se les presentan a los escritores a lo largo del camino para que dejen de escribir honradamente, es decir, siguiendo lo que llamó Kafka el mandato interior. Dice: “Por qué comparas tu mandato interior con un sueño? ¿Te parece acaso absurdo, incoherente, inevitable, irrepetible, origen de alegrías o terrores infundados, incomunicable en su totalidad, pero ansioso de ser comunicado, como lo son precisamente los sueños?” He pensado también en el famoso me-lees, te-leo, me-premias, te-premio, me-invitas, te-invito. Y en cómo se forman sociedades de escritores que se apoyan unos a otros para subir en la escala del éxito y de la repartición de los pasteles, aunque sus libros resulten -–a medida que progresan en el abismo de la abyección y el servilismo– una porquería. He pensado en los concursos y cómo cada vez es más frecuente que se ofrezcan a escritores que ya no escriben literatura sino bazofia. He pensado en el caso de quien fuera un gran amigo, quien escribiera magníficas novelas y un día decidió aceptar un cargo en una universidad norteamericana (sin renunciar a su sueldo original) y seguir cobrando como aviador en su antigua universidad. Pasaron los años: publicó un libro, y resultó de ínfima calidad; publicó otro, y resultó peor; publicó el tercero, y fue espantoso. Y sin embargo algunos de sus amigos siguieron elogiándolo. Yo no lo elogié: simplemente le dije que no me gustaban sus libros y que prefería no escribir sobre ellos. El resultado es que perdí su amistad. La fórmula del fracaso del escritor serio es sencilla: cuando te corrompes en la vida privada pierdes la gracia de la literatura. Hay que ser sincero hasta causar repulsión. No hay otra forma de ser un escritor honrado: hay que cumplir con el mandato interior. Los casos de escritores que se han perdido a lo largo del camino son muchos. Tengo la peregrina tesis de que en México hay toda una generación de escritores fallidos por culpa de las becas, los cargos, los honores, las prebendas. Quienes fueron brillantes prospectos son ahora una especie de perros callejeros a la espera de las migas de la burocracia. Cuando se llega a cierto punto de difusión y atención por parte de las editoriales y las instituciones los escritores comienzan a cuidarse de no emitir opiniones peligrosas: se convierten en diplomáticos, en cocineros de recetas literarias, pierden el sentido del riesgo. Para ser un escritor honrado hay que ser un solitario, un ser detestado, un marginado. No sé si de alguna forma estoy escribiendo sobre MT. Lo dudo. Pienso que he mantenido una línea estricta. Todo lo que he ganado se lo he arrancado a la fuerza al mundo. Eso creo. Habrá quien piense lo contrario. He recibido más de veinte premios. En general no he aspirado a cargo alguno, aunque he soñado con ellos. He recibido tres veces el título de Creador Artístico y una el de Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz. Ya no puedo aspirar a más pues tres es el límite. No participo en las convocatorias de Sistema Nacional de Creadores en México porque sé que allí siempre habrá barreras. El hecho de que haya conservado intacta mi capacidad para opinar y el hecho de que practicado la crítica sin tapujos a lo largo de toda mi vida mexicana, me han convertido en proscrito.

Habiendo llegado a una edad en la que vale la pena hacer un balance me he preguntado si he tenido éxito, si he conseguido mis objetivos, si estoy satisfecho con lo alcanzado. ¿Qué es el éxito? ¿Y éxito en qué? Y en caso de haberlo alcanzado, ¿qué sentido tendría? Primero habría que preguntarse si he escrito libros que tengan algún valor y sentido, no sólo para mí sino para algún grupo de lectores que se considere respetable. Si el éxito fuera el aplauso de un grupo de personas, tendría que responder que sí he tenido éxito. Ha habido libros con grandes tirajes, he recibido buenos premios. En Colombia soy más un recuerdo que una realidad editorial. En México circulan varios libros y algunos ya van por más de diez ediciones. En Medellín varias personas recitaban mis cuentos de memoria, en Costa Rica mis auditorios estaban llenos, en Banff escuchaban mis conferencias en mal inglés con auténtico entusiasmo, desde varios puntos del planeta me han escrito niños para agradecer mis cuentos, revistas de muchos países destacan mis obras, mucho se ha escrito sobre mis libros. Hay cuentos míos que se han reproducido en más de cien blogs alrededor del mundo. El punto más alto o quizás más importante de mi existencia podría haber sido la presentación de mi novela Historia de todas las cosasen Barcelona. ¿Hubo éxito? No, definitivamente no. En el salón de El Corte Inglés habría acaso veinte personas, de las que habría que descontar los cuatro presentadores, el maestro de ceremonias y mi esposa. De modo que fueron apenas catorce o menos. En la segunda fila había cuatro ancianitas, de esas que son habitúes, que asisten a las presentaciones de libros porque no tienen otra cosa que hacer. Al lado de ellas, un hombre de edad madura. Eso sí: las cinco personas prestaron una atención concentrada. Y no sé si compraron los libros. De modo que no firmé ni uno. ¿Éxito? No. Fracaso. No hubo ni un escritor, ni un periodista, ni una cámara. Nadie del ambiente intelectual de Barcelona se presentó. Publicidad solamente hubo en la página virtual de La Vanguardia: una íngrima entrevista, donde despotriqué contra los concursos literarios de las grandes empresas editoriales y dije que la gran literatura se estaba produciendo en Latinoamérica. Lo que de paso me granjeó algunas animadversiones de los escritores con los que me reuní en Madrid. Escritores que se reunieron más que todo para gorrearle una cena al editor de Trama Editorial, que corrió con los gastos. Ahora: el otro extremo del éxito: la publicidad manipulada. En México o más circunscritamente en el provincial ambiente de Xalapa se difundió la idea de que la presentación de la obra había sido un acontecimiento. Un tercer ángulo: la calidad. No me toca a mí juzgarla aunque con frecuencia lo hago y en general no bajo la calificación de mis engendros por debajo del fácil epíteto de obras maestras. Todas y cada una. Sin excepción. Los comentarios sobre mi  Historia de todas las cosas, en general de amigos, han sido, tremendamente ditirámbicos. De modo que sí hubo un éxito aparente, un éxito fingido. Pero, ¿importa esto? Más que todo para el ego del autor. Lo que se ha dicho de esa novela no se ha dicho de ninguna en muchos años. Los elogios han sido desmesurados y casi siempre han salido de las plumas de amigos. En la Feria del Libro de Xalapa vendí casi cien ejemplares de Historia de todas las cosas y cien de Mujeres amadasLos firmé todos. Se los puse en las manos a los lectores desprevenidos que pasaban por el stand de la Veracruzana, los promocioné sin escatimar autoelogios. Otro extremo: en San Isidro de El General, pueblo donde se desarrolla mi  Historia de todas las cosas,  mi éxito fue auténticamente apoteótico: di conferencias, hasta tres diarias, con auditorios llenos, rubriqué el libro de los visitantes ilustres, firmé ejemplares piratas de mis libros, recibí de nuevo, tremendos elogios, se me ofreció una hectárea de bosque en las estribaciones del Cerro de la Muerte si aceptaba residir en el pueblo, poco faltó para que me erigieran estatua, y no dudo que algún día lo hagan. ¿En términos monetarios hay éxito? No, claro que no. Al año recibo derechos de autor fundamentalmente por mi libro de cuentos infantiles (he vendido aproximadamente 35 000) y ello no monta ni un sueldo mensual que percibo de la Universidad Veracruzana. Pero, bueno, hagamos una pausa: de lo que se trata en realidad no es de ganar mucho dinero y recibir aplausos sino de hacer lo que quiero y de ser feliz con ello. ¡Qué rico y ganando!, gritaba una prostituta vocacional de San Isidro mientras fornicaba entusiasta y deportivamente. Yo también puedo repetir ese grito: ¡Qué rico y ganando! Y en este caso puedo decir que sí he triunfado, he impuesto mi ley. Aunque tengo el casi unánime rechazo de la institución cultural oficial de México, de muchas ferias del libro, de parte de instituciones académicas y literarias debido a las frecuentes declaraciones lapidarias contra los santones y sus poderes, y debido también a mi casi lapidaria sinceridad (decir la verdad es de mal gusto, le dijo un lector al escritor Óscar Collazos), sé que muchísimos escritores y críticos son lectores frecuentes y entusiastas de mis obras, pero la mayoría no se atreverían a ocuparse de mis obras pues sienten que de alguna manera quedarían manchados por mi leyenda de apestado. ¿A quién se le ocurre decir que Carlos Fuentes y José Revueltas son malos autores, que los libros de Fernando del Paso son indigestos, que García Márquez es autor de cuentos de hadas? Pues, obvio, yo mismo he levantado los muros que me aíslan del mundo. Mario Miguel Ojeda dice que yo soy un outlier y un outsider. Lo que me satisface. Mis conferencias en Xalapa en general consiguen buena asistencia en los sitios donde grandes nombres fracasan. He escrito más de 30 libros y no vivo de ellos. No tengo fortuna. Tengo lo básico y algo más, pero sobre todo, libertad. Ah, pero hago mi capricho: voy al básquet, soy nadador master con muchas medallas, protesto acerbamente cuando veo vulnerados mis derechos. De lo que se trata es de hacer las cosas bien. Y creo que yo las he hecho bien, incluso en los casos en que mis libros han sido completamente ignorados. ¿Éxito? ¿Quién lo quiere? Si el éxito implica ser acosado día y noche, como lo es García Márquez, ¡saco! Mejor perro bajo la escalera: perro pero escribiendo lo que quiero como quiero y en el momento que quiero. Las grandes obras no las han hecho los mansos sino los tercos, los obstinados, los ególatras, los egoístas, los que soslayan su vida familiar, los esquizofrénicos, que viven al otro lado del abismo. ¿Las uvas están verdes? Maybe. Quizás cuando me den la noticia de que he recibido el Premio Tusquets u  otro gran premio (siempre estoy escribiendo obras maestras y esperando grandes premios, ingenuo u optimista que soy) yo cambie por completo. No olvido que cuando mi novela El amor y la muerte era una de las dos finalistas del Premio Alfaguara, Marisol Schultz, la directora en México,  me preguntó: “¿Está usted preparado para lo que representa este premio: viajes por 30 países durante un año, acoso de la prensa, constantes recepciones, conferencias, poco sueño?” Le respondí: desde que comencé a escribir a los 17 años estoy preparado. Y aunque aprecio la paz al extremo de no recibir en casa a casi nadie por meses e incluso años sigo conservando los sueños adolescentes de gloria estrepitosa. Mi personalidad atrabiliaria es la que permite convivir en mí al misántropo y al soñador de glorias.