Murmullos

Alejandra Costamagna

alejandracostamagna-columna-ilustracion-otrolunes26La primera y única novela que publicó Juan Rulfo inicialmente se iba a llamar Los murmullos. Pero la publicación del libro Los falsos rumores, de Gastón García Cantú, en la misma editorial que sacaría la novela de Rulfo, lo llevó a cambiar el título. Eran demasiado parecidos, se podía prestar a equívocos: Los falsos rumores, Los murmullos. Entonces Rulfo escogió Pedro Páramo y así quedó y así lo conocemos, y la decisión parece acertada cuando leemos y luego cerramos los ojos y seguimos escuchando los murmullos, sin que nos digan que son murmullos, en el recorrido del hijo que busca al padre, un tal Pedro Páramo, por los territorios fantasmales de la memoria y la aridez del desierto, que acaso puedan ser las dos caras del mismo infinito silencio. Camanchaca, la primera novela del chileno Diego Zúñiga (no voy a hablar de lo joven que es el autor, de la extraordinaria capacidad de venir de vuelta antes del cuarto de siglo y de todos esos piropos que saltan a la boca cuando uno dice Diego Zúñiga). Digo, la primera novela de Zúñiga ganó el premio de los Juegos Literarios Gabriela Mistral en 2009 con el mismo rulfiano título: Los murmullos. Desconozco los pormenores del caso, pero alguien (o acaso él mismo) sugirió el cambio de título y hoy ese libro se llama Camanchaca, y es neblina al hueso. Neblina copiosa de un paisaje familiar.

Publicada el mismo 2009 por La Calabaza del Diablo y hoy reeditada por Random House Mondadori, Camanchaca explora el desierto geográfico y anímico de un chileno de provincia; un hijo cualquiera en busca de las respuestas que un padre cualquiera no le dará. Un hijo que repasa la memoria íntima y colectiva, y se afana en cuadrar unos círculos fantasmales que resulta imposible cuadrar. Porque la neblina, esa camanchaca del norte que se desplaza como un rumor agónico en la memoria, se posará en el parabrisas de un auto cualquiera para distorsionar las miradas y fingir que todo está bien, que los dientes no sangran, que las familias no se descomponen, que no existen los perdidos ni los desaparecidos ni los ausentes.

Camanchaca es un libro que apuesta por lo no dicho. Por lo que se dice sin decir, más bien. Por lo sugerido, lo apenas rozado. Por las historias que laten por debajo, mientras en la superficie el mundo se mueve en círculos. “Un cuento siempre cuenta dos historias”, dice Ricardo Piglia y lo sabe bien Diego Zúñiga. “Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario”, insiste Piglia, adhiere Zúñiga. Frases como éstas dan cuenta de la confianza del narrador en los vacíos, en la contención antes que el grito; en esas zonas de las que nadie quiere hablar, pero que de tanto silenciarlas van brotando como malezas de un desierto mental. Frases como éstas, digo:

 

-“Me invitó después de que pasó lo de mi mamá”.

-“Ellos no deben recordar lo que pasó el día que nos dejamos de ver”.

-“Ese último día que ocurrió todo, la puerta estaba entreabierta”.

-“También pensé en contarle lo que había pasado con mi mamá: no sé por qué, pero me dio la impresión de que él me entendería”.

 

O este párrafo más largo, en el que el narrador deja asomar la punta del conflicto que atravesará la novela completa:

 

“Fue una de esas noches, completamente a oscuras, que mi mamá me contó lo de mi tío Neno. Me dijo que había muchas cosas que yo no sabía, que no fue idea suya mentirme, que era un trato que había hecho con mis abuelos. Y contó la historia. Con detalles. Con silencios. Días después no volveríamos a hablar más de mi tío Neno. Días después habría otra historia que nadie iba a querer contar”.

 

O también esta otra escena doméstica que ocurre hacia el final del libro y da cuenta de la persistencia del narrador en la búsqueda de unos hechos silenciados:

 

“Entro a mi casa y mi tata está leyendo una revista. Me siento frente a él y me pide que le cuente cómo lo he pasado en Iquique. Yo le respondo que todo está bien y luego le pregunto si es verdad que mi papá mató al tío Neno. Mi tata me mira y me dice que deje de hablar estupideces, que yo soy un pájaro, que no entiendo nada, que todavía debo madurar”.

 

Como vemos, el narrador-protagonista siempre va sabiendo más que el lector. Pero este hijo que indaga y busca los hilos de un pasado que ni sus padres ni sus abuelos ni nadie quieren recordar, que por un minuto piensa que no tiene recuerdos de infancia, no nos deja botados en el camino. Y permanentemente nos va haciendo juegos de luces, nos guía por este desierto con la señalética del que necesita recomponer un puzzle de piezas perdidas, con urgencia: acaso como una forma de sobrevivir en este presente borroso.

Este es un relato que se va armando con múltiples relatos. Uno de ellos es el de la dictadura: un relato que aparece –como todos los demás– apenas sugerido en frases, escenas, una atmósfera, una palabra. La palabra “desaparecidos”, por ejemplo. La carga semántica del término es articulada con sutileza por el narrador. Como si dijera (otra vez) sin decir. El narrador (y Zúñiga detrás del narrador) capta y transmite, sin necesidad de explicitaciones, ese silencio aterrador que envuelve a la palabra “desaparecido” en nuestro pasado reciente.

Ésta es, en definitiva, la novela de un muchacho que intenta recomponer, fragmento tras fragmento, una historia que nadie está dispuesto a contar. Es un relato que deja los rumores, las preguntas y las respuestas enterrados en el corazón del desierto de Atacama. Murmullos: eso es Camanchaca. Murmullos de un hijo que busca unos recuerdos perdidos por allá por la infancia en provincia. El murmullo como la lengua extranjera del balbuceo mental. “Escribir tiene mucho que ver con recordar”, ha dicho Zúñiga en alguna entrevista. Y ha ido aun más lejos: “La literatura siempre está cerca del fracaso. Los de Camanchaca para mí son puros personajes derrotados (…). No tiene mucho sentido contar una historia feliz”.

Pero no se engañen. Esta historia no feliz es una historia bella. Una historia bella y triste, como las de Kawabata. Una historia como las de Diego Zúñiga, más bien, que tiene una voz propia, a fin de cuentas. La voz del que ha aprendido a escuchar los murmullos de la vida ordinaria porque sabe muy bien que allí –sin alarde, sin alharaca, sólo prestando atención a la belleza pálida del día a día– se concentra el sentido de lo extraordinario.