¡Perrea, nena… y perrea libre!

Edgar London

edgarlondon-columna-ilustracion-otrolunes26Cuenta la historia de tu mujer que fue a la tienda, propone, en efecto, mi esposa antes de marcharse. Va a comprar no sé qué cosa para no sé qué trabajo. Uno y otro elemento son intrascendentes en la anécdota pues apenas rescato de este breve ejercicio la seguridad con que una persona común y corriente puede, en México (en casi cualquier lugar del mundo, no yerro al decir), salir a la calle con la certeza de que alguna dependencia económica le proporcionará justo lo que necesita (dinero de por medio, claro está). Desde esta sencilla perspectiva bienvenida sea la propuesta del libre mercado. Y, espero, nadie se aparezca con la inocente ocurrencia de excesos. La libertad sobrevive en la posibilidad de ejecución, no en la ejecución misma. Las reglas con claras. Si tienes dinero, compras. Si tienes voz, cantas. Si tienes ideas, las expones.

Por supuesto, resulta innegable que las subvenciones siempre son bienvenidas. Igual a cuando papá nos garantiza un peso de más para comprar algún que otro dulce; parecido, digamos, a esa edad de oro, donde Cuba, esperaba la cuota generosa de la URSS, misma que no podía ganarse limpiamente en el mercado internacional.

Sin embargo, la mano de papá, así como dadivosa puede ser pesada. Aprendemos desde niños que no hay triunfo verdadero sin verdadero sacrificio. Y, en ocasiones, este esfuerzo supera con creces los lauros a obtener. No escasea, incluso, el rasgo sinceramente ridículo. Lo escribo con la certeza de quien pretende arrastrar el pasado hasta el segundo presente para entender los sinsentidos que se pasean por la llave del Caribe.

Eso hago. Al menos, eso intento. Lloro un video de los Beach Boys (“Don’t worry baby”) donde un grupo de jóvenes baila con movimientos supuestamente provocadores, hacen alarde de destreza física y se divierten de lo lindo al compás de la música sin importarles un bledo que hoy, este escritor perdido y remoto, lamente sus múltiples coreografías porque entiende que, durante esos años, aquellos gestos eran la máxima expresión de la libido y advierto el absurdo de entristecerme ante la peligrosa certidumbre de que observo removerse un montón de cadáveres.

El problema es que se trata de cadáveres felices. Y eso me entristece todavía más porque comprendo que algunos ni siquiera clasificaremos tal cual. Confieso mi absoluta ignorancia en cuanto al desempeño musical de los Beach Boys (no sé, por ejemplo, si alguna vez sufrieron censura de cualquier índole; tampoco, por ejemplo, si en un momento determinado fueron tachados de groseros). Acepto, en cambio, mi estupor ante la mala nueva que me llega de suelo patrio. El titular rezaba “La dictadura castrista prohíbe el reguetón en Cuba”. Se trata, a todas luces, de una frase sensacionalista y apocalíptica (la red permite referencias menos burdas), mas encierra un mensaje verdadero: la censura, otra vez (bajo mil tapices de las más variadas justificaciones) está presente en Cuba.

Dicen en La Habana que no aceptarán groserías en las letras de las canciones. Dicen que tampoco tolerarán la imagen de la mujer como objeto sexual. Por eso las restricciones. Por eso, dicen y recontradicen los filtros culturales. ¿Será que olvidaron los exabruptos de Fidel Castro en sus discursos frente a las cámaras? ¿Será que el espíritu de Vilma Espín todavía rige en los dictámenes de Raúl Castro? ¿No fue ella (invoco a Vilma, no a Raúl) quien cortó de tajo la efímera iniciativa de elegir una Miss Habana porque regresábamos a los vicios del capitalismo? ¿Será que los millones de Armando Christian Pérez (mejor conocido como Pitbull, un quien por quien reguetonero de ascendencia cubana) les duele? ¿Será que también les duele el culo (otra vez, invoco al exitoso sencillo de Pitbull que responde a tal nombre)?

No importan las razones. El ridículo es inevitable. Quisiera pensar que se trata de una fallida maniobra cubana para desviar la atención en torno a la precaria salud de Fidel Castro, si todavía la tiene. A fin de cuentas, no es la primera vez que Cuba sufre este tipo de reprobaciones, a inicios del pasado siglo ya Serafín Ramírez Fernández, compositor y crítico musical cubano, fundador de la Gaceta Musical de La Habana, referenciaba en su texto “La Habana artística” que el danzón es un “ritmo revoltoso y picante con que se acompaña esa degeneración de nuestra contradanza llamada danzón. Ritmo que, lejos de imprimir belleza a la inspiración melódica, elegancia y morbidez a los movimientos naturalmente cadenciosos de nuestro favorito baile, lo desnaturaliza y afea con su chocante rudeza. Quítese al danzón la música con que se baila…”, aquí, podría interponer un retruécano, “quítese al reguetón el baile con que se expresa la música” y quizás no fuese blanco de censura. Irónico que hoy las autoridades culturales cubanas defiendan a capa y espada la valía del danzón cuando dan, no la espalda sino las nalgas, a la propuesta del reguetón, e imagino que pondrán el grito en el cielo ante la comparación que establezco. Sin embargo, no equiparo géneros musicales (¿qué sentido tendría?) sino reacciones pseudoautoritarias. Además, en aquel entonces, las invectivas no respondían a una ordenanza política.

Acerca de la imagen femenina me encuentro en una serie disyuntiva. La sexualidad que evoca la mujer es un punto que se explota no sólo en la música, sino en los anuncios publicitarios, en las telenovelas, en el cine, incluso en la esfera política, y, desde esa perspectiva, representa una tendencia reprobable. No obstante, implica al mismo tiempo una fuente de inspiración para las chicas. Errónea, quizás. Mas cierta. Aquí les dejo un ejemplo. No se completa una semana desde que le solicité cierta dinámica docente a un grupo de estudiantes universitarios. Curioso (y absolutamente real) que las muchachas del citado grupo incorporaron el famoso “perreo” como parte de la actividad. Nadie les pagó por ello. Simplemente les resultó divertido y anoto (por si acaso): hablo de féminas de clase acomodada.

Apenas termina el video de Beach Boys y lo único que ocupa mi mente es una interrogante de contestación incierta, ¿así de anacrónicas se considerarán las actuales modelos reguetoneras cuando las observe un joven ignoto en veinte o treinta años? Porque si respondemos afirmativamente, de inmediato me cuestiono ¿en qué dimensiones ubicar la chusca ordenanza de las autoridades cubanas al prohibir ciertos temas musicales?

Recuerdo aquel viejo apotegma que reza (no literalmente) “Cuba es el mejor lugar del mundo para estudiar o estar enfermo”, claro que no siempre estamos estudiando ni enfermos. ¿Cómo llenar, entonces, los espacios restantes? Al parecer los cubanos, símbolo multinacional del deleite armónico, tampoco podremos disfrutar a plenitud de los ritmos que nos venga en gana porque hoy, igual que antaño sucedió con la ideología, el estado nos impone qué música debemos aceptar.

Sí, leyó usted bien: el estado cubano puede tomarse la libertad de coaccionar la libertad de un ciudadano en un panorama tan bien definido como la música. Y alguien (extranjero a todas luces) pudiera afirmar con absoluta razón “para eso es el estado”, contraponiendo la posibilidad de que emisoras radiales privadas hagan contrapeso. ¡Error! Hablamos de Cuba, señor. No hay tales alternativas. Al estado pertenecen la radio, la televisión, la prensa y, en buena medida, hasta Internet, a juicio de muchos ilusos, el único espacio de comunicación cien por ciento soberano. Nuevo yerro.

Lo peor es que en par de lustros (o más) otro dirigente cultural tildará de leyenda macabra la actual restricción. Así sucedió con los Beatles. Hoy tenemos un parque John Lennon, pero ayer mi padre y sus amigos se escondían para escuchar a los chicos de Liverpool.

¡Cuánto se reprochan las funestas (y tácitas) leyes que impone el mercado!, pero justamente la ausencia de ese mercado permite extravagancias de tamaña envergadura. El dominio absoluto del estado hiere en el rostro a la libertad artística, fomenta la cultura underground, socava el respeto a las instituciones y contradice el sentir martiano de “ser cultos para ser libres” porque antes hemos de ser libres para ser cultos.

Si el reguetón difama y ofende, que sean los cubanos quienes muestren su desacuerdo. No se busca lo que no gusta. Sin embargo, seduce lo prohibido. ¡Cuidado!, no sea que la oficialidad cubana en lugar de cercenar, multiplique. Los jóvenes hallarán la forma de mantenerse actualizados y la radio y la televisión se verán más hundidos aun, a pesar de que rara vez emergen por sobre el gusto de la población.

Podría agregar otro par de líneas, pero ya mi esposa regresa. Me basta ver su rostro para comprender que encontró lo que buscaba y más. Quizás mi bolsillo se amargue, pero mi ánimo se exalta. Siempre es bonito comprobar que existen personas libres en este mundo… mi esposa es una de ellas, y eso que no le gusta el reguetón. Problema de educación, supongo. ¿Por qué no empezamos por ahí?