El hombre sabio

José Luis Muñoz

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José Luis Sampedro (Barcelona, 1 de febrero de 1917 – Madrid, 8 de abril de 2013)

No abundan los hombres sabios. Son una rareza en el mundo en el que habitamos. Sobreabundan los necios y zafios. Estamos acostumbrados a discursos de obviedades que se nos venden como pensamientos profundos. Malos tiempos para la lírica, pero también para la épica y el pensamiento. Y el pensamiento resulta de vital importancia para echar un poco de luz a esta etapa oscura que está sacudiendo los cimientos de buena parte de los países europeos y nos hace retroceder, a muchos, treinta años.

En España, una cohorte de bandidos de guante blanco, durante un interregno que ha durado más de veinte años, ha saqueado el país doliente hasta dejarlo literalmente en la ruina. Una mancha putrefacta de corrupción, el Algo huele a podrido de Hamlet de  Shakespeare, que se extiende desde la corona al gobierno, pasando por los partidos políticos y los sindicatos, ha dejado un surco de heces en la piel de toro cuarteada. Las consecuencias de todo ese expolio sistemático es la miseria para toda una generación preparada, el exilio económico para los que quieran sobrevivir y la desesperanza para los que se queden.

Este día del libro, que se sigue celebrando en las ciudades de España con un entusiasmo irreductible a pesar de lo que está cayendo, especialmente en el ámbito de la cultura, faltó a su cita con los lectores que le quieren y le admiran un personaje entrañable que decía verdades como puños y estaba en esa edad que, de vuelta de todo, podía permitírselo: José Luis Sampedro.

Ejemplo de escritor comprometido, este catalán criado en Madrid supo compaginar desde siempre su devoción por la literatura ─ La sangre es la tinta con la que uno debe escribir ─, expuesta en un buen número de novelas excelentes que tuvieron fieles lectores y éxito─ Congreso en Estocolmo, El río que nos lleva, La sonrisa etrusca, La vieja sirena, El amante lesbiano─ , con los números, con los que estaba muy familiarizado como economista. Sampedro no sólo escribía muy bien, sino que pensaba muy bien y tuvo su mente perfectamente amueblada hasta su último suspiro, casi centenario. Mientras muchos de sus colegas se rendían a la dictadura de los mercados, se dejaban llevar por su curso, él siempre tuvo un pensamiento crítico y esbozó, como otros economistas preclaros, soluciones para esta devastadora crisis que lleva a mi país al sumidero de la historia. Claro que sus fórmulas no gustaban a los poderosos, porque eran revolucionarias y un alegato contra el capitalismo salvaje que ha anulado el poder de decisión de las democracias occidentales. Sampedro, en estos momentos tan difíciles para la sociedad española, se puso al lado del movimiento de los indignados, sumó su voz a la de ellos como han hecho Federico Mayor Zaragoza, Baltasar Garzón, Javier Bardem y otros muchos artistas e intelectuales que se resisten a que la economía de los números prime sobre la economía de las personas. El autor de La sonrisa etrusca fue, sobre todo, un humanista, palabra que a muchos puede sonar rara en un mundo obsesionado por las cifras y que se olvida del hombre: Poner al dinero como bien supremo conduce a la catástrofe.

Sampedro hizo mutis del escenario de este mundo el pasado 8 de abril a la edad de 96 años, frontera a la que muy pocos llegan, con la dignidad de los caballeros, sin apearse de sus principios, razonando hasta el final de sus días, sumando su grito sabio a los de millones que en mi país reclaman un drástico cambio de rumbo y una refundación democrática sobre principios morales. A buen seguro debe de estar ahora en el Parnaso, discutiendo con otro buen hombre, sabio e indignado, Stéphane Hessel, que marchó poco antes que él.