La Biblia y el calefón

Jorge Martínez Jorge

superamigos-panchocajasBuen lugar para morir -pensó el hombre-,  ni mejor ni peor que cualquier otro, por lo menos allá arriba se ve un pedazo de cielo por donde pasa, ligera, alguna nubecita flaca, como corriendo perseguida vaya uno a saber por quién. Está en medio del bochorno de la tarde de verano, rodeado de una mole de cemento viejo que se levanta 70 u 80 metros al cielo que nunca ha de alcanzar, celeste sobre gris, el fresco de las baldosas, desgastadas, sucias y percudidas del verde del musgo que las penetra, ausentes de sol en ese minúsculo rectángulo muerto, entre paredes húmedas y ventanas siempre cerradas con vidrios que hace tiempo dejaron de ser tales. En el ángulo que forman las paredes, a la izquierda de su cabeza, entre losas quebradas y levantadas, florece tímida, mínima y silenciosa, una margarita, minúscula vida que habrá depositado allí algún pájaro distraído, único soplo viviente entre tanta muerte que se pasea por esos muros, manchados de mugre, abandono, sufrimiento y dolor.

Se siente mortalmente cansado; sentarse en el duro suelo le cuesta, pero quiere estar allí en ese patio interno olvidado de Dios y los hombres, a resguardo de miradas lastimeras y preguntas impertinentes, a donde llegó por descuido de los indolentes vigilantes, a menudo ausentes y siempre indiferentes. No ha comido, tampoco tiene hambre, hace tiempo ya no la tiene, solo quiere irse cuanto antes mientras la morfina le ha dado un respiro para terminar con ese calvario que no tiene fin. El hombre siente la caricia de la sombra, fresca a pesar del encierro y lentamente se deja caer de espaldas, de a poco sus piernas flacas, magras y sin fuerzas, se estiran en un lento esfuerzo. Ahora sí, ha puesto lo que queda de su cuerpo corrupto por la enfermedad, a todo lo largo de su apocada longitud, la nuca encima de un pedazo de colchón podrido por las lluvias que alguien acertó a tirar como restos de basura añeja, lanzados al vacío desde alguna de las ciento de ventanas que se extienden en lo alto como ojos negros extendidos al vacío, y ha cruzado los brazos sobre su pecho, tal como ha visto colocan a los muertos para el último viaje que le saque para siempre de éste mundo enfermo que para él, hace años ya, no tiene lugar. El dolor recurrente, insoportable, mordidas de dientes afilados en la carne escaldada, le ha ido minando las defensas, las ganas de pelear – ¿para qué? – y hasta los mínimos recuerdos que quedarle pudieran. Le asaltan unos violentos deseos de llorar, allí tendido solo, tan solo como al principio hace décadas cuando su madre le expulsó del abrigado útero para traerle al mundo a sufrir, pero su cuerpo seco, un puro cerno podrido desde las raíces, ni lágrimas guarda. Los recuerdos se le escapan, la cara de su madre, los ojos del padre, la áspera caricia de la mano de su abuelo, el espanto del frío en la cara de su esposa al amanecer de un despertar que no fue tal, su única hija desaparecida tantos años atrás, todo es una masa informe que se mezcla y cruza sin orden ni sentido, pierde los contornos, se vuelve difuso y un sueño raro le va invadiendo el cuerpo. Ha dejado de sentir las piernas, los brazos encima del pecho hundido no pesan, no los siente como suyos, el dolor le ha dado un descanso y le ha abandonado, como siente le abandonan las últimas fuerzas. Solamente quedan sus ojos secos, muy abiertos, hacia el trocito de cielo azul allá arriba, donde se supone ha de irse de una maldita vez, así como está ahora mirando cómo inicia el viaje, declaración final de derrota; la enfermedad no ha sido otra cosa que el propio cuerpo rebelado contra sí mismo, poniendo un punto final a la larga batalla. Nada le va quedando ya; atrás quedan los interminables días de cama en ese hospital que le esconde y expulsa, largas noches compartiendo quejidos con otros tantos muertos que aún viven y no lo saben, depósito de aspirantes a cadáveres con el olor a la muerte campeando entre las sucias sábanas selladas y numeradas. Allá a lo lejos, alta, muy alta, la estela blanca de un avión atraviesa su minúsculo cielo y el hombre entiende es la señal que le faltaba, es tiempo de partir, sólo hay que dejar que ello suceda. Hacia allá va él, olvidado ahora de lo poco que fue y deja atrás. Casi nada. Olvido nada más. Y soledad; con ella vivió y con ella se va.

Podría ser el comienzo de un relato, mera literatura. Sin embargo, no lo es. Días después el intenso olor a putrefacción alertó a alguien anónimo que acertó a pasar por un pasillo olvidado, que dentro de esa gigantesca mole informe que es el Hospital de Clínicas -pleno centro de Montevideo-  alguien se había muerto y nos mostró a los uruguayos cómo, en medio de la medicina, aún hay gente que se muere olvidada de todos.  El hombre terminó sepulto, la noticia apenas una notita de prensa de un día y en el Hospital universitario, algún expediente administrativo que un día alguien archivará.

Pasados casi 30 años de recuperada la democracia, los uruguayos asistimos impávidos, indiferentes, como si fuera algo que no nos afectara, a la realidad que la libertad por sí sola -siendo como es condición indispensable- no soluciona los problemas, como tampoco los resuelve el que el poder esté en manos de aquéllos que soñaron utopías y despiertan hoy -en el poder- viendo que los sueños son granadas prestas a explotar en la cara de los invencibles adalides de las causas populares.

Lejos ha quedado el Uruguay “La Suiza de América” que no vivimos y, mucho nos tememos, nunca existió como no fuera en el imaginario colectivo. La oleada sesentista que bajó de Sierra Maestra se llevó lo poco de tolerancia que nos quedaba, y tras cuernos palos, los gorilas vestidos de verde secuestraron el Estado y la sociedad. Tras 11 años de dictadura, se cayeron -como en toda Hispanoamérica- por su propio peso, pero luego las sociedades corrieron hacia la restauración de los viejos modelos. Fue la moda de los liberales, efímera como todas, evaporada por la rampante corrupción. Y luego, por si algo faltaba, las izquierdas largamente postergadas soñando el futuro, se vieron ante el desafío de gobernar el presente. Sin el faro guía de la fenecida URSS, con la estrella de La Habana perdida en el cielo de la anomia y represión, hubo de emerger el golpista de Sabaneta bañado en petróleo a vender su pomposo Socialismo Siglo XXI, mezcla de Biblia y Calefón, prometiendo el Paraíso en la Patria Grande bolivariana.

El Uruguay de hoy, quizás en menor grado pero en la misma dirección, marcha como toda ésta América cíclica hacia la hecatombe del populismo, sumidos en gobiernos corruptos, autoritarios y aferrados al poder, con sociedades alienadas donde los ciudadanos han devenido en consumidores, rehenes de un lumpen que crece y se gana las calles a fuerza de droga y violencia.

En éste estado de cosas no poca responsabilidad cabe a los intelectuales (los escritores, ay!), a los que las soluciones fáciles de las utopías han convertido en meros instrumentos del Poder -activos unos, pasivos pero igualmente útiles, otros-, precisamente contra el cual, en toda circunstancia, deberían -deberíamos- desempeñar el papel de cuestionadores de las realidades oficiales.

Todo esto que pasa por éste Paralelo 33 al Sur debería servir a los dirigentes, intelectuales y ciudadanos de las sociedades que, como la cubana, pugnan por escapar del oprobioso autoritarismo, para entender que la libertad y su correlato en la democracia -bienes supremos e irrenunciables, como tales y siendo requisito insoslayable- tampoco solucionan todo. Antes bien, son apenas el presupuesto para la larga y dificultosa construcción de sociedades libres y abiertas, donde los individuos consiguen realizar sus sueños en base a sus valores, talentos y virtudes.

Al igual que Martin Luther King, yo todavía tengo el sueño que ello sea posible. Para mis hijos y nietos, y para los nietos e hijos de quienes piensan distinto.