Hemos llegado a Ilión

Poesía

Del libro homónimo

Magali Alabau

magali-alabau-portada001En uno de sus poemas más hermosos, “Canción de otoño”, Fina García Marruz nos habla de la imposibilidad de regresar al pasado, al tiempo de la infancia y la adolescencia, al paraíso, en cierto modo: “cómo volver allí, cómo volver”, es la pregunta que insiste en el poema.

Esa misma pregunta está implícita en Hemos llegado a Ilión, el espléndido poema-libro de Magali Alabau que la editorial Betania tiene el acierto de reeditar veinte años después de su primera publicación en 1992.

Milena Rodríguez Gutiérrez
(del Prólogo de Hemos llegado a Ilión)

 

*****

Hemos llegado a Ilion

Hemos llegado a Ilion.
En sus praderas dibuja
Nadie sabe que guardo dos cabezas,
recónditos parajes,
una verde, Ilion, espuma seca otra.
He llegado acá de vuelta o en un sueño.

Solo el lenguaje inventa este paraje, tampoco eso, una sorna,
un decir las palabras, entrelazarlas, lanzar el híbrido entusiasmo,
descubrir.

No puedo aprender el credo ni puedo quedarme ni me preguntes
que si disfrutaré porque vengo con no desde los años.
Anchas planicies desembocan en mí.
Mis ojos quieren abarcar el despiadado paisaje.
Gris, unos árboles, unas estacas, unas lápidas.
Es todo lo que ven: una casita con puertas que cierran
herméticamente los que entran. Hay que pasar —dice el pasajero
con su prisa de ahora. Arrastro la maleta al tren que nos encierra,
a vestirme dentro de ella, como si en la morgue nos vistieran.
Atrás, no se equivoque, viene su compañero de escuadrón
uniformado con la seguridad que dan los papeles,
ornamentos decisivos que liberan su voz en una orden.
Atrás queda el tiempo feliz de miradas de amor entretejidas
con las manos de promesas y anillos que nos dimos.
Pasa el futuro, nos dijeron tres años, esperaremos,
todo se resolverá, nuestra feliz unión se esfuma
en los pagos de crédito, el interés del banco,
el supermarkeí abierto con fronteras de latas que cabalgan.

El día. Sol, ¿dónde estás?
Cuan pusilánime te ocultas en la calle.
Soy libre, dime. ¿No es la muerte un día más que acompaña
imágenes enormes, macilentos rostros de caravanas
que empuñan tus precarios deseos?

En dos carteras divido la vida.
La que guarda la pluma con punto afilado y con sus gritos.
La que guarda la máscara diaria. Dos filos
que enganchados a mí hacen visitas sin parar de un abismo
sin fondo a un escéptico desdén por los encuentros.
Esta es la estadía siniestra del infierno. Este avión,
esta corazonada, este examen que rasga con papel la tinta.
Hay que ir al nacimiento de la pena, a la herida mayor hay
que curarla, hay que sobornar la sangre y entrar
en cuatro patas a las entrañas de tu propio monstruo.

Me parece tener la Compañera dentro,
esa mujer migratoria que estampa pasaportes,
que dice como si supiera que la lengua se traba,
como sintiéndome el calor en las orejas:
Preséntese mañana.
Como si mañana no fuera ya hoy, este momento,
cercenado por ti, mi compañera,
como si con estas palabras no hubieses
petrificado mis ensueños, mis praderas.

Hemos llegado a Ilion
en barcas donde fuimos los remos, los ruidos,
las arcas de la promesa de una tierra
que convierte el destino en cuarto, en morgue.
Sus muertos arrobados en las puertas,
el aeropuerto espera.

Antro, líneas, Salvador es aquel que nos saca de la mano
evitando la furia, el desparpajo de objetos regados
al auxilio de un siempre mostrador.
Me has salvado sacándome la primera risa,
enseñándome el techo que tiene este edificio.

Me has dejado contar el dinero que paga
por la amarga felicidad del desterrado.
Al destierro no se vuelve, me dirías.
Uno no escoge desterrarse
o hurgar con las manos llenas de helado derretido
las marchas triunfantes de otros campamentos.

Llegas al aeropuerto. Enfrente de ti están los cañones.
Ya empiezan las bizarras estrofas a cantarte esa melodía firme
de los que gustan del néctar sonámbulo de las imprecaciones.
Socialismo o Muerte como una venda inmensa para todos los ojos.
Despierta cada minuto el gesto del desconocido personaje
ya inventado. Te dan un empellón en el costado:
Una lanza, Señor, y estás despierta.

No me han detenido. No me han llevado presa.
No he pasado por la cabina de juguetes.
Nomehaninterrogado.
No he tenido que repetir de dónde vengo.
No me han registrado los baúles.
Soy dócil, soy una doncella.
Se me cae un verde pañuelo al maletero,
cae sedosa hoja amarillenta de mis azulosos dedos.
Pobrecita doncella, no tienes que decir, ya lo sabemos.

Cuando uno no quiere encorvarse por el llanto
ni tirarse de bruces en la tierra,
uno mastica duramente y borra el rostro más querido
como en la despedida de los muertos
donde dices, recupérate, prométeme que te cuidarás,
ya nos veremos.
Así será después que una se muera.
Esa luz de que hablan no estará corroída,
nebulosa lágrima agarrada a pupila.
Un gemido que sale solo, completo, cuando la tierra cae
en la fosa y uno mira los rostros de tantos años perdidos.
Aquellos que míseros te ponen sus ofrendas, sus miradas.
Aquellos que dejaste te reciben como flores abiertas.
Y una tumba también abierta recibe impávida las dádivas.
No hay que llorar —dices, sostienes, y dentro
los tejidos espasmódicamente tragan las entrañas.

Los rostros de los del otro mundo están ajados.
No tienen las cremas necesarias.
No tienen ese aprendiz de brujo de la vida.

Tienen esas límpidas tímidas sonrisas del suplicio.
Hay un espacio. Siempre,
ay,
siempre hay un espacio entre cortinas.
El ángel cortés que distraído lo adentra a una en la tierra,
quitándonos el fardo, las maletas.
No se moleste. ¿Cómo se llama usted?
¿Qué subterfugio de Dios me quita por un instante
esta cruz cerrada, leve y dura, esta maleta?

 

Nos han prestado un carro el domingo para llevarte a casa.
Vamos atropellados, somos tantos en este velocípedo,
un ciempiés, una semilla, una frágil estructura del momento,
los juguetes, los vestidos de quince,
las malangas sembradas por abuelo, la salud,
las nuevas parentelas en el auto.
Domingo, llegas como siempre tan cansado.

 

Estoy sola parecen tus ojos decir.
Atrás queda tu otra identidad,
la nocturna faz de tus anhelos.
Te veo en los rostros de mis acompañantes.
Te desgarras para comprenderlos.
Tratas de oír tantas victorias,
tantos paisajes, inundaciones del afecto.

 

Ya te encontraste en la pared de la sala, ya te encontraron.
Ya descubrieron la pirámide donde está la mueca, donde apuntas
en una pizarra que se borra el diario en que guardas tus memorias.
Ya revisan tu lento olfatear por otros cuartos en aquella figura
de murciélago que descansa en el vaso de agua de la entrada.

 

Ya está la bayoneta preparada.
Ya la barraca donde te ejecutan.
Ya la memoria crece con sus crines, eres otra, eres
el difuso correr del arrebato de aquel que se desploma
y lo reviven para una vez más reencontrarse
con una sombra y otra.

 

Ya están las aves penetrando el estante, abriendo los pescados,
el guiso del humor, entrecortando la fachada dantesca,
el Michelangelo colgado.
Ya estás en el cuarto, lo has reconocido, tus noches,
tus papeles echados en la cesta, la imagen diosdada del asfalto
se interpola en los mosaicos de esta triste casa.
Están tus puntos, los centauros, las paletas consignas,
los retratos, están tus camas, tus orgasmos
están en las paredes desplegados.
Está el vino a la intemperie, está el cigarro,
las cucarachas saliendo a recibirte:
Bienvenida la artista, la coma, el relicario.
Está fugaz tu vida entera, asomada sorda, ya sin fardos.
¿Quién soy? ¿De dónde vengo? Soy Ulises, Electra,
soy la luna, el triunvirato, soy Perséfone perdida,
seis meses allá en sangre viva, seiscientos siglos acá
ya sin certeza.

 

Soy Perséfone Pérez, la errabunda mártir, la destreza,
la víctima victimizada, soy la cereza, la fruta,
el semen de mujer entre las piernas,
el pavo real paseando las ciudades,
extinguida distinguida visión de las paredes.
Soy la pluma del árbol, soy la esfinge aterrada.
Traspasar el cadalso,
ir como María Antonieta o María Estuardo
a enfrentarse, a cortarle las alas a Pegaso
para que no me mate con su amorfa cuchilla.
Es mi espejo que irrumpe en las habitaciones.
Es la figura ancestral que pide sangre.
Es la gota que escribe en las paredes, es el hilo
menstrual en descubierto cielo.

 

Estás ahí, ciudadana del mundo,
contemplando tu espejo, sin preguntas.
Afilando la hora, marcando tus líneas agotadas.
Ahí de frente te saludo.

Del Autor

Magali Alabau
Es autora de los poemarios: Electra, Clitemnestra (1986), La extremaunción diaria (1986), Hermana (1989), Hemos llegado a Ilión (1992 y 2013), Hermana / Sister (1992), Dos mujeres (2011) con Prólogo de Carlota Caulfied y Volver (2012) con Prólogo de Ileana Álvarez. Actualmente reside en Woodstock, Nueva York.