La boda

(Cuento)

J.S. de Montfort

– Papá, es hora de entrar en casa, hace frío aquí.

Pero su padre no le contesta.

La masía familiar queda toda rodeada por un terreno inmenso de naranjos, hasta donde se pierde la vista. A su padre le gusta permanecer entorno; no sabe Francisco si por una cuestión de sobrevenida nostalgia o quizá por la imposibilidad de abandonar el hábito, pues a sus setenta y dos años –y por obstinación de su madre- ha decidido poner fin al trabajo de supervisión de los huertos, dejándolo en manos de la cooperativa.

Un trabajo este, el del cuidado y mantenimiento de los huertos, que prácticamente le ha ocupado toda su vida adulta.

– Mamá dice que subamos…

– Sígueme –le ordena su padre, mientras se arregla la manta a cuadros, que le cubre las piernas.

Su padre avanza montado en la silla de ruedas. Se trata de una de esas que son como cochecitos automáticos y con la que va desplazándose por toda la casa. Ha hecho instalar incluso una máquina elevadora con la que poder sortear las escaleras por las que se accede al primer piso de la masía.

Pero, en verdad, no la necesita.

Así, al llegar al borde de la zona hormigonada, ya cuando comienza la parcela de tierra húmeda de los frutales, más allá de la enorme parra que en verano da sombra a la zona de la piscina, se pone en pie.

– Siempre pensé que te harías cargo de todo esto, hijo –le dice su padre, gritando, sin mirarle, señalando con el dedo toda la extensión que cubren los ojos.

Podría pensarse que se trata de una confesión sentimental; sin embargo, debe habérselo dicho ya dos mil quinientas treinta y seis veces o acaso ya tres mil.

– Papá… no comiences de nuevo, por favor.

 

Ha venido a comer con sus padres.

Su madre le ha pedido que le sirva de acompañante durante la tarde para dedicarse a algunos preparativos de la boda. No ya el chaqué de su padre, que ha visto extendido sobre uno de los sofás del pasillo (es obvio que se lo habrá elegido ella), pero sí el suyo propio, “y tu traje, hijo; que quiero que estés bien guapo”, le ha dicho.

Durante la comida su madre se deleita en explicarle algunos detalles.

– Ya tenemos cerrada la fecha. Será el 22 de Mayo –le dice-. En la ermita de santa Quiteria.

– Ojalá puedas venir –observa su padre-. Como siempre estás tan ocupado…

– Papá, por favor…

Su padre cabecea, y añade “sí, sí, yo sé lo que me digo…”.

– La misa la oficiará mosén Facundo, una cosa breve –continúa su madre. Total, no será más que una renovación de los votos.

En este momento, su madre parece acordarse de algo importante, porque dejando que la cuchara caiga y choque contra el plato hondo lleno de sopa de la que apenas ha comido, se pone en pie, y advierte:

– Ah, mira, se me olvidaba, ahora te enseñaré la lista de los invitados -le dice.

Y sale rauda del salón comedor, dejando que sus pasos se pierdan por el pasillo.

Su padre aprovecha para sentarse en el sofá, frente al televisor, dándole la espalda.

 

– A ver qué opinas.

De entre la lista de invitados que deja su madre sobre la mesa, hay uno que –de inmediato- le llama la atención: Laura Garmendia.

Al levantar la vista, descubre la impaciencia de su madre, que finge un distraimiento, como si hubiese estado concentrada en algo importantísimo.

Entonces Francisco no dice nada, simplemente levanta la tarjeta y llama la atención sobre ese nombre, Laura Garmendia, señalándolo con su dedo.

Su madre, mientras se rasca el cabello con indisimulado recelo, señala a su padre, levantando al tiempo los hombros, y susurra:

– Pregúntale a él.

Y rápido carraspea y se levanta de la mesa.

Desde el pasillo, grita: ¿queréis café?

– ¿Papá…?

Su padre no le contesta; Francisco, entonces, se levanta hacia donde está su padre, sentado en su sillón favorito, cara al televisor.

Al llegar a su altura, descubre que tiene los ojos cerrados.

 

Cuando comenzó a trabajar de comercial, y habiendo conseguido huir de la tiranía del trabajo en el campo, todo le resultaba de una fascinación prometedora; el dispendio del alquiler de los coches, los gastos del hotel y las dietas, la libertad de una visa de amplio gasto; y, sobre todo, la imprevisible aventura del viaje en soledad y por tierras desconocidas.

Ahora, diez años después, el asunto se ha vuelto más rutinario, monótono. Lo más imprevisto es el ingenio con el que se tiene que zafar para no verse arrastrado a cualquiera de esos locales de putas donde siempre quieren llevarle sus clientes, agradecidos por un eventual descuento o por simple cortesía gremial.

Claro que tampoco se sale indemne de tanto viajito, ya le costó en los primeros años el abandono y posterior divorcio de Laura Garmendia. Siempre le repetía dolorosamente: “Ahí estás tú (en Nueva York, o París, o Londres o Berlín) y yo aquí, en esta mierda de pueblo, sola. Y es sábado por la noche, y a saber lo que estarás haciendo, encima”. Pero normalmente no estaba (ni está) haciendo nada, nada más que jugar a la consola de videojuegos wii que siempre se lleva en la maleta, para distraer las horas muertas del final de la tarde, en la deprimente habitación del hotel, mientras espera (o esperaba) para bajar a comer solo en el restaurante.

– De haberte quedado aquí en el campo, esto nunca te hubiera sucedido -le ha repetido su padre en cientos de ocasiones.

 

Hoy está también en uno de esos hoteles, en Nantes, cubriendo el reconocimiento cuatrimestral de sus clientes del sur de Francia.

Ha quedado (o había quedado) para cenar con su contacto en la zona: Jean Paul, pero no en el hotel, por esta vez, sino en un restaurante del centro de la ciudad. Sin embargo, le acaba de llamar Jean Paul, que si no le importa que cancelen la cena; le ha surgido un imprevisto, dice y, además, estará ocupado durante el fin de semana.

– Claro, no hay problema –contesta Francisco-, mirando con una incierta melancolía la wii blanca yaciente al lado del televisor.

 

El imprevisto resulta ser la falta de ánimo. Se lo confiesa Jean Paul el lunes por la mañana, cuando Francisco pasa a recogerle por su casa y toman un café en la cocina antes de ir a visitar a sus clientes.

En la bonita casa que Jean Paul y su mujer tienen en una de esas zonas residenciales con jardín todo parece en orden: las fotografías familiares en su sitio, los libros, la cocina recogida. Pero, sin embargo, hay algo, una sensación de ordenado descuido, que le delata.

La casa está limpia y no desarreglada (pero eso será porque habrá venido la asistenta en los últimos días); sin embargo, en sus gestos se evidencia esa forzosa desatención que Jean Paul procura a los objetos antaño queridos.

Y, en efecto, Jean Paul no tarda en confesarle:

– Claudette se ha marchado con las niñas a casa de su madre.

Francisco cabecea, mientras piensa que se veía venir.

Resulta extraño, pues, que toda la gente de cuarenta años ande divorciándose y que quien vaya a casarse (por segunda vez) sea una pareja de viejos de setenta y dos y sesenta y cinco años, sus propios padres, que llevan la friolera de cincuenta años juntos.

 

El miércoles siguiente (nueve días después, pues ha aprovechado lunes y martes para subir a Brujas a tantear el terreno), ya de vuelta en la fábrica, cruza las oficinas y se adentra en la parte frontal de la nave 2, donde se preparan los palés de los pedidos para despachar, a la búsqueda de Norberto Ruiz, el jefe encargado de planta. Y es que necesita que le confirme una partida que tiene que salir hoy mismo para Burdeos y que Francisco pasó la semana pasada por teléfono, desde allí mismo.

Pero no se fía.

Al no ver de primeras a Norberto siente que algo no va bien. Le pregunta a uno de los chicos del almacén. El chico le informa de que Norberto está afuera; “con el vasco”, añade.

Mal, piensa Francisco. Fatal.

Y no se equivoca, pues atravesando la puerta trasera y saliendo para la zona destechada, se encuentra con un escándalo de azulejos desparramados y un contenedor volcado y yaciendo como al desgaire. Al lado, el fenwick, también volcado, con las palas todavía erguidas y, en el centro de la escena: Asier, que se ríe como un loco.

 

Piensa que debería disculparse con Laura.

Pero mientras el teléfono da el primer tono, ya se está arrepintiendo. Así que cuelga. Y se queda unos minutos largos mirando el teléfono, la pantalla ya oscurecida, mortecina; está convencido de que será ella ahora quien le devuelva la llamada.

Fuma en el balcón, tiritando.

Se pregunta a qué este secretismo adolescente; por qué ha salido afuera, piensa, si vive solo en este apartamento alquilado, Frente a él, refulge en la oscuridad el hosco bramido de las olas. Parece encrespado, el mar. A lo lejos se ven las luces iluminadas de la terraza del hotel Voramar. Hace mucho frío, así que no hay nadie sentado.

Ahora sí que se pensará Laura que la invitación a la boda ha sido cosa mía, rumia mientras pasea por la casa silenciosa. En su mente habla con ella, le dice: “ lo siento, Laura, de veras”. Imagina su respiración, mezcla de angustia y rabia, al otro lado del aparato. “No he tenido otro remedio, Laura, me he visto obligado a despedir a tu primo; ya es la segunda vez que me la hace… No puedo seguir ya más dando la cara por él, por mucho que me lo pidas”.

 

Pero Laura no le llama.

Ni en los diez minutos que vienen después, ni en la semana siguiente. Ni en lo que queda de mes de Mayo hasta hoy, día 22. Y entremedias: Dubai, China y una breve visita a Chicago.

 

Se supone que los novios deberían ser los últimos en presentarse.

Sin embargo, cuando Francisco llega a la ermita (todavía cerrada, pues no ha venido ni siquiera el cura), el viejo Volvo azul de su padre ya está allí.

El siguiente en aparecer es mosén Facundo (con una furgoneta Citroën gris), que enseguida abre la puerta menuda exterior de la ermita. Ha traído consigo un monaguillo joven; se presenta: me llamo Arturo, dice. Es mi sobrino, aduce Facundo en lo que parece una disculpa.

Mientras mosén Facundo se arregla, de espaldas a ellos (pues no hay espacio trasero en esta ermita que haga de vestidor), Arturo se ocupa de distribuir los bancos y, habiendo dejado todo en orden para los asistentes, comienza a encender los cirios y a arreglar el altar del oficio para Facundo, extendiendo los mantelitos, el cáliz, las hostias sin consagrar; todo.

Quedan quince minutos y los invitados se resisten a llegar.

Francisco se acerca al Volvo de su padre, donde su madre sigue encerrada en el asiento del copiloto. “No entraré hasta que estén todos”, le repite, igual que hace diez minutos.

Por fin, un ruido se hace notar en la lejanía y su eco se desliza por la curva que conduce hasta la ermita; Francisco respira aliviado y lanza jovial el cigarrillo al suelo y corre a situarse al lado de su padre, en la puerta de entrada, dispuesto a ayudarle a ir saludando a los invitados.

Los primeros son Ramiro y José Luis (antiguos capataces de su padre). Enseguida llega Aurora (la hermana de mamá, que ha venido con su marido y su cuñada desde Zaragoza), después la tía Magen y su marido Aitor que han traído consigo a Ernestina, la monja, que es la mejor amiga de mamá. Se hace raro verla vestida de calle; bueno, de fiesta, o algo así, pues lleva puesto un traje chaqueta pantalón que tal vez estuviese de moda en los años ochenta, o tal vez nunca. Y al que le ha añadido en la solapa un broche dorado.

Un antiguo alcalde y antiguo republicano, como papá, Alfredo Gimeno, viene después. Y su viejo amigo de juventud: Jaime Palacios, que ha llegado desde Valencia. Y también la prima Eugenia, con su marido Carlos…

En fin, que van entrando todos y se van sentando.

Unas veinticinco personas; treinta quizá.

 

– Ya están todos, mamá –anuncia Francisco al llegar al coche.

– ¿Estás seguro, hijo? –le pregunta su madre.

– Sí, mamá, voy a decirle a mosén Facundo que empiece con la música.

Le hace un gesto a su padre para que salga a la búsqueda de la novia y con ambas manos indica a los invitados que se pongan en pie, que la misa va a comenzar y enseguida entrarán los novios.

Suenan los acordes de un órgano grabado (que se escuchan tanto adentro como afuera de la ermita, gracias a los altavoces exteriores) y Facundo se sitúa en la parte central del altar, enfrentando el menudo pasillo por el que habrán de aparecer sus padres.

A su lado, Arturo, el joven monaguillo, junta obediente las manos sobre el regazo.

Pasan unos diez, quince, treinta, cuarenta segundos. La gente se comienza a impacientar y a mirar hacia atrás; pero desde dentro y debido al menudo marco de la puerta, se tiene una visión limitadísima de lo que pasa afuera. Ello excita a los invitados y aún más alienta sus cuchicheos. Ante el primer conato de intercesión por parte de la tía Magen, que ya está empujando a su marido para que la deje pasar, Francisco le ordena “quieta”, y sale raudo afuera.

A la izquierda, resguardados al lado de la pared de cal, bajo el feliz chopo, se hallan sus padres; su madre agarrada al brazo de su padre. Ambos tiesos, serios, concentrados.

No entiende nada.

Al girarse a la derecha todo queda claro: Un BMW rojo (que pagaron sus noches de hotel en Nueva York, o París, o Londres o Berlín) está aparcando a uno de los lados de la carretera.

En efecto, su madre tenía razón, no estaban todos.

Ahora ya sí.

Del Autor

J.S. de Montfort
(Castellón, 1977) Diplomado en Literatura Creativa (Escuela TAI-Madrid), Graduado en Estudios Ingleses (Universidad de Barcelona) y miembro de la Asociación Española de Críticos Literarios (AECL). Escribe sobre arte y literatura para diferentes medios como Cultura/s de La Vanguardia, Artishock, Jot Down, Paisajes Eléctricos Magazine y FronteraD. Su sitio web personal es: www.jsdemontfort.com