La sangre del Tequila (XII)

Novela por entregas

Félix Luis Viera

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, convertido en uno de los escritores imprescindibles en la historia de la Literatura Cubana desde que sus libros de cuentos Las llamas en el cielo yEn el nombre del hijo adquirieron la categoría de “clásicos nacionales” y “libros de culto” para varias generaciones de escritores en la isla, nos comentó en un mensaje electrónico que le gustaría rescatar aquella tradición de épocas pasadas en la que escritores que hoy consideramos “universales” convertían a miles de lectores en perseguidores cautivos de sus novelas por entregas.

Confesamos que nos surgió la duda: ¿podria ocurrir lo mismo con las nuevas generaciones de lectores, acostumbradas más a la lectura rápida en pantalla que al goce con las historias contadas a retazos y sazonadas con el olor fresco de la tinta de imprenta, como sucedía en siglos pasados?

Así, como un reto, surgió la idea de publicar en OtroLunes, por entregas, la novela La sangre del Tequila de este reconocido escritor y amigo. Y nos complace decir que Félix Luis no se equivocaba: miles de lectores clickean en cada número de la revista sobre estos capítulos de su novela, como demuestran nuestras estadísticas de lectura. Y en cada nueva entrega, nuevos lectores se suman.

Aquí, como en los números anteriores, ofrecemos a esos “cautivos” un nuevo capítulo, como se dice mucho en español, “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes

 

El sur

 

26

He leído no pocas propuestas sobre el actuar inclemente de ciertas mujeres en sus centros de trabajo. Se afirma que por varias razones —esa cohibición para gritar a toda voz cuando tienen los orgasmos (los arquitectos y desarrolladores urbanos jamás han tomado en cuenta este dato para sus proyectos habitacionales, lo cual deja claro lo preteridas que siguen las mujeres), el escozor que les causa la menstruación, o la abstinencia sexual que tantas veces por su condición les destina el vivir, y aun, según ciertos antropólogos, la ira por no ser hombres, etcétera— resultan mal encaradas, volubles, dictatoriales sobre todo cuando tienen de subordinadas a otras mujeres. Y algunas actúan como si quisieran descargar contra el semejante —y más contra otras mujeres— la discriminación sufrida durante siglos. Ciertos sociólogos, varones, hasta argumentan que las mujeres entraron de modo prematuro en la vida laboral; todavía la mayoría no estaba preparada para este paso. Otros van más allá: afirman que la mala leche que suele portar la mujer promedio se debe a un gran complejo de inferioridad integral, que irradian en toda dirección, en todo estamento en que se hallen, como consecuencia de que se saben poseedoras de una mente inferior.

Sin embargo, yo puedo dar fe de que en el camino me he topado con numerosas mujeres que, con su hacer afectuoso en su cancha de trabajo, desmienten el párrafo anterior.

Sumo a la licenciada Laura Arias, del Instituto Nacional de Migración. No voy a describir su físico, porque si lo hiciera, mataría su espíritu.

Leyó —debemos suponer que releía— por encimita los documentos que armaban mi pedido —mi nombre estaba impreso en la portada de la carpeta—, entre los que se hallaba la carta donde era convocado para trabajar, firmada por uno de los jefes de Irene en el Instituto Nacional Indigenista; constaba en esa carta que yo impartiría una cadena infinita de conferencias a los especialistas del INI sobre la destrucción, por parte de los conquistadores españoles, de la etnia guanajatabey en Cuba.

Sin desfijarse la sonrisa, Laura Arias nos pidió que pasáramos al segundo piso, en donde nos esperaría el licenciado Hugo Solórzano, quien me entregaría la resolución para obtener la visa y el permiso de trabajo. Cuando bajábamos por el ascensor dije a Irene, más o menos: Siempre habré de recordar la bondad de Laura Arias, se nota que es una bondad auténtica, no por cortesía, no por buenas maneras, por política, es esa bondad que se bebe desde niño, como la leche de la madre”.

Irene Ramblas permaneció callada. Solo al desembarcar en el segundo piso comentó sin mirarme, como si le hablara al suelo:

—Bondad…

Tuvimos que esperar un rato. Hugo Solórzano atendía otro “caso”, nos aclaró la secretaría, quien tenía la piel color miel, el cabello negro, teñido y enrizado artificialmente. Su piel miel brillaba: la nutrición, el aliño desde siempre. Taconeaba como si le estuviera rindiendo tributo a José Martí: “Repica con los tacones/ El tablado zalamera”. Se sentía poco frío, pero ella vestía un sobretodo negro que le cubría hasta el fin de las rodillas, las corvas, el pantalón también negro.

El licenciado Hugo Solórzano. Sosegado. Retomó por unos segundos los documentos que estaban ante sí; seguramente los originales de las copias que antes había ojeado Laura Arias. Volvió a mirarnos, sonriente: todo listo para entregarme la FM3 con permiso de trabajo. Dijo. Solo que era necesario aplicarme una multa de mil pesos, las normas, ya saben… Más el costo de la FM3, pensé yo, no es buena cifra. Quise decirle: “Licenciado: si los cubanos estamos aquí, es porque ustedes los mexicanos dejaron a Fidel Castro salir para allá a hacer su revolución. Por eso, finalmente, tuvimos que venir para acá: porque ustedes le permitieron a ese hombre entrenarse aquí y salir para allá. De manera que si ustedes le permitieron a él ir para allá a hacer la revolución, ahora nos deben dejar venir para acá, y sin multas”. Pero no lo dije. Solórzano sin duda era buena gente.

Aun bajo la negativa de Irene, “no hay problema, no hay problema”, diciendo, le regateé la multa al licenciado como si le estuviese comprando mangos. Bajó a seiscientos pesos la multa, firmó, nos extendió unos formularios para que fuéramos a pagar al banco, nos indicó dónde dejar el original luego del pago, dónde y cuándo recoger la FM3.

Ya de salida, al llegar a la acera, estaba andando el show del mulato. Un mulato alto, fuerte, con las entradas de su cabellera dura ya apuntando a la calvicie. Era tenor, estaba en México hacía tiempo, me diría luego. Luego, porque ahora yo solo lo vi, apendejado, recostado a uno de los puestos en donde expertos en trámites y mecanografía llenan los documentos a personas que vienen a Migración. Una mujer, mexicana, lo supe luego, hostigaba al mulato, que lo supe luego había sido tenor de la Ópera de Cuba, salido de la Isla por la vía de esta mujer, casada con él para la operación de salida y que ahora le gritaba “pinche negro”, “órale cabrón, fórmale”, instando al tenor a que hiciera frente a la pelea, mientras Irene me conminaba a irnos, pero yo debía ayudar al mulato que en esos momentos ya me parecía compatriota, y los encargados del puesto, un hombre y una mujer, se pegaban lo más posible hacia el fondo, ambos con miradas aterrorizadas y los transeúntes se espantaban y algunos se detenían a mirar y el mulato no reaccionaba, ¿y cuál es el problema?, pregunté a la mujer en alta voz —en ese momento yo ya estaba legal en este país, podía arriesgarme—, que este méndigo cubano es un pinche culero, me contestó la mujer, que luego supe tenía una tiendita de dulcetería y conoció al mulato en un viaje a La Habana y el mulato tenor la había enamorado, y ella se había enamorado de él y por ello “lo saqué de esa pinche isla”, pero ahora el pinche mulato se había rajado, se echaba atrás, vea, la había abandonado hacía seis meses pero ahora vea el muy culero necesita renovar documentos y vea está jugando conmigo, ¿que si vuelves o no cabrón?, que te denuncio, perro desagradecido, ¿pero a poco tú también eres cubano, cabrón?, me dice la mujer arremangándose aún más las mangas del suéter, mirándome con sangre en los ojos por unos instantes cuando estoy viendo que Irene después de avisarme que se va ya se está yendo hacia el estacionamiento y crece el público alrededor y la mecanógrafa y el mecanógrafo se salen por un costado de su quiosco, quedan de pie en medio de la acera y en otros puestos también se paraliza el trabajo, clientes, dueños contemplan la refriega, el par de uniformados que custodian la puerta de Migración miran, escuchan, imperturbables, y de las quizás decenas de frases que les he dicho en plural pero encausadas a la mujer al fin una funciona: Piedad, piensen en sus hijos si es que tienen hijos, piensen en Dios si es que tienen Dios, piensen que están arriesgando sus vidas, se congela la mujer inmediatamente después de soltarle al mulato un swing de derecha, el segundo que le lanzaba según mi cuenta, que el tenor, recostado al puntal del quiosco como un boxeador arrinconado contra las cuerdas, finalmente no logra esquivar y estalla contra su mandíbula.

Cuando me despedía de ellos en un café de enfrente adonde los invité luego de que la dueña de la dulcetería detuviera la ofensiva al escuchar “Piedad, piensen en sus hijos…”, les dejé mi número de teléfono. Pero nunca me llamaron.

 

 

La celda

 

15

Como suele ocurrir en trances semejantes, en medio de la oscuridad, la soledad del umbral, miré hacia todos lados, como si buscara a alguien que me explicara qué estaba pasando. Debía comprenderlo: lo que estaba pasando era que allí estaba, muerta, la casera ochentiañera.  Decidí que sería mejor no tocar el bulto hasta tanto viniese alguien, otro, otros, a dar fe de que estaba muerta. Pero entonces —por mi mente en esos momentos corrían muertos que una vez vi, otros que alguna vez imaginé, otros de los que alguna vez me contaron, pero presentí que ninguno tan cercano y a la vez tan lejano como esta mujer muerta que había caído casi junto a la puerta de mi celda—…, pero entonces me demoraría lo suficiente, esperando a otro, otros, y así ella moriría, si es que aún estaba viva. Corrí adentro a llamar por teléfono, el voltaje había bajado, el teléfono, propiedad de la celda, aún era de los de disco, de manera que tendría que afinar bien para no fallar al meter el dedo. Pero recordé que el número de la Policía era el 060, fácil de marcar al tacto contando desde el aro del cero hacia arriba. Me arrepentí de nuevo de mi desidia vieja: nunca había anotado los números de Emergencia, de la Cruz Roja, del Heroico Cuerpo de Bomberos, de la Locatel para urgencias múltiples; como si nunca fuese a pasarme nada, a pasarle a otro, a pasarle a las cosas. Regresé a la puerta de entrada bendiciendo al cine por primera vez en mi vida. Antes siempre lo había imprecado: es cosa de tontos ver una escena de amor donde dos se están besando, donde alguien está llorando o riendo o están los que sean haciendo lo que sea, sabedor uno de que detrás de esa escena hay cámaras, directores, productores, bebiendo café o whisky o refrescos y fumando, gentes que tantas veces se van a enriquecer con esa escena que luego los imbéciles verán en el cine, y aun buena piara será capaz de llorar, reír, consternarse con esas escenas que tantas veces filman aquellos con el mismo propósito con que un granjero cultiva los aguacates que habrá de vender. Es una falacia el cine. Como no lo son la novela, el cuento, la poesía: en este caso, el autor está solo frente el lector, es totalmente cierto lo que dice, es verdad, se trata de creer o no en la verdad que dice, no hay cámaras ni esa turba de negociantes de por medio. Pero ninguna novela, poema, cuento, lo comprendí en ese instante, podrían enseñarme, con la exactitud de una imagen, dónde habría que tocar para saber si una persona estaba viva o muerta. Las carótidas, en ese punto exacto del cuello, donde arranca la mandíbula. También el cine me había mostrado el peligro de dejar las huellas digitales. Mas si luego se armara la sospecha, yo podría decirle a la autoridad que había tocado eso para encontrar las carótidas, saber si ella estaba viva. Pero una cosa era ver en el cine a alguien tocando las carótidas de otro alguien, y otra palparlas uno en vivo, en la vida real, sin cámaras ni ensayos, así que el cine me había dado solo un rumbo, una referencia, una imagen: yo no sabía en fin dónde estaban exactamente las carótidas ni cómo deberían latir. Casi a ciegas, desbrocé con mucho trabajo el bulto de trapos y palpé con los dos dedos mayores de mis manos por los lados de su cuello, tan frío —¿sería del frío ambiente, o era un frío que rezumaba desde adentro?— y nada latía (¿y a quién carajo le importarían mis huellas digitales, precisamente las mías, que serían las del auxiliador?). De cualquier manera, aunque estuviese viva, no debía moverla, según las reglas. Así que había perdido unos segundos para que la atendieran en caso de que aún viviese. Mejor llamaba ya al 060. Pero cuando mis manos salían del bulto de su cuerpo, arropado de manera arbitraria según me hacía sospechar la penumbra, puse la izquierda y luego la derecha en donde debía estar el corazón, sobre el arranque del seno. Nada latía. Solo frío. Pegué una oreja en el sitio donde, al cálculo, debía estar su boca. No había aliento. Me había asegurado, desplazando lentamente la oreja, de que en realidad esta fuera a parar a su boca. La oscuridad tampoco me dejaría apreciar de manera definida sus ojos.

 

 

 

Verónica

 

18

Hace más de cincuenta días que el vencido, el Candidato Eterno a la presidencia de la república, ha cerrado varias avenidas principales de la ciudad. Todo anda revuelto. El hombre y su piara han puesto quioscos, tarimas, carpas, casas de campaña inmensas en medio de las calles. Los poetas comunistas recitan en uno y otro podio, los cantores comunistas cantan en uno y otro podio.

El Candidato Eterno, diariamente espeta arengas en la Plaza de la Constitución, repleta; lo cual demuestra que las masas o buena parte de las masas suelen estar equivocadas. Buena parte de estas masas que siguen al Eterno son gritonas, amenazantes, agresivas —como suelen serlo en Latinoamérica las masas comunistoides—, vestidas al descuido, o de modo estrafalario. Hay algunos hombres barbudos en uno y otro sitio; de los que cantan o recitan o de los que conferencian acerca de las bondades de la Izquierda sin dejar de enviar amores a dos de sus dioses: Fidel Castro, Hugo Chávez. El Eterno, que parece escupir las sílabas finales de algunas palabras, declara día tras día que le hurtaron las elecciones, y acusa al presidente elegido de mafioso, y más. Con esto, el Eterno pone más tinta a lo que ya encontramos en todo el hilo de la Historia: cuando los comunistas no ganan, tampoco pierden: se declaran moralmente vencedores. Se quejan los comerciantes que han perdido sus negocios por el cierre de las avenidas que ha tomado el Candidato Eterno. No pocos de ellos se han preguntado en entrevistas por la radio, la televisión, los periódicos: ¿por qué el Eterno no cerró las calles de las zonas de ricos?, ¿por qué se traga a los más terrosos?, ¿qué leyes lo amparan para triturar el centro de la ciudad? Un taxista que, al hablar frente a la cámara lo ha hecho como quien arriba a un descubrimiento, ha dicho: “Nada más pasa que el gobierno de la ciudad es carnal del Señor, son del mismo bando y por eso al señor le pasan el dinero para que haga estos desmadres y a él ni le pasa nada”. El taxista no tiene por qué saberlo: los comunistas son los marajás del truco, se encueran y se visten unos por los otros. No hay una letra de la Historia que demuestre lo contrario.

A lo largo de las avenidas bloqueadas, entre los olores a meado y excremento que llegan desde los excusados portátiles, entre los ruidos de músicas antagónicas donde no faltan himnos guerreros, voces que braman consignas, tramos de canciones combativas; entre las niñas y niños que ríen o cantan o juegan quizá creyendo que están en una feria… busqué a Verónica. Había quedado en estar, este miércoles, como siempre, en el apartamento al mediodía. Me llamó al celular, que demoraría una hora más, dijo con la entonación de los emocionados. Pasaron dos y no llegó. Salí a buscarla, podría ocurrir que un compañero se le pegara demasiado, o sacara algún billete de cincuenta pesos o aun de más alta denominación y…

La hallé al final de la avenida Juárez, sentada en un podio desde el que recitaba un hombre moreno flameantes versos dedicados a Moctezuma, Pancho Villa, Emiliano Zapata, Vladimir Ilich Lenin, Che Guevara, sin ocultar la voz lacrimosa al pronunciar ciertos versos.  Verónica estaba, decía, sentada sobre algunas mochilas, junto a otras personas machos y hembras, muy parecido a como se postran los séquitos junto a los mandamases. En otros tiempos, cuando yo era de verdad un hombre, cuando no me aterraba que una mujer pudiese desaparecer de mi vida, le hubiera gritado:

—¡Ven acá, cojones!

Pero ahora solamente, acercándome a la tarima, me hice notar y le mandé una seña, delicada, para que bajara, por favor.

Vino corriendo, zigzagueando hacia mí entre la mole de cuerpos. Llegó machacada, estrujada, sonriendo. Tomó su andar de largas pisadas —el cual, para igualarlo, ya en ocasiones me exigía acelerar demasiado, y en otras le pedía que amainara su velocidad—cuando alcanzamos a entrar por un callejón que nacía (o sería lo mismo decir moría) en la avenida Juárez. Estaban construyendo un hotel, avisaba un anuncio.

Bajo el aguacero, en medio de un pasillo a medio levantar al fondo de la edificación, se desnudó casi: el pantalón y el blúmer en una sola pierna, la chamarra y la blusa abiertas, el sostén zafado. Habíamos pedido permiso al guardián, entonces bajo la llovizna, para guarecernos. Se tocaba los senos y el vientre mientras daba los murmullos de siempre con los ojos cerrados, se contorsionaba y repetía “qué bueno que viniste”. Estaba recostada a un muro que soportaba un resguardo de madera a medio hacer por el que se colaba la lluvia. Recordé al Fusilado: Sus muslos se me escapaban/ como peces sorprendidos. Puse la palma de mi mano contra su pubis y el dedo del medio en su clítoris. Comencé. Había decidido solo masturbarla para que se aliviara. Pero enseguida comprendí que sus aullidos, por encima de la media puesto que clamaban por la penetración, podrían irse elevando y extendiéndose en el tiempo hasta llegar a los oídos del guardián no obstante el ruido del agua. Mi intención de solo masturbarla: ya entonces se me hacía difícil hacer el sexo en vertical; mis piernas titubeaban. Entonces se me ocurrió imaginarme que estaba poseyendo a Lucía Luévano allí recostada a esa pared, bajo el aguacero que se colaba a trechos entre la edificación. Pero no funcionó: el pene, a media profundidad en la vagina de Verónica, flaqueó. Me vino a la memoria una sentencia del sexo-biólogo mexicano Víctor Hugo Escalante: “la lluvia es un afrodisiaco infalible para ciertas almas”, algo así (pero esto no tiene nada que ver). Si lograba una erección metálica pensando en Lucía, pero metido en Verónica, cuando estuviera de nuevo con la primera podría imaginarme que era la segunda erección eficiente que había logrado con ella; y de ahí en adelante las cosas podrían funcionar bien con la mujer policía.

Penetrada Verónica, iba yo de ella a Lucía y la erección fluctuaba. “Me estoy viniendo”, gritaba Verónica contra la lluvia, mientras yo trataba de concentrarme en Lucía, de escucharla “tú puedes, mi niño”, a la vez que con una mano per cápita tomaba las densas nalgas de Verónica Illescas y me aprestaba para el envión final en la vagina de Lucía Luévano, una, dos, tres, cuatro, más penetraciones profundas hasta que mis lágrimas me convencieron de que estaba eyaculando en los interiores de Verónica, no en los de Lucía, cuando sonó un trueno que debió escucharse aun más allá de la ciudad.

Del Autor

Félix Luis Viera
(Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, 2010); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005) y El corazón del Rey (2010, Innovación Editorial Lagares, México). Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. En México, donde reside desde 1995, ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas.