Claudio Rodríguez, luz y don

Nicolás del Hierro

Antología poética
Claudio Rodríguez
Edicion de Ángel L Prieto de Paula y Luis Bagué Quílez
Rialp. Colección Adonáis. Madrid, 2013

 

antologia-poetica-claudio-rodriguezNinguna aportación tan acertada para con sus fines como el inicio de algunas grandes obras literarias. Ejemplos hay que justifican inmortalidades. Si bien, podemos considerar que el mayor de estos argumentos se manifiesta en Don Quijote, cuando Cervantes escribe: “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”, que con tanta frecuencia se memora. Algo muy similar, aunque con menos siglos de historia y difusión, podíamos aplicarlo a aquel, “Siempre la claridad viene del cielo” -con el que Claudio Rodríguez abría Don de la ebriedad, premio Adonáis (1953). Dicho verso, menudea en numerosas citas de poetas posteriores, como buscando en él ese don que acaso Claudio ya intuyó para su obra: “un don que no se halla entre las cosas / sino muy por encima”.

Es bien sabido, que el poeta zamorano fue considerado desde su primer libro un poeta de Adonáis, pues aquel galardón le serviría de lanzamiento para llegar a la cima de su generación y, dada la ascendente trayectoria de su obra, se vio pronto incorporado al Jurado del propio certamen. Razones por las cuales está más que justificada la edición de la presente antología y el homenaje que con ella le rinde la editorial Rialp.

Claudio Rodríguez irrumpe en el panorama poético español con un estilo personal y triunfador: se distancia aparentemente de la entonces llamada poesía social y rompe con el formalismo de los garcilasistas, si bien cimenta su decir en las libertades de unos y en los cánones que apoyaban los otros. Con un ritmo sostenido,  rimados en buen número sus primeros poemas, y en ocasiones, asonantados, a modo de romance, su quehacer avanza en ascendente recogida. Lo que más le importa al poeta es la verdad de la palabra, plasmar la razón de su decir en la concreción de la imagen como estético mensaje y escasa utilización de la metáfora: “Dura y sin hoyo está mi cama ahora”. A esto, se suma el constante empleo de versos impares, preferentemente el endecasílabo, rara vez el pentasílabo, y sí por el contrario el de siete sílabas en su soledad o apoyado a veces en su hermano mayor, el alejandrino; sus encabalgamientos aparentemente inusuales, pero certeros; la agudeza con que enlaza su discurso sin romper el ritmo para que no se produzca disonancia; el oportunismo de saber utilizar la palabra rural con su cultura.

Previo a la edición de Don de la ebriedad, Claudio Rodríguez manifestó no haber leído a ningún poeta contemporáneo de lengua española. Pero no es difícil imaginar cómo germinan en él las lecturas de simbolistas franceses -Rimbaud y Verlaine- y clásicos españoles, -fray Luis de León, San Juan de la Cruz-. Porque ese misterio del mundo al que se acoge el simbolismo desde su manifiesto, el formalismo rebelde de fray Luis y la intuición mística de Juan de Yepes, saben en Don de la ebriedad a tierra labrantía y a ruralismo: “¿Qué más sencillo que ese cabeceo/ de los sembrados? ¿Qué más persuasivo/ que el heno al germinar? Plagado está el libro, aunque podríamos ampliarlo a gran parte de su obra posterior, de imágenes campesinas: Yo soy un surco más /…/ reja profunda”. Si no, ¿cómo podría concebirse el poema “La contrata de los mozos”, incluido en Conjuros o el muy posterior, “Los almendros de Marialba”, que incluye en Casi una leyenda.

Esa luz que le viene al poeta desde arriba, tiene, sin duda, raíces en la tierra nativa, en aquellos campos zamoranos que vivió en su infancia y adolescencia como heredad materna. Luz y don, luminosidad que supo expandir el poeta y el hombre a lo largo de su obra y de su vida avanzando hacia una época de tonalidades diferentes, cuando en El vuelo de la celebración, se convence y nos convence de que “Solo se pierde lo que no se ama”. Pues el verso de Claudio es amor, el amor terrenal y humanista que nunca abandonó.