El frío que entristece el mundo

Ainize Salaberri

El pensionado de Neuwelke
José C. Vales
Planeta, 2013

 

«un fuego en medio de un campo nevado»

 

7.- el-pensionado-de-neuwelke-Jose-C-ValesTodas las novelas tienen influencias. Todas las novelas parten de un eco, de un punto débil, de un amor. Todas las novelas resuenan en su interior. Todas las novelas aplauden a otras novelas. A veces son un homenaje, otras veces la historia es contada como mejor se sabe contar; en muchas otras ocasiones son el reflejo de lo que somos ante nuestras propias elecciones, ante nuestra propia vida. A veces, una primera novela es el resultado de lo que leemos, que es lo que somos.

«Mientras observaba el rostro amable y soñoliento de David Whimple, Augusta pensó que era horroroso sentir aquella opresión en la garganta y aquella necesidad de inspirar mucho aire y aquel hormigueo en la parte posterior de las rodillas y aquel deseo imperioso de correr y saltar… Era vergonozoso albergar los mismos sentimientos que las muchachas que ocupaban el Pensionado de Neuwelke. ¿Para qué transcurrían entonces los años, si no podía dominar su corazón?»

Una primera novela, además, no puede, ni debe, ser brillante. Una primera novela no puede, ni debe, ser redonda. Una primera novela debe ser un golpe en la mesa, un catálogo de posibilidades, un grito en medio de la noche. Debe mostrar su peor y su mejor cara, sin esconder los fallos, sin pretender. Una primera novela no puede, ni debe, falsear. Las máscaras sobran; las mentiras, las medias verdades, los escondites, no tienen lugar. Sí debe ser, en cambio, una declaración de intenciones; debe marcar un camino a seguir. Un camino donde se irán poniendo piedras, un camino que se asfaltará, donde se plantarán árboles y flores, donde se pondrán bonitos bancos, donde lucirá el sol y donde caerán fuertes tormentas. Pero todo debe llevar su tiempo, su paso. El que acelera pierde. Siempre.

“El pensionado de Neuwelke” es la primera novela de José C. Vales, y como primera novela hay que juzgarla. Quizás los leones se me echen encima cuando sugiera que esta novela me ha recordado a “El ocupante”, de Sarah Waters. Que vengan los leones entonces, aunque no harán que mi afirmación sea menos verdadera. Lo gótico y lo oscuro de las creaciones de Waters, que es una maestra, está presente, aunque de forma más sucinta y ligera, en la novela de Vales. Sarah Waters me gusta por su capacidad para crear ambientes: tormentosos, espeluznantes, oscuros, rabiosos, delicados, inocentes, luchadores, abismales. La novela de Vales me ha gustado por su capacidad para encontrar la ironía en el epicentro del huracán, por su capacidad para ambientar la obsesión, la algarabía, lo sádico, y, especialmente, por el humor británico que palpita en cada frase, en cada elección de adjetivo. Es importante, creo, no desviarse demasiado del camino, no sentirnos demasiado atraídos por el infierno. Vales sin duda lo consigue, y deja rezumar un aroma a esperanza que es muy necesario. La historia, sino, sería imposible, de la misma forma que lo es el inframundo. El pensionado de Neuwelke, esa institución donde se enseña a las salvajes a ser señoritas, no es una cárcel aunque adopte su forma; tampoco es una jaula. Las puertas, en realidad, están abiertas de par en par. Y pasa lo que tiene que pasar: se cuelan nuestros deseos y los de los demás, y se da pistoletazo de salida al engaño. O, lo que es peor, a la verdad.

El pensionado de señoritas de Neuwelke se convierte en algo similar a lo que termina por convertirse la mansión de “El ocupante”, de Waters: un lugar intransitable donde lo inexplicable toma forma humana. Y, como todo lo que no se entiende, asusta y enciende la ira y los prejuicios de todos y cada uno de los habitantes. O casi. Porque lo oscuro también atrae, y habrá quien se deje guiar por las extrañas fuerzas que de repente empiezan a dominar un cuerpo joven y bello. El paraje solitario y gélido donde se desarrolla la historia no hace más que añadir guerra donde debería haber paz. Esta atmósfera tenebrosa y maliciosa, además, dejará entrever la verdadera naturaleza de los seres humanos —o no— que habitan en Neuwelke. Todo ello, por si fuera poco, entretejido con amor, con traiciones, con maldad, con poesía, con francés, con muertes, con jardinería, con celos, con fanatismo, con ambiciones, con derrotas y, por qué no, con victorias.

«porque las lágrimas nunca detienen el mundo»