La deconstrucción del melodrama

Antonio J. Ubero

La trama nupcial
Jeffrey Eugenides
Traducción: Jesús Zulaika.
Anagrama, 2013

 

la-trama-nupcial-Jeffrey-EugenidesEn ocasiones la decepción es enriquecedora, pues ofrece experiencias que demuestran la futilidad de    lo inmutable cuando cae presa de la audacia del ingenio. Sucedió que en un restaurante de moda no tuve mejor ocurrencia que de entre el lírico amasijo de sugerencias que ofrecía la carta, elegir el plato más prosaico: un gazpacho manchego. Cuando fui consciente del error era tarde, pues el camarero ya había colocado ante mí uno de esos platos extravagantes en cuyo profundo fondo yacía algo parecido a la supuesta noción que quien lo elaboró debía de creer tener de tan sabroso y rudo guiso. Una vez probada la vianda, y no por complacer a quien había elegido el lugar -y además pagaba la cena-, tuve que reconocer que a pesar de todo aquello proporcionaba el sabor y la textura propias de su versión canónica. Aunque por mucho que fuese así, no era más que una pretenciosa interpretación carente de las esencias que caracterizan a lo genuino: la exuberancia y el contexto. Ni qué decir que procuré no repetir la experiencia, pues prefiero siempre el original a la copia por muy lograda que sea ésta, y aun reconociendo la intrepidez y la pericia de quien la alumbra no puedo evitar sentirme víctima de un fraude.

Un sentimiento aún más doloroso cuando lo produce una expectativa insatisfecha. A Eugenides le conocí felizmente tras de superar el temor que me producía enfrentarme a las más de 600 páginas de su ‘Middlesex’, después de fracasar en mis intentos de disfrutar con las obras de Pynchon, De Lillo, Chabon y Foster Wallace, y concluir que era incapaz de captar las grandezas que muchos cantaban de ellos en aquel principio de siglo cuando el mundo pudiente se hallaba tan desubicado como Bill Murray en ‘Lost in traslation’. La segunda novela de Eugenides, sin embargo, era brillante y me reconcilió con la literatura norteamericana aunque fuera por una condescendiente simpatía. La historia de aquel atribulado hemafrodita era original, fresca y evocadora, y además estaba narrada con la briosa contención que distingue a la literatura imperecedera.

Con esas referencias celebré la publicación de ‘La trama nupcial’ y, cuando cayó en mis manos, comencé a leerla con un entusiasmo que, para mi sorpresa, se fue agostando conforme avanzaba en su lectura hasta ceder el terreno a un peligroso tedio que amenazaba con hacer fracasar mi empeño. Sin embargo, Eugenides es un escritor hábil que demuestra una sabiduría extraordinaria tanto para administrar el ritmo de la narración como atrapar el interés del lector mediante ardides dramáticos y documentales que dotan de enjundia a la historia que quiere contar.

Así, lo que en principio parece ser un cúmulo de convencionalismos se convierte avanzada la novela en una profunda reflexión sobre la duda y la culpa, y los trastornos emocionales que causan en una juventud cautiva de unos prejuicios de clase. Eugenides atrapa a una neurótica, un paranoico y un maniaco depresivo -el único diagnosticado, por cierto- en una red sentimental que determina sus existencias en ese momento de la vida que exige las decisiones fundamentales que han de marcar su futuro. Los tres pertenecen a esa burguesía norteamericana que deambula entre la intelectualidad liberal, la tradición conservadora y la disfuncionalidad de lo impreciso: Mitchell Grammaticus es un joven de origen griego que busca creer sin querer creer en una frenética exploración espiritual en los páramos de la filosofía y la religión, que le llevará a emprender un viaje iniciático por Europa y la India en donde sólo hallará argumentos para cimentar su escepticismo; Leonard Bankhead, un muchacho bien parecido y mujeriego, con las emociones aniquiladas por un trastorno bipolar que ha de enfrentarse a su estragada percepción de la realidad con el lastre añadido de una familia rota; y entre ambos se encuentra Madeleine Hanna, objeto de deseo y a la vez fuente de sus conflictos íntimos, que se debate entre el puritanismo que le impone su educación burguesa y el ansia de independencia vital e intelectual alentada por sus convicciones de género.

Con esos ingredientes básicos, Eugenides cocina un melodrama inspirado en el género romántico feminista decimonónico, cultivado por autoras como Jane Austen o George Eliot a cuyos postulados no sólo rinde homenaje sino que aprovecha sus esencias para adaptarlas a un contexto social distinto para ofrecer una versión posmoderna del género, quizás con la intención de demostrar su vigencia mediante técnicas deconstructivistas. No es casual por tanto que el pensamiento de Derrida o el de Barthes estén tan presentes en la trama de esta novela, como una especie de amalgama con la que unir las piezas arrancadas al propio género que le sirve de inspiración y fuente de recursos.

Sin embargo, siendo digno el producto pues logra reproducir con destreza las tensiones emocionales que aquellas escritoras tan bien supieron expresar en sus obras, ofreciendo un relato estremecedor a ratos y desasosegante en otros, amargo y tormentoso, el resultado final no deja de ser una versión no poco pretenciosa de los originales en la que se echa de menos la atmósfera que da sentido a unas historias que pertenecen a su momento y a su lugar. Siendo encomiable el experimento, lo triste es que no haya tenido en cuenta que el artificio que envuelve a la esencia, también es esencia.

Aun así, la novela se lee con agrado porque está escrita con oficio y resulta curioso comprobar cómo el autor emplea con pericia todos sus recursos para alcanzar el fin perseguido. Aunque no pase de ahí.