Madrid, estación fantasma

Jesús Villaverde Sánchez

Saliendo de la estación de Atocha
Ben Lerner
Mondadori, 2013

 

8.--saliendo-de-la-estacion-de-atocha-ben-lernerAl terminar de cenar estábamos borrachos y mientras nos dirigíamos haciendo eses al piso de Teresa pensé para mí: La vida que llevo aquí es maravillosa, da igual si es la mía o no.”

El que pronuncia esta frase es Adam, el narrador de esta historia, y quizás sea una de las frases más representativas de Saliendo de la estación de Atocha. Porque si algo hay en esta novela son vaivenes (o eses): los del protagonista entre dos mujeres, Isabel y Teresa, y también entre sus Estados Unidos o la España en la que ha caído gracias a una beca de investigación.

Vaivenes y la propia vida que traquetea por encima de ellos. Por eso la frase resume muy bien el espíritu de la obra de Lerner. Esa vida, que cuando menos te lo esperas te asesta un golpe y te noquea, es la que viven los protagonistas en una ciudad muy reconocible. Lerner nos traslada a Madrid en sus páginas, al Madrid de 2003, y lo hace de la mano de Adam, un poeta emergente que es becado para llevar a cabo una investigación en torno a la poesía española.

Adam llega desde Providence y sufre evidentes problemas de adaptación social, la soledad del que llega; el englishman in New York trasladado a Madrid en la piel de un norteamericano tímido e introvertido. Poco a poco vemos su aclimatación, llevada a cabo entre marihuana, alcohol y tranquilizantes auto prescritos desde su azotea en la plaza de Santa Ana. Esa adaptación da un paso importante –y quizás vital- cuando, en un espacio corto de tiempo, conoce a Isabel y a Teresa en dos fiestas. Pero, ¿qué puede importar que, en sus estas nuevas relaciones, juegue a reinventarse una vida que no es la suya si, cuando termine su beca, probablemente no vuelva a ver a esas personas nunca más?

Adam, arrastrado por esa idea de una estancia temporal en España, convierte todas sus relaciones en una especie de impostura (quizás el mejor ejemplo sea la “noche de lujo” que pasa con Isabel). El poeta se deja llevar peligrosamente por una espiral de mentiras que se complicará cuando, tanto con Isabel como con Teresa, comience a entablar relaciones más serias, a intimar y empiece a experimentar algo más hacia ellas.

Es en ese momento cuando la vida asesta ese golpe que siempre tiene reservado. Es 11 de marzo y, cuando Adam sale al Paseo del Prado, escucha sirenas, bomberos, ajetreo, una ciudad estremecida que no sabe qué ha pasado, pero que sí sabe que, sea lo que sea, es muy grave. Quizás, es el punto de inflexión más importante en el personaje, que empieza a reconocerse como parte de la historia y la sociedad, acudiendo a las manifestaciones de la mano de Teresa. Ben Lerner ha creado un Madrid reconocible en casi todas sus vertientes, sobre todo en los días posteriores al atentado, en los que podemos ver al pueblo madrileño confundido, aturdido y en una situación de convulsión social. Y lo ha construido desde la experiencia de un personaje extranjero, lo cual no hace otra cosa que ayudar a generar tensión y a que nos sintamos tan confundidos como él, pese a conocer bien el periodo en el que se asienta la trama.

A partir de entonces vemos un Adam entre dos aguas, más todavía si cabe. Entre dos países, entre dos vidas, entre dos mujeres; un Adam confundido, que no sabe nada sobre él mismo ni sobre nadie. Un poeta al que algún día se le terminará la beca y no sabe qué vendrá después, ni siquiera sabe qué es lo que quiere que venga. Un joven  que se debate entre la idea de quedarse e intentar llevar una vida en Madrid (porque, como le dice Teresa, “ya puede vivir en español”) o volver a su casa y a su vida anterior. Un chico que no sabe si correr detrás de Isabel a Barcelona o permanecer con Teresa en su piso de Madrid. Una dualidad constante que arrincona al protagonista como un púgil en manos de su rival.

“Un poco antes de las diez sonó el timbre y bajé a la calle y me encontré con Teresa. Me besó en los labios y me enamoré de ella”. Un chico que, a pesar de esta tajante afirmación, poco antes había pensado algo parecido de Isabel. El protagonista es un reflejo de sí mismo y de su generación –la nuestra-, un nido de confusión en todas sus versiones posibles; un trasunto perfecto de la situación social con la que se solapa, las fechas posteriores al 11M y a las elecciones generales que llevaron a Zapatero a la presidencia del Gobierno.

El escritor norteamericano consigue trasladarnos esta disyuntiva: nos sorprenderemos aconsejando internamente a Adam para que se quede o se vaya, para que vuele detrás de Isabel o se quede con la dulce Teresa. Ben Lerner consigue hacernos partícipe, desde los ojos ajenos, de una ciudad que ya vivimos con intensidad sin centrarse exclusivamente en ella; hay que destacar que el protagonismo de esta novela no recae en Madrid ni en el momento histórico, pese a su innegable importancia como giro narrativo. El peso de la novela lo cargan en su espalda los personajes, que piensan, se mueven por celos, por amor, que son, en definitiva, humanos que sufren y padecen, que aciertan y se equivocan, que son personas, con sus buenas y malas connotaciones. Y ese es el gran acierto que convierte a Saliendo de la estación de Atocha en una novela remarcable en la actualidad literaria norteamericana.