Nostalgia de los adioses

Ainize Salaberri

Un año ajetreado
Anne Wiazemsky
Anagrama, 2013

 

un-ano-ajetreado-anne-wiazemskyAlguien dijo que los recuerdos son esas cosas que no queremos recordar. Alguien sabio, sin duda. Las novelas se componen de llagas. Coged cualquier buena novela, mirad a cualquier buen escritor. Contemplad a Kafka unos instantes, mirad los ojos de Virginia Woolf, las manos de Anne Sexton, el pelo revuelto de Pizarnik, el gesto de la boca de Dazai. Las novelas son lo que nos duele. Los recuerdos que ojalá hubiésemos olvidado, las sentencias que ojalá jamás hubiésemos pronunciado. Las novelas a veces también son los arrepentimientos de los que no queremos hacernos cargo. También son las palabras no dichas, las confesiones no hechas, el empujón que no nos dimos. La vida que no vivimos.

Un año ajetreado es un compendio de recuerdos más o menos felices, más o menos atrevidos, más o menos vividos. Wiazemsky recuerda ese primer año de vida al lado de Godard, ese año de descubrimientos, de peligros, de sensaciones. Quizás en algún momento Anne haya pensado que dejándolos sobre el papel por fin serían como arena entre los dedos; se percibe en su forma de narrarlos una desazón que no encaja con el resto del discurso, como si esos recuerdos, que se disfrazan de felices, escondiesen un pasado turbio tras ellos, como si ese pasado se hubiese creado antes de que la escena a recordar naciese como tal. Pero lo cierto es que los recuerdos nunca se van a ninguna parte. «Me olvidé de olvidarte», parece querer decirle Wiazemsky a Godard. Y esa declaración sostiene sobre sí todo un mundo que aún es demasiado pronto para derribar.

Un año ajetreado es una batalla ganada, el símbolo de una lucha contra todo lo establecido dentro del núcleo familiar. Y es que la joven Anne se enamora del director de cine Jean-Luc Godard, mucho mayor que ella. Y es una batalla ganada porque, a veces, el amor no es suficiente; no son suficientes las ganas, ni el tesón, ni la promesa de felicidad futura; a veces las dudas pesan más, los abismos, el desconocimiento. «Amarle tanto me ponía a la merced de todos los desastres del mundo. En aquellos momentos tan sombríos, me sentía completamente perdida.» Wiazemsky es capaz de hacer renacer aquellos momentos de dulce felicidad que se mezclaban con todo tipo de miedos, con todo tipo de sentimientos; sentimientos que, a lo mejor, no debían acompañar a los amantes en sus primeros instantes de locura, en los primeros besos, en los primeros sueños agarrados de la mano, en los primeros viajes en coche, en las primeras mentiras al mundo: «ocultar nuestro amor para protegerlo». Anne es capaz de desintegrar cada sensación para hacerla real de nuevo, como si ese fuese el único proceso posible para ser honesta tras tantos años de silencio, tras tantas explicaciones dadas a una misma en silencio.

«Este es un relato de descubrimientos», dicen. Es verdad. Además de batalla ganada es el relato de un crecimiento, de la maduración, del desgaste antes de tiempo. Es el relato de una mujer que parece necesitar vomitar todas estas frases de una vez por todas: «Al finalizar el día, en el coche, nos hallábamos de nuevo abrumados de tristeza y desconcertados de estarlo hasta tal punto. Separarse, irse cada cual por su lado nos dejaba mudos, incapaces de dar con las palabras que reconfortan.» Quizás haya llegado el momento de reconfortar el recuerdo, de honrar una parte de aquel amor, de aquel primer amor, y regalarle las palabras que se merece y que quizás en su día no se pronunciaron. Nunca es tarde para hablar de amor. Nunca es tarde para tender puentes.