Un puente hecho de fuego

Carlos María Maínez

El puente
Hart Crane
Traducción e introducción Margarita Fernández de Sevilla y Sally Burguess.
Editorial Pre-Textos. Colección Cruz del Sur. Valencia, 2012

 

El-puente-hart-crane-portadaHart Crane tuvo una vida breve y turbulenta. Nació en Cleveland (EEUU) el 21 de julio de 1899, y murió en las aguas del Caribe el 31 de marzo de 1932, de vuelta a Nueva York desde México. Antes, había dejado huella de su instinto místico y suicida, en la barandilla de cubierta: su chaqueta cuidadosamente doblada.

Su obra poética completa Complet Poems and Selected Letters (Nueva York, 2006), la forman 135 composiciones. EL resto de las 849 páginas de las que consta el libro citado, incluye una nutrida representación de su correspondencia. En realidad, sólo vio editados dos poemarios, White Buildings, en 1925, y éste que ahora me ocupa, en 1930, fiel trasunto del devenir épico americano.

Dos pilares sustentaron la frágil mente de este vate. En primer lugar, la devoción por sus predecesores y coetáneos: Christopher Marlowe, a quien llegó a través de T.S Eliot, John Done, Emily Dickinson…, y los franceses Arthur Rimbaud y Jules Laforgue, que leyó en su lengua original. De este último, incluso publicó algunas traducciones. Luego, su conciencia americana se aplicó en recrear un país grande y único, con alma propia, y revelado ya anteriormente por su  maestro confeso, Walt Whitman. Hay un trasfondo secular en los versos de Crane, que huele a hojas de yerba de las praderas indianas, a sus bosques profundos, a la soledad tangible de América que va humanizándose conforme el hombre avanza en su plenitud. Así acaece en la primera sección de El puente, “Ave María”, donde Colón reza beatífico por haber encontrado Cathay, ignorante de que ha descubierto un nuevo continente; o en la segunda, “La hija de Powhatan”: Pocahontas surge como el correlato femenino y virginal de América. A partir de esta figura simbólica se dramatiza la exploración (“Oh, princesa del vientre moreno, mayo virgen;/ Talle y mirar nupciales velan tu honor cobrizo”.

En la tercera parte, “Cutty Sark”, el país extiende sus dominios al océano. Imparable, irrumpe el siglo XX en el apartado cuarto, “Cabo Hatteras”: la invención del aeroplano con la subsiguiente conquista del aire, las víctimas de la guerra y una conversación con Walt Whitman sobre lo que conlleva el progreso. Y tras un paréntesis de “Tres Canciones” en el quinto, sobre la sociedad americana, los tres últimos vuelven a referirse a su contemporaneidad. En el sexto, “Quarker Hill”, Crane añora el espíritu fundacional americano. En “El túnel”, el séptimo, el metro se hace substancia de un fiel reflejo del infierno. Como apuntan las traductoras Margarita Fernández de Sevilla y Sally Burguess en su cuidadosísima introducción, “aquí el lenguaje entrecortado de los vagones preludia la invocación a Edgar Allan Poe para hablar del valor de lo imaginario”, lo que, finalmente, resulta un espacio inaudito, un territorio inalcanzable, “Atlántida”: “¡Una sola Canción, un Puente hecho de fuego! ¿Es Cathay,/ Empapa la piedad la hierba ahora, cercan los arcoíris/ la serpiente y el águila en las hojas?../ susurros en antífona bailan en el azur”.

Y una última reflexión. Hart Crane es muy buen poeta, qué duda cabe. Basta abrir El puente por cualquier página, al azar, y el lector se encuentra con versos sugerentes, llenos de intención, si a veces inasibles, como ocurre en su texto “La danza”. Esa presunta criptografía de su poder creativo, la padeció Crane con varios de sus poemas anteriores a la publicación de El puente, los cuales hubo de enviar a la revista “Calendar” en Londres, por considerar que ninguna otra los publicaría en América.

Según Harold Bloom sentenció en 1982, ni Whitman, ni Dickinson, ni Frost, ni Stevens, habrían dejado una obra tan importante si hubieran muerto como Crane, poco antes de cumplir treinta y tres años.