Un voyeur que se introduce en un dormitorio ajeno

Recaredo Veredas

Las vacaciones de Íñigo y Laura
Pelayo Cardelús
Caballo de Troya, Madrid, 2013

 

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El punto de partida es la descripción de la cotidianeidad de una pareja de treintañeros que aguarda el nacimiento de un hijo largamente anhelado. Íñigo y Laura han decidido pasar sus vacaciones veraniegas en un pueblo costero de Cádiz, buscando que la calma favorezca la gestación. Es el suyo un día a día feliz, apenas alterado por leves borrascas. Van y vuelven de la playa, comen en chiringuitos… La novela avanza gracias a causas en apariencia triviales, como son las fantasías sexuales de él y su dubitativo deseo de ver a su esposa haciendo top less. Lentamente la densidad de la trama se incrementa pero lo hace gracias al impacto en la conciencia de los personajes de estímulos externos -desde un artículo de un suplemento femenino a la lectura de la obra magna de Schopenhauer- no de acciones . La evolución -o degradación- puede intuirse pero no resulta demasiado explícita hasta el abrupto, aunque lógico, desenlace.

Lo escrito no implica que Las vacaciones de Íñigo y Laura sea una novela aburrida. No ocurre así porque convierte al lector -no sé si a cualquier lector, sobre todo a treintañeros que puedan identificarse con los devenires de los personajes- en un voyeur que se introduce en un dormitorio ajeno, muy parecido al suyo. Cardelús sabe hurgar en lo común, conoce las interioridades, los rincones oscuros por donde todos hemos paseado, algunos en acción, otros en pensamiento. No ama a sus criaturas, tampoco las detesta, simplemente las contempla, con cierto interés, con curiosidad y moderada compasión. Pese a su cercanía a Íñigo -adopta, con cierta distancia, su punto de vista- el narrador es libre para sus propias digresiones, aunque no tanto para que podamos considerarle un personaje. No enjuicia al protagonista pero le enfoca de manera que podamos apreciar por nosotros mismos, sin subrayados innecesarios, su cercanía con la paranoia.

Todo ello lo consigue con un registro limpio, carente de florituras, y tamizado por un irónico sentido del humor. Pelayo Cardelús no precisa mostrar su musculatura porque sabe escribir: entra con soltura en la mente de los personajes, les mueve con agilidad por los distintos espacios (sobre todo por las playas semidesiertas), justifica las peripecias de los secundarios sin permitir que tomen el control de la obra y corta y cose el tiempo sin que el lector apenas lo perciba. La evolución hacia un pensamiento zen-ilustrado del protagonista es nítida, consigue que, pese a su complejidad, no precise explicaciones adicionales. Apenas se permite algunos arrebatos líricos en las descripciones espaciales, que tal vez sean lo peor de la novela. Porque el peligro que representan los toques postmodernos, como la introducción de textos ajenos a la trama, incluso de artículos periodísticos, queda reducido por la perfección milimétrica con que los realiza. La descripción de escenas sexuales -cruciales en el desenlace- es aséptica, casi ginecológica. No se recrea, las describe como las demás escenas, como parte de una dinámica imparable que conduce a la catarsis.