Una literatura de mirada

Rubén Sánchez Trigos

Un amigo en la ciudad
Juan Aparicio Belmonte
Siruela, 2013

 

9.--un-amigo-en-la-ciudad-juan-aparicio-belmonteEn una escena relevante de Un amigo en la ciudad, sexta novela de Juan Aparicio Belmonte, el protagonista, Andrés, mantiene una conversación con una anciana desconocida que, como él, se ha refugiado en una cafetería del aeropuerto de Barajas para saciar sus impulsos etílicos. “Toda experiencia nueva supone un cambio de perspectiva”, le espeta ella, “por eso la gente ama la rutina… Tienen miedo de cambiar de perspectiva”. Esta afirmación (así como el contexto en que es suministrada) bien podría contener el discurso que articula toda la novela, el traumático proceso por el que su protagonista “abre” los ojos a una nueva forma de contemplar el mundo que inevitablemente le revela lo absurdo del mismo, de nuestras acciones y de nuestros intentos por comprenderlo. Como en El ángulo del horror, aquel magnífico cuento de Cristina Fernández Cubas, Un amigo en la ciudad parece decirnos que la normalidad es sólo una construcción virtual, una cuestión de perspectiva, cuya fragilidad puede ponerse al descubierto (y derrumbarse) en el instante mismo en que alguien o algo nos invite a redescubrirla con otra mirada.

Pocas voces en el panorama literario español actual parecen tan autorizadas para retratar la condición esquizofrénica de la existencia moderna como la de Aparicio Belmonte. Novelas precedentes como Mala suerte o López López basaban su eficacia no tanto en la reiteración de unos hechos ordenados con un sentido narrativo (que también) como en la visualización de esos hechos desde el punto de vista de un personaje particular, irritable y perplejo, que con el tiempo se ha convertido en prototípico en la obra de su autor. Esta estrategia alcanza con Un amigo en la ciudad proporciones que rayan con el paroxismo. La historia de Andrés, un hombre gris (padre de familia, eficiente vendedor de máquinas de batidos) que, a partir de una misteriosa llamada telefónica, comienza a comportarse de un modo que la sociedad calificaría de demente, supone en realidad una disección dura, descarnada, mucho más triste de lo que aparenta, de la posición del individuo postmoderno ante una realidad cuya comprensión se vuelve inoperante. Motivos cotidianos como la relación con el trabajo, los lazos con la familia, el divorcio o el papel de la psiquiatría adquieren una dimensión ridícula e inaprensible desde la perspectiva de Andrés, perspectiva que se obliga a compartir al lector mediante el recurso de la primera persona.

La literatura de Aparicio Belmonte es entonces una literatura de mirada. Imaginar Un amigo en la ciudad contada por otro autor es tanto como imaginar Annie Hall rodada por cualquier director de Hollywood de comedias románticas estándar: en la mirada intransferible de su autor radica la singularidad de esta novela, el (doloroso) cuestionamiento de la normalidad que propone. Y la profunda melancolía, añoranza de esa normalidad perdida, que en el fondo irradian los pasajes más intensos del relato.