La literatura en tiempos de crisis

José Luis Muñoz

libro-columna-jose-luis-munoz-otrolunes28Por mucho que estemos maldiciendo el momento que nos ha tocado vivir, las cosas difícilmente van a cambiar a mejor. Ese expolio a gran escala, y anónimo, aunque con algunos nombres propios que van a dar con sus huesos en las cárceles, es como un tsunami imparable que todo se lo lleva por delante. A lo último que uno renuncia es a la comida. La literatura es un alimento para el espíritu. Así es que esta profesión vocacional que hemos abrazado con una especie de misticismo y que nos depara, muchas veces, sobre todo en los últimos años, más pérdidas que ganancias, la ha zarandeado la crisis como nunca.

Voy a hablar de mi país que, desgraciadamente, es tema de actualidad internacional y copa por temas desastrosos las portadas de la prensa. Con los últimos acontecimientos hemos puesto en valor un género, que forma parte de la idiosincrasia nacional, la picaresca, y que tantas obras literarias magistrales dio en nuestro Barroco que fue llamado el Siglo de Oro, por el oro que se llevaron unos cuantos en sus bolsas en contraste con la miseria que dejaron a la mayoría que, con ingenio y arte, sobrellevó esa etapa infausta e ironizó sobre ciegos, lazarillos, pucheros vacíos y hambruna generalizada. Hoy los pícaros nacionales llevan elegantes abrigos estilo Al Capone, cenan en restaurantes de lujo y manejan las finanzas de los partidos políticos, una ciénaga en donde el dinero de los contribuyentes se pierde, despilfarra o pasa directamente a bolsillos ajenos, y los afectados se quedan sin trabajo, sin casa y hasta sin la vida. Qué duda cabe que esa pandilla de sinvergüenzas que merodea partidos de derechas e izquierdas, que está en el gobierno y en la oposición, ha contribuido, y mucho, a ahondar la crisis de mi país que es mucho más aguda que la de los de su entorno.

Es posible que, cuando pasen los años, se alumbre un subgénero literario, emparentado con el género negro, desde luego, que hurgue en esa maraña de dinero fácil, robo generalizado y corrupción política, o que salga de entre nosotros algún John Steinbeck que convierta el drama humano de los que soportan esta debacle en obra literaria. Del semen del ahorcado nace la mandrágora.

El no hay dinero, porque se lo han llevado, porque lo han tirado, y de ello todos debemos sentirnos responsables por no haber fiscalizado la cosa pública a su tiempo, tiene consecuencias inmediatas en el ámbito cultural. Si la industria del cine ya estaba comatosa por la competencia desleal consentida de los productos que llegan de EE.UU, y, en su inmensa mayoría, salvo honrosas excepciones, infames, ahora está en la UCI con respiración asistida por falta de financiación, inasistencia de público, que no puede costearse el elevado precio de las entradas, y el abandono por parte de las autoridades del proteccionismo necesario para hacer frente a la hidra norteamericana.

A la literatura no le va mucho mejor, aunque nunca ha gozado de mucha salud en mi soleado país en donde se lee poco y mal, se publica mucho y existe un intrusismo vergonzoso hasta el punto de que la madre de un torero retirado, y más conocido por sus asuntos sentimentales que por su arte ante la cornamenta del morlaco, señora de pocas luces y menos letras, publica un libro sobre su interesante vida, y seguramente se venderá como rosquillas, o la grande de España, la duquesa de Alba, hace otro tanto. Lo preocupante, como en el caso de los programas de televisión, no es que existan libros basura, o programas basura, sino que tengan su público, o sus lectores que, desde luego, no son los nuestros.

La crisis ha golpeado a todas las administraciones públicas, a ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas, y una de las consecuencias directas para el mundo del libro es que las bibliotecas que compraban sistemáticamente los libros que se publicaban han dejado de hacerlo. Eso, que era una forma de subsistencia y aseguraba el cubrir los gatos de edición a las pequeñas editoriales, ha motivado que un buen número de ellas eche el cierre. Las que quedan, después de esta selección de las especies darviniana, si son mismamente rentables serán devoradas por los grandes grupos editoriales del país que copan con sus publicaciones las mesas de novedades de las librerías e impiden un espacio a las pequeñas. Me llevo constantes sorpresas cuando hojeo el libro de una editorial independiente y compruebo dónde está su sede social.

Con el libro nadie come; a lo máximo te puede calentar ardiendo en la chimenea, como hacía con ellos Pepe Carvalho, el singular detective de Montalbán. El hábito de la lectura, que requiere un esfuerzo de concentración y comprensión, se está perdiendo a pasos agigantados porque los niños y jóvenes que van a las escuelas prefieren otras formas de expresión y ocio que poco tienen que ver con la literatura y se educan en la cultura del no esfuerzo. Se pierde la narrativa literaria, pero también se pierde la narrativa cinematográfica porque muchas películas carecen del mínimo guión o éstos son un sinfín de despropósitos. Parecemos abocados así, inexorablemente, a un mundo sin libros tal como los conocemos, sin necesidad del Fahrenheit 451 de Anthony Burgess, y estos, con suerte, serán sustituidos por libros virtuales que nadie ve, que no ocupan espacio, que no llenarán estanterías de librerías y bibliotecas y que podrán ser borrados con un simple clic; pero tampoco está teniendo mucho éxito, hablando de virtualidad, el ebook en mi país, quizá porque no hay ni siquiera dinero para comprarse la tableta para leerlo.

Con todos estos considerandos, más la disminución de las bolsas de los premios literarios, o su desaparición, o la vergonzosa corrupción de los mismos (a partir de los 18.000 euros ya están dados de antemano, en su inmensa mayoría), el panorama resulta desolador para todos aquellos que con la palabra escrita tratamos de abrirnos camino en la selva de la humanidad y ganarnos la vida.

La revolución en el mundo editorial no ha hecho más que empezar. La crisis deberá, forzosamente, rebajar el precio de los libros que no es competitivo, o primar la edición de bolsillo sobre la de tapa dura y pondrá, sin duda, o ya la ha puesto, un mercado de libros de segunda mano, una proliferación de las librerías de lance. Quizá llegue el tiempo en que nosotros, como lectores, tengamos que pasarnos el libro de unos a otros, pagar una especie de leasing por ello, durante el tiempo que lo retengamos para leerlo,  y traspasemos su propiedad pasajera al siguiente lector. ¿Y el autor? ¿De qué vivirá si no se venden sus libros?

La galaxia Gutemberg se extingue, para dolor de los nostálgicos, yo entre ellos, pero la literatura seguirá existiendo en otro formato, en la red, en donde todo el mundo ya puede escribir y publicar, tener su blog literario, dar a conocer sus escritos, una opción que, en teoría, democratiza la literatura, pero el problema, entonces, cuando millones de personas escriban en la red, ahora ya, será separar el polvo de la paja, deslindar en todo ese batiburrillo de buenos y malos escritores quien merece la pena, y gozar de tiempo, bien siempre escaso, suficiente para hacer esa búsqueda.

La literatura no desaparecerá, porque es una actividad privada que no requiere ninguna infraestructura, y quizá las mejores obras de la literatura universal no se publicaron jamás porque sus autores sintieron pudicia extrema en exponerse al juicio de los demás, pero habrá que considerar el oficio de escritor como tal, redefinirlo, adaptarlo a los tiempos futuros y acercarlo al lector, quizá sin intermediarios (editoriales y librerías), con el desafío inmenso que ese nuevo escenario conlleva. Siempre, y confiemos en ello, tendremos necesidad de que nos expliquen historias que nos hagan soñar con otros mundos y otras vidas, precisaremos de Scherezades que nos hagan más soportable la existencia. Hasta en tiempos de crisis. Más en ellos.