Menos risitas

Juan Carlos Chirinos

Cheshire-columna-juan-carlos-chirinosHubo épocas en que el buen humor no era terapéutico. Quién sabe cómo sería la idiosincrasia que impedía una buena carcajada como acicate para la desgracia. Benito de Nursia, fundador de monasterios y —quizá sin querer— uno de los primeros empresarios exitosos tras la decadencia del Imperio romano, aconsejó la taciturnidad, y prohibió expresamente la risa a los miembros de su empresa, censurando, no solo la eutrapelia y los chascarrillos, sino también las charlas aunque fueran edificantes: «raras veces recibirán los discípulos perfectos licencia para hablar, incluso cuando se trate de conversaciones honestas». Él quiere un silencio lleno de gravedad y, en consecuencia, las chocarrerías, las palabras ociosas y las que provocan la risa las condena «en todo lugar a reclusión perpetua». Tal parece que lo que interesaba entonces era el trabajo y la reflexión, esto es, la oración. Lo demás eran fruslerías.

El libro con que alcanzó fama imperecedera —la Regla— no lo escribió en un rapto de inspiración sino que, al decir de los eruditos, fue producto de años experiencia en Subiaco, primero, y en Montecasino, después, donde reemplazó con su cenobio un templo dedicado a Apolo —dios musical, sí, pero que sabe ser severo cuando es necesario—. Esta Regla está diseñada no sólo para cantar el excelso nombre del creador, ni sólo para producir los bienes indispensables para que la comunidad sea autosuficiente, y mucho más, como la industriosa empresa que es; sino que conserva cierta cualidad plástica que le permite al gerente de turno —el abad, sabio divinizado del lugar— tener la manga más o menos ancha cuando se trata de otros asuntos, como el tipo de ropa, las horas de serio esparcimiento, las tareas domésticas y la cantidad de comida y bebida que le corresponde a cada empleado, es decir, monje. Pero sin excesos. Y, desde luego, sin risa. Todo muy serio, y muy pío, incluso muy generoso y suave; pero sin esa terrible deformación de la cara que trae consigo el buen humor. Quizá podamos rastrear ese horrori ad risum como deformación del rostro hasta llegar a la repugnancia de Alcibíades por los instrumentos de viento, que censuraba en sus amigos por no ver cómo les desfiguraban las caras cuando los ejecutaban; o hasta constatar la burla que Filipo de Macedonia hacía de su hijo porque este, sensible a cualquier manifestación humana, se inclinaba hacia la música y las artes, pasatiempos propios de mujeres y eunucos y no de guerreros como pretendía serlo él.

La risa, como las flautas y demás tonterías, es indigna debilidad; y un virtuoso debe serlo a tiempo completo.

Tal vez con esta idea en la cabeza Benito prohíbe lo chusco: el monasterio es el recinto del saber, la producción y la piedad, no un lupanar para los que no saben controlar su propias apetencias.

Por cierto que todo este aborrecimiento le vino de maravilla a Umberto Eco cuando creó la temible abadía dirigida en apariencia por Abbone, pero en realidad regimentada desde el corazón del laberinto que era la biblioteca por ese monje ciego y amargado oriundo de Burgos, que hace todo lo posible —con palmario éxito— por ocultar el libro donde Aristóteles, autoridad absoluta de la Edad Media, se explayaba en elogios hacia las comedias y la utilidad de la risa. La abadía arde, el monje detective fracasa, y Adso de Melk nos cuenta con sabrosa prosa una aventura que no ha dejado de proporcionar entretenimiento y lucidez desde que se publicó en 1980.

Una novela; una abadía; cientos de referencias literarias e históricas; una película ya canónica; y todo porque al primer empresario de Subiaco, Benito de Nursia —que sabía espantar al demonio cada vez que se le presentaba, según cuenta Gregorio en su biografía— no le hacía gracia la gente que se reía demasiado. Lo curioso es la astuta y discreta indulgencia que muestra hacia la gula y la pereza, cuyas reglas de control son firmes pero con más posibilidades para esquivarlas. Tal vez porque ambos pecados introducen la molicie en el mundo, fácil de dominar; pero la risa, no; la risa introduce el escándalo, la deformación, el espíritu burlón que no siempre estamos dispuestos a soportar.

No, por ejemplo, cuando se trata de un banquero acusado de ladrón que sale sonriente de la cárcel donde ha pasado unos pocos días y de la que se ha librado por alguna torpeza legal. Pienso que esa es la risa a la que se refería verdaderamente Benito: no la que ofende a Dios que, en todo caso, ya hace siglos el maestro Eckhart enseñó que no es posible ofenderle ni siquiera cuando se le ofende, sino esa otra risa que escarnece al prójimo inocente y lanza a la impunidad a todos aquellos poderosos cuyas desagradables risitas rebotan por lo bajo sobre la desgracia de suicidas y desahuciados. Para esa risa sólo cabe la condenación eterna; para Benito, en cambio, una sorprendida eutrapelia por dejar(nos) ese manual para dominar el mundo disfrazado de regla cenobial.