La Charca revisitada:
el Osario de vivos de Gean Carlo Villegas

Elidio La Torre Lagares

osario-de-vivos-columna-elidio-latorreEntre sus primeros comentarios como ganador del Premio Rómulo Gallegos de Novela, Eduardo Lalo expresó, así, a la velocidad del pulso, que le gustaría pensar que, al premiar su obra, “se está premiando la literatura de un país invisible”.  Ya anteriormente, con motivo del Primer Festival de la Palabra, celebrado en San Juan en 2010, Mayra Santos Febres había escrito en El País que Puerto Rico estaba hecho de “mucho más que reggaetón, sol y playas”, en alusión a una prolífica producción literaria que a veces es, en efecto, invisible hasta para nosotros mismos.

Sumemos el hecho de que la novela, el género de mercado por excelencia en las lides editoriales, es un acontecimiento que en Puerto Rico se desarrolla en desventaja en comparación con otras modalidades, como la poesía y el cuento. Inclusive, la gran novela de nuestra literatura puertorriqueña,  En Babia, de José I. De Diego Padró, permanece como una mera mención en los anales de las historias literarias Puerto Rico es un país de escritura corta y hasta tal vez tiene algo que ver con la estrechez espacial, me dijo una vez la crítica literaria Lilliana Ramos Collado.

No es a partir de la década del 2000 que la novela de pronto se convirtiera en el Sagrado Grial de todos los que escribimos. La gran novela puertorriqueña, La Charca, de Manuel Zeno Gandía, reinó desde su publicación en 1894 hasta 1935, cuando surge la publicación de La llamarada, de Enrique Laguerre, y cuya supremacía crítica es retada por La guaracha del Macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez, en 1976. Y basta la muestra, porque, contrario a asumir una visión reduccionista de nuestra producción novelesca, sí podríamos hacer un estudio cuantitativo y evidenciar que los primeros años del siglo XXI han traído más novelas que en cualquier década anterior de nuestra corta historia literaria. Es ley de probabilidad: también hoy día existen más editoriales que nunca en nuestra historia.

Pero de invisibles a menos visibles hay gradaciones muy sutiles.

Es así cuando viene a mi manos Osario de vivos, de Gean Carlo Villegas, propuesta que parte de la denominada literatura “urbana” como transposición de la literatura realista-costumbrista que dominara la narrativa de la primera mitad del siglo XX. La visión de la marginación social en los campos cambia de óptica hacia el territorio heredado de las barriadas citadinas. La diferencia es que, en Osario, ahora tienen poder- un poder matriarcal, pues las protagonistas son mujeres empoderadas por el negocio de las drogas y las armas, mundo al cual acceden por medio de una sofisticada organización clandestina.

La novela nos llega en estampas. Si fuera una pintura, sería algo como “El velorio”, de Francisco Oller. Pero, ciertamente, la prosa  Gean Carlo Villegas se mueve con violencia propia. Como trailers cinematográficos amarrados unos tras otro. O como piezas en una instalación, y de ahí el concepto de novela-instalación.

Pensemos en la cubierta del álbum Sgt. Pepper’s de Los Beatles.

Como instalación, Villegas hace uso de materiales diversos, asimila diferentes escalas y proporciona libertad de conceptos para estrechar el espacio que lo separa del lector. Una obra es instalación si dialoga con el espacio que la circunda, dice José Iges en Territorios artísticos para oír y ver. La obra de Villegas emplaza los espacios exteriores o urbanos, un alejamiento de la literatura de salón en modulación hacia una literatura al ritmo de reggaetón.  Los diálogos, de hecho, funcionan por sí mismos como una instalación sonora.

El cafetal ahora es el residencial público. El catolicismo estoico es suplantado por el protestantismo enajenante. Tecatos (nuestros pintorescos narcómanos), prostitutas y “bichotas” (las “big shots”) del negocio cohabitan en este submundo de corrupción, trasiego de drogas y oportunismo existencial.

Aquí huele a sangre. Aquí huele a azufre.

Y es de esperarse.

La novela calza a golpes la violencia urbana que se focaliza a través de los personajes de Jossie, María  y su hijo Christopher.  La trama se activa cuando María decide hacer un favor a Amalia, jefa de un círculo de narcotraficantes, y con el dinero que reciba a cambio poder comprar una computadora a su hijo, Christopher. María, además, habla de una segunda hija que ha muerto al prestarse a la milicia estadounidense en Afganistán. ¿Su nombre? Libertad.

Siempre he dicho que las transformaciones de los pueblos en el siglo XXI deben partir de propuestas que sean tanto poéticas como tecnológicas. En Osario de vivos, se admiten ambas, puesto que Christopher se da a la lectura de, precisamente, La Charca, la cual se lee y se reescribe a medida que se desarrolla el texto de Villegas. El mismo Christopher sugiere que La Charca debería escribirse desde “el caserío”. Y hasta el título de la novela de Villegas llega como prestación libre que se hace de Zeno Gandía.

Los paralelos son más de uno.

Si en La Charca, las mujeres lavan la ropa en el río, en Osario van al  laundromat, donde también se lava dinero. De igual manera, el texto funge como una indiscriminada lavadora de voces, una polifonía callejera que va girando en ciclos los sonidos del tren y del autobús, lanzándonos a historias dentro de otras historias, un ímpetu faulkeriano que va degenerando incluso en prestaciones literales de la propia Charca de Zeno Gandía hasta fundirse en palimpsesto, como si el habla torpe de los personajes (una combinación de spanglish, jerga de barrio y lo que los puristas denominarían como “mal español”) no fuese suficiente para contar su propia historia. Pura poesis en Red Bull.

Cuando el gobierno decide reubicar a todos los residentes de vivienda pública para darle paso a un  alegórico megaproyecto llamado La Torre de Babel (aquí se hermana con otro texto que comentaré en un futuro, En el umbral de tu voz, de Dalia Stella González), surge la organización que controla el mercadeo de las drogas se opone y responde con una guerrilla urbana.

Y no diré más. El resto queda para el que lee.

De Gean Carlo Villegas, agent provocateur por algún tiempo ya, diré que rompe su “invisibilidad” de manera, digamos, ruidosa. La novela abraza la tradición a la vez que la destruye y erige historias sobre sus cimientos. A fin de cuentas, es un “osario de vivos”; la precuela de un país por nacer.