"Aguilera Garramuño: el atractivo del abismo"

Entrevista al escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño

Alejandro Hermosilla Sánchez

marco-tulio-aguilera-entrevista-otrolunes28El pasado invierno tuve una charla muy placentera con el escritor colombiano afincado en Xalapa (México) Marco Tulio Aguilera Garramuño. Tanto por su calidad personal y afectiva como por la claridad y sinceridad a la hora de formular sus opiniones, definirse a sí mismo y al mundo que lo rodea. Se pueden o no compartir sus observaciones, pero en un ambiente a veces tan frío, pulcro y superficial como el literario y el universitario se agradece que haya personas que no se las guarden sus opiniones por temor al qué dirán sino que las expresen con rotundidad. Todos tenemos las nuestras. Es cierto. Y si las dijéramos sin una mínima reflexión, la sociedad correría el riesgo de convertirse en un patio de gallinas. Pero fijémonos cómo estamos actualmente por silenciarlas en exceso.

No es fácil saber cómo actuar. Cada uno, supongo, debe hacerlo según le dicte su conciencia. Y me parece muy bien que igual que hay personas que opten por callar ante situaciones frustrantes, injustas o que no les complazcan, otros hablen. Marco Tulio es de estos últimos. Pese a quien le pese. Y creo que hemos de agradecérselo. Porque ayuda a despejar el panorama de falsedades, observar ciertos temas con todavía mayor exactitud y, en definitiva, pienso que hace más bien a la literatura que mal. Pues la libera de ciertas capas que la ensucian. En cualquier caso, tiene una obra lo suficientemente interesante como para prestarle atención por encima de otras consideraciones. Por lo que, de una u otra manera, un diálogo con él siempre es provechoso.

 

¿Cuáles son tus primeros recuerdos de la literatura?

Recuerdo un viaje por Centroamérica en que mi madre nos leyó cuentos africanos y orientales que me marcaron mucho. Pero, sobre todo, me acuerdo de los cuentos de Las 1001 noches en la versión sin expurgar, la de Richard Francis Burton, que leí cuando tenía entre 16 y 17 años.

 

¿Pensabas cuando eras niño que te dedicarías a escribir?

Realmente mi decisión de escribir fue espontánea y natural. Crecí en una familia en la que cada cama estaba ocupada por un niño leyendo. En un momento dado, en el bachillerato escribí un ensayo sobre Beethoven y comprobé, tras finalizarlo y ganar un concurso con él, que podía ser escritor.

 

¿Qué es lo primero que llamó tu atención de este arte?

El arte literario me permitía habitar mi propio mundo, e incluso crearlo. Básicamente siempre fui lector hasta que abandoné el atletismo. Tras perder una carrera, un selectivo de 5000 metros para los Juegos Panamericanos en Cali, la literatura se volvió una especie de obsesión, una forma de estar en el mundo y de competir. Por cierto que esto es algo que me critican mucho: que sea tan adicto a las competencias, que intente alcanzar metas constantemente, competir en literatura, baloncesto, natación, lo que sea. Pienso que esta actitud me define como persona de alguna manera diferente a las demás.

 

Estudiaste Filosofía. Cuéntame un poco esta experiencia, así como tu amistad con un profesor español de Estética, Francisco Jarauta, al que admiro profundamente.

Estudié Filosofía en la Universidad del Valle en Cali y no me arrepiento. Me dio un fundamento, un sostén interno, una estructura esencial que subyace a todo lo que escribo. Hubo varios filósofos con los que conecté, Nietzsche, Schopenhauer. También con ciertos planteamientos de Bergson o Platón. Y en cuanto a Jarauta, tanto él como otro profesor español sevillano, Faustino Chamorro, que conocí en San Isidro de El General, me mostraron al hombre superior en término espiritual. Cuando uno vive en medio de gente con aspiraciones muy limitadas y ve alguna persona con aspiraciones superiores, se siente jalado y se lanza hacia allí. Y esto es lo que me pasó con Jarauta, que me animó a profundizar aún más en la literatura, donde me introduje por una decisión vocacional que me permitió reafirmar mi forma de ser. Una personalidad reconcentrada, competitiva, solitaria, agresiva, entre la cordura y la locura.

 

Locura, tema que has tocado en obras recientes…

He rebasado los límites de la cordura dos veces, tuve dos problemas de tipo psicótico. Uno a los 17 y otro a los 58 años. Algo que no considero pernicioso ni nefasto sino muy productivo en cuanto que me ha permitido gozar de iluminaciones del mundo, aceptar ciertas situaciones, así como concederme conformidad con mi existencia. Considero, por ejemplo, la pasada situación de depresión que tuve como una experiencia muy iluminadora. Hablo de ella, por cierto, en El sentido de la melancolía. Obra para cuya publicación estoy esperando la definición de algunas editoriales. Y también me refiero a ella en Sin máscara frente al espejo. Texto que estoy muy a gusto escribiendo. Porque básicamente mi gusto por escribir no radica tanto en publicar, sino que es más bien una motivación para vivir con más intensidad el presente. El placer de la escritura hace que todo lo demás sea accesorio. Escribir un libro es como tener un vínculo esencial con algo muy importante. Hacer algo que vale la pena. Otra cosa es que se publique o no,  o si sale bien o no. Todos mis libros me han permitido atravesar una situación crítica de mi vida. Leer y prepararme constantemente es un placer accesorio al de sobrevivir. Hacen que todo cobre un sentido superior.

 

Escribiste tu primera novela Breve historia de todas las cosas a partir de experiencias que tuviste en Costa Rica. ¿Cómo llegaste allí?

Mi padre murió y mi madre salió con sus siete hijos a Estados Unidos; allí permanecimos un par de años, luego atravesamos Centroamérica por carretera y llegamos a Costa Rica. Hay una entrada en mi blog [http://www.mistercolombias.blogspot.com] donde puedes leer con más extensión este viaje y prácticamente todo lo que concierne a mi vida y mi literatura. Regresé a Colombia, estudié Filosofía. Después otra vez estuve viviendo en Estados Unidos, donde estudié en la Universidad de Kansas en Lawrence. Luego vine a México tras ganar tres concursos literarios en el año 79.

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¿Y qué me puedes decir acerca de toda la polémica respecto a las influencias de García Márquez en Breve historia de todas las cosas?

En Argentina se dijo que mi novela era mejor que Cien años de soledad. Daniel Divinsky, el editor del libro, en 1975, puso esta afirmación en la contraportada desencadenando un escándalo. Algunos críticos dijeron que la influencia de la obra de García Márquez era obvia. El mismo García Márquez lo desmintió. Y sin embargo a partir de entonces hubo una especie de bloqueo. Yo, todavía siendo muy joven, de 24 años, aparecí con una novela grande en el tiempo de mayor gloria de García Márquez. La gente no aceptaba que otra persona saliera adelante. Y mucho menos un muchacho que apenas estaba comenzando. Cuando una persona descuella no sólo tiene que combatir consigo mismo, sino con la mediocridad del medio ambiente. Y únicamente cuando llegas a un nivel superior la gente baja la cabeza y te acepta. Sin embargo, en Colombia estar a la sombra de García Márquez fue y sigue siendo un demérito. Yo creo que esto es un complejo absurdo. A mí me critican mucho por la influencia de Gabo. Muchos de los críticos se anclaron ahí. Después de esa obra yo despegué, y a la fecha tengo más de 30 libros muy personales. De todos modos, la presencia de García Márquez no es una presencia negativa sino fecunda. Considero que Breve historia de todas las cosas no es una novela fallida sino con valor. No sólo por haber sido escrita por un joven de 24 años, sino por su valía intrínseca literaria […]

 

Has tenido una serie de encuentros con García Márquez a lo largo de los años…

En un libro mío de ensayos, Poéticas y obsesiones, puedes encontrar un artículo donde repaso toda mi trayectoria con García Márquez. Allí sitúo al final, tras una serie de charlas reales, una entrevista inventada. Lo usé para hacerle decir un montón de cosas que sentía era necesario expresara y se enfadó. Lo llamé por teléfono y cuando escuchó mi nombre no habló más. Me respondió personalmente porque estaba solo en su casa. De no ser así, habría comunicado con su secretaria. Le pregunté si quería hablar conmigo, le dije que había sido una persona importante para mi vida y que deseaba dialogar antes de que uno de los dos se muriera, pero no contestó y decidí colgar. […]

 

¿Y cuál fue tu reacción a la comparación con García Márquez?

Durante más de treinta años, a partir de la segunda edición,  no volví a mirar esa novela. La olvidé. No quise que hubiera nuevas ediciones. Y hace apenas diez  años, a instancias precisamente de García Márquez, cuando todavía estaba lúcido y era sociable, volví a leerla y me encantó. La reescribí en el 2010 de principio a fin, le aumenté 200 páginas,  y volvió a salir en una coedición México-España. La respuesta crítica ha sido abrumadoramente favorable. Los elogios han sido desmedidos y han llegado a decir que yo hice con el realismo mágico lo que Cervantes con las novelas de caballerías. Ciertamente la novela tiene su vida independiente, aunque, hay que aceptarlo, sea en cierta forma una parodia de Cien años de soledad. No es García Márquez, sino parodia. Es también una reevaluación de la literatura española e hispanoamericana, que es lo que muchos no han sabido entender. Incluso se puede hallar a Cervantes, a Quevedo, a Guzmán de Afarache, a Borges, a Platón, a Schopenhauer, a Cortázar en el trasfondo del libro.  Historia de todas las cosas  (es decir Breve historia de todas las cosas  corregida y aumentada) es una especie de aleph grande.

 

¿Cuál es de los personajes de Historia de todas las cosas el que más te complace y cuáles crees sinceramente que son los grandes logros de la obra ahora que la ha revisado por tercera vez?

El personaje que más me gusta es el que nunca existió, el negro Vladimiro. Era un personaje secundario en la primera redacción del libro. Pero al pasarle el manuscrito para lectura previa a un amigo, el  escritor cubano Félix Luis Viera, éste me sugirió que debía darle más importancia a Vladimiro porque era un personaje muy bello. Le hice caso y decidí darle más relieve. Sin embargo, cuando volví personalmente en 2009 a San Isidro, Costa Rica, pueblo que sirve de base a la novela, me dijeron que Vladimiro sí había existido. La gente del pueblo se creyó la existencia de un personaje inventado. Me parece que  Historia de todas las cosas es una novela juvenil recuperada por un hombre maduro, una obra que conserva la virtud del joven con el trabajo de oficio del viejo. Alcancé un equilibrio. Es un libro que se lee con mucho deleite. E incluso mi esposa, que critica mucho lo que hago, lo leyó en una acostada. Es un libro que se deja leer. Dudo a veces incluso de lo que he hecho y me pregunto si los elogios recibidos, exageradísimos, casi absurdos, son gratuitos. Pero cuando la releo, gozo y pienso que la novela tiene de verdad un valor grande. En cualquier caso me molestaron tanto los elogios que tuve que inventarme un crítico, Fernando Tasende, para hablar mal del libro y hacerle un poco la contra a tanto elogio, que me parecía un tanto desmesurado. Han dicho que muy pronto será un clásico, que con esta novela estoy a la altura de los mejores autores, que merezco el Nobel, etc. Un amigo colombiano, Gabriel Ruiz, se dio a la tarea de juntar en un libro virtual una selección de elogios casi insoportables. Se puede encontrar en internet en Calameo

 

Háblame un poco de los giros barrocos. Se nota que hay un esfuerzo lingüístico muy potente a lo largo de toda la novela.

Lo cierto es que no me costó absolutamente nada, el lenguaje surgió con absoluta naturalidad. Yo estaba preparado para eso. Solo faltaba que yo enriqueciera ese mundo que había salido de mi pluma juvenil, por decirlo así, un tanto seco. Tanto fue la obsesión con la novela que la reescribí en un mes. Era de 370 páginas; quedó en 570.

 

¿Y qué me puedes decir de personajes como el alcalde Don Eutrifón o Mateo Albán?

La verdad es que no me gusta mucho don Eutrifón. Me parece artificial y falso. Un personaje a lo García Márquez. Pero no pude quitarlo de la novela. Me complace mucho más Mateo Albán. El hecho de que sea el narrador del libro y que escriba y cuente desde la cárcel, no la realidad exterior sino la que inventa, me parece un artificio literario inverosímil y perfectamente comprensible. Que sea un analfabeto al ser encarcelado y que durante los años en prisión se convierta en un erudito a partir de un azar y de una naciente obsesión por la lectura sin descanso, se puede entender como algo natural. Aunque yo le conservase el lenguaje de ignorante, sus falsas erudiciones, sus latinajos pedantes. García Márquez dice que ya lo sabe todo antes de empezar una novela. Y al contrario, Vargas Llosa ha confesado en alguna ocasión que escribe mucho al principio y sin plan, y que únicamente en los siguientes borradores comienza a recortar. Supongo que entre estas dos opciones nos movemos todos los escritores.

 

¿Volverías a retocar el libro?

No sé. Tal vez dentro de veinte o treinta años si es que se me ocurre y sigo dando lata. Yo sí creo eso de que las novelas se abandonan. No se terminan. He reescrito muchas de mis novelas. Y si no tengo ningún proyecto en el futuro, tal vez me animaría.

 

En 1979 escribiste Alquimia popular.

Sí. Así es. Es un texto muy relegado en el que aparecía un escrito muy extraño que se llama Rostro con máscara. El cual se escribió a partir de un experimento con sueños que tuve a los 20-22 años. Trabajaba con los sueños que iba teniendo. Me despertaba cuando aparecían e intentaba hallarles un hilo común. A partir de aquí, creé una historia muy rara tratando de hallar un argumento no en un sueño sino en los sueños en su conjunto. No recuerdo autores que hayan realizado esto. Aunque supongo sí lo habrán hecho. En cualquier caso, el público no lo entendió. Tal vez porque no era el momento adecuado para que pudieran comprender este experimento.

 

También en Alquimia popular aparece otro texto, ‘Biografía parcial de un frenáptero’, en el que te refieres por primera vez a la figura común y habitual en tu obra: “el frenáptero”. ¿Cuándo surgió la idea y cómo se desarrolló?

Intentaba ver qué sucedería con un hombre renacentista en tiempos actuales. Un hombre que es músico, poeta, pintor, botánico, astrónomo,  y es bello física y espiritualmente. Este texto se convirtió en  una novela posterior llamada Los placeres perdidos. Nació de un personaje que conocí  en Cali en los años 70s y al que seguí a todas partes, tomando nota de sus ocurrencias, actos y palabras; volví a reencontrarme en mi última visita hace cinco años. Frenáptero (persona de mente alada) y frenólito (persona de mente petrificada) son neologismos míos creados a partir de mis estudios del griego; estas palabras han progresado en la mente de muchos lectores. Son términos de uso común entre los lectores de mis libros. La novela tiene sus aires medievales, caballerescos, picarescos y pienso que es muy linda. Tiene una gran virtud y es que es una obra donde yo no aparezco, teniendo en cuenta que la mayor parte de las que yo he escrito son autobiográficas.

 

Por cierto, en tu novela Mujeres amadas el personaje despotricaba un tanto de Cortázar. Sugería que a Rayuela le sobran páginas. ¿Podrías aclararme esto?

Me molestó un poco lo que hizo Cortázar porque metió en su libro todo lo que se le ocurría. No depuró su novela. Puso capítulos prescindibles. Aunque he de reconocer que Rayuela sigue vigente por su capacidad de subvertir y crear mapas de lectura, lo que fue una novedad en la literatura hispanoamericana de su tiempo. Después de El Quijote, lo más innovador es lo que hizo Lawrence Sterne en su Tristam Shandy. Pero su valor radica más en haber subvertido el arte de la novela que en su contenido, que es bastante artificioso y hasta pesado. Me parece que Cortázar hizo lo mismo. Cuando escribí lo que leíste, era yo muy clasicista y no aceptaba ese tipo de experimentos. Me irritaban bastante. Sin embargo, Rayuela me marcó como escritor. Y me enseñó a romper los tiempos y los espacios como yo acostumbro a hacer en mis novelas, que en general son novelas fracturadas.

 

Sabes que me agradó mucho el relato ‘Fábula de amor en tus ojos’ de Cuentos para después de hacer el amor. ¿Me puedes hablar un poco de cómo surgió?

A mí me parece que es un cuento muy cursi. Pero el problema es que le gusta a mucha gente y por esta razón lo he respetado. En realidad es una especie de plagio: me lo contó una persona. Al escribirlo, ya quedó como mío. Esa persona, afortunadamente, nunca me ha reclamado nada. Y el texto ha sido traducido a varios idiomas y aparece en blogs de medio mundo […] De todas maneras, me gusta mucho más el cuento ‘Juan Flemas despierto otra vez’. Por su intensidad. También ‘La noche de Aquiles y Virgen’. Una historia de fuerte erotismo que desprende al mismo tiempo una cierta inocencia. Y otro que se llama ‘Juegos de la imaginación’ donde una pareja que habla de hacer amor todo el tiempo pero nunca concluye el acto […] Pienso que en el cuento yo he tenido más prestigio en términos de la crítica que como novelista. Hay personas que piensan que soy mal novelista y buen cuentista. Además, creo haber conseguido algo que nadie ha hecho. Realizar tres recopilaciones de cuentos sobre el mismo tema con un muy buen nivel: Cuentos para antes de hacer el amorCuentos para después de hacer el amor y El imperio de las mujeres. Cuentos en lugar de hacer el amor.

 

Pareciera, en este sentido, que has construido toda una literatura para saber qué es una mujer. De hecho, el final de Mujeres amadas apunta hacia esto.

Una de las sensaciones más fuertes que tengo respecto a las mujeres es que siempre tienen la razón y, si no la tuvieran, habría que dársela, porque si no, no se podría vivir. Yo tengo una serie de aforismos construidos a partir de este tipo de situaciones protagonizados por un personaje llamado Gurú Maracuyá que he ido trabajando a lo largo de varios años.

 

Por cierto, no en tus cuentos pero sí en tus novelas se siente la influencia de Henry Miller. He leído un notable ensayo tuyo sobre su obra. ¿Qué me puedes decir a este respecto?

Henry Miller fue para mí una lectura definitiva. Me impresionó mucho. Sin embargo, quisiera establecer una diferencia: yo nunca he escrito algo que denigre a la mujer. Incluso en las peores escenas la respeto e intento entenderla. Miller nunca quiso comprender a una mujer porque su mundo es machista. Yo lo fui, pero al apercibirme de esto, intenté escribir como mujer. Y hay varios libros donde adopto el punto de vista femenino. Pero, desde luego, la presencia de Miller es evidente en mi obra. Como la presencia de muchos otros autores que, a su vez, se han alimentado de otros. Es una ley universal: de la nada nada sale. Ni el famoso big-bang.

 

Respecto a Mujeres amadas también me llamó mucho la atención la crítica que realizas del medio universitario norteamericano.

Básicamente, lo que escribí es el resultado de una visión ácida, agresiva y muy personal de la realidad que viví en Lawrence, Kansas. Es muy coloreada por mi forma de ser. Soy de los que opinan que hay que explotar el mundo, destruirlo, para construir una novela. A veces no mido las consecuencias de lo que escribo. Realmente hay tanto orden en Norteamérica que uno puede aprender mucho. Es una sociedad mucho más organizada que las nuestras. Pero también un mundo muy aburrido donde todo lo diseccionan y le quitan la savia. Pueden estudiar todo de forma maravillosa y exhaustiva pero lo transforman en un mundo casi muerto.

 

¿Y tu relación con el medio literario español?

Es una relación muy lejana. La última vez que estuve por allí, tuve una conversación con editores y escritores y les dije que la gran literatura se hacía ahora en Hispanoamérica y no lo aceptaron. Les dije que lo último que había leído de la literatura española era Pardo Bazán, Torrente Ballester, Luis Martín Santos y sentí casi que me consideraron analfabeto. Leí algo de Reverte, pero me pareció demasiado superficial y mercantil. A Javier Marías no pude terminarlo. No soy obviamente un buen conocedor de la literatura española, pero sí que considero que en América se está creando una gran literatura. Sin embargo, hace poco leí un ensayo de José Ovejero sobre la crueldad publicado en Anagrama que me pareció muy bueno […] Después leí  La invención del amor, del mismo Ovejero: me gustó pero me pareció trabajada sin cariño, con prosa descuidada y con soluciones inteligentes y verosímiles para su trama. Entre los colombianos actuales hay buenos escritores: William Ospina, Tomás González, Roberto Burgos Cantor. Y, por supuesto, Evelio Rosero. Los ejércitos es un libro muy grande […] Respecto a Evelio Rosero tengo que decirte que está físicamente destruido. Pienso que el premio Tusquets le ha acabado afectando. Y también ha hecho que, en algún sentido, nos distanciemos. Ambos somos amigos casi de infancia literaria. Y cuando vino a Xalapa al Hay Festival, ambos nos sacamos fotos como amigos. Pero los editores le dijeron que no lo hiciera porque se mancharía al darme la mano. Estuvieron cuidando que yo no me acercara a él. Porque yo soy muy directo y digo lo que pienso sin pelos en la lengua […]

 

Has actuado como jurado literario en algunos premios importantes…

Hace poco ejercí como jurado de la Bienal Internacional de Novela José Eustasio Rivera y premié (premiamos) una obra, Tríptico del desconsuelo, de una extraordinaria calidad, realizada por el argentino Pedro Hernán Di Marco. Para que te orientes, es una mezcla entre Sábato y Thomas Mann. Un gran texto.

 

Sobre la influencia germánica en escritores latinoamericanos, ¿qué me dices de Andrés Neuman? ¿Qué opinas de él?

El libro con el que ganó el Alfaguara es de una gran riqueza y erudición. Pero si te digo la verdad, me parece el típico libro de escritor que se jacta de saber más de Europa que los propios europeos y me aburrió. Neuman es ingenioso y muy buen publicista. Sinceramente, creo que Alfaguara con sus premios no le ha atinado a casi ningún solo libro que valga la pena. De los que he leído sólo me ha  gustado  El diablo guardián. Yo fui finalista en ese premio hace varios años con El amor y la muerte. Alfaguara la publicó, recibió muy buena crítica, y después no volvió a publicarla. Cuando yo quedé finalista le dieron el premio a  La piel del cielo de Elena Poniatowska, una novela bastante deficiente. Alfaguara publica en general literatura legible para un lector poco ilustrado, un lector que se deja manejar por la publicidad.

 

Pues tal vez te hicieron un favor, ¿no crees? Afirmas, según he leído, que para un escritor es mejor no ganar premios.

Algunos escritores cuando no les ponen atención, se ahogan. Se hunden. Yo recomiendo ser persistente. El fracaso, de hecho, creo que conviene a los buenos escritores. El éxito les debería llegar tras producir lo que han debido producir. Como es el caso de Pitol. Fíjate, sin ir más lejos, en el caso de García Márquez. Sus últimos textos fueron bastante flojos. Memorias de mis putas tristes no fue un gran libro. Está confesamente basado en el argumento de La casa de las bellas durmientes, de  Kabawata. Pero García Márquez no fue, no pudo o no quiso ir más allá en el tema del amor senil por una adolescente. Nabokov sí se atrevió con su Lolita,  aunque ya de viejo se dedicó a hacer juicios nefastos sobre Humbert-Humbert, tratando de defender la inocencia de la niña, inocencia que no existe en la novela: Lolita es una niña perversa y manipuladora, y ese es su encanto: es trasgresora a fondo, como trasgresor es Humbert-Humbert.

 

¿Los premios?

Verdaderamente recibir premios importantes (Planeta, Alfaguara) no es muy recomendable. Una vez que ganas uno, las editoriales quieren más libros pronto sin entender que cualquier obra tiene un proceso de maduración natural. Si lo violas, lo jodes. A un buen escritor, en definitiva, te repito, le conviene no tener éxito.

 

Ahora que has mencionado los concursos, leí una vez una anécdota tuya de cariz sexual que te ocurrió con José Donoso mientras fuisteis jurados de un concurso. ¿Podrías corroborarla?

Sí. Claro. Puesto que la homosexualidad de Donoso ya fue ventilada por su hija, ya no es un tema tabú. Ya puedo hablar de ello. Con Donoso compartí quince días como jurado de un concurso en Colombia. Yo quería hacerle una entrevista bien hecha. Pero dado todos los eventos que teníamos, no podía. Nunca llegaba el momento. Hasta que me propuso ir a mi cuarto donde, tras confesarme que le gustaban los muchachos (yo tendría 28 años por entonces), pidió que me acostara con él. Me acosté con él pero como nieto y abuelito. Obviamente, terminó durmiendo en la cama sin rozarme. Donoso andaba por allí con su mujer Pilar, a la que recuerdo llamando a la habitación y preguntándome por él. Me dijo que sabía que estaba ahí e insistió hasta que Donoso le contestó. Cuando me despedí de él me dijo que no me invitaba a Chile porque su hija correría peligro. Su hija, como sabrás, se suicidó hace poco tiempo tras leer las memorias de su padre. Allí descubrió que hablaba muy mal de ella y que era homosexual. Él tenía miedo de que su hija leyera sus memorias y que terminara suicidándose. Su predicción se cumplió. Algo terrible. La hija escribió un libro con el que intentaba descorrer el tupido velo que ocultaba toda esta historia y después se suicidó.

 

Espeluznante. En fin. Te propongo ahora un pequeño juego con algunas de tus novelas. Te digo el nombre de una y tú intentas definirme en una pequeña frase qué es lo que te parece o te dejó. Comenzamos con

El amor y la muerteUn intento de comprender la muerte.

Mujeres amadas – Un currículum genital.

Paraísos hostiles – Una novela escrita con absoluta disciplina.

El juego de las seduccionesMi primera novela sobre mi primera visita al infierno.

Los placeres perdidos La recuperación de un hombre renacentista en tiempos actuales.

El libro de la vidaUna evaluación total de mi vida.

 

OK. Bien. Sobre otra novela tuya, Agua clara bajo el alto Amazonas, debo decirte que me interesa bastante. Te diría que me recuerda a César Aira porque, en cierto sentido, me parece una parodia —consciente o no— de la parodia. Una especie de búsqueda de un fantasma, ese Amazonas que funciona aquí como pastiche. Una sombra que ya nadie puede mirar con ojos vírgenes, conocer y, en el fondo, poco importa. No sé qué piensas.

Lo que dices me parece interesante. Y, sobre todo, muy válido para un tipo de lector, aunque para otro puede ser molesto. Realmente no tenía esa intención cuando la escribí, pero me parece bien que la hayas visto así. Es una lectura particular tuya que me parece bien.

 

Respecto a El libro de la vida es necesario aclarar que se trata de un proyecto que consta hasta ahora de tres libros publicados (Las noches de Ventura, La pequeña maestra de violín y La hermosa vida), otro terminado sin publicar (El sentido de la melancolía) y un último en el que trabajas ahora, Sin máscara frente al espejo. ¿Te está mereciendo la pena el esfuerzo de completar este proyecto de dimensiones en su longitud parecida a En busca del tiempo perdido?

Sí. Sí merece la pena. Aunque pienso que su evaluación se ha de realizar cuando lo termine. La idea no es tanto realizar un libro largo, sino captar una esencia vital a lo largo de un amplio recorrido. No estoy llenando páginas y páginas para alcanzar un número de ellas. Creo que no escribo paja. Todo responde a una necesidad interior.

 

Y sobre la novela en la que estás trabajando actualmente, Sin máscara frente al espejo, y última parte de este proyecto ¿Qué me puedes decir?

He intentado crear una novela en que se refleje cómo funciona el cerebro de un escritor y qué contenidos almacena. Se encuentra basada en los últimos adelantos de la neurología. Dicen que los recuerdos no están localizados precisamente en un sitio o zona sino que están esparcidos por medio de conexiones neuronales que están extendidos en el cerebro. No en un único hueco o sitio. Y teniendo en cuenta que los recuerdos no están situados en un solo lugar sino que se encuentran desperdigados por todos los dispositivos del cerebro, uno puede pasar de un tema a otro sin tener por qué pedir disculpas. Puedes moverte de 1982 a 1995 y de ahí a 2002 sin que haya problema. Toda la novela es lo que sucede en la cabeza de un escritor. Lo bello, lo terrible. Cualquier cosa. Por eso esta novela está saliendo muy grande. Yo le puse un límite de 1400-1500 páginas a partir de las que comenzaría a corregir y cortar confiando en dejar un texto de 400 páginas absolutamente valiosas, sin paja. Y sabiendo, por otra parte, que las 1000 sobrantes tal vez puedan tener valor en el futuro. Y pueda yo volver a ellas. Yo tengo perfecta conciencia de que lo que cuento en el libro es interesante. Junto ahí todo: mis viajes, historias amorosas, los crímenes de la memoria, las traiciones, el conocimiento de muchas mujeres, de García Márquez, Rubem Fonseca, José Donoso. Cualquier cosa. Todo entra. Quiero contar lo bueno o lo malo. Incluso lo vergonzoso. He vivido situaciones complicadas. Y quisiera confesar cosas que hacen y piensan los escritores y nunca dicen.

 

También eres escritor de cuentos infantiles. ¿Cómo trabajas con este género? Yo últimamente tuve que explicar cómo funcionaba y encontré muchas similitudes con el absurdo. ¿Estás de acuerdo?

Sí. Básicamente, los niños son capaces de creer cualquier cosa. Lo puedes verificar si convives con uno de ellos. Te hacen preguntas como “quién echó tanta agua al mar”, o “por qué las nubes no se caen”; creen que pueden abrir una puerta con una llave de plastilina, etc. Además, si a un niño le dices que un pollo puede transformarse en dragón, él se lo cree. El absurdo no existe en su mente. Y esto es lo que deben entender los escritores: la lógica de los niños es la lógica de “todo se puede”. La polémica y lo políticamente correcto no va con los niños. Tampoco el didactismo. Les gustan las cosas maravillosas o las cosas comunes, todo les gusta si está bien contado. Conservan intacta la posibilidad de creer y maravillarse.

 

Asimismo, tengo curiosidad por tu trabajo en la Universidad Veracruzana.

Yo sólo doy una clase de Lectura y Redacción. Básicamente intento que los alumnos escriban literatura. No me ocupo de las reglas gramaticales. Mi trabajo también consistía hasta ahora en ser lector de la Editorial. Aunque ahora estoy de sabático.

 

Has escrito también artículos en revistas y periódicos. ¿Me puedes hablar mejor delo que supuso ‘Sábado’, el suplemento literario del diario Uno más uno?

Hubo un tiempo en que el suplemento Sábado en México simbolizó el esplendor de la heterodoxia en México. Escribieron allí la gran parte de los heterodoxos, como el joven Guillermo Fadanelli. Todos los que estaban fuera de la institución cultural mexicana, los que no le hacían la corte a Octavio Paz o a Carlos Fuentes. Escribían fuerte. Agresivo. Lo que no sucede ahora. Ahora casi todos los escritores quieren ser políticamente correctos pues aspiran a convertirse en becarios: escritores a sueldo del Estado. La mayoría buscan refugiarse en grupos de poder. Y ya casi no hay piezas sueltas. Yo creo que soy una pieza suelta, un  outsider  y un  outlier, como dijo un crítico.  Porque yo he ejercido la crítica muy fuerte contra mucha gente. Yo he hablado contra obras de Juan García Ponce, de Elena Poniatowska, de Carlos Fuentes. He criticado severamente el desmedido culto a la personalidad de Pitol, a quien están secando a punta de homenajes. Me parece que le han hecho por lo menos cincuenta homenajes en los últimos tres años. A Ponce le dije que Crónica de la intervención me parecía una novela muy enrevesada, como escrita con estructuras alemanas. Y me escribió llamándome imbécil. Aunque más tarde se arrepintió. Ahora los escritores mexicanos están comprados y captados por las becas y esto les impide ser creativos y, sobre todo, críticos. Hubo un tiempo en que esto no fue así. Para mí ‘Sábado’ es un resumen de esa época. Que no sé si volverá. Vivimos tiempos fatuos y flácidos donde todos se guardan lo que piensan. Sufren la obsesión del saber estar y el quedar bien. No comulgo con eso. Abogo por la lucidez de la locura, por el culto casi suicida a la verdad. El abismo atractivo. Con el poeta Hierro repito  serenidad para el muerto, yo estoy vivo y pido lucha.

Del Autor

Alejandro Hermosilla Sánchez
Investigador del Instituto de Investigaciones literarias de la Universidad Veracruzana, autor de Sergio Pitol: las máscaras del viajero y del blog Avería de pollos