"La cultura cubana que yo analizo es global,
tanto si se da en la Isla como fuera de ella"

Entrevista a la ensayista norteamericana Jacqueline Loss

Antonio Álvarez Gil

La profesora y ensayista norteamericana habla sobre Dreaming in Russian,
su más reciente libro publicado.

 

jacqueline-loss-entrevista-otrolunes28Dreaming in Russian es un libro enjundioso y espléndido, una recopilación de ensayos que examinan a fondo la huella de la desaparecida Unión Soviética en la cultura y la vida cubanas de los últimos tiempos. Está firmado por la profesora universitaria y ensayista norteamericana Jacqueline Loss y viene precedido por decenas de artículos, traducciones y estudios de su autoría y publicados durante años de acercamiento a la literatura cubana, entendida esta como un corpus sin fronteras o ideologías que la condicionen. El texto profundiza en el tema tratado en Caviar with Rum, un volumen aparecido unos meses antes y coeditado con el escritor cubano residente en Nueva York, José Manuel Prieto. Dreaming in Russian es el fruto de un arduo trabajo de campo y de una minuciosa investigación del patrimonio cultural cubano, en particular de aquel que lleva la impronta de la cultura y el modo de vida del extinto país de los soviets. Jacqueline ha tenido la amabilidad de responder a las preguntas que le he formulado con relación a este ambicioso trabajo.

 

¿De dónde parte tu interés por la sociedad cubana actual, y en particular por las manifestaciones de la cultura de los países de Europa del este, fundamentalmente la rusa, que durante décadas florecieron en la Isla?

Mi interés por la sociedad cubana actual surgió hace mucho tiempo. Para muchos norteamericanos de la generación de mis padres, Cuba y sus líderes barbudos representaban la resistencia al dominio estadounidense. Mi madre me decía que su madre, nacida en Austria y  refugiada en los Estados Unidos, le comentaba que no le dijera a nadie en la escuela que su mamá era socialista, porque en aquellos tiempos esa confesión podría haber resultado peligrosa (especialmente en la mente de una mujer que perdió a sus suegros en el holocausto). De este modo, el socialismo formaba parte de mis horizontes ideológicos. En mi tercer o cuarto año de universidad, una excelente profesora argentina, Alicia Borinsky, me introdujo en la poesía de Heberto Padilla y también en todos los documentos que ella había guardado sobre su caso. Resultó que Heberto Padilla fue invitado a un seminario sobre traducción ese semestre, y yo me puse en contacto con él y le hice una entrevista para una publicación en Boston. Esta entrevista nunca salió. El director de la revista buscaba algo en Padilla que nunca encontró, pero mi comunicación con el poeta fue muy favorable, y el encuentro en sí muy exitoso. De ahí en adelante empecé a leer más y más literatura cubana y sobre Cuba. Es decir, que algún modo mi vocación por la lectura de autores cubanos comenzó hace unos 20 años.

jacqueline-loss-portada-dreamingCon respecto a la segunda parte de tu pregunta, Antonio, las respuestas se ubican por lo menos en dos esferas distintas. Mi formación es en literatura comparada e hice mi tesis de maestría en Texas con el profesor César Salgado, un lector voraz de la cultura cubana y de Lezama Lima. Él me asignó Concierto barroco en un curso sobre lo neobarroco en América Latina, y yo me obsesioné con el papel del compositor ruso, Igor Stravinsky, en la representación del mundo sincrético americano del escritor cubano, Alejo Carpentier. Años después estuve en Cuba, preparando una antología de literatura contemporánea, y allí conocí a algunas personas de mi generación que luego se hicieron grandes amigos míos. Uno en particular, el cineasta y escritor Ernesto René Rodríguez, me habló de su experiencia en el consumo material y artístico en los ochenta. En realidad, él es el “protagonista” de los primeros párrafos de mi libro, en los cuales hablo del simbolismo de su preferencia por productos del bloque soviético. Ernesto no había terminado ninguna carrera en aquel entonces; pero era y es un connoisseur del director de cine Tarkovsky, entre muchos otros directores.  A partir de ahí, empecé a preguntarles a muchos cubanos cómo recordaban a los soviéticos y lo soviético, y aunque al principio me encontré con mucha resistencia al tema, poco a poco me di cuenta de que esta misma resistencia era una razón importante por la cual seguir adelante con el tema de mi investigación.

 

¿Habías estado en contacto con la cultura rusa en Rusia, o en la Unión Soviética de entonces, antes de “descubrirla”  en Cuba? ¿Hablas o lees el ruso?

En cuanto me anclé un poco más en el tema, empecé a conocer a unos jóvenes que venían de familias mixtas, hijos de cubanos y personas de diferentes repúblicas de la antigua Unión Soviética. Creo que fue en el 2004, estando en Cuba, que me enteré de una actividad en el Museo de Playa, en la cual ponían “muñequitos rusos”. Fue allí donde conocí a Dmitri Prieto Samsonov y a Polina Martínez Shvietsova, dos personas que en aquel entonces dedicaban gran parte de su tiempo a la concientización de los cubanos sobre la presencia soviética/rusa en la isla y sobre ellos mismos, “los polovinas”, los híbridos que, según ellos, no eran considerados parte del ajiaco cubano. Antes de “descubrir” la cultura rusa en Cuba, había leído algunos de los clásicos rusos y tenía también algunos amigos que se criaron en sociedades comunistas y me habían hablado sobre sus diferentes experiencias.

Aunque mi abuela paterna sí hablaba ruso (también inglés y yiddish), yo no lo hablo, y para este proyecto no me ha sido necesario saberlo, aunque es cierto que para proyectos relacionados siempre podría ser útil.

 

¿Te interesa la cultura rusa per se o lo que te ha llamado la atención en ella es el hecho de haber sido llevada a Cuba por los –o las– emigrantes de aquel país?

Bueno, en realidad, me interesa la cultura rusa como me puede interesar cualquier otra cultura en el mundo, aunque tal vez un poco más, porque lo soviético para la gente de mi generación en los Estados Unidos representaba “lo otro”, “lo prohibido”, “lo desconocido tras la cortina de hierro”, y esto claramente ha estimulado mi curiosidad. Lo que me ha llamado la atención en Cuba inicialmente, como decía antes, es el encuentro, tanto allí como en la antigua Unión Soviética, entre personas de culturas supuestamente tan diferentes.  A nivel teórico, también me parece productivo entender mejor las intersecciones de lo poscolonial con lo postsoviético.

 

¿Piensas que la palabra “soviética” es la más apropiada para definir la impronta cultural de los rusos en Cuba?

Muy interesante la pregunta. Para mí, la palabra “soviética” se refiere a la cultura hegemónica de lo que algunos cubanos, como el escritor Antonio José Ponte, llaman el viejo imperio.  En el trabajo artístico de muchos cubanos que viajaron a la Unión Soviética se destaca su sorpresa al estar cara a cara con lugares y personas que provienen de diferentes partes de la Unión Soviética. Excelentes poemas escritos, por ejemplo, por Emilio García Montiel se caracterizan por el uso de la palabra “ruso” y no “soviético”, un contraste que puede ser explicado por el reconocimiento de la frontera entre el espacio privado y el espacio público, y también por el conocimiento de cerca de un espacio vasto, pero limitado, que es Rusia y un desconocimiento de lo que existe tras sus fronteras. Otra novela sumamente interesante de José Manuel Prieto se llama Enciclopedia de una vida en Rusia, un título que también busca diferenciarse de la esfera de relaciones internacionales en las cuales muchos individuos cubanos fueron insertados.

 

¿Cómo llegaste hasta los portadores del legado cultural ruso en Cuba? ¿Sientes que agotaste las fuentes o te habría gustado conocer algo o a alguien más, aparte de lo que recoges en el libro?

No sé si “portador” es la palabra que usaría yo para describir a los escritores, artistas visuales, cineastas, músicos cuyas obras analizo en este libro. Sin duda, algunos de ellos son precisamente eso, porque han sido formados por la literatura soviética en diferentes disciplinas, por maestros de la antigua Unión Soviética y/o han viajado allá para trabajar o realizar sus carreras.  Otros, más que nada, repiten los tropos más básicos sobre la cultura “rusa”, digamos los lugares comunes, y se burlan de la impronta entre las dos culturas. Encuentro también interesantes estas repeticiones, a pesar de ser a veces chauvinistas y agobiadoras.  Por ejemplo, se repite mucho en diferentes textos que los rusos tenían mal olor. Algo diferente ocurre en un cuento tuyo, Antonio, creo que se llama “Una casa en el medio del mar”. Allí me sorprendiste porque el protagonista habla de olores rusos y no de una manera negativa (algo que aparece en muchos textos escritos por tus compatriotas); sino que es un comentario sobre la comida que no había olido durante unas vacaciones.

De ningún modo siento que he agotado las fuentes.  Se puede estudiar este fenómeno a través de diferentes prismas. El que yo estudié tiene que ver con los estudios culturales, aunque, sin duda, una especialista, por ejemplo, en artes visuales o en la música, para mencionar sólo dos campos, podría divulgar diferentes tendencias. Aun habiendo terminado este libro, algunas personas siguen enviándome datos sobre diferentes autores, artistas, cineastas y músicos que hacen referencias en su obra a la extinta Unión Soviética. Obviamente, un historiador, un científico, etc. abordarían este tema de maneras diferentes, y ojalá que lo hagan y que pueda existir un diálogo al respecto, porque creo que no sólo nos ayudará a entender el futuro de Cuba a nivel cultural, sociológico y político, sino también a entender de manera más amplia algunas de las historias más raras del siglo XX.

 

Dreaming in Russian está estructurado en una introducción y cinco capítulos de material ensayístico y de investigación. El primero de ellos se titula Koniec, que en ruso significa “final”. ¿Por qué razón “final” aparece, justamente, en el comienzo del libro?

“Koniek”, así escrita con una “k” al final, fue la primera palabra que yo encontré en ruso en la producción cubana actual, y de hecho aparecía al final de un video realizado por Ernesto René Rodríguez sobre un tema de la banda musical Porno para Ricardo, titulado “Los músicos de Bremen”, del año 2001. Obvio, aparece al final porque los “muñequitos rusos” de su niñez terminaban con esta palabra. Pero mi libro comienza con la “c” al final, “Koniec”, por muchos motivos. Primero hace referencia a la vitalidad de los hijos de familias mixtas que también se valían de esta palabra en sus proyectos culturales. Ellos le dieron el nombre de “Koniec” al evento que organizaron en marzo del 2004 y en el cual pretendían analizar “el imaginario euroasiático y su influencia en la cultura cubana”.  Llamar a mi primer capítulo así hace énfasis en una de las palabras clave en ruso dentro Cuba, y también en esa sensación de que este encuentro entre las culturas, que de alguna manera ha sido destinado al olvido, es también muy provocativo y actual.

 

¿Hasta qué punto los valores de la sociedad soviética y la cultura rusa calaron en la vida cubana de las últimas décadas?

No llego a profundizar esta pregunta en mi libro, aunque sí hago alusiones a algunas dimensiones de sus posibles respuestas en el epílogo, donde realizo un análisis sobre la Feria del Libro de 2010 en La Habana. El país invitado fue Rusia.  Por una parte, observé la persistencia de cierta mentalidad de autoritarismo en algunos de los cubanos y sus discursos sobre temas que podrían fácilmente tocar asuntos delicados, como el estalinismo, y se negaban a hacerlo.  A la vez, algunos rusos que hablaban en otras salas sobre el mismo período se referían abiertamente a estos puntos. De la misma manera, pienso que en la novela Nunca fui primera dama, escrita por Wendy Guerra, se responde a esta pregunta cuando habla de la oficina de un personaje llamado Edelsa. Cito: Mi padre contaba que fue a Edelsa a la que se le ocurrió aquella idea de los cursos de rusos por radio.  En fin, sigo vagando por el samovar de madera, las matriuskas empolvadas y sus fotos.  La mulata cubana, entre puentes y monumentos nevados; la mujer con shadka, sonriente en instantáneas extendidas por el territorio de la oficina.  Sitio detenido en el tiempo, con todo el frío de la estepa siberiana, el aire acondicionado al máximo y las postales rusas colocadas por orden de tamaño sobre la caja del aparato helado, ruidoso y también soviético, maltratado, pero ahí, en marcha.  Dudo que los funcionarios rusos conserven un sitio parecido en su país. (Fin de la cita). La transcripción “suelta” de ciertas palabras rusas en textos de muchos escritores cubanos contrasta con la transcripción más precisa que se da en las obras de los creadores que sí tenían contacto directo con la URSS y su idioma, como es tu caso, Antonio. De hecho, en el pasaje de arriba, Guerra está describiendo a un personaje que sí viajó a la URSS, que no es el caso de la protagonista de su novela.

Sin duda, hay quienes hablan del burocratismo en  la sociedad cubana y lo vinculan con el de sociedades que estuvieron bajo el dominio soviético, o que fueron influenciadas por la sociedad soviética. El ex ministro de cultura Abel Prieto publicó en 1997 un libro que se llamaba  El humor de misha: La crisis del socialismo real en el chiste político, y que describe la escasez de chistes cubanos sobre los soviéticos, diciendo que los soviéticos no ejercían un dominio sobre los cubanos. Pero viendo la obra de artistas como Lázaro Saavedra o Tonel, entre muchos otros, encontramos un humor a veces áspero para con ciertos “valores” que pueden ser atribuidos a la transmisión y traducción de conceptos/valores soviéticos a la problemática cubana.

Por otra parte, no todo es tan hostil. Hay cubanos cuya vida actual está ligada estrechamente a los rusos. Personas, mayormente hombres, que se casaron con otras de la antigua Unión Soviética, que llevan una vida basada en valores de los dos países.  No quiero sobrevalorar la categoría “compartir”; pero en definitiva ha habido una generación de cubanos muy influenciados por el socialismo y el beneficio de “compartir”, que  contrasta mucho con mi experiencia en los Estados Unidos. ¿Cómo se han trasmitido estos valores? Parece que en parte por los mismos muñequitos….

 

¿La herencia cultural rusa en Cuba tiene fecha de caducidad? ¿No tiende a desaparecer? Cuando la sociedad cubana se abra y el país evolucione hacia nuevas formas de gobierno, ¿habrá en Cuba quien recuerde los televisores soviéticos y los muñequitos rusos?

No me gusta hacer predicciones; pero sí, probablemente evolucionará en otra dirección. Sin embargo, estas memorias no solamente han sido guardadas por personas dentro de la isla, sino también fuera de ella. La cultura cubana que yo analizo es global, tanto si se da en la isla como fuera de ella. Caviar with Rum, por ejemplo, empieza con un ensayo escrito por Aurora Jácome, una cubana que emigró a España a los 15 años y comenzó el blog más conocido sobre los muñequitos rusos. Es fuera del país donde ella se da cuenta de que se identifica más con los valores –y aquí sí es interesante que hablemos de los valores– de las personas del antiguo campo socialista, que con los españoles a su alrededor.   Con respecto a los televisores soviéticos, serán recordados tal vez como ruinas de ese momento pasado, hasta que la generación que los conoce no pueda seguir recordándolos. Bueno, posiblemente en el futuro se abran asociaciones para los hijos y nietos de estos matrimonios mixtos. Serían asociaciones semejantes a las gallegas, donde podrán reunirse y mantener sus raíces.

 

Según tu experiencia y tus pesquisas en la Isla, ¿qué huella ha dejado en el pueblo el “dominio” soviético en Cuba?

El pueblo… Sí, Antonio, el proyecto que realicé tiene que ver más con las artes, la cultura; aunque no creo que se pueda separar tan fácilmente al pueblo de estas creaciones artísticas. Los escritores y los artistas plásticos se inspiran en su entorno, en el pueblo del que ellos también forman parte. Es decir, que la huella, las huellas son muchas y muy complejas y yo abogo por la palabra “memoria” y no “huella”. La memoria es inestable, varía de persona  a persona, e incluso en la misma persona.  Es cierto que, como dijo una cubana en la calle en el 2000, “no quedó nada, no bailamos como los rusos, no comemos como los rusos y ni siquiera bebemos vodka”; pero esta misma conclusión es la que da luz a respuestas muy diferentes a tu pregunta.

 

¿En qué medida los hijos de los matrimonios mixtos sienten que pertenecen a las dos culturas? ¿Se diferencian en algo del resto de los cubanos? ¿Alimentan lazos reales de amor hacia los países que en su día formaron parte de la Unión Soviética?

Polina Martínez Shvietsova y Dmitri Prieto Samsonov tienen un ensayo muy interesante en Caviar with Rum sobre esta pregunta. Entrevistan a diferentes creadores que provienen de matrimonios mixtos. Me parece que muchos factores determinan la respuesta sobre si se sienten seguros de su estatus en su entorno, es decir, lo suficientemente seguros como para cultivar esta pertenencia a dos culturas. Sí, algunos hijos de los matrimonios mixtos se fueron a  vivir a Rusia o a otras repúblicas. Algunos que se han quedado en la isla hasta ahora pasaron por una época en la cual deseaban mucho alimentar estos lazos con distintas embajadas y con diferentes rusos fuera del país.

 

¿Podrías hablarnos brevemente del simposio Cuba-URSS y la Experiencia Postsoviética (Connecticut, 2007), que dio origen al volumen titulado Caviar with Rum, firmado por ti y por José Manuel Prieto?

jacqueline-loss-portada-caviar-with-rumUna noche muy fría de comienzos de 2005 me encontré con José Manuel Prieto en una fiesta. Nos conocíamos de antes, pero fue en estas fechas (durante esta época) que decidimos pensar en hacer un simposio que reuniera a diversos pensadores y creadores para hablar sobre este tema, pues los dos coincidíamos en que no había un diálogo intelectual adecuado sobre esto. Fue un proceso muy difícil, el de convencer a  nuestros posibles patrocinadores cubanos de que existía este tema, en parte yo diría porque algunos de ellos se sentían impactados negativamente por los soviéticos, es decir, sentían que su país había sido colonizado por un pueblo con el cual no tenían afinidad. Nosotros pensábamos que, precisamente por eso, les era importante invertir en esta conversación.  Finalmente el congreso tuvo lugar durante otros días de mucho frío, en febrero de 2007 en la Universidad de Connecticut, donde soy profesora, y también en el Instituto Cervantes de Nueva York. Otras charlas de nuestros panelistas se desarrollaron en las universidades de Columbia y Seton Hall, así como en el Trinity College y la librería McNally Jackson. Habíamos invitado a muchos cubanos de la isla, pero en aquel momento el gobierno estadounidense de “W” seguía una política muy dura para otorgar visas a los cubanos.  Me parece que el gobierno cubano se tomó su tiempo para decidir si le parecía bien el tema del congreso, aunque al final les dio los permisos de salida a todos los invitados. Y luego, fue fascinante que en Cuba tuvieran lugar algunos encuentros más pequeños sobre la cultura rusa en la isla.  El congreso fue una especie de catarsis muy impactante; en el libro del año pasado publicamos algunos de los ensayos que comenzaron a generarse en o para el simposio.

 

¿Fueron este evento y el libro (Caviar with Rum) la génesis de un trabajo más amplio y abarcador sobre el legado soviético en Cuba? ¿Se perfilaba ya entonces Dreaming in Russian en tu mente?

No, definitivamente no. Fue al revés. Me creerás o no, pero empecé a pensar en Dreaming in Russian en el año 2001 o 2002. Un período de gestación muy largo. Mi primer artículo sobre el tema salió en 2003. Invitamos a este evento Cuba-URSS y la experiencia postsoviética a muchos de los pensadores y creadores cuyas obras ya estaba yo investigando en aquel entonces, es decir, una parte de la médula de mi corpus de investigación. Estrenamos también dos documentales, el primero se llama 9550, realizado por Ernesto René Rodríguez y Jorge Enrique Betancourt. Ernesto había tenido en mente durante muchos años un documental sobre las huellas rusas en Cuba, pero cuando lo invitamos al simposio, esto le dio el ímpetu para adelantar el proyecto. También estrenamos el excelente documental Todas iban a ser reinas realizado por Gustavo Pérez y Oneyda González, sobre las mujeres “soviéticas” en Camagüey. De hecho, este documental tiene actualmente distribución internacional. Recomiendo los dos.

 

En Dreaming in Russian hay pocas referencias a las traducciones cubanas de los escritores clásicos rusos, o de los soviéticos que escribían en esta lengua. ¿No te habría gustado tratar este aspecto en el libro?

Es una estupenda pregunta. Es un tema que toco cuando hablo sobre tu fantástica novela Callejones de Arbat. No hay modo de leer tu obra sin considerar su amplia intertextualidad, y no pienso solamente en la obra maestra de Bulgakov, El maestro y Margarita. También en ese capítulo en el que hablo sobre la prosa escrita por viajeros a la URSS, hablo sobre los cuentos de Antonio Armenteros. Y es muy interesante, porque si hubo valores soviéticos que calaron en la isla, aparte de los que analicé hace un momento, estos tuvieron que ver con la cultura de la crítica.  Tanto tú como Armenteros, como Reina María Rodríguez, Juan Abreu y muchos otros, hablan de la deuda con la literatura soviética y rusa de diferentes épocas, que no siempre se diseminaba por las vías más oficiales. Rafael Rojas tiene un artículo interesante sobre el tema de la diseminación de textos soviéticos que se llama “Souvenirs de una Habana soviética” (publicado en la Revista Encuentro, en 2008).  También lo toco un poco en el capítulo sobre la Feria de Libro, cuando analizo algunas compilaciones nuevas de traducciones del idioma ruso al español. Es un tema muy provocador que sí me gustaría estudiar más.

¿Podría afirmarse que la cultura rusa en Cuba pertenece a una época definitivamente superada en la historia del país? ¿Hay alguna posibilidad de verla revivir?

No creo que revivir la época como tal sea necesario o saludable; sin duda, Dreaming in Russian estudia también tendencias de cubanos con cierto poder en la isla, que buscaban hacer precisamente esto, en la forma de la restauración de momentos de triunfo internacionalista –ya fueran reales o falsos. Es una memorialización instrumental que tiene lugar en diferentes partes y puede ser peligrosa. Svetlana Boym habla sobre esto en su libro The Future of Nostalgia.

 

¿Qué impresión te han dejado las presentaciones de estos dos libros, realizadas en La Habana y Miami?

En la Habana, en el Centro Cultural Dulce María Loynaz, sentí que estaba de verdad presentando un libro “del público”, porque muchos de los creadores que analizo en el Dreaming in Russian estaban presentes allí. Además, en esa ocasión presenté también Caviar with Rum. Y fue lindo, porque cuatro de los colaboradores estaban en el lugar y hablaron sobre sus propias contribuciones. El efecto que produjo en mí la presentación en Books and Books, en Coral Gables, fue igual de conmovedor. Había  grandes amigos en el público, hombres y mujeres que durante años me ayudaron a canalizar mis ideas sobre el tema.

 

Y por último: ¿dónde se pueden adquirir Dreaming in Russian y Caviar with Rum?

Los dos libros pueden comprarse en Amazon, y también en los sitios en Internet de las editoriales (University of Texas Press y Palgrave). Me parece que si compran Dreaming in Russian directamente de la University of Texas Press, puede ser un poco más económico.

 

Estocolmo – Nueva York, junio de 2013