"Los escritores venezolanos emigrantes
estamos huérfanos de Estado"

Entrevista al escritor venezolano Juan Carlos Chirinos

Lorenzo Rodríguez Garrido

juan-carlos-chirinos-entrevista-otrolunes28Juan Carlos Chirinos (1967), escritor venezolano afincado en España desde hace unos quince años y que en este nuevo número de OtroLunes debuta como columnista (bienvenido sea), acaba de publicar Gemelas en Casa de Cartón, editorial dirigida por el también escritor José Luis Torres, cuya última novela, Albatros, me dicen que es estupenda.

Pero centrémonos ahora en Gemelas, en ese Madrid coloreado por cientos de animales exóticos que surgen de la noche al día provocando disturbios y más de un quebradero de cabeza a las autoridades competentes (o incompetentes, según se mire); en esa periodista latina, Susana Pereira, que desvela una trama relacionada con el tráfico de animales para poco después arrojarse desde el balcón de su casa dejando como única pista el siguiente código: CMC267; y en Agustín Bermejo, policía que utiliza tan sólo cuatro libros como guía para entender el mundo y que se verá obligado a descubrir este doble enigma: de dónde salen esos animales y qué provocó la muerte de Susana.

Novela divertida y muy bien llevada, policiaca sui géneris donde nada es lo que parece, Gemelas se lee con el enorme disfrute que nos regala la buena literatura de entretenimiento.

 

 

Gemelas es la tercera novela que publicas en España, pero en una conversación que mantuvimos hace poco, me dijiste que el orden cronológico de su publicación difería del de su escritura.

gemelas-juan-carlos-chirinosLos escritores pertenecen, a veces a su pesar, a una especie anfibia. Es un artista que no sabe hacer otra cosa sino escribir y escribir y escribir y ese es su goce; pero también se ve obligado a ser el vendedor más grande del mundo de sí mismo, en el sentido más Og Mandino de la palabra. Hasta el más tímido y misántropo de los autores tiene, al menos una vez, que hablar de su obra. La pose «soy como Kafka y quiero que se queme todo lo que he escrito» es poco creíble, la verdad, y mucho menos en esta sociedad de ahora, ultra aniñada y mega tonta, que consume casi todas las energías del mundo y quiere todo masticado y en el nivel cero del entendimiento. O pones lo que haces en su justa medida, o algún memo vendrá y lo hará por ti, colocando tu trabajo al nivel de las canciones de Hannah Montana, para vender más. Por esta razón, me parece, el trabajo del escritor y su difusión pueden sufrir asincronías que generan lecturas distintas de las que él esperaba. El orden de las novelas que he escrito no es igual al orden en que han sido publicadas, pero eso no tiene nada que ver con un proyecto literario o una estrategia discursiva determinada. No; yo escribo un libro y, si encuentro editor, lo publico; si no, lo guardo y sigo corrigiéndolo. A veces ha sido beneficioso, a veces no; ahora mismo corrijo —por vigésima o trigésima vez— una novela que terminé en 2000 y que originalmente tenía quinientos folios pero que ahora no llega a doscientos. Quiero creer que toda esta poda beneficia al libro; yo ya no soy aquel del año dos mil, y esos cambios deberían notarse. Cada libro es un palimpsesto de uno mismo. Quién sabe; quizá algún día un crítico textual se ponga a comparar las versiones que se han quedado en el camino y dará su veredicto.

 

La novela se abre con un Madrid tomado por numerosos animales exóticos. Me gustaría saber si el desarrollo de la trama surge precisamente de esta imagen.

Ahora que lo pienso, sí. La «chispa» de la novela fue el suicidio de una mujer hermosa; pero la presencia de las hormigas, animales que quiero mucho, me dieron la clave para introducir el tema de las especies exóticas y «colorear» Madrid con bichos venidos de latitudes más familiares para mí, y así darle forma, más bien volumen, al libro. Y todo el desarrollo se fue por ese camino, aunque no de manera principal, pero sí determinante. La trama le debe mucho, desde luego.

 

En tus novelas, los animales suelen tener bastante protagonismo. ¿Será que perciben antes que los humanos los cambios que se producen en el mundo?

Mis conocimientos zoológicos son de documental: no sé por qué no estudié Biología o Zoología; pereza, tal vez. Porque he de confesar que los animales salvajes me fascinan. No los de los zoológicos, esos son deprimentes: encerrados, «civilizados» para que unos niños estúpidos puedan verlos con comodidad, los mismos niños que serían incapaces de detectar todos los animales que merodean por el portal de su casa: ¿sabe ese niño urbanita que a la entrada de su edificio seguramente viven miles, cientos de miles de hormigas y termitas de varios tamaños y especies? Los zoológicos son una aberración, una metástasis de nuestra vida al natural; quiero creer que fueron inventados por imbéciles y mediocres como Leopoldo ii de Bélgica, el papá de los genocidas del siglo xx. Un animal, cualquier animal —incluidos nosotros— es capaz de percibir con sus sentidos los cambios del mundo: pero tiene que poner cuidado. Y como nosotros tenemos atrofiados los sentidos, necesitamos animales para «ver» lo que ocurre a nuestro alrededor. Eso hacen los animales de mi novela: avisan qué pasa en la naturaleza, y en ese aspecto son bastante románticos.

 

Siro, el gato que aparece aquí, tiene casi la misma importancia que cualquiera de los personajes humanos.

Quizá es el único personaje con un referente real: Siro, el gato de la novela, está inspirado en mi propio gato, Siro. Inspirado no; calcado. No concibo el mundo sin los gatos; no sé si es un defecto; siempre he tenido gatos, desde niño. Piensan, reflexionan, opinan, ordenan: si los humanos fuéramos capaces de hablar su idioma, sabríamos más de ellos; pero a ellos no les importa que seamos tan ignorantes. Nos tienen para otras cosas, comer la primera.

 

¿Podrías desvelarle al lector qué carajo son los mestureros?

No. Pero debo advertirle al que está leyendo: mucho cuidado con los mestureros.

 

La novela homenajea el Cantar de Mio Cid, del que tengo entendido que eres un gran admirador desde tus tiempos de estudiante en Salamanca.

Desde muchísimo antes, desde 1987. El Poema de Mio Cid es un texto hermosísimo cuyo acceso debería prohibirse antes de la mayoría de edad, como las bebidas fuertes. A menos que ya seas poeta, o un genio. Pero a la gente normal como nosotros debería prohibírsele leer ese poema bajo pena de cárcel. Sería una pérdida de tiempo; y el desperdicio de una gran oportunidad, pues cuando eres obligado a leerlo, a los doce o trece años, tu cerebro y tu sensibilidad no están preparados, y lo más probable sea que te parezca un aburrimiento y lo desprecies en tu comprensible ignorancia. Y entonces se ha frustrado otro lector. Cuando hay tantos libros que un niño de doce años ha de leer para su goce físico, ¿para qué obligarlo a acercarse a algo que no va a entender? Insisto: me refiero a lectores normales como yo, no a las lumbreras del mundo. Yo fui obligado a leer ese poema con doce años y lo odiaba; pero después, por suerte, estudié Letras y tuve un extraordinario profesor de literatura medieval española que me enseñó a comprender y, por extensión, a amar cada uno de sus versos, a saborear sus imágenes —cuando el Cid se separa de su esposa y sus hijas, es como si se separara «la uña de la carne», qué maravilla; cuando siente el pavor de la superstición, «engramea la testa», o sea, sacude la cabeza; cuando se enfada, le cae a patadas a la puerta de Burgos: Rodrigo Díaz de Vivar es un personaje monstruoso, en el sentido que se usa para hablar de Lope—. Pero todavía hay algo peor: las versiones «para niños» de los grandes clásicos. Para mí, esas merecen el ostracismo sin paliativos, y no voy a explicar por qué.

 

En la historia hay una trama policiaca y en ella, mediante el personaje de Bermejo, haces un guiño al Járitos de Márkaris.

Cuando descubrí los libros de Márkaris, tuve uno de esos momentos de felicidad absoluta que solo los lectores experimentan. Y cuando Gemelas «se me volvió» negra, y me vi empujado a meter un policía, no lo dudé un instante: tenía que ser como el comisario Kostas Járitos. También porque es ateniense y, aunque te parezca inverosímil, no conozco una ciudad más semejante a Atenas que Caracas: luz solar pura, ruinas, caos, colas, humo y fruteros todo en el mismo lugar, y adyacentes a un puerto cada una: El Pireo, Atenas; La Guaira, Caracas.

 

La acción narrativa está muy comprimida en el tiempo, lo que le otorga intensidad.

Creo que es a propósito, y porque no me veo aún con capacidad para contar grandes sagas tipo Los Buddenbrook o Una fortuna peligrosa. Tiene esa ventaja, que ayuda a aumentar la intensidad; pero el peligro es que tienda al exceso de elipsis y afecte el desarrollo argumental. Que juzgue el lector.

 

¿Qué conocimiento crees que hay en España de la literatura venezolana?

Ahora, mucho más del que había cuando llegué, en 1997. Se publican más autores venezolanos contemporáneos, y algunos grandes ya son ampliamente reconocidos: José Balza, Rafael Cadenas y Eugenio Montejo, por ejemplo. Muchos escritores venezolanos más jóvenes hemos emigrado, y eso ha contribuido a la difusión en el exterior, que sigue siendo modesta en comparación con otros países de nuestro entorno. Hasta donde yo sé, aquí en España jamás hemos contado con la ayuda de la embajada venezolana; y creo que, en el fondo, ese abandono nos ha beneficiado: hemos tenido que hacer mayores esfuerzos, huérfanos de Estado como estamos. Y van dando sus buenos frutos.

 

¿Qué escritores españoles te gustan?

Muchos. Contemporáneos, o casi, a mí, Ernesto Pérez Zúñiga, Juana Salabert, Nicolás Melini, Anelio Rodríguez Concepción, María Ángeles Pérez López, Juan Antonio González Iglesias y Jon Bilbao; lo que he leído de Mercedes Cebrián y Juan Carlos Márquez me ha gustado mucho; me gustan mucho también José Esteban, J. J. Armas Marcelo, el Manuel Rivas de los cuentos, la prosa de Gustavo Martín Garzo cuando es mágica; «el primer» Atxaga; y el tesón narrativo de Ignacio del Valle, sobre todo el de Los demonios de Berlín, con la que me la pasé en grande. Hace poco leí Yo confieso, de Jaume Cabré, y me gustó mucho su prosa, pero al libro, lo digo tímidamente, quizá le haga falta alguna poda. Leopoldo María Panero es un dios: toda su obra es un Génesis. Soy del grupo que ama las novelas de humor de Mendoza y lee poesía española todo el tiempo: ahora mismo estoy con Esta luz sin contorno, de Santiago Castelo, una muy agradable sorpresa. Me gusta el Pérez-Reverte más dumasiano, el de La tabla de Flandes, por ejemplo. Ah, hay poemas de Manuel Vilas que son fundamentales en la literatura española del siglo xxi. Medardo Fraile es el Juan Rulfo español, digo, por su calidad y enorme universo. Eso sí: moderneces de los ignorantes que ni siquiera han leído bien a Cortázar ni a Stoker no las tolero ni como pasatiempo.

 

¿Qué será lo próximo tuyo que leamos?

Lo que los editores quieran publicar, supongo.

 

 

6 de julio de 2013