Catolicismo y revolución

Darío Ruiz Gómez

papa-francisco-indigenas-brasilNaturalmente la apoteósica visita del Papa Francisco a Río, ha pasado sin reflexiones importantes en nuestros medios de comunicación, dominados por un inmediatismo informativo. La presencia de más de un millón de jóvenes llenos de entusiasmo que lo aclamaron fervorosamente acudiendo a su llamado, jóvenes que espontáneamente acudieron a la cita y no fueron reclutados, tal como lo hacen ciertas organizaciones políticas, señaló el hecho de que, al contrario de la imagen estereotipada de una juventud robotizada, incapaz de asumirse frente a los retos del mundo, la juventud que estuvo presente fue alegre, capaz de mostrar que la fe sigue vigente en un medio social devastado por la quiebra de la sociedad consumista.

Lo más importante fue la manera con que Francisco recuperó la dimensión de la conversación, ese hablar entre amigos como pedía Camus, sin rehuir la debida energía en el reclamo a la Iglesia y a los católicos de la necesidad de rechazar el egoísmo frente a la suerte de los otros, de condenar la negligencia moral para, reclamar un verdadero  compromiso con el prójimo. Un prójimo que somos nosotros mismos pero que, con perversa astucia, cierto discurso político pretende reducir a una víctima, pero sin rostro y  al uso de sus estrategias encaminadas a rehuir su directa responsabilidad en la violencia, tal como se pretende hacer hoy en Colombia. Esto se convierte en  un radical giro  sobre la medida de nuestra responsabilidad, y, como ineludible punto de partida para la recuperación de los territorios de la Iglesia silenciada.

No puede darse en este caso, el peligro de caer en la hipocresía política, ya que reivindicar al pobre y reivindicar la pobreza como modelo de vida ejemplar, no es un acto de demagogia  tal como lo llegó a hacer la llamada Iglesia de la Liberación, que olvidó la compasión y el amor para aceptar, insólitamente, la violencia de los llamados grupos revolucionarios, como única vía para rescatar al pobre y eliminar la pobreza y, de paso, derrotar al “Estado burgués”. Ya sabemos a lo que conduce el abandono de la palabra de Dios para justificar el terrorismo porque, en la medida en que en Colombia, la guerrilla, ungida por los sacerdotes de la “Iglesia de la Liberación”, como única portavoz del pueblo, del explotado, se fue degradando en el secuestro y el narcotráfico, curiosamente estos sacerdotes carecieron del valor para denunciar esa degradación o para considerar que se habían equivocado.

Recordemos que en el colmo de su locura llegaron a presentar a Jesús armado de metralleta. Reivindicar la imagen del pobre es reconocer, tal como lo señaló Simone Weil, la presencia de aquel que sufre y a través del sufrimiento se hace humano, porque nace desnudo y va hacia la redención liberado de lo superfluo. El ejemplo de San Francisco como recuerda Chesterton, es el reconocimiento de la virtud excelsa de la austeridad o sea de lo contrario al despilfarro y la opulencia. Lo ascético es lo esencial como definición de un camino hacia la Gracia que sólo se logra mediante la vocación de renuncia. Vivir como pobres es mostrar que el oropel es fatuidad, pero Francisco ha sido más claro, si te atreves a nombrar al pobre para justificarte políticamente, decídete a vivir, primero, como pobre.

Lo que estamos enjuiciando respecto a quienes se han valido de los pobres y de la palabra de Dios para justificar un cambio social mediante la violencia, es la deliberada tergiversación de estos  principios que no conducen a un bobo pacifismo, a una ingenua “no violencia”, sino, a algo que estos activistas olvidaron: cambiar una sociedad exige siempre cambiar, primero, los falsos valores morales  que la llevaron a su  colapso.

Del Autor

Darío Ruiz Gómez