Cincuenta años de Rayuela

José Luis Muñoz

santiago-gamboa-columna-otrolunes29Hace cincuenta años de la escritura y publicación de Rayuela, texto fundamental de la literatura cortazariana, un verdadero manual de escritura para muchos de los autores  que adorábamos al argentino y bebimos de sus posos literarios, y sigue teniendo esa novela magna y enrevesada, un juego literario lleno de magia y creatividad, como toda la obra literaria de Julio Cortázar, una vigencia absoluta.

Puedo decir, por mí mismo, lo que me influyó la novela de Cortázar, y, en general toda su literatura. Cortázar me enseñó que lo literario es lúdico, un juego por encima de todo, que el escritor se divierte sobremanera escribiendo historias y de ese modo consigue que el lector participe. Manejaba las palabras Cortázar, lo opuesto a la frialdad y racionalidad de Borges, también en lo ideológico,  como pocos en su época, construía frases con sonoridad de jazz, olían sus párrafos a humo de tabaco, cobraban los insectos una entidad misteriosa e inquietante, la división entre realidad y sueño se desvanecía en sus páginas…

En unos tiempos miserables para la cultura española, en pleno franquismo, con una universidad asediada por la policía que asaltaba una y otra vez las aulas para impedir que nos reuniéramos y habláramos, los materiales literarios de Cortázar, especialmente Rayuela, el libro de cabecera de todos los que amábamos la literatura del argentino, nos salvaron de la mediocridad ambiental que nos asfixiaba y nos insuflaron libertad en los pulmones. El texto de Cortázar, que solía leer entre clase y clase, en el patio de la facultad de letras, en la atiborrada cafetería de la universidad en  donde se organizaban casi todas las conspiraciones, o en los viajes en el autobús que atravesaba toda la ciudad, fue un acicate determinante para mi inclinación literaria, un estímulo fundamental en mi formación como escritor.

Lo que más me seducía de él, de su faceta como creador, aparte de su faceta de intelectual comprometido con las causas sociales, sobre cualquier otra consideración, era la naturalidad con la que introducía el elemento fantástico en sus relatos realistas, cómo describía, e hipnotizaba, por ejemplo, hablando del sumidero de un lavabo por donde el agua se despeñaba a desconocidas entrañas o su forma de introducir un erotismo desbocado en un texto elíptico en el que no figuraba, por decisión propia, una sola palabra de referencia sexual. Cortázar era un experimentador, un alquimista entusiasmado ante cada uno de sus textos.

Comencé a escribir por aquel entonces de forma anárquica, sin seguir pautas, relatos en escritura directa que salían directamente de noches en blanco o resacas nocturnas. Con cualquier suceso anodino aprendí a fantasear y a hurgar en lo oculto. En servilletas, rollos de papel higiénico, en papeles que recogía por la calle, como si tan diverso soporte tuviera que incidir definitivamente en lo que escribía, pergeñaba relatos que surgían de mi mente de forma libérrima.

La literatura de Cortázar introdujo un elemento de fantasía en mis relatos de entonces, y en los posteriores, y hasta en novelas en donde el humor se cruza con el horror. En algunos de mis últimos cuentos publicados reconozco, sin duda, su sombra alargada. Somos, evidentemente, lo que leemos; nuestra literatura es, también, el fruto de nuestras preferencias.

Cortázar, además, resultaba fascinante en su físico, en su actitud, en su forma de hablar pausada, escuchándose, hasta en sus dimensiones físicas, próximas al gigantismo. Aparentaba muchos menos años de los que tenía, como si hubiera hecho un pacto con el diablo el eterno adolescente de cejas juntas y grandes ojos,  y se sentía tan parisino como argentino.

Ahora que se han cumplido los cincuenta años del nacimiento de su obra más reconocida, aunque yo personalmente prefiera sus cuentos como “El perseguidor” o “Las babas del diablo”, antológicos  ambos, creo que es hora de que dé gracias al maestro que sin duda marcó mi trayectoria literaria, y la de otros muchos autores, e hizo que el páramo del franquismo lo viéramos con otros ojos, como una pesadilla de la que pronto íbamos a despertar, como en uno de sus relatos.