La tarea del testigo, de Rubi Guerra

Juan Carlos Chirinos

juan-carlos-chirinos-columna-otrolunes29Los libros siempre tratan de otros libros; los escritores hablan de otros escritores. Es una regla que ha pasado de generación en generación, desde el primer ser humano que inventó una historia —una mujer, sin duda—, hasta el más joven narrador de ahora, furioso y siempre parricida con sus ancestros. La razón de que esto sea así es muy simple: todo escritor primero es lector; todo contador, antes escucha a otro. Y quiere emularlo, imitar su voz, ser ese escritor que una vez admiró con fascinación. Además, tal como enseña Proust, el lector cuando lee sólo se lee a sí mismo; y por extensión el escritor, cuando imita, sólo lo hace de la voz que creyó escuchar alguna vez. Cuando un escritor habla de otro, o lo imita, o lo evoca, a la vez ejecuta un homenaje y un reconocimiento: se está reconociendo en la voz que admira. Esta estrategia se ha ensayado muchas veces, no siempre de manera feliz; pero cuando el escritor logra, a partir de un universo ajeno, crear un cosmos propio y a la vez semejante al que ve, el resultado es formidable.

Rubi Guerra (San Tomé, Venezuela, 1958) ha hundido sus manos en la vida y la obra de José Antonio Ramos Sucre (Cumaná, Venezuela, 1890 – Ginebra, Suiza, 1930), el más extraordinario poeta venezolano del primer tercio del siglo xx, sin duda uno de los nombres clave de la poesía en español, y de esa inmersión ha surgido La tarea del testigo (con dos ediciones: El Perro y la Rana, Caracas 2007; y Lugar Común, Caracas, 2012), una nouvelle que lo coloca entre la mejor vanguardia en español de la actualidad. No es raro que aquel que regresa a las fuentes esté a la cabeza; porque allí, en esas madres originarias, es donde brilla esa gema sin nombre que todos los artistas buscan y que ya fue hallada una vez, al principio de todo.

No espere el lector encontrar una novela histórica al uso, en la que se le cuente la atormentada vida del poeta cumanés, que daría —qué duda cabe— para uno o varios textos de envergadura; ni suponga que el texto de Guerra le desentrañará anagramas secretos escondidos en sus poemas en prosa, terribles y telúricos todos. No; Rubi Guerra ha leído (muy) bien la obra de Ramos Sucre y conoce con detalle su vida; ha estudiado sus cartas y sus reflexiones. Pero estimo que cuando comenzó a escribir su nouvelle ha dejado de lado todo esto —lo ha escondido en el cofre de donde salen todas las historias— y ha «inventado» a un Cónsul que es Ramos Sucre y no, porque también es lo que escribió Ramos Sucre, y lo que pensó, y lo que dejó sugerido más allá de los límites de su pensamiento. Ha construido un universo asfixiante, el universo de un brillante hombre, un pobre enfermo que apenas puede dormir; lo ha rodeado de personajes «reales» e «imaginarios», y ha dejado que fuera el espíritu ramosucreano el que condimentara todo. Se trata de un escritor contemporáneo que construye la imagen de un escritor del pasado, consciente de que no es posible recrearlo de verdad, y se ha limitado a dejarlo actuar en un futurible que se parece demasiado a sus pesadillas, en las que hasta el científico jesuita Athanasius Kircher tiene un papel preponderante. Rubi Guerra no escribe sobre el Ramos Sucre solar, nítido, del que tenemos constancia, sino sobre ese que existe en un mundo subterráneo, que tiene una escritura universal y que sigue vivo en la conciencia de aquellos que lo han leído, pero también en el imaginario de los que no lo han hecho.

Según lea, el lector avisado intuirá las influencias del autor: el Mann de La montaña mágica, el Schnitzler de Relato soñado, el Meyrink de El Golem, incluso el Dürrenmatt de El juez y su verdugo; pero sin duda cruzan sus páginas los poemas de Cruz Salmerón Acosta y, desde luego, la propia obra de Ramos Sucre, con sus alucinadas y sus malditos, sus mandarines crueles y sus paisajes lovecraftianos (aceptando, desde luego, que la obra de Lovecraft está plena de imágenes ramosucreanas). Y he aquí uno de los méritos más gozosos de esta nouvelle: para su fortuna, al lector le aguardan varias lecturas de este libro. No sé cuántas serán, pero sí sé cómo serán la primera y la última.

La primera, receloso y con ansia, descubrirá lo dicho más arriba, que no es una novela biográfica ni histórica, y entonces se sumergirá en la exquisita prosa de Rubi Guerra, aparentemente sencilla pero llena de radiantes momentos escriturales («conocí la felicidad de tener a una muchacha dormida junto a mí, la felicidad de ver su pecho subir y bajar en entregada confianza»; «hay también pecado de orgullo en la exagerada denostación de sí mismo»); será una primera lectura luminosa, ávida, adolorida porque se acaba; también una primera lectura infantil, pero del tipo de infancia que ya incuba la maldad de la conciencia.

En cambio, la última lectura la vaticino parca, admirada, de capcioso senescal: el lector buscará claves y, detrás de esas claves, otras claves que le hablen de Ramos Sucre y de Rubi Guerra y de lo subterráneo y de las referencias; y será una lectura desesperada, porque se hallará en un anillo de Moebius que lo devolverá obstinadamente al punto de partida: la belleza de la prosa de Ramos Sucre destilada en esta agudísima nouvelle, pequeña joya de la literatura venezolana del siglo xxi. Gran regalo para los ojos.