Brigitta

Fragmento del libro homónimo

Traducción del alemán: Ibon Zubiaur

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Memorial de Adalbert Stifter en su pueblo natal de Oberplan.

1. Viaje a pie por la estepa

A menudo hay cosas y relaciones en la vida del hombre que no nos quedan claras de inmediato, y cuyas razones no somos capa­ces de extraer con prontitud. En ese caso influyen por lo general con un cierto aliciente bello y suave de lo misterioso en nuestra alma. En la cara de un feo hay a menudo para nosotros una belleza interior que no somos capaces de derivaren el acto de su valor, mientras que a menudo nos resultan fríos y vacíos los ras­gos de otro de los que todos dicen que poseen la mayor belleza. Del mismo modo nos sentimos a veces atraídos hacia uno que en realidad no conocemos en absoluto, nos gustan sus movimien­tos, nos gusta su manera, nos afligimos cuando nos ha abando­nado y tenemos una cierta nostalgia y hasta un amor por él, cuando a menudo en años posteriores de él nos acordamos: mientras que no sabemos a qué atenernos con otro cuyo valor se nos presenta en muchos hechos, incluso cuando hemos tratado con él durante años. Que en último término hay razones mora­les que barrunta el corazón, es indudable, sólo que no siempre podemos destacarlas con la balanza de la consciencia y el cálculo y contemplarlas. La psicología ha iluminado y aclarado algo, mas mucho le ha quedado oscuro y a una gran distancia. Cree­mos por lo tanto que no es excesivo si decimos que hay para nosotros un abismo sereno e inconmensurable en que deambu­lan Dios y los espíritus. El alma lo sobrevuela a menudo en momentos de embeleso, el arte poética lo airea en ocasiones; pero la ciencia, con su escuadra y cartabón, queda frecuente­mente sólo al margen, y puede que aun en muchos casos ni siquiera se haya puesto a ello.

A estas observaciones he sido inducido a cuenta de un suce­so que viví una vez en años juveniles, en la hacienda de un viejo comandante, cuando aún tenía yo una gran pasión viajera que me impulsaba aquí y allá en el mundo, porque esperaba aún vivir e investigar Dios sabe qué.

Había conocido al comandante en un viaje, y ya entonces me invitó repetidamente a visitarlo alguna vez en su tierra. Sólo que lo tomé por una pura fórmula de cortesía, como las que acostumbran a intercambiar tantos viajeros, y probablemente no habría accedido al caso de no haber llegado en el segundo año de nuestra separación una carta suya, en la que se informaba con solicitud sobre mi estado y añadía al final una vez más el viejo niego de que fuese algún día a su casa y pasase con él un verano, un año, o cinco o diez años, como me complaciese; pues finalmente se había propuesto permanecer apegado a un único punto minúsculo de este globo terráqueo y a no dejar llegar más a sus pies ninguna otra partícula de polvo que la de su tierra, en la que desde ahora había hallado una meta que anteriormente buscara en vano por el mundo entero.

Como justamente estábamos en primavera, como sentía curiosidad por conocer su meta, como justamente no sabía adonde había de viajar, resolví ceder a su niego y acceder a su invitación.

Tenía su hacienda en la Hungría oriental – dos días anduve peleándome con planes sobre cómo había de hacer el viaje más adecuadamente, al tercer día estaba sentado en el coche de posta y rodaba hacia el este, mientras me ocupaba ya, dado que nunca había visto el país, con imágenes de bosques y brezales – y al octavo caminaba ya por una pusta tan espléndida y desierta como sólo Hungría puede presentar.

Al principio mi alma entera estaba impresionada por la grandeza de la imagen: cómo adulaba en torno a mí el aire infi­nito, cómo olía la estepa, y un brillo de la soledad tejía en todas partes por doquier: – pero como mañana eso era así otra vez, pasado mañana otra vez – siempre nada en absoluto más que el fino anillo en el que se besaban cielo y tierra, el espíritu se acos­tumbraba a ello, el ojo comenzaba a sucumbir y a hartarse tanto de la nada como si hubiese cargado sobre sí masas enteras de materia – retornaba a sí mismo, y como jugaban los rayos del sol, brillaban las hierbas, cruzaban diferentes pensamientos solita­rios por el alma, viejos recuerdos llegaban pululando por el bre­zal, y entre ellos estaba también la imagen del hombre hacia el que me encontraba justamente en viaje -volvía gustosamente a ella, y en el desierto tuve tiempo suficiente para recabar en mi memoria todos los rasgos que había averiguado de él y darles frescor nuevo.

En la Baja Italia, casi en un desierto tan solemne como era aquél por eí que caminaba hoy, lo había visto por primera vez. Entonces era celebrado en toda sociedad, y aunque tenía ya casi cincuenta años, meta de más de un par de bellos ojos; pues nunca se ha visto un hombre cuya complexión y rostro pudieran ser llamados más hermosos, ni uno que supiera llevar este exte­rior más noblemente. Querría decir que era una suave elevación la que fluía en torno a cada uno de sus movimientos, tan sencilla y triunfante, que trastornó más de una vez también a hombres. Mas en los corazones femeninos, según la leyenda, debía haber obrado antaño verdaderas pérdidas de juicio. La gente se ocupa­ba con historias de triunfos y conquistas que supuestamente había hecho, y que eran suficientemente fabulosas. Pero un defecto, se decía, pesaba sobre él que era el que de verdad le hacía peligroso; a saber, que a nadie, ni siquiera a la mayor belle-/.a que haya sobre esta tierra, le había sido posible encadenarlo por más tiempo del que a él se le antojase. Con todo eí encanto que le ganaba cada corazón, y que llenaba a la elegida de delicia triunfadora, se comportaba hasta el final, se despedía entonces, hacía un viaje, y no volvía. – Mas este defecto, en lugar de desalentarlas, ganaba aún más a las mujeres para él, y más de una pronta meridional podía arder por arrojar su corazón y su fortu­na, en cuanto fuera posible, sobre su pecho. También estimula­ba mucho que no se supiese de dónde era, ni qué puesto ocupa­ba entre los hombres. Aunque decían que las Gracias jugaban en su boca, añadían con todo que en su frente moraba un tipo de tristeza que era indicador de algún pasado significativo -pero esto era al final lo más seductor, que nadie sabía este pasa­do. Que había estado envuelto en asuntos de estado, que se había desposado infelizmente, que había matado a su hermano de un balazo – y qué más cosas de éstas había. Lo que sabían todos era que ahora se ocupaba intensamente de ciencias.

Yo había oído ya mucho de él, y lo reconocí al instante al verlo un día sobre el Vesubio derribando piedras y acudiendo entonces al nuevo cráter y contemplando afablemente el enros­carse azul del humo que brotaba escasamente aún de la abertura y de las grietas. Fui hacia él sobre las protuberancias que brillaban amarillas y le hablé. El contestó gustoso, y una palabra llevó a la otra. Realmente había entonces un desierto oscuro y espantosa­mente hendido en torno nuestro, que se hacía tanto más abrupto en cuanto que sobre él se alzaba el indeciblemente ameno y hon­damente azul cielo del Sur, hacia el que las pequeñas humaredas ascendían de lado con familiaridad. Hablamos largamente enton­ces, pero nos marchamos del monte cada uno solo.

Más adelante se presentó de nuevo la ocasión de encontrar­nos, nos visitamos entonces con mayor frecuencia, y al final estu­vimos, hasta el momento de mi regreso, casi inseparablemente juntos. Encontré que era bastante inocente de los efectos que al parecer causaba su apariencia. De su interior brotaba a menudo algo originario y primigenio, igual que si, aunque iba ya para los cincuenta años, su alma se hubiera conservado hasta ahora por­que no había podido hallar lo justo. A la vez me di cuenta, al ir tratando más con él, de que esta alma era lo más ardiente y poético que había visto yo hasta entonces, de lo que podía provenir que tuviera eso de infantil, inconsciente, sencillo, solitario, a menudo hasta simple. El no era consciente de estos dones, y decía con naturalidad las más bellas palabras que yo haya jamás oído de una boca, y nunca en mi vida, ni siquiera más tarde, cuando tuve ocasión de tratar con literatos y artistas, he encontrado un sentido para la belleza tan sensible, que lo informe y la rudeza podían excitar hasta la impaciencia, como en él. Puede también que fueran estos dones inconscientes los que hacían volar hacia él todos los corazones del otro sexo, porque este jugar y brillar son muy raros en hombres de edad avanzada. Justamente de ahí debía provenir también el que tratase tan a gusto conmigo, una persona joven, igual que yo, por mi parte, en aquellos tiempos no era aún realmente capaz de valorar estas cosas como es debido, y las mismas sólo se me volvieron real­mente evidentes cuando ya era más viejo y me puse a componer el relato de su vida. Cuán lejos alcanzaba su legendaria suerte con las mujeres, no he podido saberlo nunca, ya que jamás habló de estas cosas, y tampoco se halló nunca ocasión para observaciones. De aquella tristeza que ocupaba al parecer su (rente no pude percibir tampoco nada, igual que no supe enton­ces de sus destinos anteriores sino que antaño había hecho viajes continuos, mas ahora estaba desde hacía años en Nápoles y coleccionaba lava y antigüedades. Que tenía posesiones en Hun­gría me lo contó él mismo, y me invitó, como dije más arriba, repetidamente a ellas.

Vivimos bastante tiempo juntos, y nos separamos finalmen­te cuando yo partí, no sin sentirlo. Mas toda clase de figuras de países y personas atravesaron después mi memoria, de modo que al final ni en sueños se me hubiese alcanzado que un día iba a estar en un brezal húngaro de camino hacia este hombre, romo realmente era ahora el caso. Me pintaba cada vez más su imagen mentalmente, y me abismaba de tal modo en ella, que a menudo me costaba no creer que estaba en Italia; pues tan calu­roso, tan callado era ahora todo en la llanura por la que camina­ba como allí, y la capa de vaho azul de la distancia se volvía para mí espejismo de las ciénagas pontinas.

No partí sin embargo en línea recta a la hacienda del comandante que se me señalaba en la carta, sino que hice varios cruces y rodeos para examinar bien el país. Así como la imagen de éste se me había mezclado antes siempre, debido a mi amigo, con Italia, así ahora se tejía cada vez más y más singular como algo entero e independiente. Había recorrido cien arroyos, arroyuelos y ríos, había dormido a menudo junto a los pastores y sus peludos perros, había bebido de esos solitarios pozos del bre­zal que con el ángulo de la barra espantosamente alto miran hacia el cielo, y había comido bajo más de un techo de caña de profunda caída – allí se apoyaba el gaitero, allí volaba el veloz carretero sobre el brezal, allí brillaba el blanco chaquetón del pastor de caballos – a menudo me preguntaba qué aspecto ten­dría mi amigo en este país; pues le había visto tan sólo en socie­dad, y en la agitación en que todas las personas se parecen como los guijarros del arroyo. Allí él había sido en apariencia el hom­bre liso y fino – mas aquí era todo diferente, y a menudo, cuan­do durante días enteros no veía otra cosa que el lejano crepúscu­lo azul rojizo de la estepa y los mil pequeños puntos blancos en ella, el ganado del país, cuando a mis pies estaba la tierra pro­fundamente negra, y tanto salvajismo, tanta exuberancia, pese a la historia antiquísima tanto comienzo y originalidad, pensaba entonces, cómo habrá de comportarse aquí. Andaba de un lado a otro del país, me aclimataba cada vez más a su estilo y forma y a sus singularidades, y me era como si escuchase retumbar el mar­tillo con el que se forja el futuro de este pueblo. Cada cosa en el país apunta a tiempos venideros, todo lo pasajero está cansado, todo lo que en él nace es fervoroso, de ahí que viera yo con ver­dadero gusto sus aldeas infinitas, veía elevarse sus colinas de viñedos, veía sus pantanos y cañaverales, y allí fuera a lo lejos cruzaban sus montañas suavemente azules.

Después de caminar de un lado a otro durante meses, creí por fin un día que debía encontrarme ya muy cerca de la hacien­da de mi amigo, y cansado un tanto del ver mucho, decidí poner una meta a mi peregrinar y dirigirme directamente hacia las posesiones de mi futuro hospedador. Había andado toda la larde a través de un pedregal caluroso; a la izquierda se elevaban contra el cielo cumbres de azul lejano – las tomé por los Cárpa­tos – a la derecha había tierra quebrada con esa coloración roji­za singular como la que a menudo da el aliento de la estepa: mas no se unían ambas, y entre ambas continuaba la infinita imagen de las llanuras. Por fin, justamente al ascender de una hondona­da en que corría el lecho de un arroyo seco, a la derecha salta­ron hacia mí un castañar y una casa blanca – una duna de arena me había ocultado ambos hasta entonces. – Tres millas, tres millas – eso había escuchado casi toda la tarde cuando preguntaba por Uwar – así se llamaba el castillo del comandante – tres millas: mas conociendo ya por experiencia las millas húngaras, había con seguridad andado cinco de ellas, y deseaba así fervien­temente que la casa se llamase Uwar. A no mucha distancia ascendían campos contra un terraplén en el que vi personas. Quería preguntar a éstas, y crucé con ese objeto un ala del casta­ñar. Aquí vi lo que, aleccionado ya por los muchos cambios de rostro del país, sospechara de inmediato, a saber, que la casa no estaba junto al bosque, sino sólo detrás de una llanura que se apartaba de los castaños, y que debía ser un edificio sumamente grande. Pero sobre el llano vi galopar hacia mí una figura, justa­mente en dirección a los campos en los que la gente trabajaba. También se agruparon todos los trabajadores en torno a la figu­ra cuando hubo llegado a ellos, como en torno a un señor – pero a mi comandante no se parecía el ser aquel en absoluto. Subí despacio en dirección a la pendiente, que también estaba más alejada de lo que creyera, y llegué justamente cuando todo el ardor del crepúsculo llameaba en torno a los oscuros campos ondulantes de maíz y los grupos de mozos barbudos, y en torno al jinete. Mas éste no era sino una mujer, de unos cuarenta años, que extrañamente tenía puestos los amplios pantalones típicos del país, y también se sentaba al caballo como un hombre. Como los mozos ya se dispersaban y ella estaba casi sola en el lugar, le dirigí mi ruego a ella. Apoyando mi bastón de caminan­te bajo la mochila, mirándola hacia arriba, y al mismo tiempo restregándome de la cara los rayos del crepúsculo que llegaban oblicuamente, le dije en alemán: “Buenas tardes, madre”. “Buenas tardes”, respondió ella en la misma lengua. “Concededme el favor, y decid: ¿se llama ese edificio Uwar?” “Ese edificio no se llama Uwar. ¿Habéis sido citado a Uwar?” “En efecto. He de visitar allí a mi amigo, el comandante, que me ha invitado”.

“Andad entonces sólo un rato junto a mi caballo”. Con estas palabras puso a andar a su caballo y cabalgó des­pacio, para que yo pudiera seguirla, entre las altas mazorcas ver­des de maíz, hacia arriba de la cuesta. Yo iba detrás de ella y tuve oportunidad de dirigir mis miradas al entorno – y de hecho hallaba cada vez más razón para admirarme. A medida que llegá­bamos más arriba se abría a ojos vista el valle tras nosotros, toda una inmensa floresta corría desde el castillo hacia los montes que empezaban tras él, avenidas se extendían hacia los campos, un lote de labranza tras otro se tendía sin más y parecía en exce­lente condición. Nunca he visto esa hoja larga, grasa, fresca del maíz, y no había un hierbajo entre sus espigones. El viñedo a cuyo linde llegábamos en ese momento me recordaba a los del Rin, sólo que en el Rin no he visto ese recio porfiar y rebosar de hojas y vides, como aquí. La llanura entre los castaños y el casti­llo era una pradera, tan pura y suave como si hubiese extendido terciopelo, estaba atravesada por caminos vallados por los que andaba el ganado blanco de la tierra, mas ligero y esbelto, como ciervos. El conjunto se erguía fabuloso desde el pedregal que había recorrido hoy, y que ahora yacía allá fuera al aire de la larde, y en los rayos que hilaban rojizos miraba caluroso y seco hacia esta fresca y verde lozanía.

En esto habíamos llegado a una de aquellas cabañas blan­cas como las que había percibido varias diseminadas en el verde del terreno de las vides: y la mujer le dijo a un hombre joven, que a pesar de la calurosa tarde de junio estaba envuelto en su peluda pelliza y se ocupaba de un montón de cosas frente a la puerta de la cabaña: “Milosch, el señor quiere llegar hoy a Uwar, si tomases acaso los dos bayos, le dieses uno, y le acompañases hasta el patíbulo”.

“Sí”, replicó el muchacho, y se levantó. “Ahora id con él, os conducirá debidamente”, dijo la mujer, y volvió su caballo para cabalgar de vuelta el camino por el que había venido conmigo.

La tomé por algún tipo de administradora y quise darle una moneda considerable por el servicio que acababa de prestarme. Pero ella rió tan sólo y mostró al hacerlo una fila de dientes muy hermosos. Por el viñedo cabalgó hacia abajo lentamente, pero poco después escuchamos el veloz ruido de cascos de su caballo al volar ella sobre la llanura.

Me embolsé de nuevo mi dinero y me volví hacía Milosch. Este se había puesto entretanto, además de su pelliza, un som­brero ancho, y me condujo un trecho por las plantaciones del viñedo, hasta que subimos a un recodo del valle y dimos con un edificio de labran/a del que extrajo dos de aquellos caballos pequeños como los que encuentra uno en los brezales de este país. El mío lo ensilló, el suyo lo montó tal como estaba, y nos adentramos de inmediato en el crepúsculo de la tarde al encuentro del oscuro cielo del este. Puede haber sido un espec­táculo curioso: el caminante alemán sentado a caballo con mochila, gorra y bastón de nudos, junto a él el esbelto húngaro con sombrero redondo, bigote, pelliza peluda y pantalones blancos ondulantes – cabalgando ambos en la noche y el desier­to. Era de hecho un desierto a lo que fuimos a parar al otro lado del viñedo, y la colonia era como una fábula allí. En realidad el desierto era mi viejo pedregal de nuevo, y seguía tan parecido a sí mismo, que hubiese creído que cabalgábamos de vuelta el mismo camino por el que había venido, si el rojo sucio que aún ardía a mis espaldas en el cielo no me hubiese hecho saber que realmente cabalgábamos hacia el levante. “¿Cuánto falta hasta Uwar?” pregunté. “Son aún milla y media”, respondió Milosch. Me conformé con la respuesta y cabalgué tras él tan bien como podía. Cabalgamos junto a las mismas incontables piedras grises como las que había hoy contado a miles todo el día. Resba­laban con engañosa luz sobre el oscuro suelo tras de mí, y puesto que en realidad cabalgábamos sobre un pantano seco y muy firme, no oía el mido de cascos de nuestros caballos, salvo cuan­do chocaba el hierro por casualidad con una de las piedras que estos animales, por lo demás, acostumbrados a tales caminos, saben evitar muy bien. El suelo era siempre llano, sólo que otra vez habíamos subido y bajado dos o tres hondonadas, en cada una de las cuales se extendía un torrente fijo de cantos rodados. “¿A quién pertenece la finca que hemos dejado?” pregunté a mi acompañante.

“Maroshely”, contestó.

No sabía, puesto que había pronunciado las palabras cabal­gando rápido ante mí, si era éste el nombre del propietario o si había entendido bien en absoluto; pues el movimiento dificulta­ba el habla y la escucha.

Finalmente salió un pedazo de luna rojo de sangre, y a su débil luz se erguía ya también en la pradera el esbelto armazón que tomé por la meta de mi acompañamiento.

“Aquí está el patíbulo”, dijo Milosch, “ahí abajo, donde bri­lla, corre un arroyo, al lado hay un montón negro, dirigíos a él, es un roble en el que antaño se colgaba a los malhechores. Ahora ya no puede ser así, porque hay patíbulo. Desde el roble empieza un camino hecho, junto al que se alzan árboles jóvenes a ambos lados. Continuad por el camino algo menos de una hora, enton­ces tirad de la barra de la campana de la verja. Escuchad, aun cuando no esté cerrado con llave, no paséis; es por los perros. Tirad sólo de la barra de la campana. Así pues, desmontad ahora, y abrochaos mejor la chaqueta, no sea que cojáis la fiebre”.

Desmonté, y aunque con mi gratificación de la administra­dora no había tenido suerte, con todo le ofrecí de nuevo a Milosch una. La aceptó y la guardó en la pelliza. Luego atrapó las riendas de mi caballo, se volvió, y salió volando a toda prisa, antes de que pudiera decirle sólo que por favor transmitiese mi agradecimiento al dueño del caballo, ya que tan incondicionalmente había podido cabalgar sobre uno por la noche. Por lo visto estaba anhelando marcharse del lugar. Miré hacia él. Se alzaban dos columnas, y sobre ellas había un travesaño. Así sobresalía a la luz amarilla de la luna. Arriba había algo, como una cabeza. En realidad podía ser cualquier elevación. Seguí adelante, igual que si la hierba del brezal susurrase tras de mí y algo se removiese al pie del patíbulo. De Milosch no podía perci­birse ya la menor huella, como si nunca hubiese estado allí. Lle­gué en seguida al roble de la muerte. El arroyo irisaba y brillaba y se enroscaba entre juncos, como una serpiente muerta. Al lado estaba la negra estructura del árbol. Lo rodeé y al otro lado había un camino blanco recto, alumbrado por la luna. El cami­no estaba apisonado y tenía zanjas y una avenida de álamos jóve­nes. Me sentó bien el escuchar sonar de nuevo mis pisadas, como ocurre allí en casa en los caminos de nuestro país.

Avancé lentamente. La luna se elevó más y más y quedó por fin clara en el cálido cielo de verano. El brezal se escapaba bajo ella como una pálida rodaja. Por fin, cuando podía haber pasa­do ya una buena hora, se elevaron ante mí compactas masas negras, como un bosque o jardín, y en breve plazo dio el camino con una verja que se erguía en un muro que corría por fuera del bosque y tenía tras de sí cimas gigantescas que se alzaban con mortal silencio en la plata del aire de la noche. En la verja había un asidero de campana, tiré, y sonó desde dentro. Al instante resonó no un ladrido, sino dos sacudidas de ese resuello profun­do, decidido y curioso de los perros nobles – un brinco sordo – y el más grande y hermoso perro que en mi vida había visto se apoyaba por dentro en la verja. Se puso sobre las patas traseras, cogió con las delanteras las barras de hierro, y me miró asomán­dose sin producir el más mínimo ruido, como es costumbre en la manera seria de esta clase de animales. Pronto llegaron, persi­guiéndose en gruñidos, aún otros dos bulldogs pelados del mismo género, más pequeños y jóvenes, y todos me miraron fija­mente. Después de un rato escuché también pasos humanos acercándose, y un hombre con pelliza peluda llegó y preguntó por mi deseo. Repliqué si acaso estaba en Uwar, y di mi nombre. Debía tener instrucciones; pues inmediatamente apaciguó a los perros con palabras húngaras, y abrió después la verja.

“El señor tiene cartas de vos y os espera desde hace tiem­po”, dijo el hombre mientras andábamos.

“Ya le había escrito que quería ver vuestro país”, respondí.

“Y lo habéis visto largo tiempo”, dijo él.

“Desde luego”, respondí. “¿Está despierto aún el coman­dante?”

“No está en casa, sino en la junta, mañana temprano cabal­gará hacia aquí. Para vos ha mandado disponer tres habitaciones y dejado dicho que debíamos conduciros a ellas si llegarais en su ausencia”.

“Conducidme pues a ellas”.

“Bien”.

Estas palabras fueron las únicas que intercambiamos en el largo camino que, en mi opinión, hicimos más bien a través de un bosque virgen que de un jardín. Abetos gigantescos se exten­dían hacia el cielo, y ramas de roble del grosor de un hombre acechaban en torno. El perro grande iba tranquilo a nuestro lado, los otros olisqueaban en mis ropas y se perseguían luego a veces. Habiendo recorrido así este bosquecillo, llegamos a una elevación sin árboles en la que se erguía el castillo – en la medi­da en que podía ahora reconocerlo – un gran edificio cuadrado. Pero esta elevación hacía subir una ancha escalera de piedra sobre la que cuajaba la más bella luz de la luna. Detrás de la esca­lera había un espacio algo más llano, y luego una gran verja que servía en lugar del portal de la casa. Una vez que hubimos llega­do a la verja, mi acompañante dijo algunas palabras a los perros, a lo que éstos volvieron disparados al jardín. Abrió entonces la verja y me condujo dentro del edificio.

En la escalera ardía luz aún y daba brillo a altas y extrañas estatuas de piedra con amplias botas y ropajes arrastrados. Puede que fueran reyes húngaros. Luego nos recibió en el pri­mer piso un largo pasillo cubierto de esteras de caña. Camina­mos a lo largo de él y subimos luego aún una escalera. Aquí había de nuevo un pasillo similar, y abriendo uno de los batien­tes de la puerta que en el mismo había, dijo mi acompañante que aquí estaban mis habitaciones. Entramos en ellas. Después de haber encendido en cada una varias velas, me deseó buenas noches y se fue. Tras un rato fueron traídos por otro pan, vino y asado frío, a lo que me fueron dadas por él, como por su antece­sor, las buenas noches. Me di cuenta por ello y por el mobiliario completo de las habitaciones de que ahora permanecería solo, y fui por tanto a las puertas y me encerré.

A esto comí, e inspeccioné entretanto mi vivienda. La pri­mera habitación, en la que fuera colocada la comida en una mesa grande, era muy espaciosa. Las velas irradiaban claridad e iluminaban todo. Los enseres eran distintos a lo que se estila entre nosotros. En medio había una larga mesa, a uno de cuyos extremos comía yo. En torno a la mesa había colocados bancos de madera de roble que realmente no parecían confortables, sino como destinados a juntas. Por lo demás tan sólo aquí y allá podía verse alguna silla. De las paredes colgaban armas de distin­tas épocas históricas. Puede que antaño pertenecieran a los hún­garos. Había aún muchos arcos y flechas entre ellas. Además de las armas colgaban también allí ropas húngaras que se habían conservado de épocas anteriores, y luego esas de seda, holgadas, que podían haber pertenecido o bien a turcos o hasta a tártaros.

Cuando hube terminado con mi cena, fui a las dos habita­ciones contiguas que seguían a esta sala. Eran más pequeñas, y tal y como había ya notado en un primer vistazo al ser introduci­do, amuebladas más confortablemente que la sala. Había allí sillas, mesas, armarios, enseres de aseo, útiles de escribir y todo lo que un caminante solitario puede desear en su vivienda. Incluso había libros sobre la mesa de noche, y estaban todos en lengua alemana. En cada una de las dos habitaciones se alzaba una cama, pero en lugar de colcha había extendida sobre cada una esa ancha prenda popular que llaman hunda. Habitualmente es un abrigo de piel en el que el lado áspero está vuelto hacia adentro y el blanco liso hacia afuera. Este último tiene con fre­cuencia toda clase de cordones, y está adornado con dibujos de colores cosidos en cuero.

Antes de echarme a dormir fui todavía, como tengo siem­pre por costumbre en lugares extraños, a la ventana a mirar qué aspecto tenía fuera. No había mucho que ver. Pero sí reconocí a la luz de la luna que el paisaje no era alemán. Como otra bunda, sólo que gigantesca, se extendía abajo la mancha oscura del bos­que o jardín sobre la estepa – fuera irisaba el gris del brezal -luego había toda clase de estrías, no supe si eran objetos de este mundo o capas de nubes.

Después de haber dejado que mis ojos recorrieran por un rato todas estas cosas, me aparté de nuevo, cerré las ventanas, me desvestí, fui a la primera cama y me acosté.

Al estirar las pieles blancas de la bunda sobre mis cansados miembros, y al cerrar ya casi los ojos, aún pensé: “Así que estoy ansioso, qué de amable o feo he de vivir en esta casa”.

Luego me adormecí, y todo estaba muerto, lo que en mi vida había sido ya, y lo que fervorosamente deseaba que pudiera darse en la misma.

Del Autor

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Ibon Zubiaur
(Getxo, País Vasco, España, 1971). Estudió Psicología y Piano y se doctoró con una tesis sobre la poesía de Cernuda. Impartió clases de Literatura Española en la Universidad de Tubinga (2002-2008) y ha dirigido el Instituto Cervantes de Múnich (2008-2013). Ha traducido, entre otros, a Yeats, Shakespeare, Wieland, Stifter, Rilke, Ludwig Hohl y a diversos autores de la antigua RDA como Brigitte Reimann e Irmtraud Morgner.