Desaparición

Fragmentos de la novela homónima

Gustavo Forero Quintero

…mi novela Desaparición da cuenta de un espacio de crímenes donde la anomia parece ser la única clave de comprensión. Aunque el delito fundamental es la desaparición forzada, al mismo tiempo suceden violaciones, estupros, lesiones personales, homicidios, etc., en todo un cuadro esperpéntico que busca recordar la obra de Francisco Goya o Fernando Botero (la del ciclo de la violencia en Colombia, sobre todo) donde el dolor constituye la clave. En tal contexto, no existe un detective que se anime a investigar sino una víctima que cuenta su propia experiencia a partir de la tragedia que supone la desaparición de la persona que ama y su propia pesquisa fracasada.

Tomado de la entrevista exclusiva concedida por Gustavo Forero Quintero
en este número de
OtroLunes.

 

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1

¿Dónde estás? ¿Te escondes, te esconden? ¿Respiras aún en algún sitio? ¿Vives o estás ya en la fosa y en lo que queda de esta fotografía del periódico que se deshace entre mis manos? Te busco, pero nadie da noticias tuyas. Ya no me importa enfrentarme ni exponerme a los que tienen que saber cuál es tu paradero: les grito enfrente ¿dónde está?, me les planto en la cara, me cuelgo tu foto al cuello, reclamo en la calle, ante abogados, ante jueces, ante periodistas, a los hampones, a los extranjeros… A veces, claro, me escondo por miedo, pero veo esta foto tuya que me asegura que no moriste adentro y me sacuden el dolor y la esperanza, y empiezo de nuevo: ¿Dónde estás? ¿Te escondes, te esconden? ¿Respiras aún en algún sitio? ¿Vives o ya eres sólo mi recuerdo?

Existes aunque los demás duden incluso de que existieras algún día en algún lado y no me voy a enloquecer de tanto confrontarlos. Por esta imagen tuya sé que no eres un invento. Lo tuyo es una desaparición, es un hecho, y me duele porque no puedo remediarlo. Te busco, te llamo, te nombro, te invoco… y te recuerdo.

 

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3

–Siempre ha sido lo mismo –decías–. Hace doscientos años nos debatimos en reformas de mentiras que no cambian nada. Nuestra independencia no fue más que la sucesión del poder de una minoría privilegiada a otra que pertenecía a las mismas familias de antes. Desde entonces vivimos un período de simple transición, pues a la masa no le han dejado nunca nada. Es necesaria una verdadera revolución nacional para que el pueblo llegue al poder —decías de nuevo. –Estamos hartos de la explotación, de la pobreza, de la división de clases, de la falta de autonomía del país y por eso debemos cambiarlo todo.

–…las utopías se acabaron, se desvanecieron en la cañería mundana del interés particular y la ambición— te leía yo de uno de mis escritos de entonces.

 

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5

Los hombres somos anónimos en tanto nadie nos vea y se interese por nosotros; una vez vistos, es decir, una vez elegidos, comenzamos a existir, y hasta nos damos importancia. Esto ocurre en los dos sentidos: elegimos y somos elegidos. Sin este proceso no seríamos nadie. Por eso yo te necesitaba, porque gracias a ti, a nuestra mutua selección y elección, yo existía, y para comprobarlo no podía abstenerme de escribir porque escribir era el único medio para no prescindir de mí mismo, de no ser anónimo. Era necesario escribirte a ti, dirigirme a ti, aunque en realidad no me importara que tú me leyeses. Eso se iba volviendo lo de menos. Por eso, como antes, como al principio, como en Medellín, como al final, muy cerca del Palacio, insistí en devolverte al período de paz, a la creatividad, a la sobriedad… A la existencia. Ese proceso que para mí significaba el orden. Mi orden. El orden que me llevó a creer finalmente que escribo para que tú y sólo tú me leas. En donde quiera  que estés…

 

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6

Entonces, como lo había hecho desde el comienzo, sin intentar detenerte siquiera, me encerré en la pocilga de la Torre a escribir. Sentía que tenías razón, pero las palabras que me habías dirigido no eran verdad. Yo debía escribir para explicarme esta contradicción. Al escribir, yo tomaba posición, y más en nuestro contexto. Escribir era justamente decidir –como habría de verificarlo luego. Al escribir, me dije, decido: decido por la vida, por mi subsistencia, por la libertad y la denuncia. Esto para mí era tan claro entonces como lo fue y lo sería después: había decidido empezar nuestra relación, y sería más claro después tomar la decisión de ir a Medellín o apoyarte en lo del Palacio, a pesar de que supiera de antemano que no debía hacerlo, que no llegarías a nada con eso. También en esos casos decidiría. Y en ninguna de esas oportunidades la decisión era fácil. Juzgarme en ese momento como tú lo hacías no era justo. Escribí para comprender esto, para comprender las cosas en general, para que tú, probablemente, algún día también me comprendieras… y, por supuesto, si tú llegaras a faltar, para comprenderme a mí mismo. Y al final, por qué no, para que en un futuro otros nos comprendieran si era necesario. Total, al principio escribí para ti, pero en general se escribe siempre para todos. Agazapados en un pronombre podemos estar todos. Yo no era diletante, como decías, y de eso tenía conciencia. Además, sentía que esto podría ser leído por el público más inesperado, el que uno cree que jamás lo leerá. Ese público, acaso, lo reconocerá a uno, lo sacará del anonimato, lo aparecerá, por decirlo de algún modo. Desde el principio lo sentí así, y dirigirme a ti se hizo un pretexto. Tú encarnabas algo más extenso, tal vez la humanidad a la que a menudo te referías. Ser humano implicaba –e implica aún— ser tú y yo, nosotros, ellos. Por ello, la lectura, la denuncia, la vida, nos conciernen a todos.

 

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7

Entonces era cinco de febrero. Justo mediodía. A pesar del sol, hacía frío. El viento de las montañas bajaba inclemente hasta penetrar los huesos. La plaza estaba llena y los transeúntes se agolpaban –como siempre lo hacen cuando se distribuye algo gratis— en torno tuyo para recibir los volantes. Algunos te hacían preguntas relativas al Partido, a la cita del quince, a la sede, a la campaña de Socorro Ramírez, etc. En general, tú decías sólo lo indispensable porque por mucho que te expusieras sabías el peligro que el hecho suponía. Cinco de febrero. Nunca olvidaré la fecha. Ni el año: 1985. No los olvidaré porque ese día, raramente, la radio dio cuenta de una noticia espantosa: la masacre de dos jueces y diez técnicos judiciales, gente como yo, a manos de las denominadas fuerzas oscuras en La Rochela, un pueblito en el departamento de Santander. Los jueces habían ido con el único propósito de recolectar pruebas acerca de otra de las tantas masacres anteriores y una vez allí fueron ultimados, como se decía en el reporte, por un grupo de criminales al mando de cualquiera de los grandes. Escalofriante. Este hecho hubiera exigido por sí mismo un paro del poder judicial en pleno, un paro del país, un paro de la humanidad. Pero no fue así. Había mucho de insensibilidad y apatía en todos, de barbarie. También de incomunicación. Los medios no daban mayor difusión a estos hechos y, si lo hacían, la noticia se perdía en la banalidad de las demás informaciones.

Ese día, no obstante, mi tristeza apenas pudo dar paso al gusto de ver tu hermoso rostro frente a mí. Apenas te saludé cuando nos presentaron. Fue Edith, ¿recuerdas? Ella te conocía de la Universidad, o por lo menos te había visto otras veces en las movilizaciones. Aquí tienes a Chiqui, dijo a vuelo de pájaro. Ni siquiera recuerdo ahora si mencionó tu nombre de pila. De ahí en adelante para mí fuiste simplemente Chiqui. Tampoco me di cuenta de tu ropa o de tu cabello, o de todas esas cosas que uno mira de antemano cuando conoce a alguien. Edith sólo me llevó hasta ti, me dijo tu apodo, que estudiabas en la misma Universidad que ella y me explicó que desde hacía rato hacías parte de las Juventudes y te empeñabas en hacer tomar conciencia a la sociedad, a la base, como también decías tú, de su condición y su responsabilidad en una transformación radical.

 

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9

–Colombia –decías— es una cárcel. Todo aquí parece condenado al fracaso. Ni tú ni yo podemos salvar este país. El sinsentido ha construido sus propios barrotes y nada puede hacerse contra ellos. Son invisibles. La guerra se ha trasladado a la interioridad. Nosotros mismos somos la guerra.

 

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10

En el Hortensias, en uno de los aposentos traseros, descubrí el Cuarto de Torturas, un cuarto adecuado sólo con jeringas, cucharas y velas. Allí llegaban de todo el país distribuidores del polvo sucio y consumidores de las más distintas procedencias. Se trataba de una pequeña covacha sin ninguna ventana donde se agolpaban esas piltrafas infrahumanas a pasar un rato de oscura evasión. Al principio, uno pagaba la dosis y el alquiler –no más de cinco mil pesos—y, si quería, podía llevar sus propios instrumentos para evitar problemas, según la dueña del lugar. Con el tiempo, como era de esperar dada la situación económica de la clientela, sólo unos los llevaban, pues la prevención de enfermedades iba perdiendo importancia frente a la necesidad inmediata del consumo. El Cuarto de Torturas no era el ejemplo de la limpieza ni de la precaución. Su interés no era éste. Allí se iba a lo que se iba, decía la mujer arrugada con una cobija vieja que luego de recibir el dinero disponía el paso.

 

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16

Además de leer El Capital, te dedicabas de nuevo a tus estudios, mucho más cuando encontraste en ellos un buen cauce para vincularte con las Juventudes en la Universidad. En pocos días lograste interesarte tanto por esto que incluso pensabas en pertenecer al Movimiento de Independencia Nacional oficialmente. Basta ya de palabra, yo quiero acción, decías, y te empeñabas en buscarla. Hablabas con los responsables de la JUCO, estudiabas su material y te ofrecías siempre para grandes misiones. Y aunque nadie parecía tomarte en serio dado tu alcoholismo del pasado, guardabas la esperanza de que algún día pudieras demoler las estructuras enajenadas para así cambiar la Historia. Tratabas de que esto no sólo fuera un capricho, o por lo menos insistías en que no apareciera ante los demás como tal. Fue por eso que quisiste llevar el mensaje a los lugares adonde íbamos antes, a los lupanares, a La Luz o a El Esplendor. Era necesario cambiar al hombre y hasta el Hortensias o el Divas, o el Grill Odeón, eran buen lugar para intentarlo, en medio de chulos, putas, empleados públicos aburridos o paseantes de poco dinero. La base está ahí, decías.

–Es necesario que ellos tomen conciencia, que se movilicen, que salgan a la calle, que organicen revueltas, mítines, cosas espectaculares.

Nada mejor que esta base, que era la que más resentía las diferencias sociales, la lucha de clases.

–Si ellos quisieran –decías— la revolución se haría en un día. Los ricos temerían la acción de las masas y cederían. Así ha sucedido en Rusia, en Cuba o ahora en América Central. Colombia no puede seguir siendo la excepción. Son los vientos de cambio los que empujan las naciones.

 

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17

Tú no dijiste nada frente a esto último, sólo me miraste. Por eso agregué, enjugando mis estúpidas lágrimas:

–Vivimos en un país dominado por los hombres, Chiqui, un país donde las mujeres son… accesorios…

–Los hombres piensan eso— dijiste señalándome a mí.

–Yo soy diferente ahora— dije. –Estoy en una situación distinta. Ahora, por fin, soy el hombre que siempre había soñado ser.

–Eso no es todo…— dijiste tratando de llevarme a un punto que yo no entendía.

–Sí, claro que lo es. Tú no tienes idea de lo que me ha costado serlo. —Y, como tratando de refutar al fin todas tus dudas, continué: –Como hombre se puede decidir con más libertad.

Lo que estaba diciendo para mí era una revelación. Jamás lo había expresado tan claramente. Entonces, como en un reato de dignidad, me limpié los ojos con fuerza, recobrando mi seguridad.

 

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19

Yo le sonreí, la abracé como quería hacerlo desde que la vi en la puerta, con gratitud y resquicios de amor, supongo, pero sin decisión. Ella, en su paz, en su tranquilidad a prueba de esto y de las calles, me sonrió. Yo sentí con este abrazo que se fundaba entre nosotros una rara especie de amistad, de solidaridad, que luego, más tarde, en la locura de mi carrera contra la desaparición y el anonimato, en la inhumanidad de todas las desapariciones a las que sin darme cuenta empecé a acostumbrarme, se mantendría… Y que por mi parte se mantiene incluso hoy, tras su propia desaparición el tres de julio del año siguiente. Edith: tranquilidad… amor. Paz en su tumba. Si la tiene.

 

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20

Por lo visto, la cosa no era tan simple como creían en Bogotá. Encontrar a Pablo no era fácil y aunque tú me jurabas que sabías lo que hacías, que tenías la certeza de que solo preguntando uno llegaba a él o que él mismo se le aparecía a uno como un santo, a mí me daba miedo lo que podía pasar, sobre todo porque yo era todavía empleado de la Administración de Justicia del país, nada más y nada menos que un empleado de un Juzgado Municipal de Bogotá (hasta pensaba en las noticias de El Espacio o El Bogotano si nos tomaban fotos por ahí… ¡Qué vergüenza con Gonzalo!) y porque recordaba también la visita de Edith. Además, a medida que nos acercábamos a estos hombres y a estos carros, olía y veía eso que se decía en Bogotá de Medellín y sus famosos Duros. Temía que me pasara lo que tanto había evitado en Bogotá: vincularme con la mafia y sus procesos. Ya me bastaba con la crónica roja del Juzgado y con la que pasaban cada noche los noticieros. En medio de mis alucinaciones de lucidez te recordaba que hacía eso por ti, por acompañarte. Te rogaba que no me metieras en problemas, en más problemas.

 

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21

Pero nada. Aunque intenté escribir el primer capítulo de una novela, nada me salía. Estaba seco, árido. Con tu partida, pensé, te habías llevado también la fuente de mi inspiración, la musa. ¡Qué horrible era la ausencia! Te odiaba no sólo porque te hubieras marchado, sino también porque con tu partida me habías quitado este único método para exorcizar mi propia vida, para salvarme a mí mismo del anonimato insubstancial en que me convertía a partir de mi incapacidad de escritura. Así, en efecto, desaparecía. No era nadie, sólo un mundo marginado, aislado y clausurado, desaparecido, que ya no tendría ningún interés.

Esta idea habría de perseguirme siempre. ¿Qué pasa si ya nadie nos ve? ¿Qué pasa si esa última persona que nos amó nos olvida? ¿Qué pasa si olvidamos a quienes amamos? La escritura recuerda. La escritura encuentra. Yo ya no me concibo sin escribir. Hoy es lo único que me mantiene con vida. Tanto o tan poco como este retrato que me acompaña siempre, colgado de mi cuello, este retrato ampliado en que estás saliendo del Palacio justo en el momento en que las llamas empiezan a encenderse detrás de ti y un gran carro-tanque se ha estacionado en el umbral del edificio. Aquí se te ve el rostro en todo su esplendor, como era para mí, con esa bella ambigüedad que te asemejó siempre a mí, que hizo que no me pertenecieras nunca en tu integridad. Por eso te amé, pienso hoy, e intento hacer del hecho una novela, y no lo logro. Por eso, cuando me abandonaste, a pesar de mi intento de que no lo hicieras, no lo logré. El tiempo se me había revelado en su soledad y me había caído como un peso encima. Contundente. Tanto como tu desaparición posterior. Entonces, sentí como ahora que te había perdido, que ya jamás te volvería a ver, que nunca volvería a sentir la suavidad de tu rostro en mis manos… Fue una sensación semejante, ahora lo recuerdo. El día que te fuiste a Medellín, sentí que había perdido algo muy preciado. Justamente: había desaparecido. Y yo ya no existía tampoco porque no estaba frente a nadie. Acaso, tú me habías olvidado y con eso a mí mismo me llegaba el anonimato tan temido.

 

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22

Al principio no había muchos cuerpos que a mi olfato resultaran atractivos: por ello me alejaba de inmediato de casi todo el mundo. Sin embargo, muy lentamente, debo decirlo, con el paso del tiempo me iban pareciendo pocos los indeseables y a medida que avanzaba la caminata casi ninguno. Hombres y mujeres, individualmente, tenían su olor indeterminable pero característico. Lo que se dice el buen olor me pareció entonces, valga la redundancia, el olor particular de cada uno. Antes lo había pensado, pero sólo ahora lo vivía: independientemente del género, hay tanto en los hombres como en las mujeres un humor que es personalísimo, y en tal especialidad ese olor atrae, quizá por un resquicio animal que nos queda a todas las personas en el mundo y que nos lleva a sentir atracción por la especie misma. Ése día lo comprendí con certeza. Tantos años reflexionando en el origen de mi particularidad y aquí, en un antro como otros, en medio de las putas y los proxenetas de siempre llegaba a comprender la razón. Recordé la naturalidad con que te había dicho ese día en Bogotá que mi cuerpo siente que todo le da lo mismo. Ése día lo dije con tono trágico, pues hacía parte de los efectos horribles de lo sucedido. Ahora comprendía mis propias palabras en su sentido natural, constitucional, por decirlo con una palabra que casi había perdido su significado. A pesar de mi estado alterado de conciencia y de mi ebriedad, en un lugar que al principio hasta me había resultado molesto, comencé a entender yo mismo lo que había dicho: mi relación contigo, entre otras; mi relación con Edith o con las demás… todo obedecía a una lógica. Entendí incluso eso que tú tanto me recriminabas: lo sucedido con El Chulo. Esa ambigüedad que me achacabas tenía un origen tan extraño y evanescente como lo percibía mi olfato. Estando ahí y sintiéndolo de un modo tan tangible me preguntaba cómo no lo había concientizado antes y cómo tú no lo comprendías, cómo no lo comprendía la gente, cómo en el Juzgado se burlaban de mí por mi condición, si justamente yo era más humano que ellos. Ninguno de mis compañeros tenía tan aguzados los sentidos como para percibir la singularidad de cada ser humano, su especialidad y su encanto. A pesar de todas las circunstancias, a pesar de las injusticias o las bajezas, a pesar de lo que sucedió ese terrible veintiséis de febrero –y quizá justamente por ello—, yo mismo podía hoy vivir una experiencia fundamental que, acaso, me acercaba a mi manera a Dios, o por lo menos a una idea de Él que se me había perdido en la banalidad del trabajo, en el sinsentido de los antros o en el amor caótico que tenía contigo. Ahora todo sería diferente, concluí. Ahora yo mismo, me dije, sería diferente. Había tenido una revelación y debía hacer honor a ello, vivir acorde con ella y comenzar una nueva experiencia contigo, más profunda, más propia. También más humana… Y debía comunicarlo y comunicártelo. Claramente sentía que hacerlo era necesario.

 

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23

En la calle piensan que estoy loco, que cuando pregunto ¿dónde está Chiqui? estoy preguntando por una puta que se ha escapado con cualquier proxeneta de whiskería. Ese apodo que te ha robado tu verdadera identidad no da para más. Pero no es así. Tu identidad no es el problema. Yo voy con tu retrato ampliado colgando en el pecho y la espalda pidiendo que me digan dónde has desaparecido, quiénes te han llevado, dónde… Ya ni me importa mi escritura, ya ni me importa que yo pueda escribir una novela, ya la literatura me tiene sin cuidado. Si hay una sola persona desaparecida en este país todo eso me parece vano, sin vida. Si no estás tú aquí conmigo, si te olvido, si te has muerto o te han matado y yo me quedo en silencio tratando de que lo ocurrido se me olvide, olvidándote de mi memoria, de mi historia, es decir, matándote yo mismo, condenándote a la inexistencia… ya nada tendría sentido. sería sólo un pronombre. Y eso no puede ser. Por eso continúo la búsqueda. Quizá alguien, algún día, pueda decirme dónde estás.

 

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26

Pero una vez ocurrido esto, sucedió algo inesperado. Algo que habría de marcarlo todo, ¡qué raro! La forma como suceden nuestras experiencias más profundas es un misterio. La vida real le ganó el terreno a lo que yo había percibido como una revelación. Ya más nunca habría de tener tan clara la razón de mi naturaleza. Ni siquiera cuando esos hombres me pidieron que les explicara mis aberraciones, o cuando tú me pedías que te lo explicara. La vida se fue llevando consigo una serie de respuestas que hoy por hoy también se difuminan con mis palabras. Ya no hay espacio para nada de esto y frente a cualquier revelación trascendental yo sólo quiero encontrar a alguien que me dé razón de tu paradero. Por eso muestro tu foto del periódico por todas partes. La llevo colgada al cuello como un estandarte y a veces le escribo al margen frases como ¿Saben ustedes lo que es el anonimato? Pero nadie me responde. Nadie me entiende. Nadie sabe que el anonimato es no existir para los demás, es borrarse de la mente de todos, de los registros, del recuerdo de todo el mundo, de la memoria de aquellos que alguna vez creímos que nos amaban. Ahora, tarde, sé esto, y sé también que mi búsqueda es mi soga, que también vendrán por mí una vez lean lo que he escrito, una vez sepan que hago preguntas, que busco, que interpelo, que tengo una naturaleza desviada y no puedo vivir sin libertad. ¿Dónde está Chiqui?, pregunto todos los días y nadie sabe de tu paradero. Nadie sabe dónde estás, mientras yo voy de un lado a otro escribiendo en donde me detenga lo sucedido contigo, con nosotros, lo que pasó al principio o luego, en Medellín buscando a Pablo, lo que sucedió esa horrible noche en ese antro de putas, lo que pasaría al final, en medio de las llamas en el Palacio.

 

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31

–Es verdad. Aquí comienza el cambio que buscaba: un lugar, un instante dónde empezar de nuevo. Hace mucho que lo buscaba y hasta ahora, ahora que tengo esta noche frente a mí, lo siento. El cambio comienza a ser una realidad. Lo demás vendrá en olas…

Dijiste esto último con tal certeza que yo te creí. Te abracé, te estreché contra mi pecho, con la sensación absurda de que este abrazo lo era hasta la muerte, que yo quería morir así, abrazándote, en un instante eterno de felicidad. Nada más era importante y, acaso, nada más lo fue luego y nada lo es ahora, cuando recuerdo esa noche y lamento no haberla retenido en el tiempo, no haberla saboreado con más profundidad, con la intensidad que exigía…

Sólo ahora sé lo que ese refugio significó desde esa noche para ambos, y sé que, a partir de entonces, en esa fundación posible de una utopía, estaba la médula de lo que en vano buscamos en las respuestas políticas o las experiencias callejeras. En aquellos caminos no hubo ninguna respuesta. El hombre se le escabulle a los discursos, a las ideologías, a los partidos, el hombre vaga en todas las rutas, de nada sirve buscarse en estas. El MIN es lo mismo que andareguear por las calles. Siempre los discursos serán cortos frente a la dimensión infinita de la libertad o el amor. Así lo comprendí entonces, y lo pienso ahora, y reniego de no haber advertido en su justo momento el peligro que la militancia suponía para ti, Chiqui.

–Ésta será nuestra Torre de Marfil —dijiste, como recibiendo un mensaje de la noche.

 

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34

–Mi amor: yo he tenido paciencia contigo, pero ya es tiempo de que tomes conciencia— dijo sin el más leve conocimiento de lo que sucedía y mirándome de reojo.

–No me iré contigo, mamá –dijiste, lavando los platos del almuerzo. –Hace rato que decidí mi vida y no quiero volver contigo— decías muy segura. –Te lo agradezco, pero creo que ya es tarde.

–Pero… no puedes seguir viviendo en una cochera como ésta cuando yo puedo ofrecerte un hogar, un lugar seguro y limpio donde dormir— argüía ella de lo más sensata.

–No me interesa tu hogar, mamá. No me interesa esa mentira. Es tarde. Después de lo que ha pasado, no sé por qué quieres que nosotras (¡tan buenas ambas!) vivamos en familia. ¡No somos una familia! Y mucho menos ahora que yo ya tengo una.

–No puedes decir eso de este… señor— dijo muy despectiva refiriéndose a mí y enterrándome su mirada en el cuerpo. Yo mientras tanto simulaba que leía, consciente del viraje que empezaba a tomar la conversación en la cocina.

–Pues sí puedo decirlo de él. Él fue quien me dio la mano cuando más lo necesitaba. Él es la persona que me ha protegido y ha estado conmigo… él es con quien yo he elegido vivir. Lo amo, mamá, ¿lo entiendes? Yo lo amo.

–No sabes lo que dices, hija. No puedes amarlo, no puedes decir que a su lado puedes tener un hogar, que puedes hacer una vida. Este hombre… no es un hombre como los demás— decía como explicando que era de día.

Lo que sucedía ahora entre tú y tu madre era muy semejante a lo sucedido conmigo en esa época. Tú habías decidido amar a este hombre que yo era y la decisión se había llevado consigo el reconocimiento mismo de tu madre, su facultad de verte y, por el hecho mismo, de otorgarte identidad. Desde mi punto de vista, era ella, simbólicamente, la persona que más podía negar esa identidad, tu derecho a elegir. Este era el principio de una negación fundamental que apenas comenzaba; tenía que darse con ella. De ahora en adelante vendrían las otras negaciones, las otras desapariciones, hasta el final, cuando la última cruz se haría sobre nuestro rostro: el anonimato. El mundo se cerraba poco a poco en su ansia de desaparecernos, de robarnos nuestra particularidad, pensé, y un día, no muy lejano este mundo ganará la pelea. Cuando tú ya no estuvieras, cuando nadie te reconociera ni por tu alias y aquel a quien le preguntara por ti se riera y pensara que simplemente serías una travesti más que me acompañaba en mis correrías nocturnas, ya todo habría acabado. Nadie creería que tú, sí, tú, tenías ideales políticos, que desapareciste por creer que un nuevo mundo era posible, que tú y personas como yo podríamos tener una oportunidad en él y que, incluso, podíamos aspirar a ser felices en nuestras circunstancias. Nadie comprendería esto… ni nada. Travesti es la etiqueta que el régimen impone a quienes osan violar los límites estúpidos entre los géneros. Y esta etiqueta puede ser el fin. Para la gente, tú eras sólo una desaparecida más, pero dada tu condición una desaparecida de menor categoría. Los magistrados morirían, personas importantes desaparecerían, un pueblo entero sería borrado de la faz de la tierra sólo unos días después y nada sucedería para impedirlo. ¿Quién iba a preocuparse porque una como yo se hubiera desintegrado? No habría ya ni siquiera una madre para hacerlo. La lucha desde ese día del Palacio de Justicia sería por eso más dura, más inhumana. Y sería la lucha contra todo un sistema de negaciones que en su simultaneidad y permanencia llegaba a negarnos a cada uno de nosotros, los enfermos componentes de esta sociedad también enferma. Tenías razón: la guerra se ha trasladado a la interioridad y nuestra capacidad de matar y de morir por oscuros móviles es nuestra cárcel. De nada valen entonces los sueños de libertad, de revolución, de cambio; de nada sirven las denuncias o las reivindicaciones políticas. Desde los padres, la sociedad entera reniega de sus hijos y acalla su voz atormentada. ¿Podía alguien cambiar esto? ¿Podría alguien en estas calles decirme dónde está Chiqui?

 

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38

No pude hablar. No supe qué responder. Nada de lo que dijera tenía sentido. Eso no era suficiente, Chiqui. Frente a lo que había pasado, nada era suficiente. Las ideas difícilmente cambian la vida. Ni siquiera cuando hiciste lo del Palacio de Justicia las cosas cambiaron. Ni siquiera con tu desaparición iban a cambiar. Ahora, cuando voy de un lado para otro con esta foto colgada encima, sé que no van a cambiar, que lo único que nos queda es olvidarte de una buena vez para ver si tan siquiera podemos vivir en paz. Éste, acaso, sea el único cambio posible: andar por ahí de anónimo sin ningún problema, de nuevo con un empleo, con un sueldo, bajito claro, pero que me permita vivir en paz, con una a mi lado, una como María, y un televisor y una botella de cerveza o lo que sea, cigarrillos, pasando de largo por esto tan confuso en que tú volviste mi vida. Lo mejor era olvidarme de ti, empezar de nuevo, encontrar eso que alguna vez tuve con la Edith.

 

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40

Sólo volví a verla después de lo sucedido en el Palacio. Yo sabía que ella podía  responderme algunas preguntas. Las cosas habían avanzado frente a mis ojos sin que yo jamás me hubiera tomado la molestia de comprenderlas. Creí que a través de mi escritura las entendía en su prístina esencia, pero después de ver la foto tuya saliendo del Palacio me di cuenta de que eso era falso. La escritura me había hecho comprender, es verdad, pero en un sentido metafísico, mental, simbólico, es decir, ideal. La realidad era escueta, bruta. Tan directa y clara que resultaba ofensiva. Por eso la desprecié todo aquel tiempo. Como cualquiera, prefería la literatura a la vida. Ahora Edith acaso podía explicarme los hechos en su justa medida. ¿Quién era Chiqui de veras? ¿Qué papel había jugado en los hechos del Palacio? Tú, Chiqui, no eras la única que había apoyado la Toma al Palacio de Justicia. Tú no eras la única que había salido ese día y desaparecido de una manera inusitada. Las cosas tenían un proceso, unos protagonistas, y, por mi estupidez, no lo había visto avanzar todo ese tiempo hasta el día triste de noviembre, hasta ese siete de noviembre en la Plaza de Bolívar.

Después de lo sucedido, tenía que resolver las preguntas que jamás me había formulado. Esto sería necesario para seguir adelante con algún sentido, acaso para dar con tu paradero al fin. Yo me iba a poner en la tarea de buscar a un desconocido, porque en últimas eso eras aún para mí. Tenía que identificarte, conocerte. Y sólo aquel día de noviembre me di cuenta de esto. Yo no tenía ni idea de quién eras, cuáles eran tus verdaderas motivaciones en este hecho. Un hecho tan complejo que, a pesar de lo que yo hubiera podido decir antes, en efecto había transformado la historia del país. No en el sentido que tú querías, seguro, pero sí en el sentido que evidentemente marcaría desde entonces mis días y las vidas de centenares de personas afectadas con él. No sé si de algo serviría, pero lo que sí sé con certeza es que de seguir ignorante ante la realidad no podría iniciar mi tarea de encontrarte. Además, investigaría por mí, por mi tranquilidad, por mi paz espiritual, y si de nada había servido mi escritura hasta ahora, mis hallazgos a lo mejor servirían para hacer de ella, de ahora en adelante, algo útil, algo que sirviera para crear conciencia de lo sucedido. ¡Qué inocencia de mi parte entonces, Chiqui, creer que el mundo puede cambiar por la escritura! ¡Qué estúpido! ¿Verdad? Sin embargo, así lo creía hasta el día en que volví a ver a Edith, el tres de julio de 1986.

 

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41

–¿No has pensado en cambiar de sexo?— preguntó Emma. –La Policía jode a los transexuales, a los gay. Como dices tú, los hombres pueden hacer lo que les dé la gana.

–Lo mío no es un trastorno de identidad sexual— dije. –Yo soy un hombre como los demás. La diferencia es que tengo sexo femenino. Nací atrapado en el cuerpo de una mujer.

–Eso no es fácil de entender— dijo Emma. –Para todos eres un marimacho, y sabes lo que pasa con ellos, ¿no? A la Policía no le gustas, si no es para metértelo; a los hombres tampoco, si no es en la oscuridad; a los hampones les da por pegarte…

 

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–No sabes de lo que hablas— dije, y ahora pienso que a lo mejor sí lo sabía, que las cosas deben cambiar, Chiqui, que tenías razón, que es necesario que cambien. Mírame ahora, de calle en calle, tratando de encontrarte, tratando de sobrevivir, intentando que tu rostro no se me olvide, que tú misma no caigas en la fosa de mi propia amnesia, esa amnesia que sufren todos y que parece necesaria. Busco que alguien me diga algo de tu paradero, cualquier cosa, un indicio, pero nada, y yo ya me estoy cansando, Chiqui, ya estoy perdiendo la memoria también, tal vez porque debo rellenarla con otras cosas, otras cosas necesarias para poder vivir mi vida ahora cuando no estás. Yo sé que no es suficiente que salga a la calle a buscarte, claro, pero qué más puedo hacer, yo necesito comer y necesito prepararme cada noche para el Show, para que crean que me la paso magníficamente chupándole el coño a la que sea, que estoy feliz haciéndome el hombre cuando en realidad lo soy, y luego, cuando me  traiciono a mí mismo representando lo que no soy pero que por primera vez me sirve ser. ¡Qué tontería, pienso ahora, Chiqui! Las mujeres son otra cosa, son más fuertes, será porque llevan consigo la vida. Recuerdo lo que dijiste ese día en la terraza: uno necesita la idea de futuro y acaso la posibilidad de engendrar sea esa idea. No es que yo quiera tener un hijo, ¡no!, no soy tan tonto, y además quién lo querría conmigo, con un hombre como yo, ¡no!, es otra cosa, es algo así como la necesidad que tú tenías y que tienen todos de creer que algo mejor es posible, que algo mejor vendrá. Pero… ¿puede haber algo mejor que esto, Chiqui? ¿No será mejor sólo seguir con vida?

 

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Pero de eso ya no interesa escribir, me resulta innecesario ahora cuando trato de empezar de nuevo, cuando ya las cosas se han resuelto. Ahora con este retrato en las manos trato de recordarte cómo eras, de devolverte a mi memoria y hacerte familiar, propia. Te estás perdiendo, Chiqui, te vas yendo por los meandros de mi cabeza que son peores que los de la Avenida Caracas. Poco a poco te deslizas y pierdes forma… ¿Qué quedará de las personas cuando han desaparecido así como desapareciste tú? Cuando alguien se muere, uno sabe dónde está el cadáver, se imagina cómo la tierra se lo va comiendo y hasta sabe que ése es el proceso natural hacia la última descomposición. Los deudos guardan sus cosas, sus vestidos, sus objetos personales, lo que sea, con cariño; incluso estos se heredan en medio de la emoción y el dolor. Pero contigo es diferente, en este caso tu ropa tiene algo de vigencia que no tiene la de un muerto y lo poco que dejaste no sé si tirarlo a la basura o guardarlo entre mis cosas más preciadas, esperándote. También son tus objetos parte de tu desaparición. No han perdido tu propiedad y por lo tanto tampoco son míos. No sé qué hacer con ellos. Tu madre ni siquiera vino a buscarlos. A mí tus pantalones no me sirven y tampoco quiero usarlos. ¿Qué hago con eso, Chiqui? ¿Volverás a usarlo alguna vez?

 

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Ahora sé eso, Chiqui, y me doy cuenta de la artificiosidad de cualquier discurso, comprendo que la política, la religión, cualquier fe, pretende sintetizarnos, incluirnos y difuminarnos en una condición social que nos niega a nosotros mismos. Por eso ahora, buscándote, amándote más en tu ausencia y viviendo esta locura que es mi propio afán de salvarme, empiezo a tener una fe… hueca, una fe despojada de contenidos que pervive por mi necesidad de creer en que un futuro es posible, pero un futuro despojado de tales discursos. ¿Podré encontrarte y convencerte de eso? ¿Podré convencer a María de que lo indispensable es que me ame? No sé, Chiqui. El mundo se me aleja a cada paso de mi carrera de una forma inevitable. La vida me parece, cada vez más, el dinero de la comida, ¡el plato de comida! Todas esas disquisiciones en torno a la política o al amor resultan superfluas cuando yo no tengo un peso para gastar. El Paraíso, la Caracas, el cafecito de la puerta falsa, el colchón que no tuve para dormir esta semana, son más importantes que cualquier ideología, Chiqui. Ustedes ofrecieron cambiar el mundo y lo que yo recibí fue el cambio de mi mundo porque ahora no cesan de pisarme los talones. Mi vida era la Caracas abierta y llana, y ahora, como en una ratonera, me escondo en los huecos más impensables con miedo y ninguna certeza. ¿Puedes ayudarme ahora, Chiqui? ¿Puedes aparecer y arreglarme este enredo? ¿Puedes decirle a Pablo o al MIN que el mundo no cambió, que el hombre sigue explotando al hombre, y el Congreso, las fuerzas oscuras, los ricos, el hambre, todo sigue igual? No. Por supuesto que no, Chiqui. Y lo que es peor, quizá ya estás en una de las fosas comunes en que los muertos no tienen derecho a escuchar a sus deudos, en una fosa que ni siquiera puedo visitar porque no sé dónde está.

 

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–Pues… que soy magistrado…— respondió de manera muy amable, exigiéndose a sí mismo, acaso, conservar el decoro exigible a su condición, a pesar de estar en este antro. –Magistrado de la Corte Suprema de Justicia— agregó con cierta ironía, y en ese momento, como era lógico, se me vino entero a mí el Poder Judicial encima, con jueces y magistrados incluidos: recordé, entre otras muchísimas cosas, lo que había oído hablar de estos personajes en el Juzgado, Chiqui. Sabía de su importancia y de la trascendencia que tenían no sólo para la Rama Judicial, sino para las demás ramas del poder público y para el país en general. Jamás hubiera pensado que las vueltas de la vida me hubieran llevado a tener uno enfrente, y en estas circunstancias. Así, como en un reflejo inconsciente, Chiqui, empecé a sentir cierto pudor, escondiéndome incluso detrás de la miserable corbata y cruzando las piernas como antes no lo había hecho.

 

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Es hora de la manifestación de hoy. Llevamos meses en esto. Una vez a la semana, al mediodía, nos encontramos aquí, nada menos que en la Plaza de Bolívar, frente al Palacio, o en lo que queda de él, para formular públicamente nuestra pregunta de rigor ¿Dónde están? Ignoro quién comenzó con la costumbre, tal vez fueron los Rodríguez, los Oviedo, o una de las esposas, la de Almarales quizá. El hecho es que todos los lunes, a la misma hora, nos paramos aquí en la Plaza a arengar nuestra consigna ¿Dónde están? Al principio éramos muy pocos y ahora somos casi una docena. Con el tiempo queremos ser un grupo como el de las madres de la Plaza de Mayo o algo así. Aquí, frente al Palacio, nos escuchamos nuestras historias y nos damos aliento entre nosotros mismos. Cada uno tiene su pena personal que es intransmisible; sin embargo, al contarnos lo que pasa en nuestro hogar, la manera en que vivimos el dolor, obtenemos consuelo. Esto nos permite seguir adelante. A veces llevamos objetos que guardamos aún de nuestros desaparecidos, una pulsera, un pañuelo, una radio o lo que sea. En todo caso, el acuerdo a que hemos llegado es que cada uno circule por el lugar con una foto de su deudo colgada al cuello y algún dato al margen, algo como Perdido el día tal o Visto por última vez el día tal… No es mucho, pero es una seña que ayuda a identificar a la persona de la foto. A cada uno de nosotros nos da terror estar aquí arengando, claro, pero no tenemos otra salida. ¿Dónde están? ¿Dónde los tienen?, gritamos, pero nadie parece oír. He llegado al extremo de extender esta pregunta a los demás espacios de mi vida cotidiana y la cosa se me ha vuelto una obsesión. La gente que pasa por ahí cree que uno camina aquí, en medio de la plaza, porque no tiene nada más que hacer, porque se le ha ocurrido así, de pronto, preguntar por el paradero de un familiar o de alguien que se ha perdido. Nadie en este país parece tener conciencia de la verdadera situación, de los desaparecidos que van en aumento, de la injusticia oficial y el olvido. Cualquiera que sea la razón o la sinrazón por la cual se ha desaparecido a una persona ameritaría que todos se interesaran por su paradero, pero eso no sucede. ¿Dónde están? ¿Dónde los tienen?, preguntamos, pero los transeúntes se quedan impávidos, como el edificio del Congreso, la Alcaldía o la Casa Presidencial. En general las malditas instituciones de las que se habló tanto y que dizque eran parte del Estado de derecho que había qué proteger, están silentes, como la gente de este país sin conciencia ni historia.

Cada uno de nosotros, los familiares de los del Palacio, ha hecho averiguaciones en instituciones oficiales, militares y de policía, en algunas brigadas, en la Policía Judicial, de inspección en inspección, pero nada; incluso alguno se ha comunicado con el Presidente de la República que le respondió con una tarjeta de navidad. “Solidaridad en estas fiestas”, decía cínicamente. Aunque nos aseguran que no hay retenidos por lo de la Toma, que todos murieron en el incendio, nosotros persistimos. Exigimos saber qué pasó con aquellas personas que no aparecen en los informes de Medicina Legal. ¿Dónde están? Algunos dicen que han recibido llamadas anónimas que aseguraban que aún están en las instalaciones de la Brigada de Institutos Militares, que como eran sospechosos de pertenecer al MIN el Ejército los tenía… que están siendo investigados. Eso yo ya lo sabía. El del Grupo de Antiextorsión y Secuestro, me lo dijo la otra noche. Me pidió la reserva, pero de tanta reserva generalizada en este país ya se llegó al misterio y el mito. Otros dicen que lo mejor es que nos callemos, que así, de pronto, nos los devuelven para la próxima Navidad. Yo quiero tener fe en esto, Chiqui. A lo mejor vuelves para esa época y podemos celebrar. Pero, por otra parte, a alguno le dijeron que lo que debíamos hacer, para terminar de una vez con esto, era buscar en el Batallón Charry Solano, en las fosas de la Escuela de Caballería de Usaquén, en la Brigada de Institutos Militares, en el Cantón Norte o en el Cementerio del Sur, que algunos cadáveres los llevaron allá… que la operación rastrillo llegó hasta las fosas comunes. Ojalá pudiéramos tener aunque sea un cadáver, decimos, pero nada. ¿Dónde están?, insistimos, y cada lunes nos encontramos para lo mismo. Como la semana pasada, y la pasada, hoy estamos frente al Congreso con estas fotografías. La gente que camina por la Plaza de Bolívar en realidad ni se inmuta ya frente ellas o al oír nuestras consignas. Como todo lo de este país, la manifestación no parece llegar a nada. Sin embargo, alguno ha dicho que como la minga de los indígenas, que luchan a pesar del fracaso en que desde siempre se han convertido esas mingas, nosotros debemos persistir en la búsqueda de nuestros seres queridos. Acaso no los encontremos, pero… ¿podemos hacer otra cosa distinta a preguntar? ¿Dónde los tienen?, gritamos, ¿Dónde los tienen? ¿A dónde fueron a parar los que salieron con vida? ¿Dónde están los que fueron vistos? Sabemos que desaparecer no es delito y nosotros mismos estamos en peligro, a algunos de nosotros los han amenazado, pero… ¿Podemos hacer otra cosa?