Acercamientos empíricos a lo fantástico en literatura

Enrique Jaramillo

Ruggiero liberando a Angélica, de Jean Auguste Dominique Ingres (1819)

Ruggiero liberando a Angélica, de Jean Auguste Dominique Ingres (1819)

Lo fantástico en la literatura creativa implica siempre un desquiciamiento de la realidad cotidiana, un quiebre; un desgarrón en el tejido vital de lo que en un momento dado se tiene como lo “normal”; la irrupción de algún elemento extraño que, al no poderse explicar con la razón, nos deja perplejos; y de paso, esto hace que se exacerben al máximo los resortes todos de la imaginación.

A menudo, este sacudimiento que siempre es tan sorpresivo como inexorable le mueve el piso al personaje, y de paso al lector, y los introduce en una ambigua sensación de extrañamiento y fascinación que o bien impide por completo que las cosas sigan siendo como antes eran, o de raíz las paraliza o las desarticula.  Además, no pocas veces cuando sentimos que el fenómeno acaecido nos amenaza por ominoso e irresoluble, lo fantástico da pie al más hondo terror (u horror); otras, nos causa una suerte de estrujante angustia existencial; y en no pocas ocasiones, la confusión que suele seguir a esa sensación ominosa nos sacude porque no la entendemos y sentimos que nos lanza al vacío, lo cual siempre implica un peligro inminente o a mediano plazo, que a su vez desemboca  en alguna forma de desquiciamiento, degradación física o espiritual o, de plano, en alguna de las innumerables variantes de la muerte.

También existe una suerte de dimensión fantástica, de difícil explicación, en la perplejidad metafísica; en la conciencia que se tiene de nuestra imposibilidad de aprehender lo inescrutable  de ciertas dimensiones extra-mentales o ultraterrenas, lo cual nos rebasa sin remedio como pensamiento que se frustra, causando en el proceso una fuerte dosis de ansiedad existencial, irresoluble, lo cual puede sumirnos en la nada, o en su alterego, la locura. Se trata de un estadio mental inasible pero que entendemos como real, al grado de que nos dispara la imaginación hacia regiones inconmensurables pero que no obstante sentimos como filos de inexpugnable realidad cotidiana al pensarlos, al no poderlos abarcar.

Sin duda, a veces la literatura fantástica puede ser un simple (es un decir, pues de hecho nunca se da como una simpleza, ya que su complejidad es una de sus características intrínsecas) juego de virtuosismo literario, una fabricación que tiene más de ingenio y artilugio que de vivencia cotidiana. En ese sentido, el autor se torna un fabricante de exquisiteces intelectuales que oscilan entre la aplicación de una inteligencia singular, exacerbada, incluso ostensible en su esfuerzo por volverse una vitrina de la ingeniosidad nunca antes ensayada en el planteamiento de situaciones, en la manera de conducirse de un personaje, en el manejo de la estructura poco tradicional de un texto y/o en la depurada selección de un lenguaje críptico o virtualmente muy sugestivo.

Por supuesto, no es una literatura que pueda ser comprendida o descifrada por  cualquier lector: implica una determinada cultura, una inteligencia muy particular, una cierta sensibilidad, que suelen hibridar elementos de la ciencia, de la tecnología y de la tradición cultural de manera peculiar, inesperada, a veces abrupta y aparentemente descoyuntada.  Y sin embargo, a veces este tipo de obra puede considerarse fantástica en la medida en que rebasa los parámetros habituales de concepción literaria, e incluso las normas tradicionales de lectura, e introducen elementos supranaturales que rompen esquemas o desquician normas establecidas de comprensión de la realidad.

En algunos casos, se confunde un  poco con la llamada ciencia-ficción, en la medida en que ambas corrientes de escritura abordan dimensiones que van más allá de lo que se vive de manera cotidiana, habitual, porque abordan fenómenos del futuro o del pasado sobre los cuales si bien a veces sólo se puede especular, los autores encuentra formas de presentar como auténticas rupturas con lo establecido, como sacudimientos. Pero no cabe duda de que cada vez más el avance sorprendente de la ciencia y la tecnología que van imponiéndonos sus cánones y sus casi inmediatas aplicaciones,  están  invadiendo terrenos que antes eran sólo feudos de la imaginación de los más superdotados artistas, y ocupando esos espacios con la nueva fuerza innegable de su realidad. Dos ejemplos serían el manejo de la llamada “inteligencia virtual” y el uso de aparatos cada vez más sofisticados que desempeñan funciones asombrosas en el mundo de las comunicaciones, entre otras muchas.

Acaso uno de los elementos que más persistentemente haya manipulado la literatura fantástica de todos los tiempos –y también la ciencia-ficción desde finales del siglo xix—sea el tiempo. Su fluidez y trastocamiento súbito y al parecer inexplicable; su presencia enigmática en situaciones de todo tipo; su fragmentariedad prácticamente infinita; sus diversos manifestaciones, desde lo psicológico hasta lo medible mediante cronómetros y relojes y calendarios de todo tipo; la escenificación diversa de cómo influye en el derrotero de la vida y de cómo el ser humano aprende a lidiar con su presencia…

También la muerte ha sido tradicionalmente una presencia constante pero casi siempre inhóspita, combatida, temida, antes y después de su inevitable acaecer. Toda clase de situaciones han tejido siempre los escritores en torno a sus manifestaciones múltiples, introduciendo aspectos inauditos, extraños, inexplicables y terroríficos en su entorno.

Como los dos anteriores, la duplicación, o tema del doble, es otro asunto de ancestral, muy propio de la literatura fantástica. Obviamente, existen cientos de modos de presentar aspectos diversos de la duplicidad que hay tanto en el ser humano en sí, como en el mundo que lo rodea y determina. Lo más usual es presentar dicotomías u opuestos y hacerlos convivir de maneras inesperadas: vida/muerte, realidad/sueño; hombre/mujer, hombre/máquina, hombre/animal, memoria/imaginación, virtual/ real, adentro/afuera, pasado/presente, presente/futuro, tierra/cielo, tierra/mar, mente/cuerpo, virtud/vicio, plenitud/desolación, etc. Y está, por supuesto, la vieja idea de que todos tenemos un doble con el cual alternamos o con el cual sorpresivamente alguna vemos habremos de toparnos para bien o para mal.

Lo importante, en todo caso, es entender que la mejor literatura fantástica suele ser aquella que, si bien resulta imprevisible, y que no tiene asidero en explicación alguna, a la postre resulta inevitable; inevitable en la medida en que, en el fondo, es un pretexto para profundizar en los vericuetos de la realidad, en su rostro oculto, en esas cosas que yacen oculta detrás de las fachada de las apariencias, y que cuando al fin se presentan o súbitamente son descubiertas nos causan algún tipo de grave conmoción. Una conmoción que puede ser emocional, espiritual o intelectual, o todo a un mismo tiempo, y de la cual no habremos de reponernos con facilidad. Tanto a los personajes de un cuento o de una novela como al lector que en algún momento somos todos. Lector de otros, pero también de nosotros mismos. Intérprete de verdades que no siempre estamos dispuestos a conocer y aceptar, porque calan muy hondo, muy brutalmente a veces.

Del Autor

Enrique Jaramillo
(Colón, Panamá, 1944) Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Panamá, es fundador, editor y director de la revista cultural Maga y de la editorial Signos, así como de diversos premios literarios. Es autor de los libros de cuentos, Catalepsia (1965), Duplicaciones (1973), El búho que dejó de latir (1974), Renuncia al tiempo (1975), Caja de resonancias: 21 cuentos fantásticos (1983), Ahora que soy él (1985), La voz descalabrada (1986), El fabricante de máscaras (1992), 3 Relatos de antes (1995), Tocar fondo (1996) y Caracol y otros cuentos (1998). De los libros de poemas, Los atardeceres de la memoria (1978), Fugas y engranajes (1982), Cuerpos amándose en el espejo (1982), Extravíos (1989), Siluetas y clamores (1993), Recuperar la voz. Poesía selecta: 1970-1993 (1994) y A flor de piel (1997). De los ensayos, La estética de la esperanza, 1971-1993 (1993), El escritor y la honestidad intelectual (1995) y La mirada en el espejo (1998); y de las obras teatrales, ¡Si la humanidad no pintara colores! (1966), La cápsula de cianuro (1966) y Giogolo (1967). Ha sido fundador y presidente de la Sociedad de Escritores de Panamá (1986-1987), jefe del Departamento de Letras del Instituto Nacional de Cultura (1990-1992), director de la Editorial Universitaria (1992-1993) y coordinador General de Ciencias Sociales e Idiomas (1996-1997). Fue profesor de inglés en colegios secundarios y actualmente de la Universidad Tecnológica de Panamá.