Juanito: yo lo recuerdo

Rafael E. Saumell

“Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado,
sólo un hombre en la tierra tuvo derecho…”

“Funes el memorioso”, Jorge Luis Borges.

Para María Elena y toda la familia Granados Alonso

 

Foto: Gilberto Gutiérrez

Foto: Gilberto Gutiérrez

Conocí a Juan Carlos Granados Alonso en La Habana hacia 1969, no sé si en la Cinemateca o en el parque de Calzada y K. En uno de esos dos lugares tiene que haber sido. Creo que Juan Carlos acababa de cumplir el servicio militar cuando se sumó al grupo quizás por vía de su hermano Rigofredo que por entonces era estudiante o profesor de Lingüística Francesa en la Universidad de La Habana. Como siempre ocurre en estas historias, éramos jóvenes, teníamos destinos por realizar, casi todos solteros, con vidas y nombres muy comunes y corrientes. Como debe ser: los dos Roberto (Madrigal y Yanes), Jorge Posada, Ricardo Oteiza, Esteban Álvarez y este memorialista. Hubo otros integrantes pero algo me dicta que aquí no debo mentarlos.

Voy a rendirme a la tentación de adaptar un cuento de Jorge Luis Borges para describir a Juan Carlos: “Era alto a la manera cubana, mulato, de muchas palabras. Nada singular había en él, ni siquiera esa fingida singularidad que es propia de los jóvenes. Naturalmente respetuoso, no descreía de los libros ni de quienes escriben los libros. Era suya esa edad en que el hombre no sabe aún quién es y está listo a entregarse a lo que le propone el azar: la mística del persa o el desconocido origen del húngaro, las aventuras de la guerra, el puritanismo o la orgía…” (“El etnógrafo”).

En cualquier caso, al igual que yo, comenzó a formar parte de aquel grupo de jóvenes, aficionados a aprender lenguas, a leer, a ver películas, a ser empleados de retaguardia en nuestros centros de trabajo, a pasar noches enteras al aire libre en el parque, esperando la siguiente colada de café y atentos a la posibilidad de comer pan con croquetas en la cafetería de la célebre funeraria. No estábamos integrados al sistema pero tampoco se podía afirmar que fuésemos apocalípticos. Formamos una peña  que Madrigal bautizó Imágenes, es decir Images (1972), en honor a la primera  película de Robert Altman que vimos, aunque entre nosotros confieso haber pensado que también podría tratarse de un homenaje al bolero y al club de Frank Domínguez.

Una vez al año, en una larga sesión de cervezas, ron, comida y discusiones, votábamos por las mejores películas extranjeras exhibidas en Cuba y, para no discriminar, por los mejores documentales y filmes del patio. De ese tema ya ha escrito Roberto Madrigal en una novela y en varias crónicas. No hace falta declarar que es el más notorio de los diletantes sin causa.

Teníamos gustos musicales similares y compartíamos opiniones políticas incorrectas sobre la situación nacional. Más que aspirar a cambiar el mundo en verdad queríamos cambiar de mundo, es decir mudarnos para Estados Unidos o Europa Occidental. Nos inclinábamos más a favor de la Revolución de Mayo en Francia, del movimiento hippie y de las protestas estudiantiles de moda. Rehuíamos las tareas agrícolas, los trabajos productivos, los círculos de estudio, las asambleas de balance y los desfiles patrióticos. Escuchábamos las estaciones de radio del sur de la Florida y las emisiones de la Voz de América, la BBC de Londres, Radio Netherlands, Radio Exterior de España, Radio Francia Internacional y Radio Deutsche Welle.

Una vez al año, a manera de ritual y de desafío, tratábamos de captar contra viento y marea las señales de TV para disfrutar de las ceremonias del Óscar. En fin vivíamos en un estado permanente de contracultura. Por ejemplo, evitábamos todo lo que oliera a realismo socialista, tanto a nivel nacional como de la Unión Soviética y el resto del campo socialista. Por supuesto que hacíamos excepciones con ciertos realizadores de cine de Polonia, Checoslovaquia y Hungría.

No asistíamos a los bailables del Salón Mambí en Tropicana. Preferíamos los recitales de Silvio Rodríguez y de Pablo Milanés e incluso los de ciertos cantantes pop provenientes de los países del socialismo real además de las actuaciones de la Orquesta Cubana de Música Moderna o de Joan Manuel Serrat. Al hacer este balance, sin embargo, no puedo recordar que Juan Carlos tarareara jamás ninguna canción o melodía. Bueno, en realidad hubo una excepción. Me viene a la memoria, ahora mismo, una noche. Era su cumpleaños, un 24 de junio para ser preciso. Entonces silbó incansablemente, desde la Cinemateca hasta el cruce de las calles Línea y L, la melodía de “Speak Slow”, tema de una comedia estrenada en Broadway luego llevada al cine: One Touch of Venus (1948) con Ava Gardner. Qué coincidencia, descubro en este minuto. Caigo en cuenta décadas más tarde que la película se estrenó el mismo año en que él había nacido. Únicamente Jorge Posada y su mamá Josefina estaban tan identificados con canciones de películas pero ellos adoraban el cine mexicano, sobre todo el repertorio de Pedro Infante y Jorge Negrete.

En literatura el gurú local era Guillermo Cabrera Infante exiliado en Londres desde 1965. Un oficio del siglo XX  y más tarde Tres tristes tigres fueron los libros germinativos que nos condujeron a otros ámbitos, a otros títulos, a otros temas y a un montón de problemas en los centros de estudio y de trabajo. Íbamos a las representaciones de Teatro Estudio. A Juan Carlos le llamaba mucho la atención el interés de Vicente Revuelta por las teorías dramatúrgicas de Jerzy Grotowski y la onda del ‘teatro pobre’ y el ‘teatro laboratorio’ De vuelta a la música: por ningún motivo nos perdíamos los conciertos vespertinos, cada domingo, de la Orquesta Sinfónica en el Amadeo Roldán. En esas ocasiones, a veces nos topábamos con dos escritores tronados y que por esa causa nos resultaban gentes muy curiosas: Antón Arrufat y Oscar Hurtado. Tampoco nos saltábamos las proyecciones y debates sabatinos en el Cine Club universitario, organizados por el comandante Albertico Mora.

Frecuentábamos muchas bibliotecas: Casa de las Américas, la Nacional, la de la Unesco y, en menor medida, la de Marianao. También visitábamos librerías de viejo: Canelo, Cuba Científica y unas pocas familiares. Traficábamos con libros, por supuesto, impresos en la isla y en el exterior. Con relativa frecuencia nos empatábamos con títulos censurados que leíamos por turno y en plazos urgentes, pasándolos de manos en manos, de cuadra en cuadra, a lo largo y ancho de los repartos Vedado, La Sierra, Nuevo Vedado, Miramar, Lawton y la Habana Vieja.

Juan Carlos trabajaba como mozo de limpieza en Flogar. Su turno comenzaba a las cuatro de la madrugada y terminaba al mediodía. Muchas veces se iba tardísimo de las tertulias del parquecito de la calle Calzada, directo hacia la tienda y capeando la confronta de autobuses para meterles el puño a la escoba, al trapeador y a los cubos de agua. No se quejaba mucho del empleo y destacaba un beneficio importante: comer gratis y sin autorización de los comestibles guardados en la cafetería. Con nocturnidad, alevosía y hambre se preparaba sándwiches, se servía trozos generosos de algún pastel sobrante, bebía de lo poco que hubiera en los refrigeradores. Tomaba sus precauciones, claro. Se metía debajo del mostrador para hartarse e impedir que nadie de afuera ni de dentro lo sorprendiera descubriera en medio de la comilona.

Un día lo chivatearon por eso y por abandono del puesto de trabajo antes de la hora reglamentada. Puntualmente se marchaba de la tienda antes de que llegasen las doce del mediodía. Lo tiraron contra el Consejo de Trabajo. En una audiencia laboral que mezclaba el relajo de “La tremenda corte” y la gravedad de los juicios estalinistas, le informaron de los cargos. Lo más memorable de aquel día fue la respuesta que dio a una pregunta: “¿por qué se ausenta antes de concluir la jornada establecida?”: “Padezco de fotofobia”, respondió. “Ciudadano, ¿qué quiere decir eso de ‘fotofobia’?” pronunció uno de los jueces. Con una cara serenísima e imperturbable aclaró con voz engolada,  que parecía sacada y copiada de la garganta profunda de Pastor Felipe, el locutor del programa ‘Nocturno’: “tengo horror de la luz tropical, me afecta la vista, me aterroriza, me causa cefaleas. Son ustedes unos ignorantes que ni siquiera conocen el vocabulario elemental de la lengua española”. Lo expulsaron inmediatamente.

A partir de ese momento jamás volvió a trabajar para el empleador único. Se dedicó a lo que le gustaba: ser corredor de propiedades, revendedor de muebles, lámparas, libreros, armarios, antigüedades, procurador de reparaciones no autorizadas de viviendas y apartamentos, con su socio de empresa, un albañil nombrado Ramón Castro, así como suena, negro, residente en La Lisa, que hablaba como acento medio andaluz: “Óyeme Samué, a ver si tú lo sabe: ¿en qué parte del cuerpo etá la suerte?”. “No sé” respondí. “Pue’ en laj pierna, porque si no camina pa’ bujcá lo tuyo, del cielo no te va a caé ná”.

Ramón y Juan Carlos andaban en tratos con un encargado del almacén de materiales de construcción perteneciente al Poder Popular. Gracias a esos negocios pude reparar de modo capital la vivienda casi en ruinas donde vivía con mi esposa Manena. Cuando la jefa del comité, curiosa y soplona, me preguntó cómo había conseguido los materiales y la mano de obra.  Imité la calma y el estilo irónico, pero nunca la voz portentosa de Juan Carlos: “Hablé con el compañero Ramón Castro y me resolvió”. La compañera se quedó estupefacta. Pensó que me refería al hermano de Fidel. No volvió a indagar.

El abuelo de Manena, Dr. Magdaleno Chils Navarrete, abogado y notario en retiro, que ejerció ambas profesiones desde 1928 hasta 1974, posiblemente era dueño de la colección más completa de  la revista Jurisprudencia al día donde se publicaban las sentencias y otros documentos emitidos por los tribunales. Sumado a eso, guardaba celosamente y en  expedientes bien encuadernados, cada caso (criminal o civil) atendido por él desde el machadato hasta el cierre de su bufete. Una tarde Juan Carlos se apareció por la casa con un negociante que sabía del inmenso valor patrimonial de aquellos documentos. Los compró todos, se los llevó en un camión y sabe Dios adónde fueron a parar. Manena y yo nos quedamos con miles de pesos. Juan Carlos cobró una comisión igualmente generosa.

Con frecuencia salíamos a comer con él. Era una etapa donde escaseaban los platos y los cubiertos de mesa en los comercios y en los hogares. A cada cita en un restaurante, Juan Carlos se aparecía con un maletín de funcionario enteramente vacío. Al concluir la cena, con parsimonia y naturalidad, limpiaba con una servilleta o un trapo los platos, los cuchillos, los tenedores y las cucharas recién usadas, los metía dentro del maletín, pagábamos la cuenta y nos marchábamos tan campantes.

Se valía de un truco envidiable para afanarse libros de las bibliotecas ante las narices de los empleados. Se tomó el cuidado de crear una herramienta de trabajo tan inocente como un volumen de la Enciclopedia Británica. Con el filo de una cuchilla de afeitar cortó el interior de cada una de las páginas de modo que por fuera el mamotreto parecía intocado y por dentro estaba hueco. Se presentaba en la recepción y pedía permiso para que lo dejaran entrar con su manual de consulta. Escogía el título que le interesaba, lo metía dentro de la enciclopedia y hasta la próxima.

Era fama que una noche él y Jorge llevaron a cabo un atraco en la biblioteca de Marianao. Juan Carlos tiraba por la ventana las obras que habían escogido y éste las colocaba en una jaba. Eran por igual temibles con las revistas literarias. En mi caso, aunque no me lo hubieran dicho, me enteraba de que Juan Carlos o Jorge habían pasado por una hemeroteca si al hojear un número me percataba de que faltaban las páginas de los artículos publicados por autores que resultaban sagrados para el grupo.

La biblioteca del ICAIC era un sitio prodigioso. Tenían una colección envidiable de literatura extranjera, actualizada, donde lomo con lomo coexistían incontables obras prohibidas. En una ocasión los acompañó en la jugada un socio apodado “el sueco” porque realmente parecía serlo. Enseguida Jorge y Juan Carlos notaron que el bibliotecario sentía una fuerte atracción por aquel joven. Se pusieron de acuerdo para que éste entretuviera al señor enamorado. Mientras ellos conversaban, la otra pareja hacía el inventario de lo que debían sustraer y sin riesgo completaban la faena.

De las anécdotas inolvidables relacionadas con Juan Carlos, una tuvo lugar en ese sitio. Esa tarde andaba sin compañía. De retirada y en dirección al elevador, Juan Carlos se topa con Alfredo Guevara. Ni corto ni perezoso el señor presidente de la industria de cine le pregunta quién era y qué hacía allí. Como de costumbre, Juan Carlos con su voz y aplomo para el sarcasmo le replicó: “En primer lugar, dígame quién es usted para creer que puede cuestionarme con tanta arrogancia e impertinencia”. Guevara no podía creer que aquel extraño lo tratara así, perdió la calma, y se ofendió porque aquel hombre pretendía no reconocerlo. Por eso, casi al borde del paroxismo le aclaró: “¡Yo soy Alfredo Guevara!”. Sin efecto. Juan Carlos le contestó: “¿Es usted acaso un famoso actor de cine, una personalidad a la cual estoy obligado a reconocer de inmediato?” Guevara: “¡Váyase al carajo de aquí!” Juan Carlos: “Eso es una falta de respeto, una grosería imperdonable y una muestra de prepotencia”. Se montó en el elevador no sin dejar encabronado, pasmado y mosqueado a semejante interrogador.

Como se ha visto, tenía un gran sentido del humor y mucha tabla para aguantar burlas. Si Jorge y yo nos poníamos a parodiar su tono y fingíamos discutir sobre temas abstrusos como la historia del cero o la filosofía de Ernest Cassirer, dos pasiones suyas, enseguida contraatacaba: “parece mentira que ustedes dos sean un par de imbéciles, envidiosos porque no tienen mis lecturas, comemierdas, irritantes, sin talento”. Inmediatamente después de lanzarnos esas andanadas, explotaba de risa. No nos berreábamos porque, sencillamente, se trataba de Juan Carlos.

Uno de los momentos más amargos para él sucedió cuando los dirigentes del partido, por órdenes de la Seguridad del Estado, expulsaron a su hermano Rigofredo de la universidad. Había sido mi profesor de Lingüística. La razón: diversionismo ideológico. De esa infamia me queda en la mente una frase de Juan Carlos que resume el abuso cometido contra Rigo: “eso es una canallada imperdonable”. Entre otras acusaciones le reprocharon que no hubiera informado de la salida ilegal de unos conocidos suyos. A. sus ex colegas le ordenaron que rompiesen todo trato personal con él.

Aquello sucedió en 1977. Un año más tarde comenzó la disolución del grupo. Yanes se marchó de Cuba el 20 de julio de 1978. Por la misma fecha lo hizo Esteban Luis Cárdenas, allegado y muy querido, y de quien me despedí a la entrada del edificio del ICRT horas antes de que él tomara el avión con rumbo a los EE.UU. Había sido indultado luego de su frustrado intento de asilo en la embajada argentina que le costó prisión. Danielito “Truca” Pérez y René Ariza también cumplieron penas de cárcel. En 1980 Madrigal y Oteiza se asilaron en la embajada del Perú y se fueron por el puerto de El Mariel al igual que Jorge y su hermano Goar reclamados por el padre desde la Florida.

Prácticamente quedamos Juan Carlos y yo pero me arrestaron en 1981. Nunca dejó de visitar y de atender a Manena y a mis hijos durante la etapa en que me mantuvieron fuera de circulación. Cuando me soltaron en 1986 volvimos a las antiguas peripecias. Manteníamos largas conversaciones en el portal y en la sala de mi casa de Marianao, bebiendo té y mencionando con nostalgia a los ausentes. De vez en cuando hacíamos excursiones a la Plaza del barrio para comprar viandas y lo que hubiera extra para cocinar sopones espesos y comer como benditos. En 1988 se terminó mi tiempo en la isla y nos despedimos.

Supimos Jorge y yo que se había consagrado como librero en la Plaza de Armas. Javier, amigo de Jorge que viaja con frecuencia a La Habana regularmente nos traía noticias de Juan Carlos y a ratos ciertos libros regalados. El más reciente que tengo en mi poder es Los propietarios de Cuba 1958 de Guillermo Jiménez (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2008).

El viernes 1 de noviembre, nada menos que en el Día de los Fieles Difuntos, Jorge me llamó por teléfono a una hora desacostumbrada, o sea al mediodía. En ese instante yo estaba hablando con otra persona. La intuición me decía que algo malísimo había pasado porque, repito, Jorge y yo conversamos de noche. Marqué su número y confirmé el maldito presagio aunque no me esperaba lo que supe de inmediato: Juan Carlos Granados Alonso había muerto en su casa de Trocadero en La Habana, víctima de un infarto masivo, el sábado 10 de agosto. Murió solo, después de haberse bañado, en el sofá de la sala. Por sus hermanos Rigofredo y Zoe me enteré de que padecía de una mala diabetes, que no se la cuidaba, que continuaba fumando demasiado, que le hicieron una maraña en la Plaza de Armas y le quitaron su espacio y permiso para vender libros. Javier fue quien le avisó a Jorge tan pronto regresó de La Habana.

Juan Carlos (“Juanito”) Granados Alonso: 24 de junio de 1948-10 de agosto de 2013. A tu memoria mi socio. Espéranos.

Del Autor

Rafael E. Saumell
(Cuba, 1951). Escritor y profesor. Graduado de las universidades de La Habana y de Washington University, Saint Louis, Missouri, EE.UU. Ex-guionista de radio y televisión, antiguo miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Ha publicado en Unión, El Caimán Barbudo, Revista Iberoamericana, Encuentro de la cultura cubana, Revista Hispano Cubana, Círculo: Revista de Cultura, Research in African Literatures, The Texas Review, Hispanic Poetry Review, MELUS, Linden Lane Magazine, Revista de Estudios Hispánicos, L’Ordinaire Latino-Americain, Monographic Review/Revista Monográfica, Cuadernos del Lazarillo y Cuba in Transition. Autor de varios ensayos sobre literatura recogidos en antologías dedicadas a José Martí, Mario Vargas Llosa y Alejo Carpentier, entre otros. Miembro de Número de la Academia Cubana de Historia en el exilio.