Cintas amarillas

José René Rigal

Los aposentos invisibles
VV.AA
Ediciones La Luz, Holguín, Cuba, 2013

 

aposentos-invisibles-otrolunes30Haciendo un recorrido por el interior de Los Aposentos Invisibles compendio de poesía holguinera, de los poetas miembros de la UNEAC, Ediciones La Luz, 2013, encontré un sitio que desborda los límites de la confesión. Manuel García Verdecia nos muestra un espacio profundo y anchuroso como el mediterráneo que llevamos dentro. Son palabras fundidas en el crisol de la palabra, ardientes como lava enfebrecida, libres como alas de gaviota en lontananza. Y es que el deseo se hace verso, el verso historia y la historia salta, corre, vuela y te hace libre como el corzo en su salvaje voluntad. Y es que la libertad existe aunque fuera en el empeño de expandirla a través de un horizonte de letras con garras en el alma.

Y es que caminar y caminar solo detenido por el continuo desafío del mar, andar, estar en uno u otro sitio, no es libertad. Libertad es que pueda crecer el deseo, es más bien una condición del sueño y el ansia de estos seres a quienes les han aserrado las alas del anhelo y asfixiado su deseo, empujándolos en dirección contraria a su pequeña voluntad.

Cuando el designio de la fuerza,

la manipulación y el embrujo sobre los multitudinarios hechizos logran encaramarse sobre nuestros hombros y nos fuerzan desde allí cada vez más por el temor y la distracción a envilecernos en su propia insensatez y adquieren así la supervoluntad, fuerza con que someten al encantado como a cerdos,

desaparece del entorno todo vestigio de voluntad y con él la libertad de suponerse un ente social libre y esencialmente plural.

Ninguna manipulación basada en la grandeza y el poder, en la degradación y el odio, debieran despojarnos de nuestros interiores deseos y conducirnos a ejercer sobre aquello a lo que no está llamada nuestra voluntad, y espíritu de convicción.

Nunca se doble un sauce ante el viento solano, ni rodillas frente a un mendrugo de pan.

No hay peor cárcel que el convencimiento de que, hagas lo que hagas, no podrás alzar tus alas al deseo.

Cuando la sordidez empaña la mirada, cuando un pueblo de zombis no sabe distinguir entre el llamado de un cuerno y el rugido de una ola; cuando se pierde la semántica de la palabra y libertad se confunde con un caro simbolismo a la obediencia; cuando nos desentendemos de los más esenciales valores que nos diferencian del resto de los seres vivos; cuando caemos en la servil enajenación y abdicamos del ser hasta admitir que otros nos impongan lo que debemos pensar, amputándonos así lo único que nos hace esencialmente humanos; cuando doblan las campanas de la desesperanza y un horizonte de miserias se expande en la mirada: surge una voz, un llamado, un aliento, un grito desde la profundidad de la palabra, un entramado de letras con luz propia, unos versos volcánicos desde el cielo hasta el cimiento donde florece la palabra patria. Es tal la dimensión espiritual del poeta cuando reza:

no sé de cierto qué podrá salir de esto convulso que me impulsa, olla hirviente donde pugnan ser y anulación.