Cuando la ternura derrota

Ainize Salaberri

La mala luz
Carlos Castán
Destino, 2013

 

*«Pánico en realidad porque sé que, aun con toda su estúpida simpleza, cuando la ternura derrota, lo hace de verdad.»

 

La-mala-luz-otrolunes30Carlos Castán en uno de sus relatos de “Museo de la soledad”, (Tropo, 2ª edición, 2011) dice: «vivo en el ayer de mañana». Supongo que muchos de nosotros podemos definir nuestra vida actual de esa manera. Supongo, también, que muchas de las novelas que leemos tienen ese lema por bandera. Es una forma virtuosa, la de Castán, de definir la desazón de ser humano, el infierno que supone levantarse cada mañana y echar de menos, el abismo que cavamos todas las noches cuando es el insomnio el que nos visita y no unos labios conocidos. La literatura, quizás, sin el ayer de mañana, no tendría verdadero sentido. Porque la literatura bebe del pasado. Nuestra sangre, de hecho, habla del pasado, nunca del futuro. Nuestras analíticas nos hablan de errores y excesos cometidos en días, meses anteriores, y que tienen repercusión en nuestro hoy. Nos hablan de lo negro que será el futuro si no hacemos esto o lo otro, si en vez de coger ese camino buscamos un atajo. Claro: la literatura tampoco conoce de atajos. Y entonces llego a una conclusión: si la literatura no es sangre, no es literatura. Luis García Montero dijo: «El tiempo hará que cada día no parezca un disparo.» Añado a mi afirmación anterior ese verso: la literatura, si no es sangre ni disparo, no es literatura. ¿Qué quiero decir con esto? Que la literatura debe venir acompañada de un poso de dolor, soledad y arañazos; que la literatura debe servir para algo, para arreglarnos o empeorarnos, para darnos una bofetada y espabilarnos; que la literatura debe saber arrasar sin destruir. Estas son las características que aparecerían en mi analítica literaria, y estos algunos de los autores: Akutagawa Ryunosuke, Osamu Dazai, Virginia Woolf, Jeanette Winterson, Anne Sexton, Nell Leyshon, y Carlos Castán.

 «¿qué más darán tus pasos por el mundo, las nuevas ciudades, los mares que llegues a cruzar, los rumbos que tomes, los horizontes, las tormentas que atravieses y te atraviesen, los frutos que alcances, tu gloria o tu caída, tu pobre ser perdido en el desierto de lo venidero, si se cerraron los ojos que miraban tu vida?»

“La mala luz” es una bestialidad. Es, sin duda, una de las mejores novelas que he leído este año. Es una voz ronca que te habla desde el fondo del abismo. Una voz que te promete un sacrificio y una victoria. Una voz que te anuncia que has metido la cabeza en la boca del lobo. Porque “La mala luz” es una historia escrita de tal forma que, en realidad, la historia es lo de menos. El poder huracanado de “La mala luz” reside en que cada frase, sin demasiadas palabras, sin subordinadas, alejadas de tejemanejes demasiado explotados, es un bofetón, una daga que se te clava en algún lugar y que sólo notas cuando intentas cambiar de postura. “La mala luz” es, además, uno de esos libros en los que la mirada no aguanta demasiado tiempo sobre el papel. Es una lectura incómoda porque sacude, porque duele, porque arrasa. Dicen que Carlos Castán bebe de Umbral. No lo dudo. Lo que sí que sé es que Castán bebe de Castán, y que Carlos, el ser humano que se esconde tras el escritor, agazapado, a la espera, asustado y excitado, es un poeta que siente demasiado. Si no fuera así, “La mala luz”, “Museo de la soledad”, “Frío de vivir” o “Polvo en el neón” no hubiesen existido jamás. De la misma forma que no se puede jugar con fuego sin quemarse, no se puede escribir de forma tan soberbia, tan impresionante, si no se ha sentido antes la cueva en el interior. Es una ecuación simple, en realidad. Carlos Castán toca melodías con nuestras fibras. Las estira, las hace vibrar, y con un golpe seco las rompe y las recompone. No es magia, es sufrimiento.

«Pero el caso es que hay una moneda en el aire, cayendo desde hace días a cámara lenta, y eso es lo que me hace temblar e implorar a no sé qué dioses por que caiga del lado que no me condene solamente a soñarte.»

Castán hace mucho daño, para qué engañarnos, para qué intentar que el impacto sea más suave, si las trincheras ya están preparadas, si los ataques ya están esquematizados, si la derrota, la absoluta derrota ante el talento en la narración, ya está decidido. Para qué intentar parapetarse detrás de un disfraz que no puede ni podrá nunca defendernos de nosotros mismos. Dice Sándor Márai en “La mujer justa”: «Leía mucho. Pero con la lectura pasa lo mismo, ya lo sabes… sólo obtienes algo de los libros si eres capaz de poner algo tuyo en lo que estás leyendo.» La realidad es, además, que buscamos las frases que nos dejen hechos polvo, que buscamos los versos que nos hagan levantarnos del asiento y buscar consuelo. Buscamos la paz de saber que nuestros sentimientos no son locura, que tienen razón de ser, y que no estamos solos. Que a alguien le palpitan los mismos pájaros muertos en el estómago. Reclinamos toda nuestra vida en nuestras lecturas; a veces como si fueran miguitas de pan; otras como el peso que no podemos sostener más.

 «Y sobre todo habría que saber por qué nunca aprende el malherido, por qué vuelve a por más tras tanta guerra.»

“La mala luz”, primera novela de Castán (¡primera!), habla del miedo y de la soledad, de esas rendijas de la persiana por las que intentamos inventar el mundo mientras quemamos las naves de mundos previos. “La mala luz” es una historia que parece llegar al puerto equivocado, al cuerpo equivocado: hemos tomado mal las medidas de la vida y ahora no entramos, no encajamos. Es un desesperado intento de dejar de ver, de oír, de hablar. Dejar de sentir. Porque sentimos demasiado. Porque la broma ha llegado demasiado lejos. Nos han contado un chiste y no lo hemos entendido. Lo único que queremos gritar es basta ya, en forma de ruego. Ni tan siquiera existe ya el enfado. “La mala luz” es muy brutal, muy sincera, muy real. Y está escrita de forma magistral. El sentimiento que deja es, como diría el mismo Castán:

«Hay obras que nos poseen como un virus, durante un tiempo los tenemos dentro como quien ha contraído una enfermedad y luego se van despacio aunque dejando a su paso un poso de lo que fue su mirada sobre el mundo y las cosas, y unos cuantos versos con todo el sabor de lo aparentemente olvidado.»