José Ramón Ripoll, piedra entre piedras

Jorge de Arco

Piedra rota
José Ramón Ripoll
Tusquets Editores, 2013

 

piedra-rota-otrolunes30En 1978, José Ramón Ripoll dio a la luz su primer poemario, La tarde en sus oficios. Desde entonces, este gaditano del 52, ha pergeñado, además de una amplia obra lírica – La Tauromaquia (1980), Sermón de la barbarie (1981), El humo de los barcos  (1984), Las sílabas ocultas (1991), Niebla y confín (2000) y Estragos de la guerra (2011)-, una intensa labor como periodista y musicógrafo en Radio Nacional de España, al margen de dirigir desde su fundación, en 1991, la RevistAtlántica.

Ahora, con Piedra rota acerca de nuevo su voz al lector, y lo hace con un himno unitario y vivaz, en el que revela su devoción por encontrar no sólo la exacta identidad de su conciencia, sino también el preciso designio del ser humano.

Dos décadas atrás y en su citado poemario, Las sílabas ocultas, Ripoll anotaba: “La voz de la memoria nos redime del pozo/ donde las piedras caen junto al silencio espeso (…) Vivir es un estado  de voz en la memoria/ y la vida es un acto que el pozo me recuerda./ Deja elegir su música pero impone su eco:/ el de la piedra oscura y la memoria blanca”.

Al inicio de este volumen que me ocupa, el vate andaluz, devela en su “Preludio”, la primigenia intención que guardan estas páginas y enfrenta a un caminante que pasea por la orilla del mar con una piedra. Entonces, “el viajero reconoce en tu forma su antiguo corazón,/ su memoria en el liquen amarillo,/ su tiempo ya sin tiempo en la materia,/ su noche desgajada de la noche total”. Aquel “silencio espeso”, parece volverse ahora dialogante llama, vital comunicación, ya que “sólo un guijarro entre las manos/ asevera quién soy”.

Dividido en tres apartados, “Encuentro”, “Reconocimiento” y “Abandono”, el poemario abunda en los insondables misterios que rodean la finible existencia (“Nadie lo ha de saber./ Por esa grieta imperceptible/ que divide tu forma y tu materia/ en dos espacios gélidos,/ sin alma y movimiento,/ se desliza mi sangre/ y la conciencia de todo lo que soy/ hasta latir dentro de ti,/ desnuda piedra”), y alienta los interrogantes que cercan al hombre en su comunión con la Naturaleza. Mas también ahonda en la temática universal donde se conjugan la desdicha y las esperanzas, el amor y los adioses, el verbo y los silencios.

Cada poema supone una búsqueda de lo real a través de una dicción exacta, reconocible, con un discurso lírico profundo, exento de retórica y con una sintaxis directa: “Piedra entre piedras,/ te escapas del azar como el aliento”. El sujeto lírico que da voz a estos textos podría definirse como un contemplador, pero jamás conocedor. Y de esa mirada queda, se desprende en ocasiones una materia espiritual que pretende hallar la esencia y “el esbozo de un camino sin rumbo/ o alrededor de ti, piedra enterrada,/ para significar sin revelarte”.

Hay un aspecto común en el devenir de este relato vital y es el de la concisión y concentración que destilan unos versos que no decaen, y que se acomodan, certeros, al equilibrado esplendor de los paisajes, al rumor sumergido de las mareas, a la desnudez de las aguas, a la incandescencia de la arena, a las grietas del alma, al dolor de la memoria, al solitario fulgor del destino…, o lo que es lo mismo, a esa odisea robinsoniana que es la vida: “Entra la bruma por mis ojos como una represalia/ por todo lo que vi,/ por haber contemplado tu forma y silueta,/ tu corazón calcáreo, como el mío,/ tu grieta y tu destierro como mi herida más profunda,/ mi soledad la tuya, piedra rota”.

Apoyado en un sabio ritmo versal, en una música de grata pulsión, José Ramón Ripoll signa la certidumbre de sus impresiones como concretas y vívidas.

Poesía, al cabo, que expresa una visión individual del acto y del sentido de la escritura lúcida y personalísima: “Todo está en su lugar,/ trazando el laberinto de mi sombra/ y en lejanía,/ viviéndome./ Todo es cristal y tiempo,/ congelada visión,/ canto del frío”.