Mansedumbre que lleva hacia el silencio

Jorge de Arco

Orbes del sueño
Clara Janés
Vaso Roto Poesía, Madrid, 2013

 

orbes-del-sueño-otrolunes30A la extensa y rigurosa obra literaria de Clara Janés (Barcelona, 1940), viene a sumarse ahora un nuevo volumen poético, Orbes del sueño, un atractivo compendio de lírica sabiduría, donde la escritora catalana despliega con emoción contenida los diversos estados en los que el alma afronta los ignotos límites, los alados extremos del sentir humano.

Como la propia autora escribe en su nota final, este libro nace de las imágenes proporcionadas por el azar de una nevada. Y desde el “Blanco inicial” -con el que que titula el primer apartado-, puede adivinarse el personal universo que abrigan estas páginas. Porque esa nieve inspiradora, esa pureza que envuelve cuanto roza, es, a su vez, un espacio donde casi nada es imposible y donde crece una “mansedumbre que lleva/ hacia el silencio”.

En la citada nota, confiesa Clara Janés que todo este sugeridor conjunto es un homenaje a Sor Juana Inés de la Cruz, y a Octavio Paz -quien con tanto empeño la estudiase-, y a un extenso número de pensadores y científicos -Heráclito, Anaxágoras, Plotino, Giordano Bruno, Copérnico, Albert Einstein, Werner K. Heisenberg, Arthur Eddington…-, que pusieron lo mejor de sí al servicio del conocimiento y del progreso.

Tras la lectura de estos versos, nos llega, sin duda, el recuerdo de la poeta mexicana, pues en ella -y en sus escritos- se aunó la sapiencia y lo misterioso, lo racional y lo místico, lo terrenal y lo celestial. Y lo mismo ocurre en estos “orbes del sueño”, donde la dicotomía entre lo real y lo onírico, entre la certidumbre y la duda, entre el “suave blanco y el negro cenital”, abre las puertas de una constelación de infinitos horizontes, de angelical naturaleza, de fulgurante magnetismo. No en vano, el DRAE, en su segunda acepción, define orbe como: “Esfera celeste o terrestre”. De ahí, que en su interior, puedan tener cabida, “las vespertinas nubes/ las estrellas/ los mundos habitados/ los invisibles muertos/ los remotos/ espejos”.

Además del que sirve de pórtico -ya mencionado-, los epígrafes que dividen cada sección, son también reveladores de cuanto canta y cuenta este diálogo con la materia propia y ajena. “Fuegos caóticos”, “Relatividad”, “Universo infinito”, “Zona de transparencia”, “Función de onda”, “El cero”, “Supersimetría”, “Bifurcaciones sucesivas”, van caligrafiando de forma precisa los territorios, las distancias, los sujetos y objetos, que pueblan este cosmos plural. En él, y sobre su cielo de plata, sobre su suelo de espuma, va acicalándose con enérgicos brazos la niebla silente que separa la inocencia del pecado, el olvido de la remembranza.

En este juego de contrarios -“tu mejor claridad/ delimita/ materia oscura/ desconocimiento”-, Clara Janés sabe cómo vertebrar versos de una notoria gravedad. El equilibrio que hila entre la presencia de la luz y el presentimiento de la sombra, su capacidad para relatar sentimientos universales, circunda con delicadeza los escenarios y los protagonistas que respiran vívidos bajo estas alas de pura poesía: “Vivir/ es carne/ a cada instante/ y el anhelo/ muta/ por una mirada/ nada va a suceder/ estar aquí lo es todo/ y ya no es”.

En la “Leyenda” que abre el volumen, la autora se inquiere sobre distintos aspectos que le resultan inquietantes, turbadores: ¿“Quién emite las palabras que susurra la revelación”?; “Y la energía ¿cómo se origina?”; “Y la inteligencia ¿está vinculada al azar o sólo a la materia?”. Preguntas, que Clara Janés va limando, ovillando en su interior, a las que entregándose con pálpito solidario, desea responder al par de su cromática canción, de su humana sed, de su solitaria duermevela (“abandonarse sin sosiego/ al giro celeste/ al compás acordado de los animales/ y al serio orden de los árboles”).

Pues cuanto aquí convoca, es además de murmullo, es nívea luz y negra finitud. Todo ello, tamizado por un decir que se viste de liviano albor, por un verbo que brota con lentitud de “la más honda/ medianoche” del alma.