Borrar los detalles

Juan Carlos Chirinos

Juan-Carlos-Chirinos---imagenEsto que voy a contar comenzó en 1985, con la llegada de un adolescente a la capital de su país —iba a comenzar la universidad, nunca había vivido en otro lugar sino en casa de sus padres y el mundo empezaba a ensancharse para él. En la gran ciudad lo esperaban sus hermanos, que ya estaban cursando sus carreras, así que no tuvo inconveniente alguno para encontrar una cama tibia y una comida caliente; debía, eso sí, acostumbrarse al inicio de esta nueva vida, con rutas de autobuses, largas caminatas y sonidos distintos a los de su ciudad natal. Su hermano lo llevó a su nueva universidad, una ciudad dentro de una ciudad donde pasaría los siguientes años, alimentándose de libros y de la comida, algo desabrida, del comedor. No es necesario decir que este adolescente se sentía feliz; tanto, que nunca se dio cuenta de ello. Había tantos detalles que recordar, tantas nuevas experiencias que vivir, y tantas variantes en la vida que acababa de comenzar, que prácticamente era imposible que tomara conciencia de nada, así que iba dejando para después, un después que habitaba el impreciso territorio de lo futurible, la reflexión sobre cada uno de esos detalles que conformaron su vida como estudiante en la gran ciudad. Pero se iban guardando en algún lugar de la memoria, y de cuando en cuando aflorarían, a lo largo de su vida, estaba seguro de ello; ya fuera porque alguien recordara alguna experiencia común, o ya porque regresaría —tarde o temprano— al lugar y al momento en que ese detalle había tenido lugar. No sabía en ese entonces, quizá, que el tiempo, y sobre todo la gente, suelen exterminar los detalles del mundo, porque ignoran que, en el fondo, es lo único que importa; y probablemente no conozcan aquel antiguo proverbio de los lahutari, cada vez que borras un detalle, al diablo le crecen las uñas.

Muy temprano, por las mañanas, antes de irse a la universidad (pero también al mediodía y por las tardes y en la noche), sus hermanos acostumbraban poner la radio como compañía mientras se duchaban y vestían para salir. No tenían televisor, y aún no estaban acostumbrados a leer los periódicos con frecuencia, así que el único contacto mediático era ese pequeño aparato que entregaba al mismo tiempo música, noticias y compañía. Tampoco había una emisora que escucharan en especial; en la ciudad había varias que se oían con gusto e interés, pues la variedad de la música hacía la competencia más atractiva. Unas mañanas era la música pop del país; otras, música del mundo; y otras eran las noticias las que acompañaban los amaneceres, los mediodías o las noches. Sin embargo, poco a poco, y no se sabe bien debido a qué tendencias, una emisora se fue ganando el derecho a ser la favorita de las mañanas. Quizá porque era la única que en ese entonces ocupaba la frecuencia modulada (FM), alejada de la salvaje competencia de las radios comerciales que habitaban la modulación de amplitud (AM), porque no tenía anuncios, o porque el programa de la mañana, «Buenos días, Caracas», era una seductora combinación de música renacentista y barroca con anécdotas de la formación de la ciudad que se había convertido en su nuevo —y luminoso— hogar.

De toda la música escuchada, una se quedó en su memoria con especial cariño, porque la había grabado en un casete para tratar de reproducirla con su flauta: Boffons, del compositor holandés Jacob van Eyck, pieza divertida y enormemente difícil. Muchos elementos convergieron para hacer de esa pequeña y endiablada melodía del ciego carrillonero de Utrecht (que terminó sus días deleitando a los paseantes en la plaza de la imponente catedral de la ciudad) tan querida. Sin embargo, la razón más importante para que ese, de entre cientos de miles de detalles, fuera el que más ha persistido en la memoria de aquel que fue un estudiante adolescente en la capital de su país, es que cada vez que vuelve a escuchar a los bufones haciendo tremenduras en las notas de una flauta dulce, regresa a esos días en que era feliz descubriendo el universo.

Es uno de sus tesoros: y como tesoro quedará.

Porque he regresado este año a Caracas, en un viaje literario que ha sido más que eso, en el que me he reencontrado con los viejos amigos y la familia; he conocido nuevos y he disfrutado otra vez de la forma y el sabor de mi patria, pero he constatado que algunos detalles se han esfumado porque el tiempo es implacable, y otros han sido borrados por la artera mano del odio de un gobernante iletrado. Y eran casi las cinco de la tarde de un martes de octubre cuando descubrí, junto a mi querida amiga Silda Cordoliani, que la Emisora Cultural de Caracas FM 97.7, la primera emisora FM que hubo en el país y cuyo prestigio se ha ganado en buena lid durante estos últimos cuarenta años, fue desterrada de su nítido dial original y confinada a una frecuencia en la que apenas puede subsistir. Y de esta forma se borra otro detalle de una Venezuela amable y culta; de esta forma el resentimiento y la inquina de gobernantes acomplejados logran otra miserable victoria sobre la tranquilidad de los ciudadanos.

Mientras conducía su carro, desolada porque ya no podíamos escuchar la 97.7 con claridad en su nuevo nicho, arrasado su hermoso rostro por las lágrimas de la impotencia, mi amiga Silda me comentó:

—Estas son las cosas que más me afectan, estos pequeños y malvados detalles con que intentan minarnos la moral.

Ciertamente. Porque cuando borras un detalle, al diablo le crecen más las uñas.