Distopías

José Luis Muñoz

jose-luis-muñoz-otrolunes30Casi siempre no sé en qué género escribo. Ocurrió con mis dos primeras novelas, El cadáver bajo el jardín y Barcelona negra. Alguien me dijo que eran negras, se publicaron en una colección de novela negra y las cubiertas de las mismas fueron de un negro rabioso, y, además, se presentaron durante la primera Semana Negra de Gijón. No había ninguna duda: había escrito, inconscientemente, dos novelas negras.

Algo parecido me ha sucedido con la última novela que he publicado, la futurista Ciudad en llamas, inmediatamente después, casi solapándose en el tiempo, de una canónica  novela de aventuras que también es histórica, El secreto del náufrago, así es que del pasado remoto, de medio milenio más o menos atrás, me he ido, sin proponérmelo, al futuro no muy lejano, al 2070, a una Barcelona postapocalíptica gobernada por un ente supranacional, Corporaciones Unidas que mucho le debe al Club Bildelberg, y sumida en una caótica lucha de clases entre súbditos — los ciudadanos, como la democracia, pasaron a mejor vida —e intrusos, los excluidos del sistema, la versión modernizada y algo zombi del lumpemproletariado marxista. El incendiario libro es una novela negra y futurista que se inscribe dentro de un género ahora en boga,  el de la distopía, lo contrario a la utopía, y además se mueve por otra curiosa corriente que resurge en época de crisis, la narrativa de zombis, algo que yo me había jurado a mí mismo no entrar y en la que, mira por donde, he terminado cayendo.

Confieso que soy muy renuente a leer libros de ciencia ficción, que conozco un poco a Clarke y Asimov, quizá por mi apego a la tierra y mi pereza a imaginar lo que hay en el infinito firmamento porque bastantes problemas tenemos aquí abajo, pero sí me he divertido, o preocupado, leyendo a H.G. Welles y su Máquina del tiempo; a George Orwell y su 1984; a Phillip K. Dick y su Sueñan los androides con ovejas mecánicas que dio lugar a Blade Runner, la icónica película de Ridley Scott; a Ray Bradbury y su Farenheit 451; a Anthony Burgess y su Naranja mecánica, y todas ellas son, consciente o inconscientemente, referentes de mi última novela, han  tenido influencia indudable. Lo malo de todas estas obras literarias, o de las películas que surgieron a su socaire, es que la realidad las rebasa.

En 1984, por centrarme en Orwell, el autor se quedó muy corto a la hora de retratar nuestro presente. Nunca en la historia de la humanidad hemos estado tan absolutamente controlados como  ahora, ni nuestra privacidad ha sido violada con tanto énfasis y descaro, ni se nos ha desinformado tanto con un exceso de información, ni se nos ha manipulado con tanta brutalidad construyendo gigantescas mentiras. Hablamos por el móvil, conectamos nuestro ordenador, pagamos con nuestra tarjeta de crédito, y se sabe dónde estamos, con quién y cuáles son nuestras aficiones, y a través de todas esas informaciones pueden rastrearnos.  Miles de cámaras recogen nuestra imagen desde que salimos de casa hasta que regresamos: para protegernos, nos dicen. Sin darnos cuenta, poco a poco, con una pérdida paulatina de nuestra libertad y capacidad de decidir, porque la democracia, otro de los grandes engaños, no es más que papel mojado y quienes realmente toman las decisiones mundiales no han sido elegidos por nadie, hemos permitido que ese Gran Hermano controle nuestras vidas de una forma impensable en otros periodos de la humanidad gracias a los avances tecnológicos y a lo desprotegidos que estamos ante ellos. Hoy nos pueden eliminar mientras circulamos por el otro extremo del planeta simplemente apretando un botón en cualquier despacho de Washington. Y lo hacen todos los días.

Regresando a Ciudad en llamas, lo más terrible de la novela que, en apariencia, es una hipérbole violenta sobre un futuro hipotético, es que todo lo que se dice en ella ya se está produciendo de alguna manera en el mundo presente. Curiosamente, sin ser muy consciente durante su escritura, hablo de la orgia privatizadora que en Europa está arrasando, y con feroz fruición en mi país, el estado de bienestar. La policía, en esa ficción que ya casi no la es, es un ente privado con carta blanca absoluta —no hace mucho un grupo de ocho policías autonómicos de Cataluña, una parte de España que aspira a la independencia, otra distopía, golpearon hasta la muerte a un ciudadano en una calle de Barcelona, al estilo de los desalmados protagonistas de La naranja mecánica que acababan siendo aceptados por el sistema como brutales policías, y esos ocho agentes están en libertad a pesar de la alarma social causada—; el ejército, a imagen y semejanza de lo que sucedió en la nefasta guerra e invasión de Irak, es privado, y el mantra productivo de Corporaciones Unidas no es otro que Destruir para construir por lo que la guerra se convierte en una actividad necesaria para la pervivencia del sistema; la industria de los trasplantes obtiene pingues beneficios a costa de las muertes violentas que se estimulan—recordemos la relación entre las ejecuciones en China y el negocio que se obtiene de la comercialización de los órganos de los ejecutados que deben, además, pagar la bala que se los lleva de este mundo, o la repugnante utilización de sus cuerpos en esa exposición llamada Body’s; o el feminicidio de Ciudad Juárez en el que buena parte de las víctimas aparecen sin sus órganos porque hospitales con pocos escrúpulos al otro lado de la frontera se los compran a las mafias asesinas y se convierten en sus cómplices—; los medios audiovisuales, la Televisión Tridimensional Holográfica, lleva a los hogares las atrocidades cometidas en las guerras con el único fin de inmunizar a los espectadores, o bloquearlos por el terror; la telebasura retransmite en directo sangrientas ejecuciones—un programa de máxima audiencia en China entrevistaba a los reos poco antes de recibir el pistoletazo en la nuca y, como despedida de este mundo, los insultaba— en una clara vuelta al pasado, cuando a la plebe se la entretenía con el tormento que sufrían los reos y los espectadores de los suplicios suspiraban aliviados por no ser ellos los que ardían en la pira pública; el acceso a la cultura está completamente vedado, pues mantener al pueblo ignorante es una garantía para que se perpetúen en el poder quienes se han hecho con el control del mundo, y la historia, fuente necesaria para conocer nuestro pasado y explicar el presente, ha sido vetada por completo, así es que en eso 2070 tampoco hay libros. Para que esa realidad social fuera aún más dantesca, todo arde alrededor de la ciudad, como sucedía en Barcelona negra, la temperatura es tan insostenible que los escasos viandantes se ulceran por las calles y el mar trepa por las Ramblas de Barcelona como consecuencia del cambio climático.

Lo terrible de las distopías, al contrario de que sucede con las utopías—y ahí está el socialismo utópico que sigue siendo una entelequia después del estrepitoso fracaso del socialismo real en todo el mundo y ahí seguirá, en el limbo de los ideales—, es que se cumplen en mayor o menor grado. Imaginar un mundo peor, y que éste se materialice al cabo de unos cuantos años de haberse ideado, es bastante corriente.