"Una literatura al margen de las exigencias del mercado
o la industria cultural"

Entrevista al escritor colombiano Gustavo Forero Quintero

Amir Valle

Gustavo Forero Quintero es, ante todo, el escritor que ha sufrido el desgarramiento constante entre lo que considera su libertad interior y las reglas del mundo real; el escritor que denuncia esos límites y por eso se ha opuesto a todo determinismo social, racial o sexual en la vida humana; el que intenta a través de su literatura aprehender los intersticios de esa libertad hostigada siempre por los discursos sociales, las pautas culturales, los límites políticos o los determinismos geográficos e históricos.

 

gustavo-forero-entrevista-otrolunes30aLa intranquilidad de uno de los rasgos caracterizados del escritor y profesor colombiano Gustavo Forero. Lo vi sentado, atento, tranquilo únicamente mientras estaba sentado en la primera hilera de sillas durante las conferencias del Congreso Internacional Medellín Negro 2013, pero al profundizar en nuestra amistad me convencí de que es un hombre que jamás puede estar sin hacer algo que, por suerte, hasta donde he podido comprobar, siempre es algo útil: basta mirar su trayectoria profesional desde que se graduó y entró al mundo de la cultura, las letras y la universidad para comprobarlo.

Lo segundo que más llamó mi atención fue su alto nivel de lecturas (muchas de ellas que otros considerarían “lecturas raras”), lo cual unido a su también voraz curiosidad lo convierte en un profesional que todavía tiene mucho que aportar, mucho que decir, mucho que escribir, aunque por ahora ya puede decir que es Doctor por la Universidad de Salamanca, Magíster en “Études Romanes” de la Universidad de la Sorbona, París IV y Profesor del Área de Literatura de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia.

Sobre esa intranquilidad, sobre esas lecturas, sobre esa curiosidad y sobre su mundo intelectual y escritural quise conversar con él. Luego de nuestro encuentro en Medellín le envíé las preguntas y él, por la misma vía de estas tecnologías modernas que todo lo facilitan en materia de comunicación, me hizo llegar estas respuestas.

 

A modo de presentación hacemos siempre una pregunta que obligue al invitado a explicar a los lectores de OtroLunes que no te conozcan ¿quién es Gustavo Forero Quintero? Pero la respuesta debe dirigirse a dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Gustavo Forero Quintero, el ser humano, y Gustavo Forero Quintero, el escritor, el artista, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

Gustavo Forero Quintero es un hombre de más de cuarenta años que ha intentado por distintos caminos encontrar un espacio donde ejercer su libertad. Nació en Pamplona, Colombia, una ciudad de más de 450 años ubicada en la frontera de su país con Venezuela, famosa por ser cuna de poetas como Teodoro Gutiérrez Calderón, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus y, más recientemente, Jorge Hernando Cadavid Mora. Luego de la muerte de su padre, acaecida en un fatal accidente de tránsito como el de los poetas Durán y Cote, su familia, madre y nueve hijos, tuvo que emigrar a Bogotá buscando oportunidades de desarrollo económico y cultural. Colombia es un país extremadamente centralizado y buena parte de la vida cultural depende de la capital. Allí, Forero pudo aprovechar una seudomodernidad impulsada por el presidente Alfonso López, seguida luego por varios presidentes de la línea neoliberal; la vida académica de colegios y universidades destacados en el panorama académico de la ciudad y, sobre todo, la vida teatral de la Bogotá de los años 80 del siglo XX caracterizada por la bohemia, la alegría y el librepensamiento. Así, como estudiante de Derecho de la Universidad Externado de Colombia se vinculó con en el grupo de teatro universitario La Tramoya que de 1985 a 1990 montó, entre otras obras, El pagador de promesas, de Alfredo Días Gómes, Sopa de pollo con cebada, de Arnold Wesker, Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura, y Anamorfosis, de su autoría. Por insistencia de su madre se graduó como abogado y por voluntad propia como literato en la Universidad Nacional, donde encontró colegas y amigos como los escritores Nahum Montt, Luis Noriega, Miguel Ángel Manrique, Selnich Vivas, Nara Fuentes o Antonio Silvera. Luego, pocos años después de ejercer su profesión como abogado y culminar sus estudios en Letras tuvo la fortuna de ganar una beca para estudiar su doctorado en Literatura en la Universidad de Salamanca, España, donde conoció a los mexicanos Jorge Volpi, también abogado, e Ignacio Padilla, ambos miembros de la denominada Generación del Crack. Al mismo tiempo, estableció contactos con París, donde se instaló en 1998, año que considera decisivo para su carrera literaria: su acercamiento al psicoanálisis, a la astrofísica y a la obra de Antonin Artaud (de la que cuenta con algunos poemas traducidos al español), entre otros, determinaron las claves de su trabajo literario, caracterizado por conceptos como fragmentación, deslizamiento o fe hueca, que persisten en sus novelas. Desde París tuvo, además, el privilegio de realizar algunos viajes y conocer culturas que siempre le atrajeron: Polonia, un sueño infantil desde que recibió de regalo de cumpleaños un libro sobre ese país de una pintora chilena expulsada por la dictadura; Italia, que le permitió reflexionar en torno a su espíritu religioso y a la vez sensual; Estados Unidos e Inglaterra, que le abrieron sus puertas a otra forma de entender la vida; la maravillosa España (que paradójicamente conoció a fondo desde Francia), con sus reductos maravillosos de anarquismo y libertad individual, y Marruecos, país que desde su punto de vista tiene algo tan familiar para los latinoamericanos que solo se puede explicar a través de las periódicas migraciones que llevaron los pueblos árabes a Latinoamérica. La música, el misterio o la delicadeza de esta cultura están presentes en “Maktub”, un relato que intenta transmitir su experiencia “iniciática” en ese país.

En 2003 Forero regresa a Colombia e inicia su carrera docente y creativa gracias al apoyo constante de su familia y, en especial, de su esposa Ángela María Ramírez Zapata, a quien conoció en España en los cursos de doctorado, y en 2006 se vincula como profesor de Literatura en la Universidad de Antioquia. En 2009 nace su hija, Irene, fuente de inspiración para la publicación de algunos de sus libros.

Gustavo Forero Quintero es, ante todo, el escritor que ha sufrido el desgarramiento constante entre lo que considera su libertad interior y las reglas del mundo real; el escritor que denuncia esos límites y por eso se ha opuesto a todo determinismo social, racial o sexual en la vida humana; el que intenta a través de su literatura aprehender los intersticios de esa libertad hostigada siempre por los discursos sociales, las pautas culturales, los límites políticos o los determinismos geográficos e históricos. El artista que ha creído siempre en la vida por encima de la expresión y en una literatura al margen de las exigencias del mercado o la industria cultural.

Ambas facetas, la del ser humano y la del artista, el escritor, buscan armonizarse en medio de los límites que impone la propia cultura: las exigencias de los centros dominantes, las necesidades económicas, las obligaciones laborales y, en síntesis, la llamada civilización, que a menudo encarna al enemigo, regulador y heterónomo, que nos difumina. Ser libre, rebelde, creador y artista resulta siempre peligroso; y más aún en un país, en un continente y un hemisferio que se encarga de limitar, de construir fronteras e inhibir al hombre. El hombre y escritor Forero Quintero intenta entonces encontrar esos intersticios de vida que lleven hacia la libertad y la autonomía.

 

Comencemos por una pregunta que, cronológicamente, pudiera estar más adelante, pero es sobre algo que me llama la atención: eres abogado pero das clases de literatura en la Universidad de Antioquia. Dividamos la pregunta en dos partes: primera, ¿cómo y a qué razones se debe el tránsito de un oficio a otro?, y segunda, ¿murió el abogado o es una apoyatura, un complemento, para el escritor que eres?

Soy abogado pero también Literato. Al terminar la preparación media tenía 16 años y las pautas familiares, sociales y hasta políticas que me rodeaban me exigían tener una profesión convencional, con un futuro hasta cierto punto asegurado. Ya tenía tres hermanas abogadas y en medio de circunstancias difíciles, ellas salían adelante y eran un modelo social y familiar a seguir. Las opciones en mi medio, conservador y tradicionalista, eran por tanto, efectivamente, ser ingeniero, médico o abogado, y dado que lo mío era la literatura, lo que más se le parecía era el Derecho, pues “al final ambas son letras”, decían todos. El asunto no es de poca monta ni en Europa ni en América Latina. Muchos abogados en efecto son escritores y a muchos se les exigió ese título para acceder a un medio cultural. Desde Goethe hasta Carlos Fuentes, desde Alfonso Reyes hasta Octavio Paz, desde Federico García Lorca hasta Mario Vargas Llosa, el Derecho significó un primer acercamiento a las letras. En Colombia, desde Pedro Gómez Valderrama hasta Darío Jaramillo y desde Aurelio Arturo Martínez hasta Juan Gabriel Vásquez parecen confirmarlo. Hoy pienso que entre más conservadora es una sociedad, más exige el estudio del Derecho por parte de sus ciudadanos; y aunque en Colombia algunos han tenido el privilegio de abandonarlo (desde el mismo Eduardo Cote Lamus, pasando por Gonzalo Arango y Raúl Gómez Jattin, hasta Juan Gabriel Vásquez o William Ospina), es un hecho que sigue siendo una curiosa vía para el acceso a la expresión literaria; a menudo, la única vía de ingreso del intelectual a la comunidad elegida de los intelectuales latinoamericanos (antes Rafael Gutiérrez Girardot; hoy, Sergio Ramírez o Juan Guillermo Gómez, mi colega de la Universidad, son un ejemplo de ello). A muchos esa formación les resultó un medio para llegar a la literatura o bien para abrirse un lugar en este campo. Para mí supone un instrumento más para comprender el objetivo de mi trabajo. Desde las primeras clases de Teoría del derecho se aprende que la ley es cuestión de los poderosos. Yo entendí, además, que, por eso, también la literatura es predominantemente de ellos (como establece Mijail Bajtín en su teoría crítica de la novela, donde dice que literatura y Derecho hacen parte de las ideologías) y a eso he querido rebelarme. Lo paradójico del asunto es que como abogado busco sacarle jugo a las herramientas de esos poderosos y hablar de lo que se le escapa al orden dominante. Lo que escribo indaga así en esos intersticios de libertad a los que me he referido antes, que siempre se le cuelan al sistema normado que es el que teóricamente asegura el éxito. De ahí mi interés por los fracasados, por los excluidos y los rechazados. Al respecto, me identifico con un intelectual francés del siglo XIX, Jean-Marie Guyau, que decía que en estricto sentido no debería haber leyes ni mucho menos sanciones, o por lo menos a esto debería tender la sociedad. En un mundo verdaderamente humano ambas cosas resultan artificiales. Yo creo eso, y creo que toda la estructura legislativa y coercitiva, la ley, los códigos o las constituciones solo han sido el andamiaje para legitimar el poder de unos sobre otros, de los que son más por encima de los que no se ven o del individuo mismo, bien sea en un país, en un continente, en un hemisferio o en el mundo entero. Y esto no es solo cuestión de la Teoría del derecho, es cosa de todos los días en ese mundo: tenemos un sistema de fronteras “legítimas” que así lo confirman. Ellas no admiten dudas; incluso si se han establecido a favor de unos y en perjuicio de otros seres humanos. Como decía Montesquieu en el siglo XVIII, el origen geográfico determina la vida, tanto como la categoría cultural o económica de ese lugar. No es lo mismo ser norteamericano que congoleño, francés que ecuatoriano. Y en lo que atañe a la literatura, hay que reconocer que los escritores que conocemos en Occidente son en buena parte los que la cultura de los centros de poder ha establecido como tales. Como decía Luis Buñuel a propósito de Ernest Miller Hemingway, detrás de él están los marines norteamericanos. Este juicio, que no busca demeritar la obra del escritor, se puede extender a emblemas de la literatura europea que determinan la historia literaria del hemisferio. No se trata de desconocer la estatura literaria de los escritores, sino de reconocer que en buena parte su origen les ayudó en la difusión y en su afirmación. Mientras todos reconocen a Camus, Sartre o Dostoievski, pocos saben de Jorge Icaza, Alcides Arguedas Díaz o José Antonio Osorio Lizarazo. Si se echa un vistazo al origen de los premios nobel de literatura se comprenderá a qué me refiero: mientras Francia cuenta con 14 en su haber y Alemania con 11, Chile tiene solo 2 y Colombia 1; y mientras 28 de los laureados escriben en inglés, solo uno lo hace en portugués. Y no creo que la diferencia sea cuestión de talento, o no solo; el dominio cultural que hace de ciertas obras y autores íconos del hemisferio se vincula con el dominio editorial, tanto como con el poder militar o económico de las grandes potencias. Las fronteras entre los países y los llamados mundos tienen efectos de lo más increíbles. La producción de armas o de energía nuclear, la vigilancia mundial o la Interpol, las cárceles transnacionales y los abogados de todos los países determinan la cultura, los libros o el proceso mismo de la lectura. Las distintas naciones de Occidente deberían reconocerlo y trabajar en esto, sobre todo si se encaminan al reconocimiento de la igualdad que propugnan hace siglos, el respeto a las diferencias, el multiculturalismo, las minorías locales y, en el futuro, del hombre mismo, con su singularidad inexpugnable. Aunque los movimientos hippies ya hacen parte de la historia, aún es y seguirá siendo verdad que el hombre, en el mundo entero, sin distingos derivados de su origen, puede vivir de amor, que su vida puede ser determinada por el bienestar y la justicia, por la solidaridad y la fraternidad. Las dictaduras reales o solapadas lo niegan, lo cosifican, lo diluyen en ideologías, movimientos políticos o enajenaciones comerciales. La literatura puede estar de un lado o del otro. Por mi parte, debería llegar al dominio de la libertad primigenia que es el espacio del individuo.

 

Regresemos entonces al inicio: ¿cuál es tu primer recuerdo puntual como escritor? Es decir, ¿cuándo y en qué circunstancias pensaste por primera vez que podías o tenías deseos de escribir?

Yo tenía una abuela obsesionada con Francia. Su sueño fue ir a París y a La Sorbona y dedicarse a la literatura. Todos la tomaron por loca, pues leer a Flaubert o a Stendhal cuando debía cocinar y trabajar era efectivamente una locura. Fue ella la que me habló por primera vez de lo que significaba el acto de escribir y de la elaboración misma de la letra. Después mi madre, otra “loca”, me enseñó a delinear las primeras palabras y, con un método del que no podría dar ninguna noticia, a enlazar esas letras con París, Flaubert, Stendhal, la libertad y, en fin, la locura, es decir, ese espacio del ser en donde es posible y casi necesario transgredir para crear. Así, en esos años de infancia comprendí la relación estrecha que puede existir entre la letra y la locura, y por una decisión deliberada, que celebran a menudo mis hermanos, también quise ser loco: desconfigurarme, fragmentarme (como digo a menudo en mis escritos y en mi vida), desvariarme. Conforme al sueño de la abuela, ir a París, estudiar en la Sorbona y hablar de un mundo distinto y de diferentes maneras fue algo natural y necesario en mi desarrollo vital. Y, aunque esto sigue catalogándose como locura, creo que ya no estamos en los años treinta del siglo XX y que cada vez son más los locos, los que quieren otro mundo, otra realidad, la verdadera vida, todos esos que considero mis colegas existenciales. Ahora, felizmente, somos más aquellos que, como mi abuela, y luego mi madre, mis hermanas, mi esposa o mi hija, creemos que el hombre es algo más que maldad, violencia o represión, obligación y límite. Mi abuela, que era profesora, fue atada a un árbol por sus locuras (de eso trata la novela que estoy escribiendo, Murmullos), hoy yo soy profesor y trato día a día de desatarme de los árboles que me quieren imponer y a los que quieren enlazarme. Esta es la mejor metáfora de lo que quiero que signifique mi escritura: un deslizamiento a la libertad.

Algunos colegas colombianos dicen que escribir en una tierra tan prolífica literariamente como Colombia es un reto diario, pero otros me han asegurado que la siempre convulsa realidad colombiana es el mejor caldo de cultivo para un escritor. ¿Hasta dónde crees que, al menos en tu caso, estas dos afirmaciones puedan aplicarse?

Colombia ha sido una tierra prolífica en escritores, es verdad. Sin embargo, son muchos los que han sido parte del establishment, es decir, los que le han hecho el juego, cándidamente o no, a todo un sistema de exclusión y muerte (esto, que podría llamarse la función social del escritor, también se denuncia en mis novelas). Estos “escribidores” me interesan muy poco. Efectivamente la realidad es terrible y pocos quisieron o han querido verla cara a cara en Colombia, con la sensibilidad propia de un verdadero artista: José Antonio Osorio Lizarazo, algunos escritores de lo que se ha denominado la literatura de la Violencia, como Arturo Echeverri Mejía; José Eustasio Rivera y Fernando González Ochoa (otros abogados), Porfirio Barba Jacob o Manuel Mejía Vallejo, y hoy, Fernando Vallejo, Sergio Álvarez, Laura Restrepo, Pablo Montoya y otros cuantos más lo han hecho. El trabajo literario, creo yo, debe ir acompañado de una gran sensibilidad social. No se trata de reproducir la realidad, ni siquiera “bellamente” (como sugerían algunos de esos escritores oficiales de la Colombia del siglo XX), sino de poner el dedo en la llaga, denunciar los horrores, acercarse al sufrimiento, identificarse con el dolor; como dice Cristina Fallarás a propósito de la novela negra. Esta pauta puede ampliarse al objetivo de la novela contemporánea en general. En este sentido me uno a esos escritores que creyeron y creen en una literatura comprometida, en una literatura solidaria con la vulnerabilidad humana. No puedo entender a aquel artista que sufre por una rima y no se compadece con el dolor del violentado, con la muerte de la víctima, con la denuncia del oprimido. Y aunque en muchos círculos literarios esto suene anacrónico y hasta naïf, creo que prefiero la vida a la literatura, la sensibilidad a la letra. Hay un nivel de infamia en nuestro mundo que el artista no puede simplemente sobrevolar o recrear. Actuar con frialdad frente a la barbarie es ser su cómplice.

 

Está también el tema de los maestros: esos seres que cada escritor sigue durante un tiempo, consciente o inconscientemente en la búsqueda de un estilo o mundo personal. Sabiendo que en cada etapa de un escritor esos maestros cambian, quiero pedirte que respondas la pregunta pensando en dos momentos específicos: aquellos tus primeros maestros, los que te hicieron pensar en ser escritor; y tus maestros actuales.

En primer lugar, por la anécdota que he contado, los realistas franceses fueron mis maestros: Stendhal, Flaubert, Zola. Y no es solo porque mi abuela los leyera. Creo que hay en todos estos escritores una sensibilidad que trasciende su interés mismo por la creación. Por años me perturbó Madame Bovary y en Francia comprendí la razón: ella es una metáfora, una gran metáfora de la vulnerabilidad del ser humano frente a los convencionalismos sociales, una metáfora de la fragilidad de la existencia frente a las normas sociales o jurídicas. Esto parece, ahora que lo escribo, una obsesión de mi parte, un discurso que se ha mantenido por años, pues es algo que siento constitucional en mí. Pero… ¿se puede hacer otra cosa? La denuncia de los excesos de los sistemas, la ausencia de libertades individuales, la represión y la barbarie son los temas que me interesan. Estos son los problemas del Quijote, también, y los problemas del personaje moderno desde Goethe, Mann, Poe hasta la novela de crímenes contemporánea en Colombia y América Latina en general. Hasta dónde creer en lo que George Lukács nombraba como la luz interior como única guía para el próximo paso. Esta es la cuestión. ¿Podemos vivir realmente la vida más allá de los convencionalismos sociales, de la autoridad o la norma? El control social tiene las más inusitadas vías y la experiencia humana es excesivamente delicada y finita. Aquí se encuentra el problema existencial del hombre que es mi objeto literario por excelencia. Tal vez por eso, luego de los franceses tuve un grato encuentro con el realismo psicológico de los rusos. Como mi hermana mayor coleccionada Los Maestros rusos, tuve el gusto de leer a autores hoy olvidados: Chirikov, Bunin, Andreiev. Estos escritores, tanto como los reconocidos Anton Chejov, Nicolai Gogol, Leon Tolstoi, ponen el dedo en esa llaga de lo que significa la libertad por oposición al sistema. Luego vino Rainer Maria Rilke. Sus Elegías de Duino perfilaron lo que sería mi propia luz como escritor. La metáfora del ángel, producto del hombre y excelsa creación suya, se identificó plenamente con mis propias ideas respecto de una vida despojada de metafísica, de trascendencias oportunistas que esclavizan el espíritu y lo limitan. Aquí surge mi idea de la fe hueca: creer, como los indígenas, que es necesario luchar aunque se cuente de antemano con el fracaso. Acaso de esto hablaban también Hegel o Marx, o Nietzsche. A mí me llegó especialmente por Rilke, y por mucho tiempo dediqué a él mis reflexiones estéticas. Fue él quien me impulsó a buscar mundos desconocidos, el África, la cultura árabe, Francia, el sensualismo esteticista de los italianos. Fue él quien empezó a cruzar mis propias relaciones haciendo de ellas mundos por conocer. Luego vinieron las relecturas de Kafka o Hesse (que había leído de niño), de Thomas Mann o Brecht. Más recientemente, por gusto y por mis investigaciones académicas se consolidó mi interés por los españoles y los latinoamericanos, los clásicos y los actuales. Me impactó Miguel Delibes, sobre todo la novela El hereje. Macedonio Fernández, que dejó su huella en muchos de mis textos; Juan Rulfo, César Vallejo, Cortázar, García Márquez, Fuentes, y luego Guillermo Cabrera Infante, Horacio Castellanos Moya, Rey Rosa. Los colombianos Germán Espinosa (aunque para varios haría parte de los bibliófilos), Fernando Vallejo, Laura Restrepo, Sergio Álvarez o Hugo Chaparro Valderrama.

 

Se impone entonces una pregunta más “académica”: dentro de las actuales generaciones de escritores colombianos, ¿te sientes identificado con los presupuestos de alguna generación o grupo?

Justamente me siento identificado con Hugo Chaparro Valderrama cuando advierte que hace parte de la generación de la crisis de fin de siglo XX: “Un miembro de una generación desengañada, que asiste a cambios críticos y evoluciona al ritmo que le imponen esos cambios, obligada a soportar una violencia que nunca imaginó y que se encuentra entre dos generaciones opuestas entre sí. … Mi generación puede ilustrar la crisis de este fin de siglo. Pero ha sabido aprovechar, por lo menos, las excepciones a la norma, lo que para ella son los errores de las dos generaciones entre las que se encuentra, tratando de entender los motivos que determinaron el desencanto de la generación anterior y evitando el estilo epidérmico o el romance con la muerte de la que nos sigue. … Pero no permanece indiferente ni apática” (El capítulo de Ferneli, Bogotá: Arango Editores, 90). A esta generación que sabe aprovechar las excepciones a la norma y no permanece indiferente pertenecen Mario Mendoza, Santiago Gamboa, Antonio Ungar, Pablo Montoya, Efraím Medina, Nahum Montt, Sergio Álvarez, Juan Gabriel Vásquez, Selnich Vivas, entre otros. Su poder de conmoverse frente a la crisis puede advertirse en numerosos textos que, tal vez por eso mismo, tienen muchísimo reconocimiento internacional. El mundo entero se ha dado cuenta de que algo está pasando en la literatura colombiana, tanto como en la centroamericana, que con nombres como Horacio Castellanos Moya, Carlos Cortés, Rodrigo Rey Rosa, Amir Valle o Leonardo Padura constituyen un hito contemporáneo. El panorama es rico y cada vez tiene mayor eco social. Lo importante, sin embargo, es que todos estos artistas no permanecen indiferentes ni apáticos, quieren un cambio.

 

También he escuchado algo que me intriga: literatura bogotana, literatura de Medellín, literatura costeña… Aunque sé bien que dentro de Colombia la idiosincrasia no es una sola, ¿existen realmente esas diferencias como para no hablar únicamente de una “literatura colombiana”?

En efecto, existen diferencias entre autores de distintas regiones de Colombia. A manera de ejemplo se pueden mencionar aspectos de las obras de Gabriel García Márquez, Germán Espinosa, Roberto Burgos Cantor y Efraím Medina, entre muchos otros de la Costa Caribe, y Álvaro Mutis, Laura Restrepo, Evelio Rosero, Juan Gabriel Vásquez, Hugo Chaparro, que he mencionado antes, Santiago Gamboa y Mario Mendoza, de Bogotá. La sensibilidad artística de los autores costeños se diferencia de la solemnidad de cierta prosa bogotana. Detrás de estas diferencias pueden estar José Félix Fuenmayor, de Barranquilla, y José Asunción Silva, de Bogotá, escritores que dejaron su impronta en la literatura colombiana. El mundo parece ser diferente vivido desde la tierra caliente o en el altiplano. También se pueden rastrear las diferencias entre Tomás González, Fernando Vallejo o Darío Jaramillo, que son antioqueños, y, William Ospina, del departamento del Tolima, Carlos Perozzo, de Norte de Santander, y Gustavo Álvarez Gardeazábal, del Valle del Cauca, entre otros, y solo para advertir ejemplos interesantes y establecer el contraste. Los intereses de la provincia parecen distinguirse de aquellos del sector rural o de topos locales que resultan de una gran riqueza literaria. Tomás Carrasquilla, Porfirio Barba Jacob y Jorge Isaacs pueden estar detrás de estas diferencias. La oposición entre la gran ciudad y la localidad era una cuestión importante para ellos. Asimismo, las ciudades tienen su impronta en los escritores: Son diferentes Nahum Montt y Pablo Montoya, de Barrancabermeja, Sergio Álvarez, de Bogotá, y Selnich Vivas, de Cali. Las ciudades colombianas son tan diferentes entre sí que tienden a inspirar literaturas muy distintas, cada una tratando de dar cuenta de lo que es la especificidad de un conjunto humano. Osorio Lizarazo o Manuel Mejía Vallejo son ejemplos de esto. No obstante, desde mi punto de vista existe una evidente comunidad intelectual entre estos escritores debida a un origen nacional común; y esto no es solo la vieja cuestión chovinista de la patria, puede advertirse en sus obras. Desde lo que puede denominarse una literatura nacional las diferencias entre las regiones ha sido una constante que confirma esa comunidad: Juan Rodríguez Freyle fue muy diferente a Francisca Josefa de la Concepción del Castillo y Guevara, y Teodoro Gutiérrez Calderón a Eduardo Carranza, pero todos buscaron dar cuenta de un mismo país inmerso en medio de conflictos propios de su idiosincrasia. Al respecto creo que una novela como La tejedora de coronas, de Germán Espinosa, recoge muy bien ese espíritu nacional y aún continental. Así, conforme a lo que advierto en mi libro La anomia en la novela de crímenes en Colombia, donde hago referencia a unos 100 escritores de las más disímiles procedencias, es un hecho que de la Costa Caribe a Bogotá, del Cauca al Norte de Santander, los colombianos poseemos una sensibilidad cultural y sociológica en lo que a circunstancias históricas corresponde: todos hacemos parte de un gran sistema cultural que puede definirse con la clave de la anomia, un sistema con relaciones conflictivas respecto del referente de una ley o una constitución, un sistema a veces desquiciado que cada vez resulta más difícil de soportar y, mucho menos, explicar con las pautas lógicas de la sociología o la política, pero que se puede leer a partir de lo que he llamado intersticios de libertad que se le salen al establecimiento. Las “excepciones a la norma” a las que se refería Chaparro, que resultan siendo la regla, a veces permiten espacios de libertad que en ninguno otro lugar florecerían y por tal condición son recreados por los artistas. De nuevo se puede pensar entonces en lo que proponía Guyau para los sistemas contemporáneos: no todo lo que se le sale al sistema es violencia en Colombia, “la variabilidad moral que por tal motivo se produce, la consideramos, por el contrario, como la característica de la moral futura; ésta, en gran cantidad de puntos, no será solamente αυτονομος (autónoma), sino ανομος (anómica)” (Esquisse d’un morale sans obligation ni sanction. París: Félix Alcan Editor, 1905, 6). Una novela breve como La multitud errante, de Laura Restrepo, igual que una extensa como 35 muertos, de Sergio Álvarez, o Los ejércitos, de Evelio Rosero, podrían dar la imagen de espacios legítimos de autonomía individual que se erigen como esperanza en Colombia. Lo mismo que novelas como Lo que todavía no sabes del pez hielo, de Efraím Medina, y El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez. La denuncia de los escritores de mi generación respecto de un mundo injusto encuentra esos reductos de libertad y autonomía que no se ahogan en medio de un sistema dislocado. Como señala Juan Guillermo Gómez, inspirado justamente por la poesía de Gaitán Durán “Colombia es una cosa impenetrable”, pero cada uno de sus escritores trata de encontrar un lugar para la utopía.

 

Escribir y dar clases, aunque a muchos les parezca algo muy bien imbricado, casi natural, suele ser muy complicado por tratarse de dos ámbitos profesionales más diferentes de lo que mucha gente supone ¿En qué sentidos se contraponen o complementan el Gustavo Forero Quintero profesor y el Gustavo Forero Quintero escritor?

A mí me encanta la docencia. Y siempre he sentido que estar en contacto permanente con los estudiantes se parece mucho al ejercicio de la creación. Ambos espacios comparten una especie de éxtasis: la presencia de lo innovador, de lo que es original en el discurso, en un momento dado, y la presencia de un lector que transmite sus observaciones inmediatas sobre lo oído. Esto hace que el pensamiento se enriquezca de una manera excepcional y se encuentren nuevas perspectivas de la experiencia humana. En tal sentido, trato que mis clases sean prácticas en la medida de lo posible, que los estudiantes debatan y escriban sobre lo leído. La literatura debe ser un lugar de encuentro y desencuentro, un espacio para entender al otro y contradecirlo o afirmarlo. Y nada mejor que hacerlo en el propio campo de las letras. Tomar como base la literatura para crear nueva literatura. Al respecto debo afirmar que considero la crítica literaria como parte del dominio mismo de la literatura, y la crítica literaria que se hace desde el campo de la academia sí es literatura. Al respecto quisiera afirmar aquí que nadie como mis estudiantes me ha enseñado tanto de la literatura. Con ellos advierto los matices nuevos de lo que he leído de antemano, con ellos encuentro lo que no asía de una novela o el secreto que me empeñaba en encontrar de un poema. Las lecturas de los estudiantes son siempre frescas, impulsadas por un espíritu de indagación pero a la vez por la pasión por el conocimiento que surge en los primeros años de la vida.