"Una literatura al margen de las exigencias del mercado
o la industria cultural"

Entrevista al escritor colombiano Gustavo Forero Quintero

Amir Valle

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Desaparición o la búsqueda de una paz imposible

Desaparición es tu primera novela, y aunque sale como etiqueta negra, al menos en mi modo de ver, es “atípicamente negra”, lo cual la convierte en una especie de rara avis porque, repito, sí puede considerarse dentro del género. Pero me gustaría preguntarte: ¿qué piensas tú?, ¿por qué la consideras una novela negra?

En mis investigaciones académicas he llegado a la conclusión de que es muy difícil hablar de novela negra en Colombia y, en general, en América Latina. Incluso ahora pienso que tampoco se puede hablar claramente de novela negra en la novela contemporánea. Dentro del género denominado negro se producen actualmente obras que, recreando todo un espacio de crimen, han actualizado e incluso prescindido de elementos como el detective, la investigación judicial, el asesinato, la sanción, etc. Incluso hay novelas que sin poseer ninguno de esos elementos pueden definirse como novelas de crímenes porque es el crimen en su acepción más amplia el espacio literario que les interesa por encima de otros. A las novelas de lo que yo llamo el boom centroamericano, por ejemplo, poco les importan los cánones que imponene esos elementos y dan cuenta ante todo de un ambiente criminal que yo explico a través del concepto de anomia. De esta manera, Horacio Castellanos Moya, para mencionar un caso, nos pone frente a su perspectiva del destino de las revoluciones y, sobre todo, de los discursos de izquierda en países distintos a Cuba, como El Salvador y Guatemala; y Rodrigo Rey Rosa nos ofrece una mirada desengañada de las presuntas transformaciones sociales del país que en realidad esconden la perduración de las mismas fuerzas en conflicto. Las novelas Insensatez y El material humano de estos escritores hacen parte, además, de una crítica a la banalización de la literatura determinada por la lógica del consumo occidental de la violencia periférica (de América Latina).

gustavo-forero-entrevista-otrolunes30cDe la misma manera, mi novela Desaparición da cuenta de un espacio de crímenes donde la anomia parece ser la única clave de comprensión. Aunque el delito fundamental es la desaparición forzada, al mismo tiempo suceden violaciones, estupros, lesiones personales, homicidios, etc., en todo un cuadro esperpéntico que busca recordar la obra de Francisco Goya o Fernando Botero (la del ciclo de la violencia en Colombia, sobre todo) donde el dolor constituye la clave. En tal contexto, no existe un detective que se anime a investigar sino una víctima que cuenta su propia experiencia a partir de la tragedia que supone la desaparición de la persona que ama y su propia pesquisa fracasada. Como señala Santiago Gamboa, en el mundo de los escritores latinoamericanos contemporáneos parecerían artificios inverosímiles los inspectores comprometidos con la verdad, las investigaciones minuciosas, la cuestión del enigma o los mayordomos asesinos. De más estaría la investigación judicial, pues en el mundo de la novela –e incluso en el de la realidad— el aparato de justicia brilla por su ausencia y, conforme al contexto de la sociedad colombiana que denuncia, la impunidad se erige como el resultado común para la delincuencia. Por eso, no hay sanción alguna y el sistema no se recompone por ningún método, pues el ambiente general es el de la anomia total del contexto social al que sin duda alude. Lógicamente, Desaparición tampoco es espacio para las femme fatales del fomato clásico, pues la sordidez del paisaje épico impide su glamour o siquiera su recreación estética. En lugar de ellas se encuentran personajes ambiguos, decadentes, en los límites mismos de la experiencia humana y de algo aparentemente tan claro como el género. Estos nuevos héroes se suman a todo un ambiente llamémoslo expresionista, como el de Chaparro Valderrama, donde se desenvuelven con dificultad, dejando girones de su naturaleza a cada paso y toda su fe en las alcantarillas de la ciudad inhumana. En su búsqueda de la libertad, van perdiendo mucho de sí y, al final, solo su espíritu parece sacarlos avante porque han perdido todo apoyo social o un mentor en su experiencia cotidiana. Como señaló Shelley Godsland al presentar la novela en Portugal, esta es una novela negra por dar cuenta de todo un mundo degradado, pero con tintes intelectuales porque el personaje mismo es quien hace su evaluación del mundo del delito y busca una luz en un paisaje macabro de dolor y locura.

 

Me gustó mucho el contrapunteo que se produce todo el tiempo en la novela entre los dos personajes protagónicos: alguien que, por un lado, representa la abulia, la desilusión social y alguien que, en el otro lado, representa la rebeldía, la lucha por una esperanza que debe existir en algún lado no definido. Y este contrapunteo es una clave para encontrar los asideros que esta novela tiene en la realidad colombiana actual. Quiero entonces que vuelvas al inicio de la escritura y me cuentes cómo fueron armándose estos dos personajes.

En París, tuve un acercamiento muy estrecho al psicoanálisis. Sería difícil explicar el choque que esto me produjo, pero lo intentaré con una imagen: yo venía de un mundo donde la acción era la regla de la vida y el psicoanálisis me proponía otra: la reflexión. Y lo explico así: si hay algo que define a Colombia es el movimiento, la acción frenética para sobrevivir en un medio muy adverso de pobreza, desempleo, injusticia social o violencia. La mayoría de las personas en este país debe buscarse el pan de cada día, defenderse del peligro, vivir del “rebusque”, como se denomina toda acción para sobrevivir, y poco espacio queda entonces para la introspección o la contemplación profunda. Por el contrario, la Francia que yo viví fue la que les asegura a los ciudadanos cierta estabilidad material –comida, seguridad, educación, salud…— y les permitía acceder a espacios como este del psicoanálisis como medio para lograr el bienestar. En Desaparición yo quería contrastar esas dos experiencias vitales a través de dos personajes antagónicos y a la vez complementarios: uno que vive vertiginosamente los acontecimientos y el otro que quiere, en la medida de sus posibilidades, meditar en su significado. En términos filosóficos, se trataba de hablar de dos espíritus, el apolíneo y el dionisiaco, pero en medio de una precariedad evidente y una realidad histórica agobiante en que la impunidad era la reina: por una parte, está aquel personaje que debe buscarse la vida día a día y, por el otro, el que quiere meditar en el sentido de esa vida; uno que busca sobrevivir y otro que quiere transformaciones sociales en el campo social. Desde mi punto de vista, la mayoría de los personajes de las novelas colombianas dan cuenta de la dinámica de la acción, pero pocos de la reflexión y, mucho menos, de cierta metafísica de las opciones políticas para el país. Y aunque estas clasificaciones pueden resultar muy teóricas –sobre todo para una novela negra—, quería indagar en esa eterna oposición entre razón y sensibilidad, entre Descartes y Pascal, Rousseau y Hobbes, entre dos perspectivas de la cultura en una sociedad de crimen generalizado. Desde este punto de vista, a lo mejor, quería hacer una crítica a lo que se cree es una democracia en Colombia. Al final, como resulta lógico, vence la realidad sobre los personajes y el mundo histórico se muestra en toda su crudeza: lejos estamos del ideal occidental del gobierno de la mayoría para el bien común y en su lugar se imponen los discursos más extremos del poder material de unos sobre otros.

 

La novela camina en el ámbito de la Toma del Palacio de Justicia en 1985, la guerrilla y la lucha revolucionaria, Pablo Escobar, la violencia social, pero todo eso es un telón de fondo, una especie de Dios omnipresente que, sin embargo, no le quitará protagonismo a la historia íntima, existencial de cada personaje, lo cual para mí es uno de los grandes logros de tu novela. Háblame entonces de cómo conformaste esos dos planos en la estructura novelística: historia e individualidad, ¿acaso un reflejo de la vida en tu país?

Sí. Colombia es un país terrible, en todo el sentido de la palabra. Con más de tres millones de personas desplazadas, más de doscientos mil desaparecidos en los últimos años, masacres diarias, fosas comunes por doquier, treinta y tres homicidios al año por cada cien mil habitantes, dos violaciones por hora, corrupción, un presupuesto del 6% del PIB para la guerra, poco espacio hay efectivamente para la introspección, el psicoanálisis o el desarrollo de la sensibilidad, que serían métodos individuales para la superación del dolor. Tenemos una historia de vergüenza y creo que esto se relaciona con nuestro origen como nación, pues ese origen estuvo estrechamente ligado al poder de hombres que eran distinguidos ante todo por su condición militar y su acción sobre comunidades inmensas de “civiles” que pretendían civilizar. Los caminos armados de la conquista y la colonia fueron reemplazados desde el siglo XIX por otros caminos igualmente brutales, y las armas se volvieron por tradición el único argumento para cualquier transformación social. Esta tradición continúa viva y lo que pasó en el Palacio de Justicia en 1985 es solo una prueba de eso. Desaparición denuncia esto y, como afirma su personaje, explica que “los barrotes se trasladaron a la interioridad”, es decir, que la cárcel ha ingresado al individuo. Bajo tal presupuesto, los personajes, acosados por el sinsentido, buscan espacios de libertad que el sistema niega. Quieren vivir su condición excepcional pero todo parece en contra. Como en la realidad que nos rodea, los personajes de Desaparición quieren encontrar una torre de marfil y se encuentran con la guerra.

 

Finalmente, el bajo mundo de la marginalidad, la prostitución, las drogas, el crimen, la violencia social tan cotidiana como el respirar…, la recreación de esa atmósfera y de esos mundos es sencillamente magistral en Desaparición. ¿En qué sentidos, según lo veo, es todo ese universo pútrido un agujero necesario desde el cual escapar para encontrar esa luz que todos los personajes, de un modo u otro, anhelan encontrar?

Como lo he estudiado en mis investigaciones, es el ambiente de crímenes el que caracteriza esta clase de novela contemporánea. Y mucho más en Colombia donde los niveles de anomia, es decir, de vida social por fuera de un orden, son más altos. Los personajes de Desaparición se mueven en un mundo dominado por el caos y la impunidad. Ni siquiera las pautas ilegítimas, es decir, las derivadas de los poderes delincuenciales, se siguen, y en la oposición de los distintos sectores de poder son los más vulnerables los que van cayendo. Esta imagen apocalíptica en efecto se erige como un agujero por donde se puede observar la realidad colombiana. Aunque varios traten de disfrazarla y los dueños del poder se hagan los de la vista gorda, es verdad que con un agujero así de visible los lectores deberían evaluar la situación y acaso buscar una luz: exigir transformaciones inmediatas a esos dueños del poder. Por esta razón es tan importante la metáfora de la luz en la novela. Es un lupanar llamado La Luz el que está en el centro del centro, y otros como El Resplandor ayudan a construir la imagen de esa esperanza que siempre resulta un espejismo para los personajes. En una escena ellos se encuentran en la terraza de lo que bautizan la torre de marfil y advierten primero la luz de la luna y luego las luces de la ciudad que les dan esperanzas para seguir en la acción. Esta es una epifanía porque poco a poco descubrirán que, como dice Lukács, la luz interior es la única que les permite avanzar en su camino. Esta luz va extinguiéndose poco a poco sin misericordia hasta el momento en que…ustedes deben apreciar la resolución.

 

Desaparición es una novela de la búsqueda, mediante la tozudez del amor, de muchas cosas más que sólo un amor perdido, desaparecido… Y ese es otro de los méritos de esta novela. Háblame de esas otras búsquedas.

Sí, la anécdota de Desaparición es la búsqueda de la persona perdida por acción terrible de las “fuerzas oscuras” del Estado. Aunque a través de esta anécdota la novela también da cuenta de las búsquedas metafísicas de todo ser humano: del amor verdadero, del alter ego, del compañero de viaje, del colega o, simplemente, de la “media naranja”. La novela da cuenta de toda una serie de búsquedas que son las de la vida misma. Por eso es tan importante en el libro la metáfora de los paraísos artificiales de Baudelaire que son la encarnación artificial de las búsquedas sustanciales del hombre que acaban siendo fruto de un estado alterado. En un “cuarto de torturas” todos buscan lo que realmente desean a través de la droga. Y este lugar tiene clientes de toda clase: intelectuales, empleados de oficinas, viejos o niños. Los personajes buscan en todo el sentido de la palabra: un proyecto político, una salida para sus problemas o la razón misma de la existencia. Esta búsqueda trascendental es la que los enfrenta a los límites del sistema que aparecen entonces como murallas en las fronteras invisibles dentro de las cuales se desenvuelven. Es entonces cuando surge eso que hablaba antes de la oposición entre el individuo y el régimen. Todo orden, incluso el más injusto, ofrece sus medios, pero aquellos que no quieran tomarlos, o quienes busquen lo que no se les ofrece resultan siendo un problema para los demás. Así, en la novela, que es también una metáfora de la realidad, los colectivos de travestis, de transexuales, de personajes alternativos no tienen lugar en ese sistema que, en consecuencia, tiende a expelerlos. La última escena así lo constata. Por mi parte, ya he señalado como Colombia es terrible, pero más terrible y masiva es su capacidad de rechazo a las personas que no se amolden a lo que se cree que debe ser el ser humano: hombre, blanco, heterosexual, clase media, casado, empleado, atlético, callado, etc., etc. Lo que se salga de estos moldes –mujer, negro, gordo, homosexual, pobre, indio, niño, campesino, etc., etc. — es punido. Como un Leviatán sin ningún control innumerables brazos atacarán a quien no quiera asimilarse o al que quiera decir “así no deben ser las cosas”. La novela busca en este sentido la solidaridad, la complicidad del lector que llegue a comprender la singularidad de todos los seres humanos en un medio que tiende a homogeneizar y por tanto a eliminar la diferencia.

 

Coda

Luego del espacio anterior dedicado a tu novela, me gustaría proponerte un ejercicio que permita a los lectores conocer tu obra publicada en tu propia voz. Yo mencionaré un título y tú deberás resumir en un breve párrafo qué pretendiste lograr al escribir ese libro:

El mito del mestizaje en la novela histórica de Germán Espinosa (2006): su propósito es criticar un discurso que en un momento dado se presentó como una panacea para definir la identidad latinoamericana, pero que hoy por hoy tiende a replicar el sistema de exclusiones de su historia: el mestizaje. Desde el punto de vista de este libro, este discurso aglutinante acabó por diluir las diferencias reales entre las personas del continente y, sobre todo, las diferencias entre las singularidades humanas en pro de un común denominador ideológico. Conforme a lo que señalé en el punto anterior, como consecuencia del discurso del mestizaje se han llegado a polarizar singularidades que no caben en él o a las que sencillamente no les importa tal clasificación: negros, indígenas, grupos que no quieren un reconocimiento étnico (travestis, mujeres, niños), intelectuales, pacifistas, etc.

Xicotencatl (2013): Este libro es una reedición de la primera novela histórica de América Latina de 1826. Con un estudio introductorio y notas al margen que buscan puntualizar el contexto de la novela, quiere asegurar la comprensión en el público contemporáneo de un problema que persiste en nuestras sociedades: el imperialismo en perjuicio de las comunidades locales.

Magia de las Indias (2007): Este libro presenta fragmentos de textos de los escritores más importantes de Colombia –Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Germán Espinosa, Roberto Burgos Cantor, Efraím Medina, etc.— sobre Cartagena. A partir de una perspectiva entre histórica y simbólica se ofrece una imagen literaria de la ciudad que por años ha sido recreada en la literatura.

Crimen y control social (2012): Este libro ofrece al lector una mirada literaria del problema contemporáneo del control social. Así, a partir de 10 textos de escritores y académicos se analiza las maneras en que actualmente se despliegan distintos modos de coartar la libertad individual como verdaderos caminos legítimos o ilegítimos de limitar al ser humano.

Trece formas de entender la novela negra (2012): Es un compendio de trece ensayos, también de diferentes novelistas y críticos, que le permitirá al lector comprender distintas perspectivas de la novela negra contemporánea, incluida la mía, que propone la nueva denominación, novela de crímenes, a fin de incluir en el género las últimas expresiones literarias de América Latina.

La anomia en la novela de crímenes en Colombia (2012): La novela de crímenes puede definirse como aquella que da cuenta de la confusión moral de un personaje en un contexto épico de incertidumbre normativa. Esta perspectiva describe un contexto de anomia social del que da cuenta la literatura y que está fuertemente determinado por la historia que le sirve de marco al escritor y, por lo tanto, a la idea de nación que exista en un momento dado, pues es ante todo este espacio geográfico el que define la normatividad penal. En este sentido, este libro propone una reflexión y discusión en torno a la aplicación de un concepto sociológico como la anomia al campo de los estudios literarios y aquí al de una novela contemporánea de Colombia, para demostrar esa relación.

 

Se ha dicho ya que para entender la realidad latinoamericana es mejor leer la actual novela negra que ir a la tontería superficial, generalmente manipulada, que refleja la prensa. ¿En qué sentido crees que esa afirmación es aplicable a Colombia y la actual novela negra colombiana?

Creo que eso es totalmente cierto. Ya he mencionado algunas novelas emblemáticas que para mí dicen más de Colombia que un tratado de historia, sociología o política. Sobre todo más que los medios oficiales: La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, La multitud errante, de Laura Restrepo, El capítulo de Ferneli, de Hugo Chaparro Valderrama, o 35 muertos, de Sergio Álvarez. En ellas se disecciona con toda la sensibilidad y el descarnamiento posibles una sociedad montada sobre pautas terribles de discriminación, militarismo, exclusión o barbarie. Difícilmente esta tarea la podría cumplir la prensa y, en general, los medios de comunicación, vinculados en buena parte a los poderes económicos y políticos del país. Y allí, en ese mundo terrible de la literatura, con una dificultad devastadora surge la poesía. Estas obras se han comprometido realmente con el dolor, con la víctima, tal como lo dije en apartados anteriores para aludir a los artistas por encima de los escribidores; se han identificado con esas venas abiertas de las que nos hablaba una generación agobiada por la represión y la locura que no se han cerrado y continúan manando sangre. Esas novelas hablan de una Colombia devastada, una Colombia real lejana a años luz de aquella del desarrollo económico, la inversión extranjera o la seguridad democrática. Una Colombia que se niega a la paz, a la felicidad o, por lo menos, a la democracia de la mayoría; una Colombia que entiende el progreso como la capacidad de comprar muchos electrodomésticos y emborracharse hasta caer; una Colombia ajena al conocimiento, a la fraternidad, a conceptos ya viejos de la cultura occidental como la igualdad o la libertad. Esa Colombia en la que, de vez en cuando, surge una flor en el fango que no llega ni llegará sin embargo a la presidencia de la república.

 

Lo anterior fue casi un pretexto para preguntarte: ¿insistirás en la novela negra? ¿Trabajas ya en algo nuevo dentro del género?

Por supuesto. Es uno de los géneros obligados de mi contexto y mi cultura. Ahora mismo que tengo en el escritorio Murmullos, pienso en Cuaresma, otro proyecto en el que trabajé hace un tiempo y que debo culminar. Es necesario escribir. Describir la barbarie, la injusticia. Para mí es una cuestión tan fundamental como respirar. De otra manera no podré dormir tranquilo, pues no habré realizado mi trabajo como escritor comprometido.