La sangre del Tequila (XIV)

Novela por entregas

Félix Luis Viera

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, convertido en uno de los escritores imprescindibles en la historia de la Literatura Cubana desde que sus libros de cuentos Las llamas en el cielo y En el nombre del hijo adquirieron la categoría de “clásicos nacionales” y “libros de culto” para varias generaciones de escritores en la isla, nos comentó en un mensaje electrónico que le gustaría rescatar aquella tradición de épocas pasadas en la que escritores que hoy consideramos “universales” convertían a miles de lectores en perseguidores cautivos de sus novelas por entregas.

Confesamos que nos surgió la duda: ¿podria ocurrir lo mismo con las nuevas generaciones de lectores, acostumbradas más a la lectura rápida en pantalla que al goce con las historias contadas a retazos y sazonadas con el olor fresco de la tinta de imprenta, como sucedía en siglos pasados?

Así, como un reto, surgió la idea de publicar en OtroLunes, por entregas, la novela La sangre del Tequila de este reconocido escritor y amigo. Y nos complace decir que Félix Luis no se equivocaba: miles de lectores clickean en cada número de la revista sobre estos capítulos de su novela, como demuestran nuestras estadísticas de lectura. Y en cada nueva entrega, nuevos lectores se suman.

Aquí, como en los números anteriores, ofrecemos a esos “cautivos” un nuevo capítulo, como se dice mucho en español, “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes

 

El sur

28

 

Yo andaba por el jardín a medianoche tratando de mirar alguna estrella (algo difícil aquí: que las estrellas estén a la mano de la mirada), de observar el reflejo de luz que se echa desde el dorso de las hojas de la higuera; investigando la noche en fin. Escuché voces en el cuartico de Marisela. Y el ruido de algún objeto que al parecer raspaba el piso. No eran voces: eran gemidos; gemidos del pescador. Y el traqueteo de la cama de ella. Lo comprobé cuando, a oscuras, espié desde el estudio. Como una hora después el marinero frustrado entró en la casa por la escalera que baja desde la cocina. (Ya lo he dicho antes: quien gemía era él, no ella.) Espié las dos noches siguientes: fue al cuartico.

Él había venido a la ciudad, tres días, para realizar unos trámites. Luego volvió a Mazatlán con Irene, quien aprovechaba que debía viajar hacia allá durante casi una semana por encargo del INI y así “bañarme en el mar, qué rico”.

A media tarde del día en que se fueron a Mazatlán, retomé la conversación pendiente con Marisela.

La llamé para el estudio —donde Irene acostumbraba hacer algo muy de vez en vez y que un día me cedió para que armara mi espacio de trabajo—, un sitio que Marisela al parecer veneraba o algo así desde que yo le había pedido que al limpiar cuidara de que cada papelito, cada presilla, cada hoja, cada nota, cada libro estuviesen en su lugar, y sus lugares eran aquellos donde ella los encontrara, aun en el suelo. Si yo me hallaba en esta habitación y ella debía limpiarla, tocaba leve a la puerta, y cuando la mandaba a pasar le veía esa expresión de quien se está persignando. Por eso ahora la llamé para allí: este sitio debía sugerirle solemnidad.

Me senté en el butacón y le indiqué que ella lo hiciera en mi silla, junto al escritorio.

—Confía en mí una vez más —le dije.

Miró hacia varios lados, aun para la puerta de entrada. Dejó de inmediato una expresión de desconcierto que le había tomado la cara. Me miró de modo más bien plano, o neutral, y dijo tomándose las manos:

—Confío.

Desde antes de que su marido, quizás el bebedor más soberano de Huixquilucan, muriera, borracho, aplastado por un camión repartidor de pan Bimbo, el hijo de Irene la visitaba en el cuartico cuando venía a la ciudad de México. La primera vez fue un atardecer; la madre no estaba en la casa. Ella, Marisela, no se negó. Él fue al cuartico como a saludarla. Luego cerró la puerta. Se sacó el falo, ya en erección, y le dijo a ella que se acostara, “allí, en mi camita”. Ni él ni ella se desarroparon completamente; solo las zonas esenciales. Luego el asunto se repetiría siempre que él venía a la ciudad.

Debemos suponer que esto ocurrió porque se acoplaron dos factores: la nulidad —que lleva a ciertos seres aun a la perversión– del hijo, y el terror de Marisela a que él utilizara cualquier argumento con la madre para que la echara.

Pero lo que él nunca supo fue que cuando hacía el sexo con Marisela, lo estaba haciendo solo: ella había perdido el ánimo carnal aún antes de tener a su segundo hijo. Totalmente. Poco después de que naciera el primero, quedó privada del sentido del sexo. Para siempre. Mirar a un hombre sería como mirar a una mujer, o a una cosa, o a un árbol, un animal. Si bien ella nunca había sido, en verdad, ardiente.

Fue virgen al matrimonio, o más que eso: ni siquiera masturbó a su único novio, y cuando él se lo hacía, ella solamente sentía cierto gustillo que, pensó, debía ocurrir por eso que la gente llamaba amor.

El terror que ella vivió durante esa jornada en que lo hicieron—o más bien lo hizo él— (seis o siete veces, no lo recuerda con exactitud, el hijo visitó el cuartico durante aquella estancia de “la primera vez”), resultó del peligro de quedar embarazada. Y quedó embarazada, pero del marido: únicamente de mirar a su segundo hijo bastaba para jurar que no tenía nada de “güero”. Fue por esta razón que ella lloró en esas seis o siete ocasiones, luego de la eyaculación del pescador; por ese pánico de quedar embarazada de él, no porque se sintiera culpable de algo, como al parecer había pensado el marinero frustrado, según lo que le dio a entender luego de cada llanto de ella. Después él, cuando venía a la ciudad de México y la visitaba en el cuartico, utilizaba el condón.

Marisela estaba segura, lo sabrían Dios y la Virgen de Guadalupe, que no cometía traición ni vileza alguna. Ella, igual con el marido que con el hijo de Irene, no sentía nada. No entregaba nada. No percibía nada siquiera cuando la estaban penetrando —a veces, solo cierta molestia (debida, debemos pensar, a la resequedad de la vagina) —y menos con los besos, caricias, lo que fuera. Así, el destino, Dios, la Virgen, la habían llevado a esa situación, y ella solamente obedecía.

Pero ahora, “qué bueno que usted me ha dado la plática al fin, señor, no tengo a quién ver y estoy espantada, confío en usted… señor”, se hallaba en una circunstancia de desespero: el hijo de Irene Ramblas le pedía que le hiciera el sexo oral y la conminaba para hacerle a ella el anal. Y eso sí sería ir contra Dios, contra sus padres, sus antepasados todos. Ella hasta ahora le había dado largas (él quizás no insistía en exceso porque, se supone del relato de ella, su erección, su calentura era tal que se mandaba por la vía expedita y volvía a dejar su propuesta para después). Pero estaba segura de que en cualquier momento, tal vez en la próxima visita, el pescador de algún modo la obligaría. Lo veía venir. Y ella jamás haría eso. Primero sería capaz de morir por mano propia. “¿Usted podría hacer algo, señor, por Dios, ya que yo confié en usted y usted en mí?”.

—Gracias, Mari, por confiar en mí. Algo haré —le dije con una sonrisa que quisiera ser de amparo—. Cuenta conmigo.

Aquella misma tarde yo debía reunirme con Mario Trejo en el Café La Habana, allí en Morelos y Bucareli. Se trataba de su dictamen sobre el borrador que yo le había dado antes, con lo escrito hasta entonces de La sangre del tequila, y de entregarle las matrices de los recibos de honorarios que ya había utilizado, y que él me pasara recibos en blanco, para seguir cobrando a su nombre mis colaboraciones.

    La tarde, de noviembre, estaba clara, el sol tibio pinchaba destellos en donde uno menos podría imaginar. En el Café La Habana estuvo Fidel Castro cuando andaba por México organizando la desgracia por venir para Cuba. En una de las paredes, una inscripción da fe de las visitas de Castro y de que la administración del lugar se siente orgullosa de ello. Café La Habana, famoso porque en sus mesas un jovencito llamado Fidel Castro planeó el asalto al cuartel Moncada, semilla de la revolución cubana, dice la inscripción.

Mario Trejo traía el borrador desbordado de tachaduras, líneas con propuestas de cambio, marcas de todo tipo en fin. Las fue comentando y de suma insistió en el exceso de poesía o de caireles poéticos que yo le ponía a la acción narrativa. Mario, curtido en el arte de la novela, me avisaba sobre todo acerca de los riesgos de dispersión que enfrentaba al narrar un novelista incipiente como yo, o más bien, enfatizó, un aspirante a novelista como yo. Me criticó con saña casi lo variable de los tonos; no lograba yo, aseguró, una diferencia acertada de tonos en los planos correspondientes. Solamente halló aceptables acaso la mitad de las cuartillas, siempre y cuando consiguiera concatenar los episodios, y metió hincapié en que escribir una novela, una sola, era asunto de titanes, y de titanes locos.

¿Por qué me metí en la vida de Marisela, en su tragedia? Me expresó con acento de reproche. ¿Acaso no me bastaba con la tragedia mía? No supe explicarle bien por qué; mientras pensaba cómo hacerlo, miraba por la pared de cristal la calle Bucareli, tanta gente que pasaba bajo el sol manso, indiferentes unas, risueñas, parlantes a viva voz al parecer otras, con prisa otras que seguramente regresaban del trabajo. Me sentí desconcertado, como si no comprendiera nada de lo que estaba sucediendo, ni de lo que había sucedido antes; traté de empalmar la tragedia de Marisela, la mía propia, y la conclusión fue: ¿qué hacía yo sentado en aquel café?, ¿por qué estaba tan lejos de mi tierra, de mi casa?, ¿no debí volver a Cuba ya?, ¿debí irme de Cuba?

Sin embargo, Mario, ya por el segundo café bajó la reprimenda: me comprendía: “algunas personas solemos meternos en lo que no debería importarnos, por eso, a la mejor, el mundo no se ha acabado… es la verdad”, dijo y sacó de uno de los bolsillos del saco verde cotorra que vestía una agenda para anotar los datos de Marisela, edad aproximada, cuánto ganaba, cuáles sus condiciones para el trabajo.

—Fíjate que en Huixquilucan todo no hay ahora trabajos para domésticas, me lo asegura ella, que ya investigó. Tiene que ser aquí en el DF, y con albergue porque el viaje diario es imposible…

—¿Y los bodoques?

—Se los cuida por una cuota la hermana, que además vende pambazos por la calle.

—¿Por el bien de quién se hará lo que podamos hacer, Caribe?

—De la vida, creo…

—De la vida, así es, de la vida.

 

 *****

 

 La celda

18

Patricia le ha dicho a Sandra anteayer que ahora una de las acciones que más excita a Jeffrey es el roce de cabellos; más aún que cuando ella, sonriendo o reflexionando o lo que fuere, según la conversación que lleven en ese momento, se recarga en el escritorio de él y retrepa su sexo, y entonces Jeffrey, por más que trate de hilvanar el diálogo y mirar al rosto de ella, traga en seco y pone la vista de hito en hito en la pelota de Patricia, agazapada bajo la tela. Pero últimamente la verdadera situación de urgencia que se le presenta al moreno de voz cálida resulta cuando Patricia, al acercarse a él, sentado a su escritorio, para confrontar alguna duda, inventada o real, según, hace que su cabellera roce la cara, un brazo o simplemente abanique el olfato de Jeffrey. Luego de que ella descubriera este efecto, no para de hacerlo con el propósito de tenerlo bajo su mandato. Cuando ella lo pergeña con su cabellera, no deben de pasar mucho más de diez minutos para que él vaya al baño y regrese con cierta palidez en su rostro. Lo cual en la actualidad puede ocurrir hasta cinco veces al día, según lo decida ella. Será por esto, piensa Patricia, que Jeffrey ha adelgazado últimamente a la par que sus orejas le han crecido o simplemente son más visibles que antes al contrastar con la flacura de su cara.

 

*****

 

Verónica

22

Claro, no todo lo que sabía mi amiga farmacéutica Mercedes Giménez era por obra de su dar y recibir sexual. Ya insinué antes que ella resultaba una especie de investigadora de vocación innata, no inducida por algo o alguien. Ella, igual que Miguel de Cervantes Saavedra nació para escribir novelas y adelantarse en más de quinientos años a lo que hoy sentencian los científicos literarios, nació para indagar en el sexo, sobre todo como acción recibida por las mujeres; algo que desde su emancipación olvidaron investigar las feministas, quienes de haberlo hecho hubieran podido ofrecer soluciones y propuestas mucho más reveladoras a sus congéneres.

Desde su ya lejana juventud, investigó Mercedes y aparte de sus seis casamientos y no pocas aventuras —infiero por lo que me contaba, aunque nunca me dio detalles de estas—, investigó, digo, entre cientos de mujeres amigas y conocidas y entre hombres conocidos, y amigos, como yo. Como he apuntado antes, ella siempre sintió que su misión en la tierra era beneficiar al prójimo —al prójimo varón—en cuanto a la felicidad amoroso-sexual, y en medida más baja pero no poca, a la prójima. Porque “el varón es la víctima, la mujer tiene el eje de todo en su Eje”, acostumbraba sentenciar.

Pero ahí tienen que mi amiga no acertó —a la distancia y por adelantado, aclaremos en su favor—en dos cuestiones primarias en cuanto a Verónica Illescas y el que suscribe.

La primera. Verónica no abusó o no explotó —al menos sobremanera—su condición de la culipronta que ha rajado por el centro la diana (es decir, yo). Hasta el final su comportamiento fue el mismo de los inicios: el ánimo de gozar, el de polvorizarse en el sexo, y el de guerrear porque un hombre no la abandonara; un hombre que en ese caso era yo, pero pudo ser otro; un hombre. Si algo me impuso Verónica o alguna tarea me ordenara, sería porque yo mismo, tomado por esa obediencia zonzo-lírica en que, contradictoriamente, se podría decir, caen los amantes y las amantes pasionales, me había prestado.

El otro aspecto en que no acertó Mercedes Giménez fue en lo del sexo oral. Todavía en Cuba, apliqué invariablemente el curso sobre el tema que ella me impartiera allí en una banca de aquel parque, lo cual me dio altas ganancias y estadios de realización humana, lo mismo que en México.

En fin… yo resulté más adicto a realizar la ofrenda a Verónica, que ella a recibirla… No reclamaba ella si no le administraba el sexo oral —lo que pocas veces, con voluntad suma, dejé de hacer— y en cambio yo, en la medida que me esmeraba para realizarlo con toda la maestría que Mercedes Giménez y la vida —el resto de la vida— me habían enseñado, fui haciéndome adicto a los labios interiores y exteriores, al clítoris, a los pliegues olorosos a sal ardida de la vulva de Verónica Illescas, y al efecto que causaba en ella el bregar de mis labios, mi lengua, mi nariz en su sexo. Al efecto…, recalco: me hice adicto a sus gemidos en levante, que interminables parecieran, a sus jugos escanciados en mi cara —mi cara toda— que interminables parecieran. Adicto a serpear mis manos por el arco de su espalda-nalgas a la vez que mis labios, mi lengua, mi cara toda —mi ser ido, mi alma vencida, mi humanidad derrotada, diría un novelista cursi—faenaban en su sexo mientras mis ojos quisieran comerse la imagen, extendida por la cercanía, de su abdomen, sus senos penduleando a ritmo de segundero, sus manos pegadas contra la pared.

De este modo, el arma que yo empleara convencido de que me daría el gane, la supremacía con Verónica Illescas, se convirtió en lo contrario.

Del Autor

Félix Luis Viera
(Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los libros de poemas: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC 1976, Ediciones Unión Cuba); Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba); Cada día muero 24 horas (Editorial Letras Cubanas, 1990); Y me han dolido los cuchillos (Editorial Capiro, Cuba, 1991) y Poemas de amor y de olvido (Editorial Capiro, Cuba, 1994). Los libros de cuento: Las llamas en el cielo (Ediciones Unión, Cuba, 1983); En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983, Editorial Letras Cubanas, nueva edición 1988) y Precio del amor(Editorial Letras Cubanas, 1990). Las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de novela, UNEAC 1987, Premio de la Crítica 1988, Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (Ediciones Unión, Cuba ,1995);Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003, Editorial Eriginal Books, Miami, 2012) y la novela corta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997, Editorial Capiro, Cuba, 2002).
Su libro de cuentos Las llamas en el Cielo es considerado un clásico en su país. Sus creaciones han sido traducidas a varios idiomas y se han publicado en antologías en Cuba y otros países. En su país natal recibió varios reconocimientos por su trabajo en favor de la cultura. En Italia se le conoce por su novela Un ciervo Herido, editada con el título El trabajo os hará hombres (L’Ancora del Mediterráneo, 2008), que aborda el tema de la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), en realidad campos de trabajo forzado que existieron en Cuba, de 1965 a 1968, adonde fueron enviados supuestos desafectos a la revolución castrista, como religiosos de diversas filiaciones, lumpen, homosexuales y otros. Esta novela, con buena acogida de público y crítica, ha circulado en varios países de habla hispana y en la Florida.
En 2010, Félix Luis Viera publicó en México El corazón del rey, novela que incursiona en la década de 1960, cuando en Cuba se establecía la llamada revolución socialista, y que expone el mundo marginal de esa época. Ese mismo año dio a la luz el poemario La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami), publicado posteriormente en Italia por ediciones Il Flogio y merecedor de uno de los Premios “Latina en Versos”, otorgados en aquel país.
Es ciudadano mexicano por naturalización.