Agua clara en el Alto Amazonas: ¿un exordio del maestro?

Sobre Agua clara en el Alto Amazonas

Adolfo Guidali

La lectura de la última novela del escritor colombiano, radicado en México, Marco Tulio Aguilera, Agua clara en el Alto Amazonas, nos brinda no sólo el placer de su prosa, depurada y magistral, sino que constituye una invitación a múltiples reflexiones, que van desde la razón del oficio de escritor hasta el sentido más profundo de la vida.

MTA es un animal literario en la más amplia acepción de la expresión. Alguien que vive por y para la literatura, con una concepción lúdica y afable de lo cotidiano. Para utilizar sus propias palabras, es lo que se dice un genuino “frenáptero”, o sea, un personaje cuya imaginación libre vuela hasta los confines del infinito.

A partir de este axioma, no extraña que el escritor en su novela transite por diferentes vías y caminos en territorios inexplorados, en los cuales, y contra lo preconcebido, no siempre se impone la ley del más fuerte, sino un complejo orden natural a veces difícil de comprender y desentrañar, cuya menor alteración puede acarrear consecuencias imprevisibles.

Varios escritores latinoamericanos han recreado obras en la Amazonia, entre ellos el peruano Mario Vargas Llosa y el chileno Luis Sepúlveda, por ejemplo. Sin embargo, la obra de MTA se alinea en otra categoría, una tradición diferente, que es la de la novela de aventuras. Aunque, en muchos momentos se desmarca de esta corriente en virtud de la amplitud de temas que abarca.

Así, no sólo se trata de la aventura en medio de lo desconocido y casi intocado por el hombre occidental, sino también de la aventura interior, la del individuo que emprende un viaje por el mero desafío intrínseco, bajo la impronta de la temeridad, forzando por momentos los límites de su mente.

Sin embargo, es muy difícil no establecer paralelismos entre la novela de MTA con la obra del polaco-británico Joseph Conrad, la del estadounidense Herman Melville o también la del escocés Robert Louis Stevenson, entre otros, todos parientes lejanos y antecesores en el género. En común están el viaje arriesgado con todos sus misterios, así como la presencia de un guía avezado, el personaje de Mariño Riascos, una especie de Virgilio en el infierno verde,    donde queda el paraíso, y antítesis del narrador.

Una de las particularidades de “Agua clara en el Alto Amazonas” es que está escrita en primera persona. Así, aún con dos niveles narrativos diferentes, es imposible disociar al personaje central, ese urbanita que en plena madurez escapa de la civilización para encontrar el misterio de sus propios secretos, y el amor en su mayor pureza en plena selva simbolizado por una adolescente de la etnia huitoto, de MTA-escritor. Quien narra, cuando no es él mismo, es su alter-ego, una especie de avatar (por utilizar un término de moda en el ciberespacio y en el cine) literario.

La narración fluye como el tiempo y las aguas turbias y pardas del Gran Río y sus afluentes que, por momentos se vuelven negras, y, sabemos, en alguna parte límpidas y cristalinas, lo que representa la utopía, aquello que el ser humano, por más que lo intente, nunca va a poder del todo contaminar sólo por no saber encontrarlo.

A MTA le duele Colombia, su país, la fragmentación de la sociedad. Esa balcanización, o peor aún, atomización de regiones enteras, reflejada en los múltiples focos de poder y grupos de interés que casi todo lo controlan, que a veces algunos se entrelazan entre sí, tomando como rehenes al hombre y a la mujer de a pie. Algo que se revela de manera un tanto tangencial en su relato, por momentos sugerido o apenas esbozado.

Algunas de sus reflexiones, que tienen por objeto prevenir al lector sobre lo que vendrá, tiñen al relato de una pátina filosófica que lo impregna todo, al mismo tiempo que lo vuelve más profundo y atractivo.

Es claro que escribir una novela no salva a nadie, es simplemente un pretexto, una aventura que digiere el tiempo, ayuda a vivir y a escapar de las rutinas a veces insoportables. Las novelas son mentiras grandes que parecen verdades y que mientras más mentirosas sean resultan más verosímiles. El novelista termina por habitar más en su mundo que en el de los demás. Es, ni más ni menos, un esquizofrénico. Lo separa del mundo un abismo y lo une a él un puente: su obra.

Lo que parece una justificación, una explicación necesaria, se revela como una clave para comprender la amplia obra de un maestro, autor de narraciones como Aves del paraíso, Breve historia del todas las cosas, Paraísos hostiles, Mujeres amadas, Cuentos para después de hacer el amor, y muchísimas otras, quien si no ha trascendido aún más en todo el mundo es porque hoy la “industria” de la literatura, al igual que en todas las artes, se rige por las leyes del marketing que, salvo en contadas excepciones, desprecian al talento y la calidad.

Y, probablemente también, aunque en menor grado respecto a lo anterior, MTA que miente cuando escribe, en la llamada “vida real” tiene la incómoda costumbre de decir siempre lo que piensa, o sea, su verdad. Algo que no se perdona fácilmente.

El mayor defecto de esta novela, de mediano aliento en su extensión, es una virtud: el lector se queda con ganas de mucho más. Pero, “no todo está perdido. Todavía hay agua clara en el Alto Amazonas”, afirma Riascos, y retoma el protagonista ya sobre el final. Como consuelo nos queda pensar que MTA nos regaló con un exordio, una especie de preámbulo a una obra hermana de mayores dimensiones, que ya empezamos a disfrutar.-

París, enero de 2011