Crónicas del Amazonas

Sobre Agua clara en el Alto Amazonas

Vicente Francisco Torres

La selva Lacandona y los ríos Orinoco y Amazonas, desde los años de la Conquista, han sido mecas de aventureros, artistas, religiosos y hombres de ciencia. Primero fueron los viajes de descubrimiento, conquista y estudio, pero los escritores de hoy repiten los periplos como una suerte de culto, de pruebas de resistencia y como un recurso para dar testimonio de lo que hemos perdido.

En el más reciente número de la revista poblana Crítica (agosto-septiembre de 2006), el escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño entrega su “Crónica del Amazonas” que tiene una singularidad: mientras la mayoría de los libros de viajes y aventuras testimoniales se empeñan en mostrar los riesgos pasados y ponen especial interés en las fotografías con serpientes muertas y fieras cazadas, Marco Tulio nunca oculta que su crónica proviene de una excursión a Leticia, en la Amazonia colombiana, vecina de Brasil y de Perú. Lo extraordinario de esta crónica es que a pesar de ser producto de un viaje poco heroico, está magistralmente elaborada y cristaliza en un texto literario valioso por su escritura, independientemente de las cosas que va mostrando.

Como en las crónicas clásicas que se tornan estereotipos en Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, Aguilera Garramuño encuentra en su viaje al Fraile Loco, fanciscano, y a Fray Rebelde, jesuita, ambos metidos a hosteleros.

El texto de Marco Tulio ofrece diversas visiones de la región visitada: la selva es el ámbito inescrutable en donde se refugia la Colombia no oficial y la opulencia que el narcotráfico ha metido en forma aeropuertos cobijados por lianas. Es también el laberinto que enloquece a quienes no son sus hijos y también el asiento de la edad de oro y de la utopía; no deja de ser, además, el infierno verde que abriga el sueño del paraíso perdido. Marco Tulio fue a la selva de su patria para soñar con ser Tarzán, para vivir por unos días el mundo adánico que, como casi siempre hicieron los viajeros del siglo XX, había de abandonar para reintegrarse a la tan vapuleada civilización que, como una mujer amada y esquiva, siempre acaba por hacernos regresar. Aunque es claro que, ante todo, Marco Tulio Aguilera Garramuño fue a la selva para sacarle un texto literario.